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COMO POLVO DE ARROZ

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Como polvo de arroz

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_Llevo dos años buscándole.

Dijo el joven de largos cabellos negros, recogidos con una cinta púrpura en la nuca.

El monje, impasible y calmo, le miraba con seriedad. Un tinte de tristeza aguó sus pequeños ojos cansados.

Estaba el humilde templo rodeado de montañas, en algún lugar al norte de Honshu, en Japón.

_ No puedo ayudarte…- El monje hizo una leve venia, inclinando la rasurada cabeza, haciendo tintinear el rosario que colgaba de su cuello.

Regresó a sus quehaceres sin más.

Una hoja de castaño cruzó el aire en un gracioso zigzag, frente a la nariz del joven, que suspiró resignado – y por alguna razón ciertamente aliviado- cerrando los ojos por un instante.

El otoño le había alcanzado.

Sus pies, fuertemente vendados con tiras de algodón, calzados con rústicas sandalias, habían pisado mil veces cien, todo tipo de caminos, aldeas y puentes.

Había visto a las bellas geishas caminando con paso pequeño sobre sus sandalias de madera lacada llamadas Zori, en las calles de Gion.

Compró una campanilla en una de las paradas de la feria del viento y comió Mitarashi dango y manju relleno de pasta de alubias rojas, sentado en un banco de madera frente a una tienda de kimonos.

Observó cómo los niños aprendían a leer y a escribir, en las escuelas llamadas Terakoya, empuñando pinceles que empapaban en tinta oscura como la brea.

Se había cruzado con algún que otro samurai y había visto salir de puertos, barcos hacia Occidente.

Algún día, probablemente, terminaría en uno de ellos…

Ahora seguía caminando, con su bolsa al hombro y un largo bastón de madera de sauce, atravesando los verdes ejércitos de bambúes de Kyushu.

Los pies le ardían: pronto tendría que parar a descansar.

Un par de Gorriones de Java acompañaron sus sueños durante la siesta. Los blancos Bunchou se besaban el pico entre las zarzas, sin miedo al durmiente.

***

Despertó de repente, sorprendido por el ruido del follaje al ser removido, justo a su derecha.

_ ¿Quién es…? – preguntó tras esperar unos segundos la aparición de algún animalillo curioso- … ¡Un niño!

_ ¡No soy un niño! – replicó frunciendo el ceño un muchachito de unos ocho años, armado con arco y flechas.

El joven viajero sonrió, volviendo a apoyar sus cansadas espaldas contra el tronco de un árbol.

_ ¡Tu nombre! – le gritó arrogante el chiquillo, apuntándole con el dedo.

El viajero no veía ninguna malicia en los ojos del pequeño arquero. Era un niño franco, honesto y directo.

Le dijo su nombre y le ofreció un taiyaki que había comprado hacía dos días en una casa de té.

_ Ya no me queda dinero…

_ Pues caza – resolvió el niño masticando con avidez el delicioso dulce – ¿O es que quieres morir de hambre?

_ No me voy a morir de hambre – repuso con absoluta seguridad.

_ ¿Tienes más de ésto? –preguntó limpiándose la boca con un presto manotazo.

_ No, lo siento.

_ Pues te vas a morir…

_ Ya te dije que no moriré de eso…

_ ¿Por qué?

_ Porque estoy buscando a alguien. No puedo morir sin haberle encontrado…

Sus ojos negros brillaron como dos gotas de leche sobre pizarra.

El pequeño arquero quedó fascinado por la determinación de aquel joven.

Semejaba el polvo de arroz que se escurre de entre las manos de quien amasa.

Blanca arena que deja huella.

Se despidieron al alba.

Cada uno de ellos tomó un camino.

Dos vidas, dos historias, acababan de cruzarse en aquel claro de bosque, entre sauces y castaños.

Pero para el viajero, aquella persona, aquella vida, aquella historia, era tal vez la penúltima de muchas otras que había ido encontrando a lo largo de su viaje durante dos años, con sus cuatro estaciones dos veces vividas, en el país del sol naciente.

***

Alcanzó finalmente una inmensa extensión de arrozales, salpicados aquí y allá por casas de madera, humildes, pequeñas y de aspecto tan quebradizo como el de las espigas secas en Agosto.

Una mujer, el kimono arremangado y las manos metidas entre las aguas enturbiadas por el fango, le miró sonriente, convirtiendo su rostro con tal gesto, en una red de mil arrugas, ocultándose los ojitos, como lunas menguantes, entre las cejas blancas y los marcados pómulos tostados por el sol.

La anciana, caminó deprisa, encorvada, aún las manos empapadas, hacia la casa que aromaba el lugar con el olor a pescado asado, soja fermentada y arroz hervido con col.

Le ofreció de comer, como si se tratase de su propio nieto, sin hacer preguntas, sin buscar razones.

Cuando el joven dejó los palillos sobre el tosco pocillo bien arrebañado, la buena mujer le indicó cómo llegar hasta el templo más cercano.

_ Muchas gracias abuelita – inclinó la cabeza el muchacho, aguantándose las ganas de abrazar a la tierna madrecita trabajadora.

El camino serpenteaba, giraba y torcía a derecha e izquierda, franqueado por centenarios árboles de hoja caduca y matorrales abrazados por zarzaparrillas y esparragueras.

Olía a setas y moras.

El sol comenzaba a dormitar, rosado y pálido.

Aquella señora de los campos de arroz… ¿sería la penúltima persona de su largo viaje? ¿O tal vez lo fue el arquero de los bosques de Kyushu?

Quizás ahora encontraré a la penúltima persona de mi viaje…” Pensó hincando el bastón en la tierra, removida por otros viajeros, otros pasos y otros bastones.

En el templo le esperaba otro monje, calzado con sus waraji, unas sandalias de paja entrelazada que rodeaban los tobillos y los pies.

Esta vez se trataba de un hombre joven, alto y solemne, que le recibió con curiosidad, hablando bastante y haciendo preguntas, acompañándole a una sala en la que le sirvió té, para seguir preguntándole sobre un sinfín de cosas, en una conversación inconexa pero amena que relajó la mente del joven peregrino.

_ ¿Y qué es lo que andáis buscando, muchacho? – preguntó, frente a frente con el chico, sentados ambos sobre sus rodillas frente a los vasos, cuencos y utensilios típicos de la ceremonia del té.

El trotamundos suspiró, deseando que tampoco aquella persona supiera contestarle.

Porque él quería seguir viajando.

Ya hacía tiempo que había olvidado la auténtica razón por la que comenzó a caminar, dejando su casa atrás.

Así que no hacía más que preguntarles a todos los que se iban cruzando en su interminable marchar:

_Estoy buscando a la persona que dé fin a mi viaje. ¿Eres tú?

Por supuesto, nadie sabía responder a tal pregunta.

La persona que dé fin a mi caminar…

Hasta que la encuentre, las manos que se me ofrezcan, serán para mí siempre la penúltima persona.

El auténtico sentido de mi viaje.

FIN

Yrene Yuhmi 2007-06-30

GLOSARIO:

Mitarashi dango: Bolas de arroz endulzadas con jarabe de soja, azúcar y almidón; suelen tener tres colores distintos, siendo más populares entre los niños y las mujeres.

Manju: dulces de arroz redondos, generalmente rellenos de pasta de alubia roja.

Bunchou: Gorriones de Java

Terakoya (寺子屋, literalmente “escuelas templo”) Instituciones educacionales privadas en las que se enseñaba a los niños de los japoneses plebeyos a leer y escribir durante el período de Edo.

Taiyaki (鯛焼き, Taiyaki), literalmente “brema de mar horneada,” Es un pastel japonés en forma de pez. Normalmente está relleno de pasta dulce de alubia roja.

Waraji: sandalias que suelen calzar los monjes budistas japoneses.

El refugio de Carpófora

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Era una noche de mucho viento. Tan fuerte y despiadado soplaba, que los árboles gemían de dolor y las estrellas se tambaleaban desde sus alturas.
Las hadas y otros seres pequeños, dormían a salvo en lo más hondo de los árboles.

El bosque estaba sumido en la más absoluta oscuridad. La luna menguante semejaba una cuna, pero apenas se podía ver desde las matas de la zarzaparrilla y los alisos blancos que alfombraban los pies de la arboleda.

En una casa rectangular, con un porche de tablas y un jardín escueto, vivía un joven escritor y su gato Sui.
El joven llevaba tres meses allí, a solas con la naturaleza y consigo mismo, intentando escribir todas las ideas,
sueños y demás entretejidos de la imaginación que le impedían descansar.
Era como tener metidos en su cabeza, cientos de duendes traviesos que terminaban por agotarle físicamente.

En la ciudad, le había sido imposible apaciguar a los duendes, por lo que cogió un petate con dos mudas y su portátil, un par de libros de Haruki Murakami y otro par de Goethe y de Lorca.

La casa era de sus abuelos maternos, que murieron cuando él era añun demasiado pequeño como para sentir pena o añoranza.
Cuando llegó estaba en tan mal estado que se pasó un par de semanas limpiando y arreglando el tejado, la madera del porche y el jardín, cubierto de dientes de león y mala hierba.

El gato apareció su primer sábado en el Bosque, por la mañana, cuando se tostaba pan junto al fuego.
Simplemente se acercó ronroneando, alzando el lomo, acariciándose contra sus piernas, como si le conociera de toda la vida.

_ Hola bonito…¿De dónde sales? – le ofreció un poco de mantequilla, que lamió gustoso para después lavarse con esmero toda la cara, mitad amarilla, mitad blanca.
Tenía los ojos grises y bizqueaba. Su pelaje era más bien amarillo, a excepción de una mancha blanca que recorría parte del rabo y todo el flanco derecho.

Le llamo Sui*, en un impulso, como cuando ponía nombre a los personajes de sus novelas.

Cada mañana daba un largo paseo por el bosque. Caminar le ayudaba a ordenar las ideas: a poner en fila a los duendes de la imaginación y mandarles callar. De ese modo, al volver a casa, lograba pasar al papel con éxito las ideas, tramas y diálogos que su mente cuajaba durante las caminatas.
Sui sólo le acompañaba un tramo, nunca se alejaba completamente de la casa. Perezoso, se volvía al porche y dormitaba el resto de la mañana, hasta la hora de la comida.

La casa disponía de pozo con agua potable, un trastero inmenso, un pasillo central y cuatro habitaciónes: dos dormitorios, un baño y la cocina.
En el trastero, muy ordenado y sin demasiadas cosas acumuladas, estaba a su vez la despensa, que había hecho llenar antes de llegar.
El señor Nakayama tenía las llaves – era un viejo amigo de la familia y vivía a sólo cinco quilómetros de allí-.
Tenía latas de comida, pan, galletas, leche condensada, cecina, verduras y frutas enlatadas, atún, anchoas y cervezas. Suficientes reservas para medio año aproximadamente.

Al principio pensaba que no soportaría la soledad y que terminaría regresando, con el rabo entre las piernas, a la semana como mucho.
Pero, inesperadamente, no fue así…Cada día que pasaba, más a gusto se sentía y poco a poco, la ciudad y sus recuerdos, fueron quedándose en la parte más oculta de los
cajones de la memoria. Ni siquiera echaba de menos hablar con la gente o coger el coche.

Su lugar favorito para escribir, era la cocina. Era demasiado luminosa para su gusto, pero acogedora. Sólo tenía una mesa pequeña para dos comensales, de madera, con sus dos sillas y su mantel viejo, empobrecido como
las cortinas, por la luz del sol.
Los fogones eran antiguos, la nevera era vieja y los suelos de madera estaban desgastados y pobres.
Aún así, algo le hacía sentir tan cómodo, que una inmensa sensación de felicidad le recorría el cuerpo desde las yemas de los dedos hasta la punta de los cabellos. Sobre le mesa, con su café cargado, escribía en el portátil,
con una facilidad que hacía años que no podía paladear.

Una mañana, el canto de una lluvia fina pero abundante le despertó. Sintió frío en los pies y agarrando el gastado edredón de una de las puntas, se cubrió hasta la cabeza.
Se había acostado tarde leyendo y tomando notas y aquella lluvia repentina le daba una somnolencia muy bienvenida.

De repente unos golpes fuertes, como si algo de metal se derrumbara, le hizo saltar de la cama.
“Viene del trastero” Se dijo mientras se calzaba. Se puso la chaqueta y fue al trastero. El porche estaba empapado por la lluvia y las acacias que adornaban
los laterales de la casa parecían damas mojadas.

El olor a lluvia y a hojas secas, a hierba y a tierra, era fuerte y tonificante. A pesar del frío de la mañana se sintió enérgico y listo para escribir.
En todo ello pensaba cuando llegó a la puerta del trastero, ligeramente abierto. “Qué extraño” Pensó entrando, tratando de ver qué era lo que había producido tal barullo
en la mañana.

Unas cajas de madera a la izquierda,  un armario ropero a la derecha y al fondo varios lienzos enrollados. Exactamente igual que el día en que llegó e hizo un chequeo de cada una de
las habitaciones de la casa. Nada estaba fuera de lugar.
Sin embargo, había algo detrás del armario. Como la única fuente de luz era una bombilla que pendía del techo sin más adorno, y encima estaba fundida, tuvo que abrir más la puerta para que la tenue luz de la mañana le ayudara a ver mejor dentro de aquellos 20 metros cuadrados.

_ ¿Sui?

El gato, empapado, estaba lavándose minuciosamente las patitas, entre un montón de papeles viejos, recortes de periódico y libros.

_ Pero bueno, si estás empapado…¿Dónde has andado? – suspiró, cogiéndolo en brazos. Sui lanzó un maullido cariñoso, dispuesto a mostrarse dulzón a
cambio de un buen tazón de leche o una lata de atún.
_ Tendremos que ir a por una toalla…- se levantó y al primer paso, algo hizo un ruido sordo a sus pies.

Parecía ser un libro. Lo recogió y con Sui en brazos, regresó a la casa principal, a la cocina.
Dejó el libro sobre la mesa y preparó café.
La lluvia comenzó a amainar.
Sui seguía secándose el pelaje con mucha calma, mientras su dueño se tomaba el café solo, rebuscando en la bolsa del pan de molde un par de rebanadas del fondo.

Después del frugal desayuno, fue a por una toalla vieja y secó al gato a conciencia, mientras miraba las tapas del libro, de color beige, con más de un rasguño y algunas manchas viejas.
Sui comenzó a resistirse a la ceremonia de secado, hasta que, ya harto, saltó del regazo de su amo y se fue al porche, en donde las gotas de lluvia del tejado se estampaban con un “plim”
agudo y dulce.

Entonces el escritor, sin demasiadas ganas de volver a la escritura, decidió dedicarse a hojear aquel libro, el cual parecía estar seduciéndolo, llamándolo, invitándolo a saber de sus líneas…
En la primera página estaba escrito, con tinta negra y caligrafía meticulosa, la siguiente frase:

“Recuerdos de Carpófora D. W. Mes de Septiembre, Año 1940”

Era una especia de diario de su abuela paterna. Lo único que conocía de ella, era su nombre y el hecho de que había vivido en aquella casa con su marido, durante los últimos años de su vida. Ni su padre ni su madre le habían hablado de sus abuelos, probablemente por falta de interés más que por querer ocultar algo en particular de sus ancestros…

Las rugosas y gastadas hojas del diario le llamaban con voz impaciente y traviesa. “Quién sabe, tal vez me sirva de inspiración para mis escritos…”
Pensó acomodándose en la parte seca del suelo del porche, bajo la atenta mirada de un sol, que tras  el aguacero, se abría paso entre las nubes y las altas copas de los árboles.

“Mi tío me ha vuelto a traer libros de su viaje a la capital. Ya me había terminado de leer los que me dio el mes pasado. Si no fuera por él, me moriría de aburrimiento. Esta vida es insoportable para cualquier mujer…
Si hubiera nacido varón, sería escritor. Y viviría solo, con mis libros y mis mil historias sin que nadie dirigiera mi vida ni mandara sobre mí.

Madre está, como de costumbre, asqueada conmigo, me ha obligado a coser sentada junto a ella,
y cuando he terminado con la labor, me ha mirado con odio diciéndome “No sirves para nada, qué desastre de niña”
Padre no vuelve hasta tarde de trabajar en la carpintería.
Como está delgadito siempre le sirvo más comida que a nosotras, pero en cuanto madre lo ve, cambia su plato por el de papa. Me saca de quicio, pero es mi madre. No puedo hacer ni decir nada en su contra.

…Esta tarde madre se ha enfadado conmigo porque he derramado la leche sin querer.
“Ojala tu padre no te hubiera recogido cuando te tiré de la cuna” farfulló sin mirarme, marchándose a su habitación.
Limpié la leche sin poder contener las lágrimas. Arrodillada en el suelo, pensé que quizás yo no merecía estar viva.

…Le he preguntado a padre si es verdad que madre me tiró de la cuna. Él me ha mirado con ternura infinita y cierta tristeza, antes de decirme: “¿Y eso quién te lo ha dicho?” “Madre” – le respondí. Suspiró y me acarició la cabeza.
“No pienses en ello, ya pasó, y bien que estás aquí, tan bonita, mi niña querida.”
No entiendo nada…¿Puede una madre odiar tanto a su propia hija? Si yo no recuerdo haber hecho nada en su contra…Muy pronto cumpliré catorce años. Me gustaría tanto poder irme a trabajar a la capital…Sólo que echaré de menos a padre.  No puedo dejarle sólo. Y menos con esa mujer.

…¿Cómo debe de vivir un escritor? Seguro que son los seres más libres del Mundo. Muchas veces fantaseo y me convierto en un escritor que vive solo, escribo cuentos a escondidas de madre, pero siempre termina descubriéndome: “¡Otra vez con esa locura de escribir! Una buena mujer no tiene tantos pájaros en la cabeza, pero tú eres tan idiota…No hay nada que hacer contigo” Me ha dicho arrebatándome los papeles y tirándolos al fuego.
Me he pasado llorando el resto de la tarde y me he negado a cenar. A ella le ha dado igual, pero padre ha venido a mi cuarto en seguida, con una bandeja. “Toma Carpófora, sopa y pan tierno. Este pan lo he traído a escondidas de tu madre.” Era pan de leche. Está muy caro y no todo el mundo puede comerlo…La guerra dejó al país con más hambre que una camada de lobos.
Nunca olvidó el sabor de las cosas que a veces padre me trae…Aunque no vuelva a comerlo nunca más, ese bollo de leche de hoy permanecerá en mi memoria para siempre.

…Padre ha enfermado. El doctor viene dos días a la semana a verle, dice que es el corazón.
Madre no deja de quejarse, porque padre no puede trabajar y no entra dinero en casa. Anda haciendo ver que tiene mucho que hacer, pero en realidad se pasa el tiempo sentada cosiendo pañuelos y haciendo labores mientras canturrea por lo bajo.
He encontrado un sitio perfecto para esconderme de madre y para escribir tranquila.
Está en lo profundo del bosque, una casita de piedra muy vieja, medio derruída por las bombas.
Pero tiene un pajar que siempre está calentito. Hay un agujero justo encima de la paja, y como ha hecho mucho sol, todo huele a pan horneado.
Me imagino que vivo en una gran mansión en la ciudad, y que escribo sentada en una bonita mesa de madera oscura, con mi tintero y mis papeles nuevos, inmaculados…Mi mayordomo me trae panes de leche y café caliente en una bandeja de plata y yo me detengo a degustarlo mientras observó mi
gran librería, que ocupa todas las paredes sin dejar ni un sólo hueco sin cubrir, excepto la puerta, una puerta de ricos, grande y solemne.

…Cada tarde me escapo a la casa del bosque. Le digo a madre que voy a coser con unas amigas. A ella le importa muy poco si voy o vengo. Y prefiere no tenerme cerca así que remugando un “Otra vez dando tumbos por ahí, niña inútil…” Sigue con sus labores mientras padre sigue postrado en su cama.
Yo le leo antes de irme durante una hora, uno de los libros que me trajo el tío la última vez: Viento del Este, Viento del Oeste de Pearl S. Buck. Padre y yo disfrutamos mucho de esta historia…Un occidental y una oriental se casan, venciendo el enorme abismo de culturas…”Pearl es nombre de mujer” Me dijo padre una tarde, cuando terminé de leer.
“¿Quieres decir que este libro lo ha escrito una mujer?” Le pregunté asombradísima. Él sabía lo mucho que me gustaba leer. Sonrió asintiendo. “Si te gusta escribir, no dejes nunca de hacerlo. Que nadie te detenga. Ya verás como todo saldrá bien. El destino te llevará a encontrarte con tu vocación tarde o temprano.”
Durante los días posteriores a aquella conversación con padre, he escrito mucho oculta en la casita del bosque.
Y he ido guardando todos los papeles en una caja metálica de galletas danesas, con la esperanza de que algún día pueda llevarlo a una editorial de la capital.
Mi tío sabe de libros, se lo preguntaré el próximo viernes que ya vuelve con más libros para matar mi soledad.
Además, ya sabe por un telegrama que le mandamos, que su hermano está enfermo…Me preguntó que pensara al verlo…Está tan delgadito y débil…

…Hoy me topé con un joven de mi edad, de camino a la casa del bosque.
Es un chico muy guapo. Me ha sonreído. Llevaba un haz de leña a cuestas y caminaba presto, pero cuando me ha visto ha aminorado el paso. Me pregunto si mañana volverle a verle…
El tío ha venido a casa, pero no ha traído libros. Tenía una expresión muy triste en su rostro. Hasta su bigote parecía triste. Se ha pasado horas sentado junto a padre.
Cuando ya se ha marchado me ha acariciado la cabeza y a suspirado con fuerza, como si con ese aire dejara escapar mil dolores y penas calladas.
Padre no está bien…Y sólo de pensar en que me deje sola con madre, me desespero.

…He hablado con el chico del bosque. De camino a la casita he vuelto a cruzarme con él.
“Buenas tardes. ¿Disfrutando de un paseo?”
“Buenas tardes…” Sólo acerté a devolverle el saludo en un hilito de voz.
Yo llevaba mis escritos en la caja metálica, metida en mi cesta, junto con un poco de pan negro y
membrillo.

El joven aprovechó para atar bien el haz de leña, y siguió hablando:
“La verdad es que este bosque es tan agradable que las horas pasan volando cuando estás aquí.”
Yo asentí totalmente de acuerdo. Quería hablarle más pero no se me ocurría nada, sólo notaba que
mis mejillas ardían como dos brasas y que mi corazón se aceleraba más y más.
“¿Vienes a por leña todos los días?”
“Sí. Trabajo para el Médico. Le llevó la casa y cuido de sus caballos.”
“Ya veo…” respondí yo apretando mi cesto con fuerza contra la cadera.
“Yo…Voy a esa casita que hay más haya de la encina…A escribir…” No sé cómo tuve valor de decirle que hacía algo tan estúpido…Madre se habría reído de mí si me hubiera escuchado…Bajé la mirada avergonzada, puesto que pensé que al joven no le haría ninguna gracia que una mujer se entretuviera en cosas inútiles…
“¿Es cierto eso?, ¿Eres escritora?” Él parecía entusiasmado. Se acercó más a mí y me dijo su nombre,
Martín Hunoy. Me dio la mano, llena de callos, seca y muy caliente. Una mano que ofrecía mucha seguridad
y fortaleza. Siempre risueño, me preguntó si podría leer mis escritos.
Yo casi no podía creerlo. Le dije que por supuesto, pero que me daba vergüenza…A lo que él respondió:
“¿De qué? Escribir es algo tan bonito…Estoy deseando leer algo escrito por ti.”
No creo qeu está noche pueda dormir. Por primera vez me siento llena de energía y con un ilusión nueva.
Mañana se lo contaré todo a padre…

…Padre ha muerto. Esta tarde a las seis y media. No puedo creer que ya no pueda volver a verle nunca más…
No puedo escribir…Me siento vacía, estúpida, impotente, sola. Tremendamente sola.
El tío ha mandado un telegrama: mañana viene para preparar el sepelio y poner en orden todos los papeles.
A mi ya no me importa nada, ni madre, ni los papeles, ni leer, ni escribir, ni el bosque, ni Martín…
Tengo muchas horas por delante, ni pizca de sueño ni hambre y la noche se presenta larguísima
Madre no deja de lloriquear cuando la gente se presenta a dar el pésame pero yo sé que en realidad se siente aliviada, y que padre le importa muy poco…Algo que no me resulta nada nuevo.
Me siento tan mal por no quererla…Debe de haber algo extraño en mí…O tal vez me esté volviendo loca.

…Después del entierro no pude soportar más la presión y me fui a la casita del bosque. Me pasé dos días llorando, sin volver a casa. Sobre la paja, boca abajo, observaba la caja de mis escritos pensando en padre.
Mis dedos parecían inquietos, quería escribir, necesitaba expresar todo lo que tenía dentro, porque sabía que la única forma de sentirme mejor era pasándolo todo al papel.
Sigo escribiendo sin parar desde hace aproximadamente una semana.
Mañana viene el Tío…Me dijo que quería llevarme con él a la ciudad…Yo, no sé si es eso lo que realmente quiero…

…Martín y yo quedamos todos los días en la casita del bosque y hablamos mucho. Es como si estuviera de nuevo con padre. Aunque Martín es totalmente diferente y en muchos aspectos…Es sólo que…Su cariño me recuerda a padre…Le he leído algunas de mis historias cortas. Martín dice que tengo talento, que debería dedicarme a ello.
“Irte con tu tío es una gran oportunidad para ti…” Me dijo seriamente.
Yo asentí, pero en el fondo, no quiero dejar a Martín.
Esta noche me cuesta ordenar mis pensamientos…Creo que he dormido muy poco desde que padre se marchó…Mañana le diré al tío que no me voy con él.

…Hoy Martín y yo hemos encontrado a un gato muy curioso en la casita. Estaba durmiendo entre la paja, con un rayo de sol sobre la panza. Se le veía tan feliz que le dejamos allí, y nosotros nos sentamos con cuidado a su lado, para que no se asustara.
Todavía no no conoce como para acercarse a nosotros pero estoy segura que es bastante cariñoso.
Le hemos puesto nombre, se llamará Tolstoi.
Madre está insoportable conmigo últimamente. Mucho más de lo normal…Ha descubierto mi caja de los escritos cuando estaba revisando mi cuarto y mi cama.
Se la he logrado arrebatar a tiempo. “¡No vas a hacer conmigo lo mismo que con padre!” le he gritado llena de rabia.
Últimamente no dejo de pensar que padre murió por culpa de la maldad de madre y que si hubiera tenido otra vida, no habría sufrido tanto. Es todo tan injusto…
Por el momento me llevo los escritos a la casita del bosque. La voy a guardar entre la paja.
Tolstoi se ha quedado a vivir allí. Yo le llamo el guardián de mi refugio.
Martín se queda conmigo tanto tiempo como le permite el trabajo, me escucha y me alienta a seguir escribiendo…Junto a él, todo es tan diferente…Siento como si a su lado, pudiera lograr todo lo que me propusiera.
Algún día escribiré un libro, como hizo Pearl S. Buck. Entonces me compraré la casa vieja; el pedazo de terreno en el bosque será de Martín, de Tolstoi y mío…Y plantaré jacarandas y mimosas…A padre le gustaban tanto.

Las siguientes páginas estaban en blanco. Se le había la tarde encima leyendo el pequeño diario de su abuela.
Cerró el malgastado librito, acariciando sus tapas.
Sui maulló. Estaba a sus pies, ronroneando, acariciando el bajo de los pantalones con su cabecita.

_ Tienes hambre, ¿verdad? – Su dueño se levantó y fue a por una lata de atún.

Había salido el sol por completo. Ni un solo rastro de las nubes de la mañana.
Mientras Sui comía, él miraba al cielo desde la ventana de la cocina.

Unas briznas de algo le entraron en los ojos. “¿Qué es ésto?” Se pasó la mano por los cabellos.
Restos de paja muy seca se quedaron pegados a la palma de su mano. Por unos instantes,  quedó aturdido,
anonadado.

_  Sui, creo que tu verdadero nombre es Tolstoi – le dijo al felino.

Corroboró, mirando a su alrededor, que la casa que había substituido al refugio de Carpófora, era perfecta para escribir.
Seguiría buscando, porque si él había salido a su abuela, debían haber muchos más escritos
ocultos en aquella casa. Pero aquel pequeño diario sería a partir de ese día, su libro de cabecera.
Tenía que darle las gracias a la Abuela por haber sido fuerte y haberse mantenido firme y fiel a sus sueños
y a su espíritu artista.

“Ojala la hubiera conocido…” Se dijo observando el libro, cerrado sobre la mesa de la cocina.
Las palabras de Carpórfora y su historia le habían hecho sentir algo que ni tan siquiera sentía por lo más cercano:
a él, su rutina, la ciudad o su familia. Ahora añoraba a un ser con el que no había hablado jamás…Simpatizaba con ella, quería hablarle y darle ánimos, compartir su tiempo y sus pensamientos.

El libro le miraba desde su pequeño mundo de papel y tapas viejas, como si sonriera, y le ofreciera esperanzas.
No supo si fueron los duendes de su mente, su loca imginación o la vida en soledad y la lectura de aquellas hojas, las causantes de la visión que perturbo la realidad de aquella cocina que olía a romero y a polvo…Pero en ese momento, pudo ver a una joven con una trenza ligada en la nuca en forma de panecillo, descalza, con un vestido de algodón blanco, tirada sobre mucha paja brillante.
Estaba escribiendo sobre una pequeña tabla, en papeles de cuartilla, completamente absorta y sonriente.
Tolstoi dormitaba a su lado, tumbado panza arriba.
Entonces, su mano se detuvo y le dijo a alguien que tenía en frente: “¿Te lo leo?… Pero no te rías de mí…” Algo nerviosa, se sentó más cómoda y comenzó con voz aún aniñada, pero firme, a leer en voz alta su pequeño cuento:

“_…Y el escritor, tras terminarse el último sorbo de café, se resolvió a visitar a la joven que tanto le había impresionado la pasada tarde del viernes, durante el paseo por los jardines de Santa Eulália…Se preguntaba si era ella la mujer que le había estado hablando en sueños…”

Quiso seguir escuchando a Carpófora más, mucho más, allí apoyado en la nevera, junto a la ventana que daba a las acacias aún mojadas por la lluvia de la mañana.
Pero la visión se fue esfumando, y la voz femenina fue desvaneciéndose hasta que sólo quedó la silenciosa respiración del bosque, pululando como polen entre el Sol y el Aire.

FIN  

Sui 翠 すい、 かわせみ、 みどり、 あきら : Verde

Cuento Primero: “La Dama Blanca y el Hombre de la Cicatriz”

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Se dice que en un pequeño pueblo del sureste del país, una mujer de piel color de la magnolia y cabellos largos hasta los tobillos, aparecía sobre el puente de madera entre el bosque de Akashima* y el jardín de la Casa Imperial.

Justo cuando se ponía el sol ella aparecía, bañada por la tenue y rosada luz del crepúsculo, vestida con un kimono del color de la flor del cerezo y siempre descalza. Tanto los aristócratas como los campesinos, fueran hombres o mujeres, niños o ancianas, todos intentaban cada atardecer acercarse a la bellísima dama blanca. Pero en el mismo segundo en el que daban un paso hacía ella, su silueta tintineaba, se encogía levemente y desaparecía caminando con cierta prisa, en las entrañas del bosque de Akashima.

_ ¿Quién será esa dama? – se preguntaba el viejo que vendía dulces de arroz arrugando las cejas en una forma tal, que sus pequeños ojillos quedaban sumergidos entre mil arrugas – Jamás en mi vida vi algo tan hermoso…
_ Nadie lo sabe – apuntó un hombre de mediana edad, sentado sobre el banco de madera, degustando un té mientras observaba el barullo de las calles en pleno mediodía

– Pero se rumorean muchas cosas sobre ella.
_ ¿Como que se trata de un demonio? – murmuró eñ anciano inclinándose hacia su cliente, como si no quisiera que nadie más que aquel, escuchara su atrevida suposición.
_ Entre otras, esa es una posibilidad – sorbió lo poco que quedaba del pequeño chawan*. Tras unos segundos de meditación, el hombre, de cejas espesas y cabello atado a las espalda en una cola de caballo, continuó con sus pesquisas

– Lo cierto es que de todas las cosas que se escuchan sobre ella acá y allá, la que más me inquieta es la siguiente…En ese punto se detuvo: el anciano, absolutamente atento a las palabras de aquel hombre, se dio cuenta que por la vestimenta y la forma de sujetar el pequeño cuenco, podría tratarse de un guerrero sin señor.

_ No soy tal cosa, le dijo como si acabara de leer su pensamiento. El anciano dio un ligero brinco atrás. Sus pequeños ojos se abrieron por primera vez en muchos años.

El hombre le miró a los ojos fijamente: fue entonces cuando el anciano se percató de la cicatriz que cruzaba la cara del hombre, desde la comisura de la boca hasta la oreja derecha.

_ Hay cosas que parecen ser lo que no son, y cosas que son lo que no parecen.

Se lo dijo con su voz fuerte y tenor, pero sin alzarla en ningún momento. Con una media sonrisa que no podía ser descrita como risueña o triste. Tal vez porque era una mezcla de ambas.

_ ¿Quién es usted? – preguntó arisco el anciano, no sin atenuarse su  curiosidad.

El hombre no respondió a la pregunta, pero continuó hablando. Esta vez se tocó la cicatriz de la mejilla derecha con una ternura sin igual…

_ En algún lugar, descansa y espera…A que nos volvamos a encontrar. Justo terminó la frase, vaciando su mirada al infinito de las calles, se levantó, pagó con las monedas de su bolsa al anciano y desapareció, hacia el sur de la ciudad. Al parecer cambió de opinión y no quiso decirle nada más al vendedor de dulces.

El anciano, desde ese día, explicaba a todos sus clientes su encuentro con el misterioso hombre de la cicatriz que leía la mente, junto con el rumor de la dama blanca. Las gentes comenzaron a atar cabos e inventaron nuevos rumores, que corrieron entre callejas, tiendas y pequeños hostales, hasta convertirlo todo en una sola historia:

Un atardecer cualquiera, unos niños se acercaron al anciano de los dulces de arroz, corriendo en tropel, llenos de energía, despeinados y descalzos pero felices:
_ ¡Anciano, cuéntenos la historia de la Dama y el viajero de la cicatriz!
_ ¿Otra vez? ¿No os cansáis nunca de escucharla?

Todos gritaron al unísono un “No” risueño como sus propias caritas.

_ Todos sabéis que al atardecer, una dama de piel blanca como la nieve y hermosos cabellos color azabache, aparece sobre el puente entre Akashima y el jardín de los príncipes.

Los niños asintieron, ocupados en escucharle y en comerse con avidez los dulces de arroz que les había ofrecido el anciano.

“Hace ya algunos años, antes de que vosotros hubiérais nacido siquiera, dos enamorados se instalaron a vivir en un punto alejado del pueblo, justo entre los árboles sagrados del bosque de Akashima, famoso por sus pequeñas y traviesas ardillas rojas.

Él era ardiente como el sol, ella lánguida y callada como la luna. Ambos de lugares muy distintos y de culturas casi opuestas.
Pero se amaban como nadie lo ha hecho o hará jamás…La mujer cayó enferma, y el hombre se desesperó. Buscó a los médicos del pueblo, pagó grandes cantitades por consultas y curas que de nada sirvieron. Incluso fue a ver al Emperador, suplicándole de rodillas, con la frente pegada al suelo, para que le ayudara a salvar a su mujer. El Emperador no le dejó desamparado – sobretodo gracias a las palabras de su consejero mayor, que parecía tener mucho mejor corazón que él – con lo que mandó a su médico, uno de los sabios más conocidos en el país, a curar a la mujer de aquel plebeyo. Pero tampoco sirvió de nada…

_ Comprendó por qué estáis tan desesperado por querer salvarla – le dijo el médico, arrodillado junto a la mujer, que agonizaba entre fiebres bajo el futón.
_ Sí, lo es todo para mí…
_ No me refiero a eso…Es la mujer más bella del mundo, jamás vi a alguien tan hermoso.

El médico estaba realmente conmovido por aquella hermosura incomparable. Incluso marchitándose por causa de la enfermedad estaba bonita como un flor al sol.

Sin embargo, el hombre se enfadó:

_ Usted no conoce a mi mujer, no es sólo lo que se ve lo que yo amo. Ella es todo, mi vida y mi mundo, sin ella, yo no podré seguir viviendo.

Y bajando la cabeza, sin dejar de mirarla, volvió a repetir: “Lo es todo para mí…”

El médico se marchó la tercera tarde en que visitó aquella casita entre los árboles sagrados, habiéndose dado por vencido en la curación de la mujer más bella del mundo. El hombre se quedó arrodillado junto a ella, sin fuerzas, sin ánimos, completamente destrozado. La llamaba pero ella ya no le respondía: se estaba helando poco a poco. Le estaba abandonando para irse a la otra vida. Se arrastró hacia los árboles y se apoyó en uno de los árboles sagrados que guardaban la casa cual lo harían dos esfinges de la Antigüedad.

_ ¿Por qué? Por qué tenía que pasarle a ella…Por qué no me escogistéis a mí…Sollozó con la cara pegada a la corteza del centenario árbol.

Entonces una voz resonó en su cabeza, como si fluyera desde la corteza hasta su piel, metiéndose en sus venas. las palabras latieron con su corazón, al unísono: subitamente comprendió que le estaba hablando una deidad.

“Hombre, ¿qué quieres que haga por ella? Pídelo y te lo concederé” Las ardilla se detuvieron todas entre las ramas y miraron fijamente al que lloraba allí abajo, con la mano izquierda sobre el gran Árbol.

_ Déjala vivir, en mi lugar, haz que ella viva y yo muera. Haz lo que sea pero no dejes que muera…

“No puedes pedirme que quite la vida a alguien; pero hay una forma de no matarte y al mismo tiempo, dejarla vivir”

El hombre no daba crédito a lo que le estaba sucediendo, pero su desesperación era tal, que no vaciló ni temió.

_ Dime qué debo hacer, y haré cuanto me mandes.

” Sólo tienes que darme de ti para que ella no muera. Y sé que la parte de tu cuerpo que más quieres, es la mejilla derecha.”

Ciertamente, pensó el hombre, su mejilla derecha era el lugar en el que ella le daba un beso y tras éste una caricia larga y tierna. Cada día desde que se

conocieron hasta el momento presente: cuando se despedían y cuando se encontraban nuevo al anochecer, tras un largo día de trabajo.

Él, tocándose la mejilla, tomó aire, miró al gran Árbol y asintió.

_ Te la ofrezco.

“Que le de la vida no quiere decir que podáis estar juntos”

A el hombre el corazón se le encerró en un puño de dolor, pero determinadoa hacer lo que fuera por ella, volvió a asentir.

“No os podréis encontrar en esta vida, aunque sí lo haréis en la siguiente. Ella no pasará más allá del puente, y tú no podrás acceder al bosque jamás. Me quedó con la semilla de amor que yace en tu mejilla derecha.”

“Como veo que eres un hombre fiel y honrado, te ofrezco algo que te dará cierto alivio en el paso de tus días. En el atardecer, si cubres tu mejilla izquierda con tu mano o la escondas contra el futón, serás capaz de escucharla y verla, aunque sólo en tu pensamiento. Será real, pero nadie la verá entonces, como la verás tú.”

Como el hombre había aceptado todas las condiciones, la deidad arrancó de su mejilla la parte más querida del amor de ambos.
El hombre sufrió de un dolor mucho más fuerte que el físico.

No supo nunca ni cómo ni en qué momento fue llevado al pueblo, en el que trataron su aparatosa herida. Cuando, convaleciente, un atardecer de primavera, apretó su mejilla derecha sobre la almohada de un viejo futón, se produjo lo que la deidad del Árbol le había prometido.

Se dice que los que ocupaban aquella casa en la que estuvo acogido durante unos meses, lo escucharon llorar y hablar con alguien durante la noche.

Y las noches siguientes fueron igual, hasta que ya curada la herida y sin rastros de fiebre, haciendo una venia de profundo agradecimiento, dejó la casa dispuesto a viajar por muchos  lugares del país, para sanar a su corazón y poder comenzar de cero con su nueva vida.Antes de que desapareciera, con su saca al hombro y su sombrero de paja, en aquel camino de tierra que llevaba al Este, uno de los muchachos, hijo de sus benefactores , se le acercó y respetuosamente, le hizo una pregunta:

_ Señor, ¿con quién habláis por las noches, si no hay nadie en su habitación?

El hombre le miró mostrando tintas de tristeza y resignación en sus ojos:

_ Con quien lo es todo para mí…Aunque no podemos estar juntos, nadie jamás podrá separarnos.

El muchacho aceptó la respuesta, subyugado a aquella voz tenor que no temblaba ni rompía la paz ni de la Tierra ni de los Cielos.

La herida estaba aún un poco enrojecida pero bastante curada. El hombre sonrió, le dio una palmada sobre el hombro y comenzó a caminar. Sus sandalias golpearon el suelo de tierra con cada paso que daba camino al Este. Sobre el puente, la dama blanca, lloraba como las flores del cerezo lloran cada año pétalos rosas sobre la madera del puente entre Akashima y la Casa Imperial.

FIN

Espero que volváis mañana, porque tengo muchos cuentos que contaros…

*Akashima, 赤しま Ardilla roja
*chawan 茶わん tipo de taza japonesa para el té

Azul, azul…

Estándar

El lugar en el que vivo, está cerca de las montañas.

_¿Por qué las pintas azules? – Me preguntó una vez una niña, un año mayor que yo, sobrina de una tía política.

_Porque son azules – le respondí yo.

_ No lo son. Ese no es su color. Son marrones.

Me lo dijo con cierta altivez y mucha seguridad, lo cual me hizo sentir mal, por las montañas más que por mí. Porque las montañas siempre me han mostrado su bello color azulado, con grises de acantilados y sus ocultos verdes de árboles y arbustos, de zarzas y de musgos. Me mostraba esos azules, como un regalo que mi Alma agradecía.

Si observas estas montañas un día de Sol, sin una sola nube que lo enturbie,  parecen una inmensa estatua de una mujer echada sobre moras, flores y raíces profundas.

El murmullo de las aguas que brotan, brincan y juegan, cual hadas de cristal, se confunde con el silencio que los pájaros hilan de cantos en esta Primavera recién nacida.

Tal vez aquella niña tuviera razón, pero mis manos están por siempre empapadas en Azules. Los Azules del Cielo y los de los Mares, los de la Flor y los del Árbol.

Los azules de las Almas brillantes y bondadosas que sobreviven al Mundo.

La Triste Humanidad Bella

Estándar

Hay días como hoy, en los que el peso del Mundo parece demasiado para mí.

Mi ventana (a la que bauticé “Bárbara” -la extranjera- cuando la pusieron mi padre y Mohamed, hace ya una década como mínimo) me muestra un cielo de nubes gruesas y dantescas. que oscurecen por momentos el Terreno, nuestra casa y los cobijos de los gatos…Los campos de alrededor, yermos, están llenos de alisos este año. Hace ya mucho que no crecen amapolas aquí. Recuerdo de niña, los campos llenos de amapolas, tan frágiles y brillantes, como manchas de óleo sobre el verde de los campos.

El aliso blanco es pequeño y tierno, dulce como una muñequita entre ángeles. Parece que invite a echarse a dormir entre ellos, como los gatos.

Esta mañana fui a mi cita con la doctora tras unas cuantas pruebas. El hospital nunca jamás se me ha ofrecido como un lugar agradable. Supongo que hay gente que no lo ve así, siempre habrá alguien que guste del ambiente de un hospital.

El caso es que durante la espera, junto con mi madre, escuché la historia de un señor asmático, que al parecer estaba solo, viviendo en 20 metros cuadrados y rememorando cada noche cuantas cosas le habían acaecido en su vida. “Me paso las noches llorando”

Era un hombre que había tenido una vida muy dura, que había sido traicionado por los suyos, que había sufrido muchas cosas…Como tantas y tantas personas en el Mundo.

El murmurllo de mercadillo de todos los pasillos, el de en frente, los laterales, los rincones y demás entresijos de la primera planta, era tan bochornosamente insoportable que un fuerte dolor de cabeza comenzó a minar mis fuerzas.

Sin embargo, la voz de aquel señor, no me molestaba. Era una voz asmática y torpe pero buena, agradable a la par que triste y amable.

De repente un joven aparece del fondo de otro pasillo, se le planta delante al señor,  y le sermonea porque no deja de escuchar su voz. “Sí, te entiendo, sí, tienes razón, sí” Le decía el hombre entre sorprendido y decaído.

En un par de segundos la enfermera llamó al joven para una prueba u otra y éste desapareció tras una puerta, sin más, ajeno a que había herido los sentimientos de varias personas (me incluyo).

En un lugar en donde hablaban cincuenta, se le llama la atención al asmático señor, con peculiar voz, y vida tremenda que sólo buscaba un poco de consuelo entre aquellos amigos que había encontrado en aquel pasillo de hospital.

Ya sea en Internet como en el mundo tangible, el de las calles y pasos, puedes encontrarte con gente que está sufriendo por vejez, por abandono, por dolor físico, por incomprensión, por maltrato, por discriminación, por odio, por envidia, por pobreza material o espiritual…Por pérdida de un ser querido, sea cual sea el tipo de despedida.

Y puedo escuchar el rumor eterno y doloroso de mil llantos a solas, de mil soledades no buscadas, y a sabiendas que no soy capaz de aliviar ni a uno solo de estos corazones, me siento infinitamente triste.

Aunque yo siempre sonrío y vivo lo más feliz que puedo cualquier situación más o menos soportable, esa tristeza del Mundo, de la Más que triste Humanidad triste, pesa demasiado.

Las cosas bellas siempre animan y endulzan, ¡y se agradece que haya tantas!

Si algún día el Señor me permite llegar ni que sea a los pies de lo más bajo de su manto, querría ser Ángel de la Guarda de la persona más necesitada del Mundo. Y esforzarme por proteger y amar, como sólo un ángel puede hacer.

Mientras tanto, tengo que luchar por ayudar y amar tanto como pueda, en esta Humanidad triste, que tiene tantas bellezas y bonanzas para todos…Espero que nadie se las pierda. Espero saber agradecerlas a todas.