EL HOMBRE DE LAS AVES (capítulo final)

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Escuché un tiro. Como la noche era calma sonó potente y duro mucho.

O eso creí.

Alguien gritó mi nombre.

Levanté la mirada y allí, tras el hombre de las aves y la silueta oscura a la que había llamado “lira”, estaban los dos militares y la tía M.

Me miraba preocupada, jadeando, como si hubiera corrido sin descanso.

Tenía el ojo como yo: semicerrado, oscurecida la piel del párpado y la ojera.

Dijo mi nombre y como un hechizo, me sentí suficientemente fuerte para ponerme en pie.

_ ¿Está bien, señorita? – me preguntó el Teniente Marcos a gritos, con una escopeta bien sujeta entre las manos.

_ Sí…Ahora sí…- le respondí mirando con recelo al tipo de las aves.

Iñigo se acercó un poco, sin dejar de apuntar con su arma al engendro que se movía entre nosotros como si no supiera con quién acabar primero.

_ Apártate de él – me dijo con seguridad. Ya no parecía ni tímido ni risueño. Me tranquilizó escucharle.

Paso a paso, mirando atrás, me fui apartando de la mujer ave, hecha un montón de plumas gigantes, cubiertas de sangre.

A mis espaldas sólo había bosque.

Mi corazón estaba más calmado. Supuse que porque estaba conteniendo la respiración.

_ Demasiados…¡¡Son demasiados!!- gritó el hombre de las aves con una furia que hizo levantar un remolido de aire a su alrededor – ¡Malditos felinos!

El boscaje se hizo eco de aquella última palabra.

El tipo de las aves levantó sus brazos rugiendo contra mí.

Iñigo disparó varias veces. Le dio aquí y allá pero nada

parecía tumbarlo.

_ ¿Pero qué cojones..? -pensó en voz alta el Teniente Marcos, deteniendo a la tía M, que pretendía venir a por mí.

_ Aparte señora, póngase detrás de nosotros – entonces se dirigió a Iñigo y le dijo con el ceño fruncido y cara de poca paciencia – Vamos a vaciar los cargadores, chaval.

Iñigo pensó “No me llame chaval” Le molestaba mucho que lo hiciera, pero era del tipo complaciente y no solía decir lo que pensaba. En ese momento le pareció una tontería cómo le llamara o dejara de llamarle.

Los dos dispararon hasta dejar al tipo como una pared devorada por termitas.

Se bamboleaba como un esperpento de goma espuma.

Tanto la tía M como yo nos tapábamos los oídos con ambas manos, mirando de reojo hacia la diana.

El tiroteo me pareció durar una eternidad. Creo que pararon una vez para recargar, pero no estaba segura.

El tiempo, el raciocinio, la diferencia entre sueño y realidad, se habían detenido o habían desaparecido.

Cuando por fin se hizo el silencio, esperamos un poco, antes de mirar hacia al hombre de las aves.

Estaba hecho un montón de telas llenas de girones, en el suelo, a unos pasos de la mujer ave.

_ Duro de pelar – dijo el Teniente, sin apenas cambiar de postura y expresión.

Iñigo se acercó hacia él, mientras la tía M y yo nos mirábamos con nuestro único ojo sano, esbozando una mínima sonrisa. Todo había terminado.

Mi cuerpo se relajó, y así fue como el dolor por los picotazos de los cuervos despertó, haciéndome estremecer.

Me sujeté el flanco derecho, más dolorido que el resto del cuerpo. Estaba mojado y no era sudor. Tenía sangre aquí y allá. Mis piernas estaban llenas de golpes y heridas semejantes a agujeros.

Me llevé la mano al bolsillo. La navaja seguía ahí. No la había tenido que utilizar.

Tomé aire y lo solté, tragando saliva. Tenía mucha sed.

Iñigo acercó la bota al cuerpo inerte, tenía que verificar qué diantres era.

_ ¡¡Malditos!! – su enorme cabeza se levantó y su lengua en forma de cono se estiró como una punta de lanza.

Iñigo gritó, apuntó a tirar pero él le cogió la pierna y lo tumbó.

_ ¡Iñigo!

_ ¡Chaval!

-¡NO! – grité sintiendo dolor en la garganta. A mi alarido se unió el de la tía M. El Teniente se adelantó para ayudar al chico.

El hombre ave levantó uno de sus brazos, demasiado largos y sin manos, y del interior de la manga una afiladas garras atravesaron el hombro del Teniente como si de cuchillas se tratara.

Cayó con un aullido de dolor.

Cogí mi navaja y arremetí contra lo que ya no parecía tener ni una ápice de humanidad. (Si es que la había tenido en algún momento…)

Clavé sobre la cabeza con todas mis fuerzas pero la hoja se partió como si fuera de astillas.

Me quedé pasmada. El engendro se giró y me miró de lado. Aquel glóbulo ocular tan espantoso me dejó petrificada.

_ Ese…ese ojo – su boca sin labios se movía como lo haría la boca de un caracol al comer- Es mi marca. NUNCA TE LIBRARÁS DE MÍ.

Un espasmo en su desfigurado rostro me sobrecogió. Era una especie de sonrisa.

Y entonces comenzó a reír, primero casi sin voz, luego aceleró. Las carcajadas se repetían como el canto de la cigarra. Pero ensordecía, era tan aguda aquella voz, que todos nos arrebujamos y nos tapamos oídos y cabeza, gritando de dolor.

Los tímpanos iban a estallarme. Dolía más que las heridas de mi cuerpo.

Un maullido marcial, duradero y furioso, rasgó la noche. Nos pilló a todos por sorpresa.

El engendro se cayó, su rostro se deformó en una mueca de miedo y su cuerpo, deshecho e irreconocible, se encogió.

Finalmente me atreví a echar una ojeada. Pude ver el terror en su mirada sólo durante unos segundos.

Pequeñas siluetas saltaron sobre él, que trataba de apartarlas sin éxito sacudiendo la amorfa cabeza.

No sé cómo pero logró levantarse.

Iñigo se liberó y corrió a socorrer a su superior, que gemía de dolor sujetándose el hombro.

_ ¡Yo estoy bien, chaval! ¡Saca a las mujeres de aquí!

_ No me llamé chaval, mi Teniente. Me saca de quicio.

El Teniente le miró entre sorprendido y confundido.

_ ¿Qué coño dices ahora? ¡Que saques a las mujeres de aquí te he dicho!

Iñigo le sonrió y asintiendo se llevó a la tía M del brazo hacia donde estaba yo.

Me había quedado sentada en el suelo, boquiabierta ante aquella insólita escena.

_ ¿Gatos? – se dio la vuelta la tía M, mirando como como decenas de felinos se cebaban con el tipo de las aves, que chillaba como lo haría un demonio abrasándose en el fuego.

_ El mayor enemigo del ave – dijo Iñigo, ayudándome a ponerme en pie.

_ Después de los humanos – añadí, mirando la navaja rota que aún sujetaba por la empuñadura.

_ Me alegro de que estés bien – me dijo sonriendo de nuevo.

_ Lo mismo digo. Aunque habéis tardado lo vuestro…

Quería chincharle un poco. Y él lo sabía.

Nos alejamos lo suficiente y entonces Iñigo regresó a por el Teniente, que iba arrastrándose sobre su codo bueno, apartándose así de la jauría de gatos de batalla que no paraban de aparecer de la nada.

Sus ojos eran pequeños faros de luz: ahora te miraban, ahora se giraban, ahora desaparecían…Una gatería fuera de control a nuestro rescate.

Iñigo y el Teniente desaparecieron en las sombras, junta al inmenso granero desvencijado.

La tía M y yo nos mantuvimos cogidas de las manos, bien apretadas la una contra la otra, conteniendo la respiración.

El ruido de un motor arrancando nos hizo dar un respingo.

Era Iñigo al volante. Frenó en seco a nuestro lado levantando mucho polvo. Cerramos los ojos instintivamente.

La tierra se me metió en la nariz.

_ ¡Subid! – espetó Iñigo tras abrir la puerta trasera.

Nos montamos tan deprisa como pudimos. Tuve que tirar de mí como si mis piernas pesaran toneladas.

El Teniente se giró para preguntar si estábamos bien. Sudaba copiosamente, y con la mano derecha, ensangrentada, apretaba la herida de su hombro.

_ Voy a acelerar, agarraos fuerte – avisó Iñigo metiendo la quinta.

No pude evitar mirar hacia atrás.

Por la ventanilla, pude ver como una sombra oscura, alargada, de movimientos torpes, se tambaleaba mientras los gatos seguían lanzándose y atacando, como soldados bien disciplinados.

No respiré durante un buen rato, hasta que la figura se desplomó.

Tomé aire con fuerza y lo solté. Apoyé la frente contra el asiento, que me pareció más mullido que la cama de un bebé.

_ ¿Cómo está ese ojo? – la tía M me acarició la cara, y miró entristecida el resultado de aquella pequeña hoguera misteriosa.

_ Tú también lo tienes así…- observé el color de la piel. Realmente era como tizne de carbón – ¿Tocaste los restos de esa hoguera?

Asintió dos veces, apretando los labios, a punto de llorar.

Sólo entonces me di cuenta de lo mucho que había soportado.

Lo que ambas habíamos pasado y las horribles ganas de soltar todo lo que conteníamos.

Me apoyé sobre su hombro y comencé a sollozar.

El alivio fue impulsándose como una medicina inyectada en cada célula de mi cuerpo.

La tía M me abrazó y lloró en silencio.

Iñigo condujo sin parar durante mucho tiempo.

No sé cómo ni cuándo pero las dos caímos en un profundo sueño.

__________________________________________________________

_ Señoritas, hemos llegado.

La voz del Teniente Marcos me despertó por completo.

La luz del sol me frió las retinas. ¿Era de día?

_ ¿Dónde estamos? -pregunté totalmente afónica. “Pues sí que grité…” Pensé llevándome la mano al cuello. Sonaba fatal y dolía peor.

Iñigo nos ayudó a ambas a bajar del coche.

_ El hospital de Salt. Ya estamos en la gran ciudad – me miró, sus ojos castaños se fijaron en mi mirada.

Sentí auténtica vergüenza por mi ojo malo. Lo cubrí rápidamente con la mano.

Una mano fuerte y cálida me la apartó. Iñigo me miraba sonriendo: aquel tinte de timidez suyo volvió a sus ojos.

_ Te van a curar. No te preocupes. Tu tía y tú volveréis a estar bien muy pronto.

Me estaba acariciando la mejilla, justo debajo de mi ojo herido (o quizás debiera decir hechizado)

_ Iñigo, chaval, deja a la chica y vamos ya. Esos médicos van a tener trabajo extra con nosotros.

Nos apartamos rápidamente, como dos adolescentes pillados de improviso en medio de un piquito.

La tía M reía por lo bajo, divertida. Parecía decirme con la mirada: “Y así debe ser: si te llega, te llega”

Y aunque no creía que fuera para tanto, en cierto modo, sentí que Iñigo era esa existencia especial que aparece de vez en cuando en la vida de la gente, encantándola, como las sirenas de las que hablaban los griegos en sus obtusos libros.

Entramos en el hospital escoltadas por el Teniente e Iñigo, que nos entregaron unas mascarillas quirúrgicas, tras ponerse las suyas.

_ No sabéis cómo han empeorado las cosas desde que nos vimos la última vez, pero…La verdad es que hay más enfermos que sanos. Y el contagio es casi seguro, así que…Mucho cuidado.

_ O nos mataba el loco de las aves, o nos mata el virus…– le dije a través de la mascarilla.

No estaba acostumbrada por lo que sentí que iba a asfixiarme, pero poco a poco, mientras caminábamos por los abarrotados pasillos, me fui olvidando de que la llevaba.

Los enfermos estaban sentados o en camillas, los sanitarios no daban abasto, las llamadas por megáfono eran tan constantes que no lograba entender nada.

Aquello era una locura. Una locura tras la locura.

Finalmente, nos metieron en un box minúsculo. Al Teniente se lo llevaron, tras una pequeña batalla verbal para hacerlo sentar en una silla de ruedas.

_ Tan testarudo como siempre – nos dijo Iñigo sonriendo.

Ciertamente era uno de esos hombres solitarios y cabezotas a los que uno acaba cogiéndole cariño. Me recordaba a Clint Eastwood.

_ ¿La señora Menmey? – una enfermera bajita, de pelo muy peinado hacia atrás, negro como el azabache, entró con un fichero.

_ Soy yo – dijo la tía M levantándose de la silla.

_ Venga conmigo, le miraremos ese ojo – se giró a mirarme y sin apenas cambiar de expresión me pidió que esperara.

Asentí, sentada en aquella dura silla de aglomerado y hierro, con las manos sobre las rodillas.

_ Dios mío, ésto es de locos…

Lo dije en voz alta, aunque no era mi intención.

Iñigo estaba de pie junto a mi, asintió, no podía estar más de acuerdo. O al menos eso era lo que decían sus ojos.

Yo apestaba a sudor y a sangre seca…Tenía más ganas de una ducha caliente que de cualquier tratamiento médico.

Entonces se abrió la puerta del box, y un médico de mediana edad, alto, calvo y con gafas, y por supuesto con mascarilla, nos miró y sacudiendo ligeramente un archivador contra su muslo derecho, le pidió a Iñigo que saliera. Antes de hacerlo, Iñigo me sonrió con complicidad, como si me dijera “hasta luego”.

_ Voy a examinar ese ojo, pequeña.

_ De acuerdo…- cerré los ojos un instante, aliviada, tranquila, calma.

_ Y dime -su voz cambió de registro. Abrí atónita el ojo bueno, tomé aire. Mi pecho se encogió:

_ ¿Piensas cantar para mí, pequeña?

El tipo pelirrojo, alto, desdentado y desgarbado, sacó su lengua tubular lanzando un gran chillido, a sólo dos centímetros de mi cara.

Un aleteo sobrenatural ahogó mi grito.

FIN?

 

 

Nota de Yrene Yuhmi: ¿qué os parece si continúo? Tengo anotaciones con personajes nuevos y pistas sobre el hombre de las aves y el misterio que lo rodea…Pero depende de vosotros, lectores! Si os gusta, seguiré sacando de mi cabeza alguna que otra locura.

Gracias por leerlo!!!

 

EL HOMBRE DE LAS AVES (capítulo 2)

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Me noqueó en un pestañeo. Estaba tan aturdida que cuando comencé a recobrar el sentido no acababa de comprender qué me estaba pasando.

Poco a poco fui recobrando la visión y todos mis sentidos se despertaron al tiempo que un fuerte dolor me atravesaba el cráneo. Un gemido se escapó de mi boca, mientras la espalda de aquel hombre, que vestía una especie de bata vieja color oliva, se movía delante de mí. Estaba arrastrándome con una cuerda atada alrededor de mis tobillos.

Intenté patalear, estiré los brazos hacia mis piernas pero era incapaz de mantener ninguna posición al tiempo que él tiraba de mi.

A través del ojo dañado apenas veía nada. Pero todo parecía más oscuro que antes, no sabía si porque había pasado mucho tiempo desde que fui capturada, o porque el lugar estaba lleno de maleza y árboles dejados de la mano de Dios.

_ ¡¿Dónde me lleva?! – le grité sacudiendo mi cuerpo a derecha e izquierda, sintiendo la tierra rasgar mi trasero y toda las espalda – ¡Eh! ¡Está usted loco! ¡Suélteme!

No sé las veces que le grité lo mismo. Ni siquiera sabía si eran las mismas palabras las que lograba articular a pesar del terror y la confusión.

Un ronquido familiar sonó muy cerca de mi, y el olor a plumas me recordó al buitre del ataque.

En efecto estaban allí, se movían como señores mal vestidos con mirada vacía, caminando junto a su dueño como acólitos atontados.

_Ya hemos llegado, mi pequeña cría…- le anunció como si fuera una grata sorpresa.

Grité al sentirme levantada con demasiada facilidad para un tipo tan delgado y con aspecto enfermizo.

Tal y como me levantó en el aire, me soltó sobre algo vestido de paja y plumas.

En seguida escuché un “clack” metálico y comprendí dónde me encontraba.

Era una jaula para humanos, en una especie de granero amplísimo lleno de jaulas como la mía, a mi lado y frente a mi.

Pero estaba demasiado oscuro para saber si estaban vacías o ocupadas, interrogante que aceleró mi miedo. Sentí ganas de vomitar.

Pensé en por qué estaba metida en aquel lío…La Tía M, la gata guía y la pista del vecino pirado.

No me dio mucho más tiempo a pensar: la cara de rata de aquel pelirrojo sin dientes estaba a la altura de la mía, al otro lado de las rejas.

_ Mi nuevo espécimen…Qué ganas tengo de saber cómo vas a evolucionar…- sonrió ampliamente de una forma asquerosa, llena de locura – No te preocupes pajarillo, te voy a traer comida y agua.

Se levantó, y como si le doliera todo el cuerpo caminó hacia la parte más oscura del gran almacén.

_ ¡¿Qué coño está diciendo?!- perdí la compostura hacía más de dos escenas – ¡Usted le ha hecho algo a mi tía! ¡Ha sido usted, pirado! ¡La policía dará con nosotros tarde o temprano!- traté de hacer que sintiera alguna duda o inquietud. Pero no sirvió de nada.

Era como si no me escuchara o no le importara.

Me quedé sin aire, aún tenía los pies atados, pero mi as bajo la manga era la navaja en el bolsillo de mi chaqueta.

Y el móvil…Era posible que allí hubiera cobertura…Contando con mucha suerte – cerré los ojos decepcionada porque probablemente no caería esa breva…

Volví a mirar a mi alrededor. Mis ojos tenían que comenzar a acostumbrarse a la oscuridad…Aunque mi ojo izquierdo no me era de mucha utilidad.

Tenía que ver si la tía M estaba allí. Y tenía que ver si estaba bien, aunque una laguna de angustia se había acomodado en mi pecho en el momento en el que vi con quién estaba tratando.

No podía ver bien…Tendría que esperar un poco. Tenía que ser paciente, y mover bien mis cartas o probablemente no saldría viva de allí.

Aquel tipo daba escalofríos. Era como tener delante algo de lo que sólo se quiere huir.

Algo pequeño se movió cerca de la jaula, a mi derecha.

La pequeña gatita negra me miró y se acercó ronroneando.

Había tal silencio allí que me asustó que el tipo pudiera escuchar el ronroneo.

La cogí en brazos y la apreté con cuidado contra mí pecho.

_ Shh…sh…

Mi ojo bueno comenzaba a hacerse a la oscuridad. Se escuchaba el crujir de cartón o papel grueso, y algo semejante a los granos de maíz que solíamos echarle a las gallinas.

Sin darme cuenta, estaba reprimiendo mi respiración.

Y el corazón se aceleraba y se detenía, como un coche mal conducido.

Los pasos volvían hacia ella. Estaba segura de que era él.

Me eché hacia atrás, retrocediendo dentro de la jaula,

mientras la figura se hacía más clara.

Sólo la oscuridad enmarcaba su silueta, desgarbada y sucia.

Parecía sonreír pero era una mueca tatuada. No tenía rostro humano. Era como si no supiera controlar la gestualidad.

Se acercó hasta las rejas y se agarró a ellas, ladeando la cabeza ligeramente, mirándome con atención.

La gatita debió intuir algo porque no se movió, ni maulló ni trató de escapar. Simplemente se quedó muy quieta. Como yo.

_ No te preocupes, pronto te sentirás mejor y cantarás para mi…

Abrió la jaula y entonces vi que había arrastrado un saco grande de doble papel, como los sacos de pienso para animales.

Metió la mano y me echó algo encima, cerré los ojos, apartando la cara. Un fuerte olor me sacudió las entrañas.

Era un olor desgraciadamente familiar.

Me dieron ganas de vomitar.

_ Vamos, pajarito, come, come – insistió moviendo sus manos llenas de mugre.

A mis pies y en mi ropa habían pequeñas tiras de algo parecido al papel, y pequeñas piedras blanquecinas.

No entendí de qué se trataba hasta que cogí una de esas piedrecillas y la miré de cerca.

Eran dientes.

Dientes humanos.

Quise sacudirme la chaqueta y al moverme la gatita saltó y salió disparada hacia algún lugar en la oscuridad.

_ Qué lástima…No me sirves. Si no comes, es que estás enferma. No cantarás para mi…

Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

“Quería que cantarás para mí.”

Su tono de voz resultó más grave y cerrado. Sus pequeños ojos mostraban el enfado de un niño malcriado.

“Quizás ahora me deje ir…” Pensé, palpando algo sobre mi mejilla.

_ Acabarás como los demás – miró hacia el saco y sonrío mostrando la oscura cavidad de su desdentada boca.

Miré lo que había despegado de mi cara.

No me dio tiempo a gritar: era un trozo de base de una nariz humana, ya seca. La tiré lejos ahogando un espasmo abdominal y un grito y fue entonces cuando él alzó sobre mi un cuchillo largo y poco convencional, con un mango hecho a mano de cualquier manera.

Me llevé instintivamente los brazos a la cabeza gritando sin siquiera darme cuenta de que aquella era mi aterrorizada voz.

Al segundo, no escuché nada. Sólo mi respiración, fuera de control, seguido de un goteo semejante al de un grifo roto.

_ Púdrete en el infierno maldito cabrón.

Levanté la mirada con las pocas fuerzas que me quedaban. La tía M estaba de pie tras él, atravesándolo con una horca de las que se usan en las granjas.

Él miraba desconcertado, sangrando por la boca, mirando los afilados dientes de la herramienta salir de su tórax.

La tía M soltó la improvisada arma y se acercó cojeando hasta mí.

_ ¡Tía M!

Estaba despeinada y tenía golpes en la cara y arañazos en los brazos y las manos.

Nos abrazamos con una fuerza intensa, con el llanto a punto de explotar en las gargantas.

_ Ya pasó todo – me dijo, cogiéndome la cara y mirándome con preocupación y alivio – Salgamos de aquí ahora mismo.

Asentí y le dije que se apoyara en mi. “Me rompió la pierna el muy hijo de perra” me iba diciendo mientras caminábamos hacia el portalón, lleno de rendijas que dejaban entrar pequeños caminos de luz.

La empujé con fuerza y cedió dando un gemido tosco. Ya había caído la noche pero la luna era enorme y lo iluminaba todo como un potente faro eléctrico.

_ Está muerto, ¿verdad? – le pregunté acompasando mi paso a su cojear.

_ MALDITOS BICHOS.

Nos giramos tan rápido que tambaleé, casi caímos las dos pero la tía M tuvo suficiente fuerza para que no lo hiciéramos.

Estaba allí, frente a nosotras, los brazos colgando como dos mangas de espanta pájaros. Se llevó la mano a la espalda y sin inmutarse, arrancó la escoba de trillar. Las enormes púas dieron contra el suelo y la sangre que quedaba en ellas salpicaron la tierra aquí y allá.

Estábamos tan atónitas como asustadas.

_ No te preocupes, podemos con él – me susurró la tía M, sin apartar la mirada de aquel tipo. La cogí fuertemente por la cintura, y ella seguía apoyada en mí, el brazo por encima de mi hombro.

Él se acercó con pasos lentos pero sin hacer ni una mueca de dolor.

_ Desagradecidas…No sois más que comida para mis verdaderos pequeñines.

Un aleteo fuerte seguido de aire que apestaba a plumas nos hizo mirar hacia arriba.

¿Otra vez los buitres? – pensé fijando tanto como pude mi ojo bueno.

Pero no tuve demasiado tiempo: se lanzaron sobre mí.

Me picoteaban en piernas y brazos, y la verdad, dolía tanto que no me parecía cosa de un pájaro…Eran como cuchillos o pedazos de cerámica golpeando y rasgando a la vez.

No dejaba de gritar.

_ ¡Dejadla! ¡¡Apartaos ya!! ¡Fuera, fuera de aquí!

La tía M movía los brazos como una loca, arrastrando la magullada pierna. No sé si acertaba con alguno de sus alocados manotazos: sólo podía escuchar sus gritos llenos de ira y desesperación.

Yo tenía que centrarme en proteger mi cara de aquellos bichos.

El tipo de las aves reía y reía mientras elogiaba a sus “pequeños”

_ Preciosos, ¿verdad? Mis cuervos gigantes. ¡Son tan insistentes! ¡No piensan soltar a su presa!

El móvil comenzó a sonar en mi bolsillo. Lo debía tener muy alto porque sonó como una sirena en un puerto de mar.

Y así, como si de un hechizo se tratara, los cuervos levantaron el vuelo y lanzando graznidos de descontento, agitaron la noche con sus negras alas.

Todavía con los brazos sobre mi cabeza, miré entre el enredo de mis cabellos al frente, aún tirada en el suelo.

Me faltaba el aire. El dolor de los picotazos se había ido, sólo sentía un calor intenso por todo el cuerpo.

La tía M se apoyó sobre la rodilla completamente agotada, jadeando.

_ Has asustado a mis pequeños.

Estaba enfadado. Era la primera vez que su rostro mostraba algún tipo de emoción.

La tía M se plantó delante de mí y sin mostrar ni un poco de miedo le dijo:

_ Esos bichos dan tanto asco como tú.

Pisó cada palabra, furibunda y firme.

Le miró sin pestañear y siguió instigándole:

_ Esos “pequeños” tuyos, son la comida de los gatos a los que tanto odias.

_ ¡¡¡NO!!!

Su grito fue tan agudo y elevado, que parecía que los tímpanos iban a rasgarse como telas viejas.

Su rostro comenzó a deformarse. Un ligero espasmo entre las cejas y de repente, los ojos se separaron hasta alcanzar las sienes. La nariz desapareció entre una especie de tejido muscular y la boca, sin dientes, se abrió más oscura que aquella noche con luna.

Las dos le mirábamos sin habla, conteniendo la respiración, sin entender nada de lo que estaba pasando.

Era como una pesadilla, pero estábamos las dos ahí, sentíamos la tierra bajo los pies, el aire de la noche algo frío pero refrescante. Una pesadilla, era una pesadilla muy real – pensé – Sólo…Sólo teníamos que despertar. No podía ser otra cosa.

Él chilló sacando una lengua corta y tubular, una lengua de ave mientras se abalanzaba sobre las dos.

_ ¡Tía M! -grité tirando de su brazo.

Pero su mano se soltó. Me quedé plantada, con todo mi cuerpo en tensión.

_ ¡Vámonos de aquí! ¡Vámonos!

La tía M estaba muy quieta, de espaldas a mi.

Me pareció que se estaba volviendo todo más oscuro. Parpadeé, mi ojo herido ya no veía ni una mínima sombra.

Sólo podía contar con un ojo…Y eso me volvía aún más arisca.

_ ¡Tía M! -era más una pregunta, un desconcierto hecho grito.

No era oscuro el lugar, era ELLA la oscura. Su pelo y su figura, toda ella era negra. Como si su cuerpo se hubiera cubierto de petróleo.

El tipo tenía la cara mucho más grande comparada con el cuerpo, que se encorvada más y más, y sin embargo no empequeñecía.

Dijo con voz gutural y profunda, que resonó entre las ramas de los viejos árboles del lugar:

_ ¿A qué juegas mi pequeña ave lira? Ya te has divertido bastante…Ahora termina con todo ésto.

Miré a la tía M, confundida, echándome atrás, paso tras paso.

Quise llamarla de nuevo pero se volvió rápidamente. No era humana. Era como un gran pájaro gigante, los ojos a ambos lados de la cabeza, sin manos, las mangas de la chaqueta colgando como de una percha. Primero no la miraba. Pero en un segundo en el que casi se me para el corazón, ladeó la cara para fijar uno de sus redondos ojos en mi.

Y como un pavo real abre su cola, tras ella un especie de apéndice largo de plumas caracoleando se movieron de izquierda a derecha.

Di varios pasos rápidos de espaldas, pero tropecé y me caí de culo.

No podía dejar de temblar.

No podía pensar, ni llorar, ni gritar.

Nadie podía ayudarme, nadie sabría qué nos había pasado.

Era el fin.

Aquella absurda realidad iba a acabar con sus vidas…En medio de una pandemia por un virus desconocido.

Era irónico, tristemente irónico.

Aquel ser que antes había sido su tía se echó sobre ella con un chillido aterrador, mientras el tipo de las aves gritaba cosas que yo ya no lograba discernir.

Cerré los ojos fuertemente y comencé a rezar un Padre Nuestro. Sabía que no lo terminaría.

________________________________________________CONTINUARÁ

Como polillas / Like Moths

Me pregunto por qué estamos aquí, en este mundo.

Dando vueltas, vidas parecidas pero nunca iguales.

Vidas diferentes pero en algún punto idénticas.

Dando vueltas como polillas alrededor de una lámpara.

Dando vueltas hasta dar con una pared,

golpeándose una y otra vez, porque no somos más que polillas
que por mucho que intenten ver,
no pasan de esa luz misteriosa y de ese muro en el que se golpean.

Ilusiones, lazos, pérdidas, rupturas,
sorpresas, suertes echadas, encerronas, traiciones, resoluciones,
adicciones, tristezas inmensas, dolor, sufrimiento, dulzuras, alivios.

Vidas que no dejan vivir a otras, vidas que se desviven por otras.
Vidas que son propiedad de otras,
vidas que se apropian de otras.

Por qué estamos aquí, me pregunto.

No sé por qué pero hay muchos nudos que deshacer,

muchas cadenas que romper y, esa libertad que tanto ansío,

debe de estar ahí, seguramente,

porque las polillas tienen la suya, ¿no?

¿Por qué no la iba a tener yo?

yrene yuhmi 10 marzo 2020

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I wonder why we are here in this world.

Going around, similar lives but never the same. Different lives but at some point identical.

Circling like moths around a lamp.

Spinning around until you hit a wall, hitting yourself over and over, because we’re nothing but moths
that no matter how much they try to see,
they do not go beyond that mysterious light and that wall where they hit over and over.

Illusions, ties, losses, breaks,
surprises, good luck, lockups, betrayals, resolutions,
addictions, immense sadness, pain, suffering, sweetness, relief.

Lives that do not let others live, lives that go out of their way for others.
Lives that are owned by others,
lives that appropriate others.

Why are we here, I wonder.

I don’t know why, but there are many knots to untie, many chains to break and, that freedom that I long for, must be there, surely, because the moths have theirs, right? Why shouldn’t I have it?

yrene yuhmi March 10, 2020

La bendición del San Martín de Sarrià

Estudié Historia del Arte en Barcelona. Solía vivir en el barrio de Sarrià, un lugar tranquilo, bello, en el que me sentía realmente cómoda. El apartamento era pequeñísimo pero no era desagradable pasar los días allí. (De hecho una de mis novelas está ambientada en ese piso, en esa Barcelona de los 90)

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Mi salud fue yendo a peor con una lentitud veloz, dolorosa, extraña. Ni en la seguridad social, ni en consultas privadas logré que me dieran una solución, un diagnóstico.

Así siguieron las cosas durante más de 10 años.

Mi padre no hacía otra cosa que trabajar para poder pagar los viajes, gastos médicos, medicaciones, etc.

Mi madre tenía que estar conmigo constantemente, pero también debía ocuparse de mis hermanos, mi hermana tenía apenas 10 años y mi hermano 14.

A veces aparecía una medicación que podía ayudar.

Y así llego al punto de inicio de esta anéctota.

Me cuesta mucho escribir sobre mi, sobre la enfermedad. Todavía no puedo…Pero tal vez si lo hago poco a poco, siempre apoyándome en las cosas buenas de todo ese sufrimiento, lograré ir diciendo en voz alta muchas cosas que me callo.

Acabábamos de pagar la medicina, en una farmacia de Bonanova y regresamos a Sarrià, pasando por el supermercado para comprar pan y leche, creo, poca cosa porque no nos quedaba más después de pagar en Farmacia (creo que fueron unas 30.000 pesetas, no entraba en el seguro)

Ya en caja, un mendigo de color, un negrito con gorra de visera y cabellos canos, nos pidió limosna. Mi madre le dijo que no tenía nada. Él nos miró y no nos creyó.

“Es cierto mire usted lo que acabo de pagar” -le enseñó la caja de la medicación.

“¿Quién está enfermo?”

“Mi hija” -le dijo mi madre mirándome, apenada, con esos ojos suyos brillantes como el ámbar-

“Cómo es posible…”- dijo el señor, muy serio, muy contenido, pensando.

Pasaron apenas unos segundos, se quitó la gorra y me la puso en la cabeza mientras decía:

“No te preocupes que te vas a curar, te lo digo de verdad, porque yo te bendigo en nombre de San Martin de Porres, verás como te curará”

Nos quedamos todos, cajera inclusive, con la boca abierta, los ojos eclipsados la escena, sin palabras.

Mi madre le dio las gracias muchas veces, emocionada.

Yo no podía hablar.

“Yrene ¿te creerás, que por un momento, me ha parecido que estaba hablando con el mismo San Martin?…” – me dijo mientras regresábamos al piso.

Yo le miré, aún con asombro y con una esperanza infinita, una fuerza nueva.

“Yo también le he visto Mami…”

¿Dónde estarás querido San Martín del barrio de Sarrià? Te recordaremos siempre…Hay tantos y tantos ángeles en la Tierra…

Todos somos ángeles, sólo que no nos damos cuenta, de la fuerza que tenemos para curar, para ayudar, para amar.

Los encuentros, benditos los encuentros. Son realmente un tesoro inigualable.

Yrene Yuhmi

PS: Mi madre siempre ha sido devota de San Martín, incluso la llamaban las amigas Fray Escoba cuando era jovencita ^_^

私はバルセロナの大学で芸術の歴史を学びました。サリアー近所に住んでいました。

とても穏やかな所、 綺麗な場所です。アパートが小さかったけど、心地いいでした。

健康が段々悪くなった、崩しましたよ。

お母さんと一緒に色んなお医者さんと病院に行きましたけど、全然駄目でした、

 診断すること出来ませんでした。

これは10以来の状態で、桔構辛かった。良い薬があるから試してみてくださいっ

てよくいわれましたから、 そうしました。

お父さんが仕事以上何もしなかった、休憩とるとかできなかった、医者が高いか

ら仕方が無い 。。。 お母さんが私と妹と弟の面倒を見ながら私の病気のこと心

配ですが、前向きで、凄い勇気があった、 今でもそうですよ。

そしてある日その薬を買った後、コンビニにいきました。 薬が高過ぎるパンとミ

ルクしか買うのができませんでした。

レジにいった時に貧乏な黒人がお金くださいって頼みました。

お母さんが「ごめんね、お金がない」 でもその人が信じるわけないですよね。

「本当ですよ、ほらみてください、薬がこんな値段。。。」お母さん見せてあげ

ました。

「誰ですか、病気って」 その乞食さん訊きました。

「彼女ですよ、 娘です」

その方が私を観て、驚いた。

「こんな子供が病気なんて。。。でも大丈夫です、この俺がサンマルティンデポーレ

スの名においてにあなたを祝福します、治ります、 信じてください」

あの方自分の帽子が私に被って、そんな言葉を言いました。

私とお母さんも、レジがかりもビックリしていて、言葉が出なかった。

サンマルテインデポーレスが黒人の神聖な人でした 。

お母さんが何度も何度も有難うございますって言いましたよ 。とても感動で、涙が出ましたよ。

あの時私もお母さんリアルなサンマルテインを見た気がしました。

ちょっと不思議で忘れない。。。

そして2002年私は不思議ですが、回復しました。医者さんが信じられないくらい

ビックリしました。私は2001年病院生活、29キロ、 死の入口で、希望が持つと家

族の愛しか何もなかった。

いえ、逆です。家族の愛と希望の力のお蔭で死ななかった。

これは言わなければならない言葉ですよ。

すっごく感謝です、 あの黒人の方何処にいますかな。。。よく考えているね。

よかった、出会いがやはり素敵なことです。

San Martín de Porres

from-wwwdabbey-roadsdblogspotdcom

San Martín de Porres from-wwwdabbey-roadsdblogspotdcom

Especial San VALENTIN de Armend y Liend, universo paralelo.

Un poco tarde…Pero aunque sea soltera, me encanta el día de San Valentín…Aquí os dejo un antiguo relato corto, un universo paralelo de la historia de Armend y Liend.
A quien se la perdiera: espero de corazón que la disfrutes!
Y a quien la leyó en su día, mil gracias!!!!

Yrene Yuhmi's blog

Para tod@s mis querid@s lector@s, un feliz y soleado SAN VALENTÍN, y que el amor triunfe! No importe ni dónde ni cómo ni por qué, ni con quién ni cuándo, sólo importe lo que sientas y hagas sentir.

El camino de Ji Lee Won

En un pueblo de la sierra más hermosa de las tierras del Sur, acababan de asentarse los soldados venidos del desierto, bajo el ala de la banda sublevada: el partido nacionalista.

Las mujeres pasaban ante ellos deprisa y sin mirar, sintiendo temblar las rodillas y el corazón. Los niños observaban desde sus escondrijos, ventanas y portezuelas, los impecables y atrayentes uniformes de aquellos hombres de tez morena y ojos oscuros.

 Armend Moon, llegaba a caballo de Aracena, oculto un libro en la pechera, clavando una mirada firme sobre el par de militares apostados justo a la entrada del pueblo, pasado el puente de los Sarmientos.

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Constantino Romero y el exhibicionista de Barcelona /The pervert of Barcelona

 

Kanharu doujinshi
Kanharu in Barcelona 90s

Barcelona de finales de los 90.
Pero finales, finales.

Muy temprano,

aún todavía sintiendo

el tacto de la sábana en mi mejilla,

pasó por delante de la panadería

y compró unos panecillos acabados de hornear.

Ya he desayunado en pisito de la calle Ivorra,

en mi barrio de estudiante universitaria,

uno con nombre que suena

a cortar leña o trepar montes: Sarrià.

Las personas con Fibrosis quística

solemos tener siempre un apetito voraz,

y a la par, una terrible malísima digestión.

Menuda contradicción dietética…

Esa es la razón por la cual paro

poco después de desayunar,

en la panadería, calentita,

con sus dependientes vestidas de blanco

y sus pinzas, como cangrejitos serviciales,

sirviendo donuts, cruasáns,

baguettes, panes rústicos

y demás delicias de cereal.

Pisando fuerte, masticando aquellos

panecillos blandos como nubes,

mi falda larga de punto roza las botas altas,

como orejas de textil atentas

al despertar de la ciudad,

mezcolanza de voces y máquinas,

música urbana.

Pasó por delante del Corte Inglés

en la Plaza Maria Cristina,

grandes almacenes que marcan

el paso de las estaciones mejor

que el planeta Tierra…Esta vez toca

poner las luces de Navidad.

Miles y miles de luces que los operarios

colocan con paciencia infinita…

¿Qué dibujo formarán las luces

cuando esté terminado aquel puzzle de colores?

No estoy yo para pensar mucho en ello,

porque mientras voy camino de la Facultad,

repaso todas las lecciones,

las del día y las que me gusta repasar,

o bien me ando por las ramas hasta pensando,

y me pierdo como Alicia en un país

de mil maravillas de lo más variopintas…

Vamos, para decirlo más claramente:
estoy en Babia.
O en la luna de Valencia.

¿Por qué se dirá? “Estás en la luna de Valencia”

Y de nuevo a las andadas.

Cuando llegó a la calle larga y cuesta abajo

que parece apuntar

a la boca del edificio de la facultad,

aceleró el paso.

Supongo que por inercia,

y porque cuesta abajo es más fácil dejarse llevar

y los pensamientos se multiplican por mil,

y yo ya estoy perdida en ellos por completo.

Es una calle solitaria,

simple asfalto, con solares de maleza a los lados,

y una gran pancarta que anuncia un foie grass,

que por aquel entonces anunciaba

un muy querido presentador de televisión,

locutor y actor de doblaje

¿le recordáis? Constantino Romero,

la voz de Clint Eastwood,

Arnold Schwarzenegger,

o Dark Vader…

Esa voz, qué voz…
En Star Wars
_Luke, yo soy tu padre
En Terminator
_Sayonara baby
o ese discurso final de la peli Blade Runner
_Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…

(Rutger Hauer)

Qué voz, me diré a mi misma al pasar

por delante del enorme cartel publicitario,

casi a la entrada de la universidad…
Pero antes de eso.

Unos pasos, unos metros antes de eso,

un compañero de clase me hace volver en mi:

_ ¡Yrene!

_(¿eh?) ¡Ah! Hola Juan, Buenos días.

Juan me mira con cara de incredulidad,

algo de extrañeza y una pizca de risa nerviosa.

_ ¿No lo has visto?
_ El qué – le miró interrogante…

¿qué tendria que haber visto?

Estaba tan confusa

que no sabía si frenar el paso

y mirar bien a mi alrededor

o seguir para no hacerle un feo

a la cuesta que empujaba

mi cuerpo hacia adelante.

_ ¡Al tío ese! ¡Se ha abierto el abrigo delante de ti!
_ ¿El abrigo?
_ ¡Un exhibicionista Yrene!

Por supuesto que no lo había visto.
Y estaba tan claro,

que Juan me miraba

ya con ganas de reír de verdad.
_ El tío se ha quedado decepcionado.

Has pasado como si no hubiera nadie.

Vamos como si fuera invisible.
_ Anda ya…- casi no me lo creía.
_ ¡De verdad! No, si ya decía yo

que no lo habías visto…

Porque, es que…

¡has pasado a un escaso metro de él!

¡Y ni caso!

Ni un susto, ni un gritito, ni un

¡Ay Virgen Santa!

_ No me he perdido nada entonces.

Juan se reía.

Él sí que había visto algo

inusual aquella mañana:

Porque un pervertido se había quedado

más mustio que su patética desnudez,

al verse ignorado,

por alguien que tenía en mente

a Constantino Romero, a las obras

del maravilloso Bernini y

al sabor de los panecillos

recién horneados de la calle Ivorra.

Yrene Yuhmi recuerdos, Noviembre 2019

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The End

Barcelona of the late 90s.
The very very end of the 90s.

Very early, still feeling the touch of the sheet on my cheek,
I stopped at the bakery and bought some just baked small breads. I have already had breakfast at the appartment, in Ivorra Street, in my university student neighborhood, one with a name that sounds like cutting wood or climbing mountains: Sarrià.

People with cystic fibrosis usually have a voracious appetite, and at the same time, a terrible bad digestion. What a dietary contradiction …

That is the reason why I stop shortly after breakfast, in the bakery, warm, with all the store-dependents dressed in white, holding their tongs, like helpful cute crabs, serving donuts, croissants, baguettes, rustic breads and other cereal delights.

Stomp it out, chewing those soft muffins fluffy like clouds, my long knit skirt rubbing the high boots, like textile ears attentive to the awakening of the city, a mixture of voices and machines: urban music.

I passed the El Corte Inglés in the Plaza Maria Cristina, big department stores that mark the passage of the seasons better than the planet Earth … Now it’s time to put the Christmas lights. Thousands and thousands of lights that operators place with infinite patience … What drawing will the lights form when that colored puzzle is finished?

I am not to think about it much, because while I am on my way to the Faculty, I review all the lessons, those of the day and those that I like to review, or I beat around the bush until thinking seriously about sometime clear and concrete, and I lose myself as Alice in a country of a thousand of all kind of wonders …

Ok, to put it more clearly:
I’m “in Babia”
Or on “the moon of Valencia”

Why do people say that idiom?
“You are on the moon of Valencia”

It bugs me…

and I am at it again.

When I reached the long and downhill street that seems to point to the mouth of the faculty building, I accelerated my steps. I guess because of inertia, and because downhill it is easier to get carried away and thoughts multiply by a thousand, and I am already lost in them completely.

It is a lonely street, simple asphalt, with lots of weeds on the sides, and a large banner that announces a foie grass, which at that time announced a very dear television presenter, announcer and voice actor, do you remember? Constantino Romero, the voice of Clint Eastwood, Arnold Schwarzenegger, or
Dark Vader…

That voice, what a voice …
In Star Wars
_Luke I am your father
In terminator
_Sayonara baby
or that final speech of the movie Blade Runner
_I have seen things that you would not believe … (Rutger Hauer)

What a voice, I will tell myself as I pass in front of the huge advertising poster, almost at the entrance of the university …
But before that, a few steps, a few meters before that, a classmate brings me back to me:

_ Yrene!

_ (Huh?) Ah! Hi Juan, good morning.

Juan looks at me with a face of disbelief, a bit of strangeness and a hint of nervous laughter.

_ You have not seen him?
_ See what?
He looked questioningly …
But I didn’t get what he was talking about.What should I have seen? I was so confused that I did not know whether to slow down and look around or continue to not make an ugly one to the slope that was pushing my body forward.

_ To that guy! He opened his coatin front of you!
_ The coat?
_ An exhibitionist, Yrene!

Of course I hadn’t seen it.
And it was so clear that Juan was already looking at me really killing his laugh.
_ The guy must be so disappointed. You have passed as if there was no one. As if he were invisible.
_ Come on …- I almost didn’t believe it.
_ For real! Well, I already said to myself that you had not seen it … Because, it is just that … you have passed so so close to him!
And you ignored it.
Not a scare, not a scream, not a woe, Holy Virgin!

_ I haven’t missed anything then.

Juan laughed. He had seen something unusual that morning.

Because a pervert had become more whitered than his pathetic nakedness, because he was ignored, by someone who had in mind Constantino Romero, the works of the wonderful Bernini and the taste of freshly baked muffins from Ivorra Street.

Yrene Yuhmi Memories, November 2019

Vivir sin miedo

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yrene yuhmi garden

 

Si pudiera salir corriendo dejaría atrás hasta mis pasos.

Si pudiera salir huyendo

no podrían saber de mí ni las aves

que desde el cielo todo lo observan.

Si pudiera vivir sin miedo

no habría felicidad que no pudiera atrapar

con estas dos pequeñas manos.

Si pudiera vivir sin el control de sus grilletes

cuán ligero estaría me ha agotado corazón.

22 julio 2019

© Yrene Yuhmi

 

If I could run away

I would leave behind my own steps.

If I could run away,

nor even the birds

that observe everything from the sky

wouldn’t know about me.

If I could live without fear

there would be no happiness

that I couldn’t catch with

these two little hands.

If I could live without the control

of their shackles,

how light my exhausted heart would be!

Niños/Ancianos. Adivinanza alquímica.

Todos llevamos dentro a un niño y a un anciano.
Sólo unos pocos saben voltear ese tablero de doble espejo
 en el que se ven ambas caras.
Quizás porque es un desafío a las tres leyes del Tiempo. 
Quizás por exceso de miedo, o por falta de imaginación.
Pero ahí están ambos conviviendo en un mismo cuerpo.

Yrene Yuhmi 1 octubre 2019


We all carry a child and an old man inside.
Only a few know how to turn that double-mirror board on which both faces are seen, perhaps because it is a challenge to the three laws of Time.
Perhaps because of excessive fear, or lack of imagination.
But they are there, both living together in the same body.
yrene yuhmi October 1, 2019

 

 

私たちは皆、子供と老人を中に抱えていますが、両面が見えるダブルミラーボードを回す方法を知っている人はごくわずかです。 おそらく、過度の恐怖、または想像力の欠如のためです。
しかし、両方が同じ体に同居しています。

イレーネ優海より

 

yrene yuhmi drawing beatrix pottter