El hombre de las aves – GENERACIÓN PANDEMIA, el inicio-

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El revisor acababa de entrar en el vagón.

La chica del parche en el ojo estaba sentada en la última fila, junto a la ventanilla, con las manos alrededor del bolso, como protegiéndose. Entre los pies una pequeña bolsa de viaje miraba aburrida el techo del interior del tren.

Al otro lado, una mujer de unos sesenta años leía. Su bolso y una botella de agua mineral adornaban su bandeja, pegada a la espalda del sillón de enfrente.

Tres asientos más adelante, una mujer con su hija de unos seis años. No paraban de hablar y la voz de la niña parecía un cascabel que volvía más luminoso el largo y monótono vehículo.

Y dos asientos más adelante, en la misma mano que la chica del parche, tres adolescentes con sus mascarillas y sus mochilas, hablaban y se reían, se levantaban y se sentaban.

La nueva normalidad tras un año de convivencia con el COVID 19 era de lo menos normal, de lo más extraño, y traía consigo mucha polémica. Estaban los promask y los “anti mask”. Los “catatrofistas” y los “felices”. Había tantos estudios psicológicos nuevos como usuarios en las redes…

La chica del parche, ensimismada en sus cosas, no había visto que el revisor estaba a su lado, plantado como un poste azul, con la maquinita de fichar billetes en la mano y la mirada como un teléfono en espera.

_ Billete, señorita.

_ Ah sí – buscó en su bolsillo derecho, luego en el izquierdo – Lo siento…Aquí, aquí lo tiene.

La voz sonaba distinta tras las mascarillas. Había gente que llevaba fulares y otra que no llevaba nada. Ya no era obligatorio pero la mayoría optaba por no soltarla cuando iba a lugares concurridos o utilizaba los medios de transporte públicos.

Le pasó el billete y él lo miró un par de segundos, luego la observó como si tratara de descifrar algún misterio y se lo devolvió tras agujerearlo por una esquina con su “arma” de asaltar papelitos con fechas y precios.

Y fue a por su siguiente víctima:

_ Billete, por favor.

Ella le miró. Su espalda se encorvaba ligeramente cada vez que cogía el papelito. Y así hasta que terminó con ese vagón y desapareció por la puerta automática.

_ Deja ya de rebuscar en la bolsa de Larine. Vas a acabar con toda nuestra mercancía de supervivencia.

El más alto de los chicos, moreno, con el pelo largo recogido en la coronilla, llamaba la atención a alguien mucho más bajito que él, justo en el asiento de al lado. La chica del parche no logró verle pero sí podía escuchar su voz, algo más aguda, más infantil. Masticaba mientras hablaba:

_ Dan, no seas plasta, estoy sobreviviendo ahora mismo…Tengo un hambre horrible.

_ Tú siempre tienes hambre –

Esta vez fue una chica la que habló. Podía verla a través de las separaciones entre los asientos, porque estaba sentada en frente y no de espaldas a ella.

Era una chica de tez muy clara, pecas y cabello rebelde: ondulado y corto por debajo de las orejas.

Llevaba la mascarilla puesta. Tenía un gracioso dibujo de Anime en el lado izquierdo.

Parecía que lo había dibujado ella misma.

Sus miradas se encontraron. La chica del parche apartó los ojos y continuó mirando por la ventanilla.

Suspiró, y jugueteó con los dedos sobre su bolsa de mano. Estaba inquieta.

Los escuchó hablar sobre su ojo. Estaba acostumbrada. Es más, le parecía interesante cómo cada persona sacaba una historia distinta sobre el por qué de su parche.

_No deberías darle muchas vueltas

Iñigo le hablaba apoyado en la mesa de la cocina.

_ No se las doy…- le respondió ella, cansada de la frase.

_ Sí, lo haces.

Él se acercó y le apartó el largo flequillo para ver el ojo, semicerrado y oscurecido como si lo cubriera una tela de araña enmohecida.

_ Te has dejado el pelo largo para taparlo. Y no me miras a los ojos.


Iñigo estaba tan cerca de su cara que podía oler al jabón de ducha y a sol, que es a lo que olía su pelo.


_ Ya sé qué has pasado por mucho…No tienes que estar a la defensiva conmigo.

_ No lo estoy…

Iñigo sonrió.

_ Mientes fatal.

_ No es verdad.

Y a ambos les entró la risa.

Iñigo se sentó junto a ella, con una taza de café en la mano. Sin el uniforme parecía más joven. De hecho lo era. Pero era muy tenaz y disciplinado, estudiaba duro y se esforzaba en todo cuanto hacía. Le gustaba su trabajo, y aunque tenía muchas guardias, no se quejaba. Para él era el mejor trabajo del mundo.

_ Oye – empezó a hablar ella, con una rodilla flexionada, un pie sobre el culo de la silla y el otro tocando el suelo – No quiero que pienses que no me gustas…

No sabía cómo explicarle algo así.

_ Llevamos viéndonos ya dos meses y no he podido…

Tragó saliva y siguió mirándose los pies.

Iñigo se acercó a ella, se agachó, la cogió por la cintura y he hizo que le mirara.

_ Eh. Escucha. Te quiero, Te lo he dicho muchas veces, lo sé…Pero no me canso de decirlo.

Y no me importa esperarte.

Le tocó suavemente la frente y la mejilla. Como si siguiera la línea de su cara.

Le sonrió como sólo él sabía, con esa timidez tierna pero con firmeza.

A ella le encantaba esa sonrisa.

Asintió y con mucho cuidado, él se acercó y le dio un beso. Un beso en los labios, suave, seco y tierno.

Otra vez ese olor a sol que emanaba de sus cabellos…Pensó ella.

Se fueron a la cama y durmieron acurrucados.

Estaba en el box del hospital.

_ ¿Piensas cantar para mí, pequeña?

Allí estaba el hombre de las aves, con su lengua tubular a medio centímetro de su cara.

Gritó como nunca había gritado.

Pensó que iba a atacarla y no tenía nada más que una pared de hospital a su espalda.

Algo echó al engendro hacia atrás. Iñigo le había sujetado por la espalda, tratando de contenerlo.

_ ¡Corre! – la miraba por encima del hombro del hombre de las aves, que comenzaba a deformarse haciendo más difícil inmovilizarlo.

Antes de que ella pudiera salir del box, Iñigo había sido lanzado como una pelota de goma contra la pared.

_ ¡Iñigo!

Cogió la silla donde había estado esperando y la lanzó contra la cabeza del monstruoso tipo.

Se quedó algo atontado, tomando su cabeza con ambas manos, quejándose y sacudiéndose.

_ ¡Vamos, vamos! – ayudó a Iñigo a levantarse y salió del box. La gente seguía allí, las enfermeras volaban de un lugar a otro. Los médicos atendían sin parar, paciente tras paciente, en un círculo infinito de frenesí.

Nadie había escuchado nada…Era como si dos realidades existieran a la vez.

Salieron del hospital tan deprisa como les fue posible. Las toses, los bips de las máquinas, los llantos…Todo giraba como un tornado a su alrededor.

Era una pesadilla. Miraron atrás temiendo encontrarse al hombre de las aves pisándoles los talones. Pero no había nadie.

Ambos se quedaron a unos metros de la entrada del hospital, junto a las ambulancias.

Recuperando el aire, Iñigo apoyado en ella, y ella con una mano sobre la rodilla.

_ No está…

Dijo Iñigo, con la voz entrecortada.

_ ¿Seguro?

Ella miró a derecha e izquierda.

_ Seguro, no está. Se debe haber camuflado entre la gente. Al parecer es capaz de pasar desapercibido…- Iñigo se frotaba la coronilla, le saldría un buen chichón.

Pasar desapercibido…Podía aparecer y desaparecer a su antojo. Eso era lo que más le asustaba.

_ Dijo que mientras tuviera este ojo marcado, él siempre me encontraría.

Se llevó la mano a la cara instintivamente y lo tapó.

Fue entonces cuando su ojo bueno le devolvió la imagen perfecta del hombre riendo como un demente frente a su cara, Aplastando con su zarpa derecha la cara de Iñigo.

Su propio grito la despertó.

Tenía tanto miedo que el cuerpo le temblaba exageradamente. Iñigo la cogió con fuerza y la apretó contra su cuerpo.

Le costó volver a la realidad, pero poco a poco, la voz tranquilizadora de Iñigo la calmó completamente.

_ No podré soportarlo…- lloró en sus brazos.

_ Claro que sí. Me tienes a mí. Siempre me tendrás.

Eso la asustó aún más. Porque si le perdía algún día, se volvería loca.

_ Iñigo, ¿eres mío verdad?

_ Claro, siempre seré tuyo.

Ella calló un momento, le acarició los brazos, se movió y le miró.

_ Entonces falta algo.

_¿Hmm?

Le besó, metiendo las manos bajo la camiseta.

_ Que yo sea tuya.

Lo susurró, segura de que quería grabar en su mente cosas que la protegieran y la extasiaran, que la llevaran lejos de la realidad.

La noche les envolvió como una sábana. Los besos más dulces, las abrazos más potentes, el sexo más tierno y delicioso…Todo aquello la liberó de muchas cosas que habían estado encadenándola durante mucho tiempo.

 

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_ Disculpe…

La chica del parche volvió de sus pensamientos y se quedó mirando a su interlocutor.

Era un muchachito muy delgado y bajo, con una marca de nacimiento en forma de fresa bajo el ojo derecho. Llevaba una camiseta con una estampación de alguna escena de la película basada en la novela de Stephen King, The Langoliers.

_ ¿Qué le ha pasado en el ojo?

_ ¡Twix! ¿Pero a ti qué te pasa? -Dan le cogió del cuello de la camisa y lo estiró hacia atrás – Perdone, es un bocazas…De verdad que lo siento.

_ Pero si todos estáis muriéndoos por saberlo – replicó el tal “Twix” que aún tenía restos de chocolate en la mejilla. Llevaba un gran pañuelo alrededor del cuello que le servía de cubre bocas – Verá señora, mi amiga Larine, la hermana de éste, le ha puesto hasta nombre. Dice que como lleva un parche en el ojo debería llamarse Date, como el samurai Masamune Date…No tengo ni idea de quién es pero a ella le molan estas cosas de Japón…No es una friki-friki (yo soy más friki como es más que obvio) Ella es friki en plan cool…

_ ¿Te quieres callar YA? – le dijo amenazante pero con confianza Dan.

La chica del parche sonrió debajo de la mascarilla. Se intuía perfectamente por las arruguitas que se formaron alrededor de los ojos y por una risa pequeña que se escapó de entre las fibras de la mascarilla.

_ No está mal lo de Date. Sé quién es. Me gusta mucho leer. Y no te preocupes, no me molesta tu amigo…¿Twix?

_ Sí, bueno, me llamo Pedro Enrique, pero todos me llaman Twix, porque es el dulce que más como. Siempre llevo unos cuantos encima, ¿quiere?

_ No gracias, guardarlo para las emergencias.

Twix abrió mucho los ojos y como si hubiera descubierto algo tremendamente interesante trató de sentarse a su lado.

_ ¡Eh! La distancia, idiota.

_ Perdón. Es verdad…No me acostumbro.

_ No es fácil – afirmó ella con la cabeza.

_ Tenía razón Larine, molas mucho.

Sacudió la cabeza volviendo a reír. Aquel chico era muy transparente, infantil y gracioso…Con alguien así al lado, no debía ser difícil mantener los ánimos altos.

_ Y vuestra amiga Larine, ¿no se acerca a hablar?

_ Es un poco tímida – respondió su hermano Dan- y lo ha pasado muy mal con el COVID 19 así que no se acerca a las personas.

_ Sólo a nosotros dos – apuntó Twix colgado del respaldo de la silla frente a la de la chica del parche.

_ Vivís juntos, supongo.

_ Casi, somos vecinos, pero pasamos todo el tiempo en la misma habitación. Como hermanos. Somos amigos desde muy pequeños.

Dan miró a Twix implorándole que dejara de molestar.

_ Nos volvemos a nuestros asientos. ¿Va muy lejos?

_ A Twondie. Y por favor tutéadme.

_¡Twondie! Faltan más de dos horas.

_ Así es… ¿Y vosotros?

_ Ni idea – soltó Twix con cierto aburrimiento- Quizás a Twondie.

_ ¡Anda vamos!

Pidiendo disculpas otra vez, Dan se lo llevó casi a empujones a su asiento.

Date, se quedó mucho más relajada tras hablar con aquellos chicos.

Era increíble cómo los ojos de un crío miraban al mundo. El mundo devolvía lo que ellos buscaban en él, como un espejo mágico.

Date miró entre los asientos y se encontró de nuevo con la chica llamada Larine. Esta vez no llevaba mascarilla, estaba bebiendo agua de una botellita con un logo de las Olimpiadas de Tokyo.

Se sonrieron.

Se relajó, dejando el bolso en el asiento de al lado.

Bueno…Parecía ser que el viaje iba a ser más animado de lo que jamás creyó.

 

________________________________________________________CONTINUARÁ

Yrene Yuhmi 2020

 

EL HOMBRE DE LAS AVES (capítulo final)

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Escuché un tiro. Como la noche era calma sonó potente y duro mucho.

O eso creí.

Alguien gritó mi nombre.

Levanté la mirada y allí, tras el hombre de las aves y la silueta oscura a la que había llamado “lira”, estaban los dos militares y la tía M.

Me miraba preocupada, jadeando, como si hubiera corrido sin descanso.

Tenía el ojo como yo: semicerrado, oscurecida la piel del párpado y la ojera.

Dijo mi nombre y como un hechizo, me sentí suficientemente fuerte para ponerme en pie.

_ ¿Está bien, señorita? – me preguntó el Teniente Marcos a gritos, con una escopeta bien sujeta entre las manos.

_ Sí…Ahora sí…- le respondí mirando con recelo al tipo de las aves.

Iñigo se acercó un poco, sin dejar de apuntar con su arma al engendro que se movía entre nosotros como si no supiera con quién acabar primero.

_ Apártate de él – me dijo con seguridad. Ya no parecía ni tímido ni risueño. Me tranquilizó escucharle.

Paso a paso, mirando atrás, me fui apartando de la mujer ave, hecha un montón de plumas gigantes, cubiertas de sangre.

A mis espaldas sólo había bosque.

Mi corazón estaba más calmado. Supuse que porque estaba conteniendo la respiración.

_ Demasiados…¡¡Son demasiados!!- gritó el hombre de las aves con una furia que hizo levantar un remolido de aire a su alrededor – ¡Malditos felinos!

El boscaje se hizo eco de aquella última palabra.

El tipo de las aves levantó sus brazos rugiendo contra mí.

Iñigo disparó varias veces. Le dio aquí y allá pero nada

parecía tumbarlo.

_ ¿Pero qué cojones..? -pensó en voz alta el Teniente Marcos, deteniendo a la tía M, que pretendía venir a por mí.

_ Aparte señora, póngase detrás de nosotros – entonces se dirigió a Iñigo y le dijo con el ceño fruncido y cara de poca paciencia – Vamos a vaciar los cargadores, chaval.

Iñigo pensó “No me llame chaval” Le molestaba mucho que lo hiciera, pero era del tipo complaciente y no solía decir lo que pensaba. En ese momento le pareció una tontería cómo le llamara o dejara de llamarle.

Los dos dispararon hasta dejar al tipo como una pared devorada por termitas.

Se bamboleaba como un esperpento de goma espuma.

Tanto la tía M como yo nos tapábamos los oídos con ambas manos, mirando de reojo hacia la diana.

El tiroteo me pareció durar una eternidad. Creo que pararon una vez para recargar, pero no estaba segura.

El tiempo, el raciocinio, la diferencia entre sueño y realidad, se habían detenido o habían desaparecido.

Cuando por fin se hizo el silencio, esperamos un poco, antes de mirar hacia al hombre de las aves.

Estaba hecho un montón de telas llenas de girones, en el suelo, a unos pasos de la mujer ave.

_ Duro de pelar – dijo el Teniente, sin apenas cambiar de postura y expresión.

Iñigo se acercó hacia él, mientras la tía M y yo nos mirábamos con nuestro único ojo sano, esbozando una mínima sonrisa. Todo había terminado.

Mi cuerpo se relajó, y así fue como el dolor por los picotazos de los cuervos despertó, haciéndome estremecer.

Me sujeté el flanco derecho, más dolorido que el resto del cuerpo. Estaba mojado y no era sudor. Tenía sangre aquí y allá. Mis piernas estaban llenas de golpes y heridas semejantes a agujeros.

Me llevé la mano al bolsillo. La navaja seguía ahí. No la había tenido que utilizar.

Tomé aire y lo solté, tragando saliva. Tenía mucha sed.

Iñigo acercó la bota al cuerpo inerte, tenía que verificar qué diantres era.

_ ¡¡Malditos!! – su enorme cabeza se levantó y su lengua en forma de cono se estiró como una punta de lanza.

Iñigo gritó, apuntó a tirar pero él le cogió la pierna y lo tumbó.

_ ¡Iñigo!

_ ¡Chaval!

-¡NO! – grité sintiendo dolor en la garganta. A mi alarido se unió el de la tía M. El Teniente se adelantó para ayudar al chico.

El hombre ave levantó uno de sus brazos, demasiado largos y sin manos, y del interior de la manga una afiladas garras atravesaron el hombro del Teniente como si de cuchillas se tratara.

Cayó con un aullido de dolor.

Cogí mi navaja y arremetí contra lo que ya no parecía tener ni una ápice de humanidad. (Si es que la había tenido en algún momento…)

Clavé sobre la cabeza con todas mis fuerzas pero la hoja se partió como si fuera de astillas.

Me quedé pasmada. El engendro se giró y me miró de lado. Aquel glóbulo ocular tan espantoso me dejó petrificada.

_ Ese…ese ojo – su boca sin labios se movía como lo haría la boca de un caracol al comer- Es mi marca. NUNCA TE LIBRARÁS DE MÍ.

Un espasmo en su desfigurado rostro me sobrecogió. Era una especie de sonrisa.

Y entonces comenzó a reír, primero casi sin voz, luego aceleró. Las carcajadas se repetían como el canto de la cigarra. Pero ensordecía, era tan aguda aquella voz, que todos nos arrebujamos y nos tapamos oídos y cabeza, gritando de dolor.

Los tímpanos iban a estallarme. Dolía más que las heridas de mi cuerpo.

Un maullido marcial, duradero y furioso, rasgó la noche. Nos pilló a todos por sorpresa.

El engendro se cayó, su rostro se deformó en una mueca de miedo y su cuerpo, deshecho e irreconocible, se encogió.

Finalmente me atreví a echar una ojeada. Pude ver el terror en su mirada sólo durante unos segundos.

Pequeñas siluetas saltaron sobre él, que trataba de apartarlas sin éxito sacudiendo la amorfa cabeza.

No sé cómo pero logró levantarse.

Iñigo se liberó y corrió a socorrer a su superior, que gemía de dolor sujetándose el hombro.

_ ¡Yo estoy bien, chaval! ¡Saca a las mujeres de aquí!

_ No me llamé chaval, mi Teniente. Me saca de quicio.

El Teniente le miró entre sorprendido y confundido.

_ ¿Qué coño dices ahora? ¡Que saques a las mujeres de aquí te he dicho!

Iñigo le sonrió y asintiendo se llevó a la tía M del brazo hacia donde estaba yo.

Me había quedado sentada en el suelo, boquiabierta ante aquella insólita escena.

_ ¿Gatos? – se dio la vuelta la tía M, mirando como como decenas de felinos se cebaban con el tipo de las aves, que chillaba como lo haría un demonio abrasándose en el fuego.

_ El mayor enemigo del ave – dijo Iñigo, ayudándome a ponerme en pie.

_ Después de los humanos – añadí, mirando la navaja rota que aún sujetaba por la empuñadura.

_ Me alegro de que estés bien – me dijo sonriendo de nuevo.

_ Lo mismo digo. Aunque habéis tardado lo vuestro…

Quería chincharle un poco. Y él lo sabía.

Nos alejamos lo suficiente y entonces Iñigo regresó a por el Teniente, que iba arrastrándose sobre su codo bueno, apartándose así de la jauría de gatos de batalla que no paraban de aparecer de la nada.

Sus ojos eran pequeños faros de luz: ahora te miraban, ahora se giraban, ahora desaparecían…Una gatería fuera de control a nuestro rescate.

Iñigo y el Teniente desaparecieron en las sombras, junta al inmenso granero desvencijado.

La tía M y yo nos mantuvimos cogidas de las manos, bien apretadas la una contra la otra, conteniendo la respiración.

El ruido de un motor arrancando nos hizo dar un respingo.

Era Iñigo al volante. Frenó en seco a nuestro lado levantando mucho polvo. Cerramos los ojos instintivamente.

La tierra se me metió en la nariz.

_ ¡Subid! – espetó Iñigo tras abrir la puerta trasera.

Nos montamos tan deprisa como pudimos. Tuve que tirar de mí como si mis piernas pesaran toneladas.

El Teniente se giró para preguntar si estábamos bien. Sudaba copiosamente, y con la mano derecha, ensangrentada, apretaba la herida de su hombro.

_ Voy a acelerar, agarraos fuerte – avisó Iñigo metiendo la quinta.

No pude evitar mirar hacia atrás.

Por la ventanilla, pude ver como una sombra oscura, alargada, de movimientos torpes, se tambaleaba mientras los gatos seguían lanzándose y atacando, como soldados bien disciplinados.

No respiré durante un buen rato, hasta que la figura se desplomó.

Tomé aire con fuerza y lo solté. Apoyé la frente contra el asiento, que me pareció más mullido que la cama de un bebé.

_ ¿Cómo está ese ojo? – la tía M me acarició la cara, y miró entristecida el resultado de aquella pequeña hoguera misteriosa.

_ Tú también lo tienes así…- observé el color de la piel. Realmente era como tizne de carbón – ¿Tocaste los restos de esa hoguera?

Asintió dos veces, apretando los labios, a punto de llorar.

Sólo entonces me di cuenta de lo mucho que había soportado.

Lo que ambas habíamos pasado y las horribles ganas de soltar todo lo que conteníamos.

Me apoyé sobre su hombro y comencé a sollozar.

El alivio fue impulsándose como una medicina inyectada en cada célula de mi cuerpo.

La tía M me abrazó y lloró en silencio.

Iñigo condujo sin parar durante mucho tiempo.

No sé cómo ni cuándo pero las dos caímos en un profundo sueño.

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_ Señoritas, hemos llegado.

La voz del Teniente Marcos me despertó por completo.

La luz del sol me frió las retinas. ¿Era de día?

_ ¿Dónde estamos? -pregunté totalmente afónica. “Pues sí que grité…” Pensé llevándome la mano al cuello. Sonaba fatal y dolía peor.

Iñigo nos ayudó a ambas a bajar del coche.

_ El hospital de Salt. Ya estamos en la gran ciudad – me miró, sus ojos castaños se fijaron en mi mirada.

Sentí auténtica vergüenza por mi ojo malo. Lo cubrí rápidamente con la mano.

Una mano fuerte y cálida me la apartó. Iñigo me miraba sonriendo: aquel tinte de timidez suyo volvió a sus ojos.

_ Te van a curar. No te preocupes. Tu tía y tú volveréis a estar bien muy pronto.

Me estaba acariciando la mejilla, justo debajo de mi ojo herido (o quizás debiera decir hechizado)

_ Iñigo, chaval, deja a la chica y vamos ya. Esos médicos van a tener trabajo extra con nosotros.

Nos apartamos rápidamente, como dos adolescentes pillados de improviso en medio de un piquito.

La tía M reía por lo bajo, divertida. Parecía decirme con la mirada: “Y así debe ser: si te llega, te llega”

Y aunque no creía que fuera para tanto, en cierto modo, sentí que Iñigo era esa existencia especial que aparece de vez en cuando en la vida de la gente, encantándola, como las sirenas de las que hablaban los griegos en sus obtusos libros.

Entramos en el hospital escoltadas por el Teniente e Iñigo, que nos entregaron unas mascarillas quirúrgicas, tras ponerse las suyas.

_ No sabéis cómo han empeorado las cosas desde que nos vimos la última vez, pero…La verdad es que hay más enfermos que sanos. Y el contagio es casi seguro, así que…Mucho cuidado.

_ O nos mataba el loco de las aves, o nos mata el virus…– le dije a través de la mascarilla.

No estaba acostumbrada por lo que sentí que iba a asfixiarme, pero poco a poco, mientras caminábamos por los abarrotados pasillos, me fui olvidando de que la llevaba.

Los enfermos estaban sentados o en camillas, los sanitarios no daban abasto, las llamadas por megáfono eran tan constantes que no lograba entender nada.

Aquello era una locura. Una locura tras la locura.

Finalmente, nos metieron en un box minúsculo. Al Teniente se lo llevaron, tras una pequeña batalla verbal para hacerlo sentar en una silla de ruedas.

_ Tan testarudo como siempre – nos dijo Iñigo sonriendo.

Ciertamente era uno de esos hombres solitarios y cabezotas a los que uno acaba cogiéndole cariño. Me recordaba a Clint Eastwood.

_ ¿La señora Menmey? – una enfermera bajita, de pelo muy peinado hacia atrás, negro como el azabache, entró con un fichero.

_ Soy yo – dijo la tía M levantándose de la silla.

_ Venga conmigo, le miraremos ese ojo – se giró a mirarme y sin apenas cambiar de expresión me pidió que esperara.

Asentí, sentada en aquella dura silla de aglomerado y hierro, con las manos sobre las rodillas.

_ Dios mío, ésto es de locos…

Lo dije en voz alta, aunque no era mi intención.

Iñigo estaba de pie junto a mi, asintió, no podía estar más de acuerdo. O al menos eso era lo que decían sus ojos.

Yo apestaba a sudor y a sangre seca…Tenía más ganas de una ducha caliente que de cualquier tratamiento médico.

Entonces se abrió la puerta del box, y un médico de mediana edad, alto, calvo y con gafas, y por supuesto con mascarilla, nos miró y sacudiendo ligeramente un archivador contra su muslo derecho, le pidió a Iñigo que saliera. Antes de hacerlo, Iñigo me sonrió con complicidad, como si me dijera “hasta luego”.

_ Voy a examinar ese ojo, pequeña.

_ De acuerdo…- cerré los ojos un instante, aliviada, tranquila, calma.

_ Y dime -su voz cambió de registro. Abrí atónita el ojo bueno, tomé aire. Mi pecho se encogió:

_ ¿Piensas cantar para mí, pequeña?

El tipo pelirrojo, alto, desdentado y desgarbado, sacó su lengua tubular lanzando un gran chillido, a sólo dos centímetros de mi cara.

Un aleteo sobrenatural ahogó mi grito.

FIN?

 

 

Nota de Yrene Yuhmi: ¿qué os parece si continúo? Tengo anotaciones con personajes nuevos y pistas sobre el hombre de las aves y el misterio que lo rodea…Pero depende de vosotros, lectores! Si os gusta, seguiré sacando de mi cabeza alguna que otra locura.

Gracias por leerlo!!!

 

EL HOMBRE DE LAS AVES (capítulo 2)

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Me noqueó en un pestañeo. Estaba tan aturdida que cuando comencé a recobrar el sentido no acababa de comprender qué me estaba pasando.

Poco a poco fui recobrando la visión y todos mis sentidos se despertaron al tiempo que un fuerte dolor me atravesaba el cráneo. Un gemido se escapó de mi boca, mientras la espalda de aquel hombre, que vestía una especie de bata vieja color oliva, se movía delante de mí. Estaba arrastrándome con una cuerda atada alrededor de mis tobillos.

Intenté patalear, estiré los brazos hacia mis piernas pero era incapaz de mantener ninguna posición al tiempo que él tiraba de mi.

A través del ojo dañado apenas veía nada. Pero todo parecía más oscuro que antes, no sabía si porque había pasado mucho tiempo desde que fui capturada, o porque el lugar estaba lleno de maleza y árboles dejados de la mano de Dios.

_ ¡¿Dónde me lleva?! – le grité sacudiendo mi cuerpo a derecha e izquierda, sintiendo la tierra rasgar mi trasero y toda las espalda – ¡Eh! ¡Está usted loco! ¡Suélteme!

No sé las veces que le grité lo mismo. Ni siquiera sabía si eran las mismas palabras las que lograba articular a pesar del terror y la confusión.

Un ronquido familiar sonó muy cerca de mi, y el olor a plumas me recordó al buitre del ataque.

En efecto estaban allí, se movían como señores mal vestidos con mirada vacía, caminando junto a su dueño como acólitos atontados.

_Ya hemos llegado, mi pequeña cría…- le anunció como si fuera una grata sorpresa.

Grité al sentirme levantada con demasiada facilidad para un tipo tan delgado y con aspecto enfermizo.

Tal y como me levantó en el aire, me soltó sobre algo vestido de paja y plumas.

En seguida escuché un “clack” metálico y comprendí dónde me encontraba.

Era una jaula para humanos, en una especie de granero amplísimo lleno de jaulas como la mía, a mi lado y frente a mi.

Pero estaba demasiado oscuro para saber si estaban vacías o ocupadas, interrogante que aceleró mi miedo. Sentí ganas de vomitar.

Pensé en por qué estaba metida en aquel lío…La Tía M, la gata guía y la pista del vecino pirado.

No me dio mucho más tiempo a pensar: la cara de rata de aquel pelirrojo sin dientes estaba a la altura de la mía, al otro lado de las rejas.

_ Mi nuevo espécimen…Qué ganas tengo de saber cómo vas a evolucionar…- sonrió ampliamente de una forma asquerosa, llena de locura – No te preocupes pajarillo, te voy a traer comida y agua.

Se levantó, y como si le doliera todo el cuerpo caminó hacia la parte más oscura del gran almacén.

_ ¡¿Qué coño está diciendo?!- perdí la compostura hacía más de dos escenas – ¡Usted le ha hecho algo a mi tía! ¡Ha sido usted, pirado! ¡La policía dará con nosotros tarde o temprano!- traté de hacer que sintiera alguna duda o inquietud. Pero no sirvió de nada.

Era como si no me escuchara o no le importara.

Me quedé sin aire, aún tenía los pies atados, pero mi as bajo la manga era la navaja en el bolsillo de mi chaqueta.

Y el móvil…Era posible que allí hubiera cobertura…Contando con mucha suerte – cerré los ojos decepcionada porque probablemente no caería esa breva…

Volví a mirar a mi alrededor. Mis ojos tenían que comenzar a acostumbrarse a la oscuridad…Aunque mi ojo izquierdo no me era de mucha utilidad.

Tenía que ver si la tía M estaba allí. Y tenía que ver si estaba bien, aunque una laguna de angustia se había acomodado en mi pecho en el momento en el que vi con quién estaba tratando.

No podía ver bien…Tendría que esperar un poco. Tenía que ser paciente, y mover bien mis cartas o probablemente no saldría viva de allí.

Aquel tipo daba escalofríos. Era como tener delante algo de lo que sólo se quiere huir.

Algo pequeño se movió cerca de la jaula, a mi derecha.

La pequeña gatita negra me miró y se acercó ronroneando.

Había tal silencio allí que me asustó que el tipo pudiera escuchar el ronroneo.

La cogí en brazos y la apreté con cuidado contra mí pecho.

_ Shh…sh…

Mi ojo bueno comenzaba a hacerse a la oscuridad. Se escuchaba el crujir de cartón o papel grueso, y algo semejante a los granos de maíz que solíamos echarle a las gallinas.

Sin darme cuenta, estaba reprimiendo mi respiración.

Y el corazón se aceleraba y se detenía, como un coche mal conducido.

Los pasos volvían hacia ella. Estaba segura de que era él.

Me eché hacia atrás, retrocediendo dentro de la jaula,

mientras la figura se hacía más clara.

Sólo la oscuridad enmarcaba su silueta, desgarbada y sucia.

Parecía sonreír pero era una mueca tatuada. No tenía rostro humano. Era como si no supiera controlar la gestualidad.

Se acercó hasta las rejas y se agarró a ellas, ladeando la cabeza ligeramente, mirándome con atención.

La gatita debió intuir algo porque no se movió, ni maulló ni trató de escapar. Simplemente se quedó muy quieta. Como yo.

_ No te preocupes, pronto te sentirás mejor y cantarás para mi…

Abrió la jaula y entonces vi que había arrastrado un saco grande de doble papel, como los sacos de pienso para animales.

Metió la mano y me echó algo encima, cerré los ojos, apartando la cara. Un fuerte olor me sacudió las entrañas.

Era un olor desgraciadamente familiar.

Me dieron ganas de vomitar.

_ Vamos, pajarito, come, come – insistió moviendo sus manos llenas de mugre.

A mis pies y en mi ropa habían pequeñas tiras de algo parecido al papel, y pequeñas piedras blanquecinas.

No entendí de qué se trataba hasta que cogí una de esas piedrecillas y la miré de cerca.

Eran dientes.

Dientes humanos.

Quise sacudirme la chaqueta y al moverme la gatita saltó y salió disparada hacia algún lugar en la oscuridad.

_ Qué lástima…No me sirves. Si no comes, es que estás enferma. No cantarás para mi…

Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

“Quería que cantarás para mí.”

Su tono de voz resultó más grave y cerrado. Sus pequeños ojos mostraban el enfado de un niño malcriado.

“Quizás ahora me deje ir…” Pensé, palpando algo sobre mi mejilla.

_ Acabarás como los demás – miró hacia el saco y sonrío mostrando la oscura cavidad de su desdentada boca.

Miré lo que había despegado de mi cara.

No me dio tiempo a gritar: era un trozo de base de una nariz humana, ya seca. La tiré lejos ahogando un espasmo abdominal y un grito y fue entonces cuando él alzó sobre mi un cuchillo largo y poco convencional, con un mango hecho a mano de cualquier manera.

Me llevé instintivamente los brazos a la cabeza gritando sin siquiera darme cuenta de que aquella era mi aterrorizada voz.

Al segundo, no escuché nada. Sólo mi respiración, fuera de control, seguido de un goteo semejante al de un grifo roto.

_ Púdrete en el infierno maldito cabrón.

Levanté la mirada con las pocas fuerzas que me quedaban. La tía M estaba de pie tras él, atravesándolo con una horca de las que se usan en las granjas.

Él miraba desconcertado, sangrando por la boca, mirando los afilados dientes de la herramienta salir de su tórax.

La tía M soltó la improvisada arma y se acercó cojeando hasta mí.

_ ¡Tía M!

Estaba despeinada y tenía golpes en la cara y arañazos en los brazos y las manos.

Nos abrazamos con una fuerza intensa, con el llanto a punto de explotar en las gargantas.

_ Ya pasó todo – me dijo, cogiéndome la cara y mirándome con preocupación y alivio – Salgamos de aquí ahora mismo.

Asentí y le dije que se apoyara en mi. “Me rompió la pierna el muy hijo de perra” me iba diciendo mientras caminábamos hacia el portalón, lleno de rendijas que dejaban entrar pequeños caminos de luz.

La empujé con fuerza y cedió dando un gemido tosco. Ya había caído la noche pero la luna era enorme y lo iluminaba todo como un potente faro eléctrico.

_ Está muerto, ¿verdad? – le pregunté acompasando mi paso a su cojear.

_ MALDITOS BICHOS.

Nos giramos tan rápido que tambaleé, casi caímos las dos pero la tía M tuvo suficiente fuerza para que no lo hiciéramos.

Estaba allí, frente a nosotras, los brazos colgando como dos mangas de espanta pájaros. Se llevó la mano a la espalda y sin inmutarse, arrancó la escoba de trillar. Las enormes púas dieron contra el suelo y la sangre que quedaba en ellas salpicaron la tierra aquí y allá.

Estábamos tan atónitas como asustadas.

_ No te preocupes, podemos con él – me susurró la tía M, sin apartar la mirada de aquel tipo. La cogí fuertemente por la cintura, y ella seguía apoyada en mí, el brazo por encima de mi hombro.

Él se acercó con pasos lentos pero sin hacer ni una mueca de dolor.

_ Desagradecidas…No sois más que comida para mis verdaderos pequeñines.

Un aleteo fuerte seguido de aire que apestaba a plumas nos hizo mirar hacia arriba.

¿Otra vez los buitres? – pensé fijando tanto como pude mi ojo bueno.

Pero no tuve demasiado tiempo: se lanzaron sobre mí.

Me picoteaban en piernas y brazos, y la verdad, dolía tanto que no me parecía cosa de un pájaro…Eran como cuchillos o pedazos de cerámica golpeando y rasgando a la vez.

No dejaba de gritar.

_ ¡Dejadla! ¡¡Apartaos ya!! ¡Fuera, fuera de aquí!

La tía M movía los brazos como una loca, arrastrando la magullada pierna. No sé si acertaba con alguno de sus alocados manotazos: sólo podía escuchar sus gritos llenos de ira y desesperación.

Yo tenía que centrarme en proteger mi cara de aquellos bichos.

El tipo de las aves reía y reía mientras elogiaba a sus “pequeños”

_ Preciosos, ¿verdad? Mis cuervos gigantes. ¡Son tan insistentes! ¡No piensan soltar a su presa!

El móvil comenzó a sonar en mi bolsillo. Lo debía tener muy alto porque sonó como una sirena en un puerto de mar.

Y así, como si de un hechizo se tratara, los cuervos levantaron el vuelo y lanzando graznidos de descontento, agitaron la noche con sus negras alas.

Todavía con los brazos sobre mi cabeza, miré entre el enredo de mis cabellos al frente, aún tirada en el suelo.

Me faltaba el aire. El dolor de los picotazos se había ido, sólo sentía un calor intenso por todo el cuerpo.

La tía M se apoyó sobre la rodilla completamente agotada, jadeando.

_ Has asustado a mis pequeños.

Estaba enfadado. Era la primera vez que su rostro mostraba algún tipo de emoción.

La tía M se plantó delante de mí y sin mostrar ni un poco de miedo le dijo:

_ Esos bichos dan tanto asco como tú.

Pisó cada palabra, furibunda y firme.

Le miró sin pestañear y siguió instigándole:

_ Esos “pequeños” tuyos, son la comida de los gatos a los que tanto odias.

_ ¡¡¡NO!!!

Su grito fue tan agudo y elevado, que parecía que los tímpanos iban a rasgarse como telas viejas.

Su rostro comenzó a deformarse. Un ligero espasmo entre las cejas y de repente, los ojos se separaron hasta alcanzar las sienes. La nariz desapareció entre una especie de tejido muscular y la boca, sin dientes, se abrió más oscura que aquella noche con luna.

Las dos le mirábamos sin habla, conteniendo la respiración, sin entender nada de lo que estaba pasando.

Era como una pesadilla, pero estábamos las dos ahí, sentíamos la tierra bajo los pies, el aire de la noche algo frío pero refrescante. Una pesadilla, era una pesadilla muy real – pensé – Sólo…Sólo teníamos que despertar. No podía ser otra cosa.

Él chilló sacando una lengua corta y tubular, una lengua de ave mientras se abalanzaba sobre las dos.

_ ¡Tía M! -grité tirando de su brazo.

Pero su mano se soltó. Me quedé plantada, con todo mi cuerpo en tensión.

_ ¡Vámonos de aquí! ¡Vámonos!

La tía M estaba muy quieta, de espaldas a mi.

Me pareció que se estaba volviendo todo más oscuro. Parpadeé, mi ojo herido ya no veía ni una mínima sombra.

Sólo podía contar con un ojo…Y eso me volvía aún más arisca.

_ ¡Tía M! -era más una pregunta, un desconcierto hecho grito.

No era oscuro el lugar, era ELLA la oscura. Su pelo y su figura, toda ella era negra. Como si su cuerpo se hubiera cubierto de petróleo.

El tipo tenía la cara mucho más grande comparada con el cuerpo, que se encorvada más y más, y sin embargo no empequeñecía.

Dijo con voz gutural y profunda, que resonó entre las ramas de los viejos árboles del lugar:

_ ¿A qué juegas mi pequeña ave lira? Ya te has divertido bastante…Ahora termina con todo ésto.

Miré a la tía M, confundida, echándome atrás, paso tras paso.

Quise llamarla de nuevo pero se volvió rápidamente. No era humana. Era como un gran pájaro gigante, los ojos a ambos lados de la cabeza, sin manos, las mangas de la chaqueta colgando como de una percha. Primero no la miraba. Pero en un segundo en el que casi se me para el corazón, ladeó la cara para fijar uno de sus redondos ojos en mi.

Y como un pavo real abre su cola, tras ella un especie de apéndice largo de plumas caracoleando se movieron de izquierda a derecha.

Di varios pasos rápidos de espaldas, pero tropecé y me caí de culo.

No podía dejar de temblar.

No podía pensar, ni llorar, ni gritar.

Nadie podía ayudarme, nadie sabría qué nos había pasado.

Era el fin.

Aquella absurda realidad iba a acabar con sus vidas…En medio de una pandemia por un virus desconocido.

Era irónico, tristemente irónico.

Aquel ser que antes había sido su tía se echó sobre ella con un chillido aterrador, mientras el tipo de las aves gritaba cosas que yo ya no lograba discernir.

Cerré los ojos fuertemente y comencé a rezar un Padre Nuestro. Sabía que no lo terminaría.

________________________________________________CONTINUARÁ

EL HOMBRE DE LAS AVES

Photo by Harrison Haines on Pexels.com

 

EL HOMBRE DE LAS AVES

YRENE YUHMI 2020

Cuando la tía Menmey me pidió que pasara una temporada con ella, a las afueras de las afueras, en donde ni el cartero llega, no podía imaginar si quiera que me tendría que quedar más que una temporada a causa la pandemia que se extendió como el fuego a partir de Enero del año 2020.

_ Aquí está tu cuarto – me dijo la tía cuando llegué, una tarde de febrero fría y lluviosa.

Sacó una manta extra del armario empotrado y la colocó sobre la cama, cubierta con una colcha azul marino con pequeñas flores color cobre.

La tía M, como le llamábamos los sobrinos, estaba en buena forma: había trabajado en la construcción, en carpintería, como camionera (Y lo que más me admiraba, con lo poco que me gusta estar aislada en medio del mar, es que también dedicó un par de años a trabajar en mantenimiento como electricista, en una plataforma en medio del Océano Pacífico)

Llevaba siempre una cola alta, y horquillas en los cabellos que se le escapaban constantemente de las sienes.

Era desenfadada y empleaba un lenguaje conciso y poco formal.

No le gustaban las pamplinas, pero siempre que nos despedíamos, nos daba un abrazo tremendamente apretado y lleno de cariño, como si fuera el último.

_ No te preocupes por el polvo o los bichos, lo he limpiado a conciencia.

Sonreí, asintiendo con la cabeza: “cómo me conoces” le dije. Y ella me guiñó el ojo y me invitó a ir a la cocina.

Había preparado una buena cena caliente y abundante.

_ Puedes quedarte el tiempo que quieras ¿Estás trabajando en ese documental? Con ese estudio…cómo se llamaba…

_ Phantoming.

_ Eso – masticó bien su tortilla de patatas y le dio un trago a su cerveza.

_ Estoy puliendo el guión y trabajando en la documentación con un colega. Los dos pringados. Nos han dado la peor parte…

_ ¿Ah sí?

_ Sí…Nadie está contento con el guión que escribe otro.

Así que acabas por escribirlo cien veces…Y por odiarlo cien más.

La tortilla era gorda y estaba muy bien hecha, el huevo se había dorado crujiendo en algunas partes, y la patata estaba tierna y muy sabrosa.

_ Está riquísima, tía M…

_ Me alegro. Es lo único que se me da bien en la cocina.

_ Pues es mi plato favorito, así que, puedes hacerla todos los días – le dije bromeando.

_ Ni de coña amiguita – se limpió la boca y dejó la servilleta de tela sobre el regazo – aquí nos repartimos el trabajo y tú también vas a tener que cocinar.

Sacudí la cabeza, más que conforme con el trato.

Aquella noche, hacia las doce, dejó de llover.

Dormí hasta bien entrada la mañana.

Y con El Informativo del mediodía, las dos nos encontramos clavadas frente a la televisión, pasmadas, y no poco asustadas, ante la avalancha de noticias sobre el virus mortal que se estaba propagando por todo el mundo.

___________________________________________________________

Lo único que nos unía al mundo era un teléfono fijo y la televisión. Yo me había llevado el portátil pero era pequeño y sólo funcionaba enchufado a la corriente.

Además allí no llegaba Internet…Así que le pregunté a la tía si había cerca algún pueblo o alguna casa con acceso a Internet.

No podíamos salir de la casa si no era para comprar comida o medicación.

_ El pueblo más cercano está a media hora en coche. ¿Recuerdas cuando te fui a buscar a la estación? Pues ese era el más cercano…No hay nada más por aquí.

La tía M limpiaba el gallinero mientras yo sujetaba la cesta con los huevos.

_ En cuanto al vecino, olvídalo. Es un capullo insufrible con el que no me hablo.

_ ¿Por qué?

_ Es un tipo raro que colecciona animales. Su terreno está lleno de jaulas y huele que apesta. Es un fan de las aves. Como los gatos, pero en su caso creo que no se las come…

Y alrededor de todo ese tinglado pone trampas para gatos.

Mi gata Tan se alejó un día, nunca lo había hecho…pero ese día hacía viento y debió de desorientarse…Nunca volvió. Pero sé que fue en dirección a esa maldita casa y que él odia a los gatos, así que…uno más uno…

Miré los huevos detenidamente, pensando en cómo podría contactar con todos para ver si el proyecto se cancelaba o se dejaba para más tarde…Suspiré.

Es bien cierto que en estos tiempos Internet es más imprescindible que el pan…Excepto para la tía M.

Ella no lo necesitaba para nada.

Yo empezaba a acostumbrarme pero me sentía algo insegura y no podía evitar sentir miedo. Sobretodo cuando pensaba en mis padres, que se habían quedado en casa, a unas cuatro horas de trayecto en coche…

En cuanto a las provisiones que nos pudieran faltar, los militares se encargaron de pasar cada semana, traían lo más esencial. Uno de los dos era bastante joven, y siempre se quedaba atrás, parecía muy tímido.

El de mayor rango, debía tener la edad de mi padre.

_ ¿Cómo se encuentran? ¿Necesitan alguna cosa?

Esa pregunta se convirtió en su tarjeta de visita.

El soldado tímido me enseñó los ojos una vez, cuando ya entraba la primavera, mientras me pasaba una caja llena de harina, leche, azúcar y arroz.

Tenía unos pequeños ojos marrones brillantes que mostraban aún más su timidez.

Ese día al despedirnos, me dijo algo por primera vez “Si necesitas cualquier cosa, llámanos”

Lo dijo con convencimiento. Me quedé mucho más tranquila, no sé por qué, después de oír su voz.

Quizás era por ser de mi edad, no lo sé, pero me pareció que podía confiar totalmente en él.

_ Sube Iñigo, o se nos echa la noche encima.

Fue entonces cuando supe su nombre. Después noté que al joven le molestaba algo pero se lo callaba: cuando el Teniente le llamaba “chaval” (aunque lo hacía sin ninguna maldad)

Observé como la furgoneta se alejaba. Empezaba a refrescar. Entramos algo de leña y nos preparamos para la noche.

Cada semana, aquella visita de Iñigo y su superior, se convirtió en la estrella de mi show particular.

No había nada en aquel estilo de vida que fuera conmigo…

Recoger la verdura y fruta del tiempo, los huevos y la leche de la cabrita de tía M.

Limpiar la hojarasca, regar las plantas, buscar leña fina para encender y preparar comida. Hacíamos pan y dulces de todo tipo. A mi tía le encantaba aquella vida.

_ Después de tanto tiempo dando vueltas por el mundo, trabajando en mil sitios, viviendo en la ciudad…Esto es como un bálsamo para mi.

Me confesó un día.

_ Hasta que me de por ahí volver a poner los pies en polvorosa – se reía cuando hablaba de volver a las andadas.

Supuse que toda alma viajera y cambiante, necesita un tiempo para posarse y descansar las alas.

Pero la pandemia pintaba realmente mal.

Según las noticias, el mundo entero estaba o confinado o muriendo a una velocidad de terror.

Nosotras nos sumergimos en la soledad, sintiendo una pena incierta. Era como si la Humanidad estuviera desapareciendo mientras ellas pasaban las horas y los días solas, encerradas en medio del boscaje.

Pudimos contactar con mis padres y con nuestros amigos y colegas de trabajo. Todos estaban bien por el momento, aunque dependiendo del país donde residían, las medidas y reglas eran diversas.

El proyecto en el que estaba trabajando se canceló “temporalmente”. Todos sabíamos que esa palabra era como una tirita para una preocupante herida que necesitaba cirugía.

Inexplicablemente, el Planeta no explotó, ni desapareció, ni nada oscuro o perverso se nos echó encima. Al menos a nosotras dos…

Y así pasaron las semanas y los meses y llegó Junio.

El calor vino de golpe, sin avisar, y con muchas ganas de guerra.

Cambiamos la ropa de cama, comenzamos a recoger fruta y verdura y a hacer conservas como locas.

Nos mantenía ocupadas y además, no podíamos dejar de pensar en que probablemente nos faltarían provisiones más adelante (aunque ninguna se atreviera a decirlo)

El Teniente Marcos venía esta vez cada quince días, por supuesto con Iñigo. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban parecía que la timidez de Iñigo iba apagándose.

Nos sonreíamos y nos despedíamos con una saludo corto y simple.

Nunca he sido una crack ligando. Ni me interesa ni es una prioridad para mi. La tía M solía decir que el amor llegaba si quería. Si no quería, ya podías intentarlo las veces que quisieras, nunca llegaría.

Una mañana en la que se me pegaron las sábanas, escuché un chasquido. Era como si algo se estuviera quemando en el jardín.

Chisporroteaba, y olía a quemado así que me incorporé sobre la cama para alcanzar al ventanuco redondo y miré hacia abajo.

Las Jacarandas estaban en flor, y el suelo parecía un manto color púrpura. Había algo justo debajo de mi ventana: un pequeño hueco negro que humeaba.

Me puse la camiseta y unos shorts y salí a ver.

Quizás la tía M había quemado la basura orgánica allí en vez de en el lugar habitual, tras la casa…

Pasé por la cocina. Estaba todo limpio y bajo una servilleta descubrí un par de panecillos tiernos con mantequillas y mermelada de moras. Me di cuenta del hambre que tenía.

_ ¿Tía M?

Miré a mi alrededor pero el silencio era absoluto. Por un momento pensé ¿dónde se han metido los pájaros?

No se escuchaba ni el coqueteo y molesto parloteo de las gallinas.

Me dio mala espina.

Me puse las zapatillas, y me di cuenta de que las de la tía M estaban ahí. Me giré, extrañada. No estaba dentro, eso lo tenía claro, pero no había salido…Al menos no con sus zapatillas de siempre.

Nada más poner los pies fuera el sol me golpeó con todas sus fuerzas. El silencio era total.

Mi corazón comenzó a latir cada vez más deprisa.

En un segundo pasaron por mi mente las imágenes de las millones de tumbas improvisadas en distintos lugares del mundo, los mercados y los bares, las iglesias y templos cerrados, la vida deteniéndose…

Y de repente nada ni nadie.

Me acerqué al hoyo ardiente que había visto desde mi ventana.

Era como si hubieran quemado algo durante bastante tiempo, lentamente. Ya no quedaba más que un olor extraño que no supe distinguir. Era un tanto desagradable pero había un tinte de plantas que mis sentidos conocían.

Alrededor las marcas de unas botas grandes, que no reconocí, me querían guiar hacia la parte yerma que abría paso a los campos abiertos, sin dueño.

_ Debe ser un cuarenta y cinco…No es la tía M… – me dije en voz baja.

Miré rápidamente a derecha e izquierda y tras de mí. En alerta, me puse la mano en el bolsillo trasero del pantalón, donde estaba mi teléfono móvil. Sólo palparlo y ya me sentí aliviada, como si fuera un salvavidas.

Un crujido me hizo mirar el rescoldo una vez más. Fruncí el ceño, miré lo poco que quedaba del fuego con detenimiento, pero no había nada raro…

Fue entonces cuando algo parecido a un petardo explotó casi en mi cara, haciéndome gritar.

Una súbita humareda se alzó y me alcanzó el ojo izquierdo de lleno.

Escoció tanto que me eché atrás, cayendo de culo, cerrando el ojo con fuerza, como si fuera a disipar el dolor así.

El jadeo y mi propia respiración no me dejaban oír nada.

¿Qué mierda era aquella cosa? Escocía y dolía, y no era capaz de abrir el ojo.

Entré de nuevo en la casa a toda prisa tambaleándome, dándome contra cada pared hasta llegar a la cocina. Me puse bajo el grifo y me lavé a conciencia. Dejé que el agua entrara en el ojo y lo limpiara bien.

Aquella especie de humo había acertado muy bien…Maldije entre dientes mientras el agua corría. Poco a poco el escozor fue remitiendo.

Traté de respirar con calma. Necesitaba calmarme.

Me sequé con un paño de cocina y con el ojo derecho miré a mi alrededor.

Seguía sola. No podía comprender dónde podía haber ido la tía M…Ni sus zapatos, ni su bolsa, ni el coche habían desaparecido.

No había dejado ninguna nota y no teníamos pensado nada más que seguir con nuestra rutina aquel día.

Volví a salir, esta vez con botas altas, una navaja, una linterna y mi chaqueta.

Mientras engullía los bocados dulces del desayuno di la vuelta a todo el terreno de la tía M. Por si acaso…Pero nada.

Entonces vi que ni la cabra ni las gallinas estaban en su lugar.

Rápidamente comprobé en enjaulado de ambas. Estaban cerradas pero vacías.

Aquello no tenía ningún sentido. Cogí el teléfono y marqué el número de emergencias.

_ Teniente Marcos, soy, soy yo…La sobrina de Menmey.

Ha desaparecido. Y también los animales…No, no. El coche sigue aquí y a menos que se haya ido descalza con una cabra y unas gallinas de escolta…No me explico qué ha pasado.

Tomé aire con fuerza, apoyándome sobre la cadera izquierda, mordiéndome los labios.

_ Lo…lo siento mucho Teniente…Estoy muy confusa y…no sé qué hacer.

El teniente se mostró muy comprensivo. Amablemente me dijo que llegarían en seguida. Que tratara de calmarme y no me moviera de la casa.

Pero no podía estar calmada. Tenía un nudo en la garganta y me temblaban las manos. Pensé en ese tipo, el vecino maniático de las aves…¿Y si le había hecho algo?

Ya habían tenido problemas antes y ese tipo de gente que hace daño a los animales, no…Para nada es de fiar.

Algo se movió entre los arbustos justo a mi izquierda.

Mi ojo estaba aún dolorido y se había hinchado un poco. No podía ver más que una mancha difusa a través de él.

Se giró por completo y observó con atención, con la navaja en la mano.

El arbusto lanzó un maullido y al segundo un pequeño felino saltó con garbo y se le acercó ronroneando.

Suspiré como si fuera la primera vez que respiraba en horas.

Me agaché a acariciarle.

_ Hola, bonito…¿De dónde sales? – le acaricié el lomo y el pequeño se dio la vuelta varias veces, como buscando más y más caricias. – Vaya, eres una señorita. Qué monada…

Era joven, de color negro brillante y una pequeña mancha blanca bajo la boca.

Se parecía mucho a alguna de las gatas que había tenido la tía M. Había visto las fotos cientos de veces desde que se mudó allí en Enero.

Pero no recordaba a cual de ellas se parecía…

La gata Tan había desaparecido hacía un año, por aquellas fechas, pero la tía M sabía que no estaba viva.

El tipo de las aves se había encargado de ella…

Cada vez estaba más segura de que él tenía algo que ver con lo que había pasado aquella mañana en la que me quedé dormida.

Miré fijamente en dirección al Oeste, en donde vivía, y entonces la gatita dio un salto y tomó esa misma dirección.

Se giró la mirar, como si me esperara.

Miré la casa, pensé en lo que me había dicho el Teniente y decidí dejar una señal rápida. La pared era de pizarra, así que escribí rápidamente con un guijarro puntiagudo “Id al vecino aves”

Y seguí a la gata. No sabía por qué pero tenía que hacerlo.

___________________________________________________________

La gata corría y sorteaba piedras y arbustos con gran agilidad, pero yo no me quedaba atrás. Me había acostumbrado a caminar en los bosques cercanos en busca de leña y a darme prisa huyendo de una tormenta repentina.

En la montaña el tiempo es tan cambiante y caprichoso que no te servía de nada guiarte por el informe climatológico.

Hacía mucho calor y en seguida comencé a sudar. Mi respiración cada vez era más entrecortada y me dije que a lo mejor habría estado bien haber hecho más ejercicio con aquellos estúpidos tutoriales de mytube.

_ ¡Ahh! – una punzada en el ojo me hizo hincar la rodilla y apretar ambos ojos con fuerza – ¡Mierda!

Intenté mirar hacia donde la gatita se dirigía, pero no vi más que maleza y rocas vestidas de musgo seco.

_ La he perdido…

Me froté el ojo y traté de calmarme. “En fin, de un modo u otro llegaré a casa del vecino. No puede estar muy lejos”

Una sombra sobre mi cabeza me hizo levantar la cabeza. El sol picaba tanto que aquella oscuridad sobre mi, tan repentina, me sorprendió.

Una cosa de voz ronca y silbante se lanzó sobre mí y no me dio tiempo ni a pestañear cuando me vi a punto de morir bajo las garras de un ave inmensa. Sus ojos oscuros y su pico curvo y corto se clavaban en mi, y sus garras tiraban de mi chaqueta con tal fuerza que creí que iba a elevarme por los aires.

Grité e intenté agarrarme al suelo, forcejeando sin descanso, hasta que nuestras miradas se encontraron, y a pesar de que mi ojo izquierdo no se abría completamente, la miré sin miedo, fijamente.

Entonces me soltó y emprendió el vuelo de nuevo, alejando su gigantesca sombra del pedazo de tierra en el que estaba acuclillada.

Me sobrepuse, sentándome sobre el suelo, y con ansia de aire di grandes bocanadas, mientras me apartaba el pelo de la cara, con las manos locas por un temblor pertinaz.

Era un buitre…Sabía que comían carroña, ¿no era así? ¿Era posible que un buitre solitario atacara a un humano?

_ Si tuviera la wikipedia a mano… – me dije tratando de romper al miedo con una mínima risa.

Lo más extraño era que aquel enorme bicho se detuviera cuando le miré a los ojos. Me toqué el ojo izquierdo. Me dolía un poco…Y estaba hinchado con toda seguridad…

Entonces caí en la cuenta de que tenía el móvil para algo más que Internet y abrí la cámara para verme la cara.

_ Dios mío…

El ojo estaba semi cerrado y había como un tizne negro alrededor, sobre el párpado y en la ojera. Froté y masajeé me pasé la manga de la chaqueta…Nada. Aquella especie de tizne de carbón no salía ni con saliva.

Tragué saliva y tras un largo suspiró me incorporé y seguí caminando, dirección Oeste. Tenía que llegar a la casa del tipo de las aves.

Las aves…El buitre. Contra más caminaba más me parecía que aquel sujeto tenía que estar tras algo grande, algo que tenía que ver con la desaparición de la tía M.

Eché una ojeada rápida al móvil: las tres y media de la tarde. Sin wifi, sin datos móviles ni cobertura.

De todas formas marqué el número de teléfono de la policía y llamé una y otra vez, sin dejar de caminar.

Fue en vano. Me lo guardé de nuevo en el bolsillo trasero del pantalón y apartando unas grandes ramas de un viejo algarrobo retorcido y cabizbajo, me encontré cara a cara con un hombre pelirrojo, de cara larga, ojos minúsculos labio cortados, llenos de pupas y pequeñas heridas.

Grité inconscientemente echándome atrás.

_ La trampa funcionó.

Dijo el hombre con voz rasposa, como acatarrado, abriendo su boca con cada sílaba.

No tenía ni un diente. Era un extraño hombre joven cuya boca parecía un pozo de oscuros fluidos.

___________________________________________________ CONTINUARÁ

 

La que fui, la que soy, la que quiero ser

Yo ya no sé para qué escribo, ante el silencio del Mundo…
No sé por qué sigo con este monólogo de una vida que no es mía,
y que debo gobernar, con mi varita mágica de la fe y el desengaño.
Cómo llegar a contar mis años, sin tapujos y sin miedo,
al que dicen, digo que dije, y siguen con el dirán.

Una niña que no sabía, que iba a agonizar antes de la pubertad,
y que vería romper en mil escamas de lágrimas, sus sueños e ilusiones,
antes de que aprendiera a bailar con su abuela, de la sevillana, la tercera.
No pudo decirle a un cúpido inexperto, que amaba a ese par de azules
de una mirada inocente…
Bajó las escaleras de una vieja facultad de historia, sin apenas fuerzas,
envuelta en un abrigo demasiado grande, para no volver atrás,
porque sus pasos ya tiraban de ella hacia aquellos castillos donde las batas blancas tiranizan y cortejan con sabidurías a medias…

Luchó contra aquellos que no aplauden aunque vean morir a la hermosa Campanilla, contra los que malhablan para ensalzar su ignorancia y contra
los látigos que a su cuerpo le instiga una enfermedad, que hasta en el nombre,
muestra su cruel fealdad.

Y resurge, y vuela un poco más alto, sus alas heridas pueden al menos avanzar un poquito más…Si sonríe es porque lo heredó de su madre.
Esa niña de alas rotas, busca siempre el sol y las playas, en donde reposa el alma y los poetas reinan.
Esa niña soy yo, y ya no sé por qué escribo, ni por qué quiero seguir agitando ante el Mundo, esta varita mágica de fe y de melancolía, buscando un lugar en el que habitar. Un lugar en el que mi nombre, suene, vibre y se deje amar.

Yrene Yuhmi 2020

Never give up HOPE + Hinako Tananaga Little Butterfly fanart

Takanaga Hinako fanart
by Yrene Yuhmi kanharu circle
Takanaga Hinako fanart, just pencil
Old fanart : Takanaga Hinako sensei
“Little Butterfly”

Only The Lord knows when you will be free.
Sometimes it seems like no one can’t save you, but don’t forget God is always watching over you.
He is protecting you and giving you strength when you run out of it. Without the strength He gives me I won’t be able to be here now.

Sólo el Señor sabe cuándo serás libre. A veces puede parecer que nadie puede salvarte, pero no olvides que Dios siempre está mirando por ti, te protege, te cuida y te da fuerzas cuando las pierdes. Sin esas fuerzas, no podría haber llegado hasta aquí.

Yrene Yuhmi 2020 Mayo Diario de un confinamiento

Yaoi doujinshis (KANHARU circle) free download links

It is been so long since I don’t draw doujnshi…

And during the lockdown I found some of them unfinished!! So I want to end them and post them little by little.

I began this one, from Tactics (manga/anime) on year 2007!! OMG…

I am truly sorry!!

You will notice the differences ^^,,,)

Here you are the info and the free link:

TACTICS DOUJINSHI

doujinshi cover

by KANHARU CIRCLE

TITLE: KIGEN NAOSHITE!機嫌直して!

(CHEER UP, don’t be so down)

Not worksafe

http://www.mediafire.com/file/za332em63t01zlu/DOUJINSHI_TACTICS_KIGEN_NAOSHITE_TACTICS_kanharu_circle.zip/file

(But Not hard yaoi)

#freedownload #yaoi Tactics doujinshi Haruka x Kantaro

I hope you enjoy it!!

Itsumo arigatou!何時もありがとう

(⋈◍>◡<◍)。✧♡

Yrene yuhmi

#staysafe #yoaúnmequedoencasa #自粛中 

#ヤオイ #同人誌

Como polillas / Like Moths

Me pregunto por qué estamos aquí, en este mundo.

Dando vueltas, vidas parecidas pero nunca iguales.

Vidas diferentes pero en algún punto idénticas.

Dando vueltas como polillas alrededor de una lámpara.

Dando vueltas hasta dar con una pared,

golpeándose una y otra vez, porque no somos más que polillas
que por mucho que intenten ver,
no pasan de esa luz misteriosa y de ese muro en el que se golpean.

Ilusiones, lazos, pérdidas, rupturas,
sorpresas, suertes echadas, encerronas, traiciones, resoluciones,
adicciones, tristezas inmensas, dolor, sufrimiento, dulzuras, alivios.

Vidas que no dejan vivir a otras, vidas que se desviven por otras.
Vidas que son propiedad de otras,
vidas que se apropian de otras.

Por qué estamos aquí, me pregunto.

No sé por qué pero hay muchos nudos que deshacer,

muchas cadenas que romper y, esa libertad que tanto ansío,

debe de estar ahí, seguramente,

porque las polillas tienen la suya, ¿no?

¿Por qué no la iba a tener yo?

yrene yuhmi 10 marzo 2020

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I wonder why we are here in this world.

Going around, similar lives but never the same. Different lives but at some point identical.

Circling like moths around a lamp.

Spinning around until you hit a wall, hitting yourself over and over, because we’re nothing but moths
that no matter how much they try to see,
they do not go beyond that mysterious light and that wall where they hit over and over.

Illusions, ties, losses, breaks,
surprises, good luck, lockups, betrayals, resolutions,
addictions, immense sadness, pain, suffering, sweetness, relief.

Lives that do not let others live, lives that go out of their way for others.
Lives that are owned by others,
lives that appropriate others.

Why are we here, I wonder.

I don’t know why, but there are many knots to untie, many chains to break and, that freedom that I long for, must be there, surely, because the moths have theirs, right? Why shouldn’t I have it?

yrene yuhmi March 10, 2020