Archivo de la etiqueta: japones

Hiroaki y la mariposa duende

Estándar

 

Érase una vez un niño de doce años llamado Tomoi, que tenía un gran problema: siempre estaba cansado. No importaba cuánto durmiera, siempre tenía sueño. Por mucho que comiera, las fuerzas le fallaban y los párpados le pesaban. Cada día para él, era un día más lleno de aburrimiento y desolación.
Sus padres, preocupados, pagaban al doctor lo poco que ganaban cultivando su pequeña parcela de tierra,
en las faldas del Monte Fuji, pero por muchas medicinas que le recetara, Tomoi seguía exhausto, sin poder levantarse de la cama.

_ ¡Tomoi! ¡Vamos a jugar! – le gritaban sus amigos desde el camino que cruzaba frente a la vieja casita destartalada.
_ Lo siento niños – les decía su madre, ocupada en recoger los espárragos del huerto – Tomoi no puede jugar todavía…

Los niños, con un profundo gesto de decepción, se marchaban dando patadas a las piedrecitas del camino, hablando a gritos, enérgicos, alegres…Todo lo contrario a Tomoi.

Aquel día era exactamente igual a todos los anteriores desde que Tomoi nació.

La madre de Tomoi miró hacia la casa suspirando hondamente. ¿Qué habían hecho mal, para merecer aquello?
Por supuesto que Tomoi, no era tonto, y sabía perfectamente todo cuanto sus padres hablaban, ya fuera entre ellos por las noches, angustiados por la situación, como con el médico del pueblo, que sólo les podía animar diciéndoles aquello de “El buen tiempo hará que se ponga mejor.”

Pero ni la Primavera, ni el Verano, ni el calor del fuego en Invierno, ni la buena comida del Otoño…Nada le hacía sentirse menos cansado.
Tomoi sin embargo, no se desesperaba, quería creer que algún día estaría corriendo junto a sus amigos y ayudando a sus padres en el campo. Cada día que pasaba veía a su padre más encogido y a su madre más agotada…Querría hacer algo por ellos, pero siempre siempre siempre, estaba cansado.

Un Domingo por la mañana, el viento cambio de repente, soplando del sur, tan caliente, que parecía que un enorme ogro respiraba sobre la pequeña villa agrícola.
Un forastero entraba por la parte norte de la villa, con una bolsa de viaje a la espalda y un fuerte bastón de madera.
Sus cabellos negros, largos hasta media espalda, y su rostro de piel oscura, sin afeitar, se vislumbraban bajo el sombrero de forma cónica, el takuhatsugasa* .

Sus tabi* y sus ropajes, semejantes a los de un monje, estaban muy empolvados y llenos de lodo, lo cual hacía pensar que hacía mucho que aquel hombre caminaba sin reposo. Además sus pasos eran como los de un anciano…
Apenas podía más, cuando se desplomó frente al padre de Tomoi, que estaba vendiendo verduras en el mercadillo.

_ ¡Oh Dios mío! – exclamaron algunos de los transeúntes y vendedores, echándose hacia atrás. Se tapaban las bocas con la mangas,  temiendo que se tratara de un leproso o un maldito.

Sin embargo, el padre de Tomoi no pudo ignorarle, tuvo piedad de él y lo llevó a su casa, en donde su mujer se ocupó de cuidarle con lo poco que tenían.
_ Sólo está falto de comida, agua y reposo. Se pondrá bien – le dijo a Tomoi la madre, al ver al niño parpadear curioso ante su nuevo compañero de  habitación.

Cuando el hombre despertó, palpó el viejo futón* en donde estaba acostado y miró alrededor algo confuso. Se vio en aquella pequeña y humilde habitación, con un niño recostado sobre otro futón, al lado del suyo. Las cosas que le pertenecían, sombrero, bolsa y sandalias, estaban colocados con minuciosidad sobre una caja de bambú que hacía de mesita.

_ Lo siento muchacho, he invadido tu casa…- su voz sonó ronca pero fue volviéndose más amable al carraspear, probablemente llevaba mucho tiempo sin pronunciar palabra. ¿De dónde venía?, ¿Cuántos lugares había visitado?, ¿Por qué viajaba?. Tomoi tenía muchas cosas que preguntar pero no se atrevía.

_ Mi nombre es Hiroaki – se presentó, sentándose sobre sus rodillas y agachando un poco la cabeza. Sus cabellos eran tan lisos que resbalaron por los hombros hasta tocar el futón. Tomoi estaba absorto en la observación de aquel personaje que acababa de aparecer en su anodina vida.

_ Yo me llamo Tomoi…- al hablar, se dio cuenta de lo infantil que era su voz y se sintió algo avergonzado. Bajó un poco la cabeza también, como venia de presentación, para después mirarle a los ojos fijamente. Por fin se atrevió a seguir hablando:
_Mi padre te trajo a casa. Te desmayaste en medio del pueblo hace como tres días. Madre dice que estás agotado por un largo viaje…

El hombre asintió, tras escuchar al chico, suspiró algo aturdido, y dijo:

_ Qué vergüenza…Perder el sentido así…Bueno…- se frotó la nuca con su gran mano tiznada por el sol- Tengo que darle las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por mí.

Tomoi sacudió la cabeza, expresando que no era en absoluto necesario que lo hiciera. Sus padres siempre le habían enseñado que no se podía ignorar al prójimo en su desgracia e infortunio, porque la vida podía ponerte en su piel y, entonces, no encontrar ayuda en ninguna mano amiga.

_ Vaya, ya está despierto señor – la madre de Tomoi entró en el cuarto con sopa caliente para los dos- No es gran cosa, pero calienta el cuerpo y da algo de vigor.
_ Muchas gracias señora, es de agradecer…- tomó el cuenco y la bebió sin pausa, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano izquierda al terminar – Realmente deliciosa…Hacía mucho que no tomaba una sopa tan buena. Gracias.

Tomoi, imitándole, se bebió su sopa deprisa, mientras observaba los gestos y características de Hiroaki.

_ Y dime chico, ¿estás enfermo? Es extraño ver a un muchacho de tu edad en cama…
_ Sí, está enfermo…- afirmó la madre, mostrándose decaída y algo más enjuta al mirar a su hijo – Pero nadie sabe qué le pasa, ni cómo curarle…

Desolada, salió del cuarto con los cuencos vacíos, como el remanso de esperanza de su alma.

_ En realidad no estoy enfermo – Tomoi le miraba a los ojos. Hiroaki le daba confianza. Tenía ganas de hablar con él, a pesar de haber pasado mucho tiempo a solas, era como si le conociera de siempre- Sólo estoy cansado, siempre cansado.

Tomoi arrugó el ceño, enfadado de nuevo consigo mismo. “Probablemente nací sin fuerzas y sólo soy un inútil…” Pensó cerrando los puños sobre sus piernas, cubiertas por una vieja manta zurcida.

Hiroaki se levantó y fue a rebuscar entre sus cosas, en su gran bolsa de viaje. Sacó una pequeña lámpara y la colocó junto a Tomoi.
El chico observaba atento, y no poco sorprendido ante lo que se podía proponer Hiroaki.

_ No tienes la culpa de lo que te pasa – Le dijo encendiendo la lámpara- Al mirarte a los ojos he podido ver que eres un niño con una luz inmensa en tu interior.
Por esa razón una mariposa duende se ha metido en tu pecho, absorviendo todo la fuerza que tienes. Y la mariposa crece y se hace cada vez más hermosa y poderosa…Hasta que te devora, lo cual significa, que mueres.

Se hizo un silencio absoluto. Un par de gorriones volaron parlanchines cerca de la ventana. Dos segundos más y volvió la calma, las montañas y los campos dormitaban en la siesta.

_ ¿Cómo sabe todo eso?
_ Porque he viajado mucho.
_ ¿Por qué?
_ Porque no quería morir joven. Como tú, tenía que huir de mi realidad para buscar otra realidad mejor. Por eso me puse a viajar. Y conocí a muchas personas,
aprendí muchas cosas y también viví muchas tristezas. Pero lo bueno de los viajes, lo compensa todo.

Hiroaki sonrió. Tenía una mirada amable, que decía mucho de su buen corazón. Tomoi se sentía seguro y en paz, no tenía miedo a lo que acababa de contarle sobre la mariposa duende. Simplemente quería saber más y más. Por lo que pasaron mucho tiempo hablando junto a la lámpara que había encendido Hiroaki.
Hablaron sobre pueblos y ciudades muy lejanas, seres ávidos de poder, seres nobles y santos, seres hermosos y seres terribles. La voz de Hiroaki comenzó a hilarse y enredarse con la luz de la lámpara, que a cada segundo tenía un color distinto, como si gemas de colores fueran reemplazadas en su interior.

Tomoi sintió algo cosquilleandole en el esternón. Primero lo confundió con la inquietud y curiosidad que las historias de Hiroaki le contaba. Pero fue creciendo hasta convertirse en algo palpable, que parecía topar con fuerza contra su corazón, contra sus pulmones, contra su espalda…Sintió una angustia que le asustó y con ambas manos se agarró las ropas sobre su pecho.

_ Ya está aquí – dijo Hiroaki sin ningún cambio en el tono de su voz.

Se acercó más a la lámpara y con ambas manos sugirió la forma de un cuenco a pocos centímetros del pecho del chico.
Subió las manos lentamente desde el esternón hasta la traquea, y de la traque a la boca. Tomoi creyó que algo iba a rasgarle la garganta, soltó unas lágrimas, cerró los ojos y esperó lo peor.

La llama de la lámpara bailó bruscamente cuando una enorme mariposa púrpurea, salió de un sólo golpe de la garganta de Tomoi.

El muchacho tosió mucho, hasta vomitar la sopa que había tomado con Hiroaki unas horas antes. Entre lágrimas, pudo ver como la mariposa se posaba en las manos de Hiroaki, que la observó con  detenimiento durante cerca de medio minuto. Era realmente hermosa y muy grande…
Hiroaki le dirigió a Tomoi una sonrisa y acercando las manos a la llama, murmuró algo semejante a una oración.

La mariposa ardió en la llama encendida menos de un segundo, con un chisporroteo fugaz, y desapareció.
Hiroaki apagó la lámpara.

_ Ya está. La llama de mi lámpara la ha seducido y yo he podido cazarla – le acarició la cabeza al soprendido Tomoi- Ya puedes salir afuera y disfrutar de la vida.

Tomoi no estaba del todo seguro de lo que había ocurrido. Se palpó el pecho y la garganta, respirando aún sonoramente pero cada vez con más facilidad.
Se levantó y dio unos pasos. Estaba extraño…No necesitaba dormir más, y el peso enorme que tenía encima había desaparecido. No podía creerlo…Pero era cierto. Salió corriendo de la casa, descalzo, poniendo a prueba su capacidad pulmonar y la fuerza de sus extremidades.

_ ¡Estoy curado, estoy curado! – gritaba correteando alrededor de los surcos en dónde crecían las verduras de la temporada.

Hiroaki, apoyado en el dintel de la puerta, le observaba con una pacífica sonrisa, asintiendo para sí.
Tomoi no podía ser más feliz: en ese momento, la vida había cobrado sentido de nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Era como descubrir felicidad en cualquier cosa y en cualquier situación.

_ ¡¡Hiroaki san, muchas gracias!! – corrió hacia él e hizo una venia.
_ No hay de qué. Debes decirle a tus padres que tienen las mejores verduras que he probado jamás. Esa sopa era especial…
_ Lo sé, mis padres se esfuerzan mucho cada día – asintió Tomoi, tratando de contener a sus inquietos pies.

Hiroaki rió, comprendiendo las ansias del muchacho por usar aquella energía tan natural, que había perdido durante tanto tiempo.

_ Anda, ve a jugar. Eso es lo que debe hacer un niño – le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Tomoi salió corriendo, primero a darles la noticia a sus padres, que estaban vendiendo en el mercadillo, y después a buscar a sus amigos para jugar tanto como le permitiera lo que quedaba de Sol.

Hiroaki cogió sus cosas, se calzó las sandalias y se colocó su sombrero de peón.
No sin antes observar con calma aquella vieja casa y el plantío de verduras, brillante por el sol de la tarde, comenzó a caminar, sin prisa, calmado, hacia el siguiente pueblo, y así, constantamente, siguiendo la dirección del viento del Sur.

Porque no hay Mundo sin enfermedad ni desgracia, su trabajo no terminaría nunca. Sin embargo era sin duda el mejor trabajo, puesto que le pagaban con mucha vida, con muchas sonrisas como la de Tomoi.
Un paso, otro paso, otro paso más…Las sandalias de Hiroaki se iban llenando de tierra, y su alma de conocimientos y emociones.

El viento del Norte comenzó a soplar, pequeño y tímido, en el pueblo de Tomoi.
Cuando regresaron a casa, Hiroaki no estaba. Le buscaron por todas partes, pero en vano. Tomoi, aquella noche, apenas podía dormir por todo lo acaecido durante el día.
Se dio la vuelta en el futón, cansado de mirar a las estrellas, y allí vio la marca. Un especie de mancha color púrpura en el suelo, en donde la lámpara de Hiroaki se había comido a la mariposa duende.

Sonrió, dio las gracias a Dios por haber traído a Hiroaki a su casa y al poco, se quedó profundamente dormido.

FIN

朋忌 ともい Tomoi

托鉢笠 たくはつがさ Takuhatsugasa tipo de sombrero cónico utilizado mucho en la época Edo.

足袋 たび calcetín japonés para llevar geta o sandalias.

弘安芸 ひろあき Hiroaki

布団 ふとん Futón  (tipo de colchón, cama japonesa que se coloca directamente sobre el suelo)

Image

 

Anuncios

El refugio de Carpófora

Estándar

Image

Era una noche de mucho viento. Tan fuerte y despiadado soplaba, que los árboles gemían de dolor y las estrellas se tambaleaban desde sus alturas.
Las hadas y otros seres pequeños, dormían a salvo en lo más hondo de los árboles.

El bosque estaba sumido en la más absoluta oscuridad. La luna menguante semejaba una cuna, pero apenas se podía ver desde las matas de la zarzaparrilla y los alisos blancos que alfombraban los pies de la arboleda.

En una casa rectangular, con un porche de tablas y un jardín escueto, vivía un joven escritor y su gato Sui.
El joven llevaba tres meses allí, a solas con la naturaleza y consigo mismo, intentando escribir todas las ideas,
sueños y demás entretejidos de la imaginación que le impedían descansar.
Era como tener metidos en su cabeza, cientos de duendes traviesos que terminaban por agotarle físicamente.

En la ciudad, le había sido imposible apaciguar a los duendes, por lo que cogió un petate con dos mudas y su portátil, un par de libros de Haruki Murakami y otro par de Goethe y de Lorca.

La casa era de sus abuelos maternos, que murieron cuando él era añun demasiado pequeño como para sentir pena o añoranza.
Cuando llegó estaba en tan mal estado que se pasó un par de semanas limpiando y arreglando el tejado, la madera del porche y el jardín, cubierto de dientes de león y mala hierba.

El gato apareció su primer sábado en el Bosque, por la mañana, cuando se tostaba pan junto al fuego.
Simplemente se acercó ronroneando, alzando el lomo, acariciándose contra sus piernas, como si le conociera de toda la vida.

_ Hola bonito…¿De dónde sales? – le ofreció un poco de mantequilla, que lamió gustoso para después lavarse con esmero toda la cara, mitad amarilla, mitad blanca.
Tenía los ojos grises y bizqueaba. Su pelaje era más bien amarillo, a excepción de una mancha blanca que recorría parte del rabo y todo el flanco derecho.

Le llamo Sui*, en un impulso, como cuando ponía nombre a los personajes de sus novelas.

Cada mañana daba un largo paseo por el bosque. Caminar le ayudaba a ordenar las ideas: a poner en fila a los duendes de la imaginación y mandarles callar. De ese modo, al volver a casa, lograba pasar al papel con éxito las ideas, tramas y diálogos que su mente cuajaba durante las caminatas.
Sui sólo le acompañaba un tramo, nunca se alejaba completamente de la casa. Perezoso, se volvía al porche y dormitaba el resto de la mañana, hasta la hora de la comida.

La casa disponía de pozo con agua potable, un trastero inmenso, un pasillo central y cuatro habitaciónes: dos dormitorios, un baño y la cocina.
En el trastero, muy ordenado y sin demasiadas cosas acumuladas, estaba a su vez la despensa, que había hecho llenar antes de llegar.
El señor Nakayama tenía las llaves – era un viejo amigo de la familia y vivía a sólo cinco quilómetros de allí-.
Tenía latas de comida, pan, galletas, leche condensada, cecina, verduras y frutas enlatadas, atún, anchoas y cervezas. Suficientes reservas para medio año aproximadamente.

Al principio pensaba que no soportaría la soledad y que terminaría regresando, con el rabo entre las piernas, a la semana como mucho.
Pero, inesperadamente, no fue así…Cada día que pasaba, más a gusto se sentía y poco a poco, la ciudad y sus recuerdos, fueron quedándose en la parte más oculta de los
cajones de la memoria. Ni siquiera echaba de menos hablar con la gente o coger el coche.

Su lugar favorito para escribir, era la cocina. Era demasiado luminosa para su gusto, pero acogedora. Sólo tenía una mesa pequeña para dos comensales, de madera, con sus dos sillas y su mantel viejo, empobrecido como
las cortinas, por la luz del sol.
Los fogones eran antiguos, la nevera era vieja y los suelos de madera estaban desgastados y pobres.
Aún así, algo le hacía sentir tan cómodo, que una inmensa sensación de felicidad le recorría el cuerpo desde las yemas de los dedos hasta la punta de los cabellos. Sobre le mesa, con su café cargado, escribía en el portátil,
con una facilidad que hacía años que no podía paladear.

Una mañana, el canto de una lluvia fina pero abundante le despertó. Sintió frío en los pies y agarrando el gastado edredón de una de las puntas, se cubrió hasta la cabeza.
Se había acostado tarde leyendo y tomando notas y aquella lluvia repentina le daba una somnolencia muy bienvenida.

De repente unos golpes fuertes, como si algo de metal se derrumbara, le hizo saltar de la cama.
“Viene del trastero” Se dijo mientras se calzaba. Se puso la chaqueta y fue al trastero. El porche estaba empapado por la lluvia y las acacias que adornaban
los laterales de la casa parecían damas mojadas.

El olor a lluvia y a hojas secas, a hierba y a tierra, era fuerte y tonificante. A pesar del frío de la mañana se sintió enérgico y listo para escribir.
En todo ello pensaba cuando llegó a la puerta del trastero, ligeramente abierto. “Qué extraño” Pensó entrando, tratando de ver qué era lo que había producido tal barullo
en la mañana.

Unas cajas de madera a la izquierda,  un armario ropero a la derecha y al fondo varios lienzos enrollados. Exactamente igual que el día en que llegó e hizo un chequeo de cada una de
las habitaciones de la casa. Nada estaba fuera de lugar.
Sin embargo, había algo detrás del armario. Como la única fuente de luz era una bombilla que pendía del techo sin más adorno, y encima estaba fundida, tuvo que abrir más la puerta para que la tenue luz de la mañana le ayudara a ver mejor dentro de aquellos 20 metros cuadrados.

_ ¿Sui?

El gato, empapado, estaba lavándose minuciosamente las patitas, entre un montón de papeles viejos, recortes de periódico y libros.

_ Pero bueno, si estás empapado…¿Dónde has andado? – suspiró, cogiéndolo en brazos. Sui lanzó un maullido cariñoso, dispuesto a mostrarse dulzón a
cambio de un buen tazón de leche o una lata de atún.
_ Tendremos que ir a por una toalla…- se levantó y al primer paso, algo hizo un ruido sordo a sus pies.

Parecía ser un libro. Lo recogió y con Sui en brazos, regresó a la casa principal, a la cocina.
Dejó el libro sobre la mesa y preparó café.
La lluvia comenzó a amainar.
Sui seguía secándose el pelaje con mucha calma, mientras su dueño se tomaba el café solo, rebuscando en la bolsa del pan de molde un par de rebanadas del fondo.

Después del frugal desayuno, fue a por una toalla vieja y secó al gato a conciencia, mientras miraba las tapas del libro, de color beige, con más de un rasguño y algunas manchas viejas.
Sui comenzó a resistirse a la ceremonia de secado, hasta que, ya harto, saltó del regazo de su amo y se fue al porche, en donde las gotas de lluvia del tejado se estampaban con un “plim”
agudo y dulce.

Entonces el escritor, sin demasiadas ganas de volver a la escritura, decidió dedicarse a hojear aquel libro, el cual parecía estar seduciéndolo, llamándolo, invitándolo a saber de sus líneas…
En la primera página estaba escrito, con tinta negra y caligrafía meticulosa, la siguiente frase:

“Recuerdos de Carpófora D. W. Mes de Septiembre, Año 1940”

Era una especia de diario de su abuela paterna. Lo único que conocía de ella, era su nombre y el hecho de que había vivido en aquella casa con su marido, durante los últimos años de su vida. Ni su padre ni su madre le habían hablado de sus abuelos, probablemente por falta de interés más que por querer ocultar algo en particular de sus ancestros…

Las rugosas y gastadas hojas del diario le llamaban con voz impaciente y traviesa. “Quién sabe, tal vez me sirva de inspiración para mis escritos…”
Pensó acomodándose en la parte seca del suelo del porche, bajo la atenta mirada de un sol, que tras  el aguacero, se abría paso entre las nubes y las altas copas de los árboles.

“Mi tío me ha vuelto a traer libros de su viaje a la capital. Ya me había terminado de leer los que me dio el mes pasado. Si no fuera por él, me moriría de aburrimiento. Esta vida es insoportable para cualquier mujer…
Si hubiera nacido varón, sería escritor. Y viviría solo, con mis libros y mis mil historias sin que nadie dirigiera mi vida ni mandara sobre mí.

Madre está, como de costumbre, asqueada conmigo, me ha obligado a coser sentada junto a ella,
y cuando he terminado con la labor, me ha mirado con odio diciéndome “No sirves para nada, qué desastre de niña”
Padre no vuelve hasta tarde de trabajar en la carpintería.
Como está delgadito siempre le sirvo más comida que a nosotras, pero en cuanto madre lo ve, cambia su plato por el de papa. Me saca de quicio, pero es mi madre. No puedo hacer ni decir nada en su contra.

…Esta tarde madre se ha enfadado conmigo porque he derramado la leche sin querer.
“Ojala tu padre no te hubiera recogido cuando te tiré de la cuna” farfulló sin mirarme, marchándose a su habitación.
Limpié la leche sin poder contener las lágrimas. Arrodillada en el suelo, pensé que quizás yo no merecía estar viva.

…Le he preguntado a padre si es verdad que madre me tiró de la cuna. Él me ha mirado con ternura infinita y cierta tristeza, antes de decirme: “¿Y eso quién te lo ha dicho?” “Madre” – le respondí. Suspiró y me acarició la cabeza.
“No pienses en ello, ya pasó, y bien que estás aquí, tan bonita, mi niña querida.”
No entiendo nada…¿Puede una madre odiar tanto a su propia hija? Si yo no recuerdo haber hecho nada en su contra…Muy pronto cumpliré catorce años. Me gustaría tanto poder irme a trabajar a la capital…Sólo que echaré de menos a padre.  No puedo dejarle sólo. Y menos con esa mujer.

…¿Cómo debe de vivir un escritor? Seguro que son los seres más libres del Mundo. Muchas veces fantaseo y me convierto en un escritor que vive solo, escribo cuentos a escondidas de madre, pero siempre termina descubriéndome: “¡Otra vez con esa locura de escribir! Una buena mujer no tiene tantos pájaros en la cabeza, pero tú eres tan idiota…No hay nada que hacer contigo” Me ha dicho arrebatándome los papeles y tirándolos al fuego.
Me he pasado llorando el resto de la tarde y me he negado a cenar. A ella le ha dado igual, pero padre ha venido a mi cuarto en seguida, con una bandeja. “Toma Carpófora, sopa y pan tierno. Este pan lo he traído a escondidas de tu madre.” Era pan de leche. Está muy caro y no todo el mundo puede comerlo…La guerra dejó al país con más hambre que una camada de lobos.
Nunca olvidó el sabor de las cosas que a veces padre me trae…Aunque no vuelva a comerlo nunca más, ese bollo de leche de hoy permanecerá en mi memoria para siempre.

…Padre ha enfermado. El doctor viene dos días a la semana a verle, dice que es el corazón.
Madre no deja de quejarse, porque padre no puede trabajar y no entra dinero en casa. Anda haciendo ver que tiene mucho que hacer, pero en realidad se pasa el tiempo sentada cosiendo pañuelos y haciendo labores mientras canturrea por lo bajo.
He encontrado un sitio perfecto para esconderme de madre y para escribir tranquila.
Está en lo profundo del bosque, una casita de piedra muy vieja, medio derruída por las bombas.
Pero tiene un pajar que siempre está calentito. Hay un agujero justo encima de la paja, y como ha hecho mucho sol, todo huele a pan horneado.
Me imagino que vivo en una gran mansión en la ciudad, y que escribo sentada en una bonita mesa de madera oscura, con mi tintero y mis papeles nuevos, inmaculados…Mi mayordomo me trae panes de leche y café caliente en una bandeja de plata y yo me detengo a degustarlo mientras observó mi
gran librería, que ocupa todas las paredes sin dejar ni un sólo hueco sin cubrir, excepto la puerta, una puerta de ricos, grande y solemne.

…Cada tarde me escapo a la casa del bosque. Le digo a madre que voy a coser con unas amigas. A ella le importa muy poco si voy o vengo. Y prefiere no tenerme cerca así que remugando un “Otra vez dando tumbos por ahí, niña inútil…” Sigue con sus labores mientras padre sigue postrado en su cama.
Yo le leo antes de irme durante una hora, uno de los libros que me trajo el tío la última vez: Viento del Este, Viento del Oeste de Pearl S. Buck. Padre y yo disfrutamos mucho de esta historia…Un occidental y una oriental se casan, venciendo el enorme abismo de culturas…”Pearl es nombre de mujer” Me dijo padre una tarde, cuando terminé de leer.
“¿Quieres decir que este libro lo ha escrito una mujer?” Le pregunté asombradísima. Él sabía lo mucho que me gustaba leer. Sonrió asintiendo. “Si te gusta escribir, no dejes nunca de hacerlo. Que nadie te detenga. Ya verás como todo saldrá bien. El destino te llevará a encontrarte con tu vocación tarde o temprano.”
Durante los días posteriores a aquella conversación con padre, he escrito mucho oculta en la casita del bosque.
Y he ido guardando todos los papeles en una caja metálica de galletas danesas, con la esperanza de que algún día pueda llevarlo a una editorial de la capital.
Mi tío sabe de libros, se lo preguntaré el próximo viernes que ya vuelve con más libros para matar mi soledad.
Además, ya sabe por un telegrama que le mandamos, que su hermano está enfermo…Me preguntó que pensara al verlo…Está tan delgadito y débil…

…Hoy me topé con un joven de mi edad, de camino a la casa del bosque.
Es un chico muy guapo. Me ha sonreído. Llevaba un haz de leña a cuestas y caminaba presto, pero cuando me ha visto ha aminorado el paso. Me pregunto si mañana volverle a verle…
El tío ha venido a casa, pero no ha traído libros. Tenía una expresión muy triste en su rostro. Hasta su bigote parecía triste. Se ha pasado horas sentado junto a padre.
Cuando ya se ha marchado me ha acariciado la cabeza y a suspirado con fuerza, como si con ese aire dejara escapar mil dolores y penas calladas.
Padre no está bien…Y sólo de pensar en que me deje sola con madre, me desespero.

…He hablado con el chico del bosque. De camino a la casita he vuelto a cruzarme con él.
“Buenas tardes. ¿Disfrutando de un paseo?”
“Buenas tardes…” Sólo acerté a devolverle el saludo en un hilito de voz.
Yo llevaba mis escritos en la caja metálica, metida en mi cesta, junto con un poco de pan negro y
membrillo.

El joven aprovechó para atar bien el haz de leña, y siguió hablando:
“La verdad es que este bosque es tan agradable que las horas pasan volando cuando estás aquí.”
Yo asentí totalmente de acuerdo. Quería hablarle más pero no se me ocurría nada, sólo notaba que
mis mejillas ardían como dos brasas y que mi corazón se aceleraba más y más.
“¿Vienes a por leña todos los días?”
“Sí. Trabajo para el Médico. Le llevó la casa y cuido de sus caballos.”
“Ya veo…” respondí yo apretando mi cesto con fuerza contra la cadera.
“Yo…Voy a esa casita que hay más haya de la encina…A escribir…” No sé cómo tuve valor de decirle que hacía algo tan estúpido…Madre se habría reído de mí si me hubiera escuchado…Bajé la mirada avergonzada, puesto que pensé que al joven no le haría ninguna gracia que una mujer se entretuviera en cosas inútiles…
“¿Es cierto eso?, ¿Eres escritora?” Él parecía entusiasmado. Se acercó más a mí y me dijo su nombre,
Martín Hunoy. Me dio la mano, llena de callos, seca y muy caliente. Una mano que ofrecía mucha seguridad
y fortaleza. Siempre risueño, me preguntó si podría leer mis escritos.
Yo casi no podía creerlo. Le dije que por supuesto, pero que me daba vergüenza…A lo que él respondió:
“¿De qué? Escribir es algo tan bonito…Estoy deseando leer algo escrito por ti.”
No creo qeu está noche pueda dormir. Por primera vez me siento llena de energía y con un ilusión nueva.
Mañana se lo contaré todo a padre…

…Padre ha muerto. Esta tarde a las seis y media. No puedo creer que ya no pueda volver a verle nunca más…
No puedo escribir…Me siento vacía, estúpida, impotente, sola. Tremendamente sola.
El tío ha mandado un telegrama: mañana viene para preparar el sepelio y poner en orden todos los papeles.
A mi ya no me importa nada, ni madre, ni los papeles, ni leer, ni escribir, ni el bosque, ni Martín…
Tengo muchas horas por delante, ni pizca de sueño ni hambre y la noche se presenta larguísima
Madre no deja de lloriquear cuando la gente se presenta a dar el pésame pero yo sé que en realidad se siente aliviada, y que padre le importa muy poco…Algo que no me resulta nada nuevo.
Me siento tan mal por no quererla…Debe de haber algo extraño en mí…O tal vez me esté volviendo loca.

…Después del entierro no pude soportar más la presión y me fui a la casita del bosque. Me pasé dos días llorando, sin volver a casa. Sobre la paja, boca abajo, observaba la caja de mis escritos pensando en padre.
Mis dedos parecían inquietos, quería escribir, necesitaba expresar todo lo que tenía dentro, porque sabía que la única forma de sentirme mejor era pasándolo todo al papel.
Sigo escribiendo sin parar desde hace aproximadamente una semana.
Mañana viene el Tío…Me dijo que quería llevarme con él a la ciudad…Yo, no sé si es eso lo que realmente quiero…

…Martín y yo quedamos todos los días en la casita del bosque y hablamos mucho. Es como si estuviera de nuevo con padre. Aunque Martín es totalmente diferente y en muchos aspectos…Es sólo que…Su cariño me recuerda a padre…Le he leído algunas de mis historias cortas. Martín dice que tengo talento, que debería dedicarme a ello.
“Irte con tu tío es una gran oportunidad para ti…” Me dijo seriamente.
Yo asentí, pero en el fondo, no quiero dejar a Martín.
Esta noche me cuesta ordenar mis pensamientos…Creo que he dormido muy poco desde que padre se marchó…Mañana le diré al tío que no me voy con él.

…Hoy Martín y yo hemos encontrado a un gato muy curioso en la casita. Estaba durmiendo entre la paja, con un rayo de sol sobre la panza. Se le veía tan feliz que le dejamos allí, y nosotros nos sentamos con cuidado a su lado, para que no se asustara.
Todavía no no conoce como para acercarse a nosotros pero estoy segura que es bastante cariñoso.
Le hemos puesto nombre, se llamará Tolstoi.
Madre está insoportable conmigo últimamente. Mucho más de lo normal…Ha descubierto mi caja de los escritos cuando estaba revisando mi cuarto y mi cama.
Se la he logrado arrebatar a tiempo. “¡No vas a hacer conmigo lo mismo que con padre!” le he gritado llena de rabia.
Últimamente no dejo de pensar que padre murió por culpa de la maldad de madre y que si hubiera tenido otra vida, no habría sufrido tanto. Es todo tan injusto…
Por el momento me llevo los escritos a la casita del bosque. La voy a guardar entre la paja.
Tolstoi se ha quedado a vivir allí. Yo le llamo el guardián de mi refugio.
Martín se queda conmigo tanto tiempo como le permite el trabajo, me escucha y me alienta a seguir escribiendo…Junto a él, todo es tan diferente…Siento como si a su lado, pudiera lograr todo lo que me propusiera.
Algún día escribiré un libro, como hizo Pearl S. Buck. Entonces me compraré la casa vieja; el pedazo de terreno en el bosque será de Martín, de Tolstoi y mío…Y plantaré jacarandas y mimosas…A padre le gustaban tanto.

Las siguientes páginas estaban en blanco. Se le había la tarde encima leyendo el pequeño diario de su abuela.
Cerró el malgastado librito, acariciando sus tapas.
Sui maulló. Estaba a sus pies, ronroneando, acariciando el bajo de los pantalones con su cabecita.

_ Tienes hambre, ¿verdad? – Su dueño se levantó y fue a por una lata de atún.

Había salido el sol por completo. Ni un solo rastro de las nubes de la mañana.
Mientras Sui comía, él miraba al cielo desde la ventana de la cocina.

Unas briznas de algo le entraron en los ojos. “¿Qué es ésto?” Se pasó la mano por los cabellos.
Restos de paja muy seca se quedaron pegados a la palma de su mano. Por unos instantes,  quedó aturdido,
anonadado.

_  Sui, creo que tu verdadero nombre es Tolstoi – le dijo al felino.

Corroboró, mirando a su alrededor, que la casa que había substituido al refugio de Carpófora, era perfecta para escribir.
Seguiría buscando, porque si él había salido a su abuela, debían haber muchos más escritos
ocultos en aquella casa. Pero aquel pequeño diario sería a partir de ese día, su libro de cabecera.
Tenía que darle las gracias a la Abuela por haber sido fuerte y haberse mantenido firme y fiel a sus sueños
y a su espíritu artista.

“Ojala la hubiera conocido…” Se dijo observando el libro, cerrado sobre la mesa de la cocina.
Las palabras de Carpórfora y su historia le habían hecho sentir algo que ni tan siquiera sentía por lo más cercano:
a él, su rutina, la ciudad o su familia. Ahora añoraba a un ser con el que no había hablado jamás…Simpatizaba con ella, quería hablarle y darle ánimos, compartir su tiempo y sus pensamientos.

El libro le miraba desde su pequeño mundo de papel y tapas viejas, como si sonriera, y le ofreciera esperanzas.
No supo si fueron los duendes de su mente, su loca imginación o la vida en soledad y la lectura de aquellas hojas, las causantes de la visión que perturbo la realidad de aquella cocina que olía a romero y a polvo…Pero en ese momento, pudo ver a una joven con una trenza ligada en la nuca en forma de panecillo, descalza, con un vestido de algodón blanco, tirada sobre mucha paja brillante.
Estaba escribiendo sobre una pequeña tabla, en papeles de cuartilla, completamente absorta y sonriente.
Tolstoi dormitaba a su lado, tumbado panza arriba.
Entonces, su mano se detuvo y le dijo a alguien que tenía en frente: “¿Te lo leo?… Pero no te rías de mí…” Algo nerviosa, se sentó más cómoda y comenzó con voz aún aniñada, pero firme, a leer en voz alta su pequeño cuento:

“_…Y el escritor, tras terminarse el último sorbo de café, se resolvió a visitar a la joven que tanto le había impresionado la pasada tarde del viernes, durante el paseo por los jardines de Santa Eulália…Se preguntaba si era ella la mujer que le había estado hablando en sueños…”

Quiso seguir escuchando a Carpófora más, mucho más, allí apoyado en la nevera, junto a la ventana que daba a las acacias aún mojadas por la lluvia de la mañana.
Pero la visión se fue esfumando, y la voz femenina fue desvaneciéndose hasta que sólo quedó la silenciosa respiración del bosque, pululando como polen entre el Sol y el Aire.

FIN  

Sui 翠 すい、 かわせみ、 みどり、 あきら : Verde

Los héroes de Suzume

Estándar

Image

La villa Murasaki* estaba emplazada junto a un caudaloso río llamado Suzume*. Desde muy antiguo se decía que este río era una diosa que dormía apaciblemente, ofreciendo Salud y prosperidad a los que vivían cercanos a su cauce.

La villa había sido un pequeño emplazamiento de guerreros hacía unos dos siglos. Pero el paso del tiempo y la bonanza en agricultura y comercio la había convertido en una urbe con bellas calles, avenidas adornadas con cerezos y hermosos bancales de pensamientos, sistema de alcantarillado y magníficos templos.

Una vez al año se celebraba por todo lo alto, la festividad en honor a Suzume, con danzas, ofrendas, desfiles y rituales especiales en los todos los templos.
La estatua de la diosa Suzume, se erigía en la plaza central de la ciudad, a la que se llegaba desde cualquiera de las cuatro calles principales: Kita, Minami, Higashi y Nishi*.

Suzume era representada como una doncella de cabellos cortos hasta los hombros, que sentada sobre un manto de aguas, alzaba sus manos a pequeños gorriones que se posaban en sus manos, con las alas abiertas.

En Murasaki vivían dos niños, Daikichi y Shoutaro. Nacieron el mismo día: el día de la diosa Suzume. Los niños que nacían en el día de la diosa, eran considerados especiales por lo que se les destinaba a dedicar su vida a las necesidades de la deidad, apaciguando a su espíritu y cuidando de sus templos.

Pero los padres de Daikichi no creían en la Diosa.

_ Jamás permitiremos que nuestro hijo arruine su vida convirtiéndose en monje – espetó sin reparo alguno el padre de Daikichi, con el niño en brazos.
La madre, a su lado, asentía, entristecida por el hecho de haber dado a luz en aquel día.
Ambos eran forasteros en aquel lugar, por lo que no entendían a los nativos y su veneración absurda hacia aquel río con nombre de ave.

Los monjes lo reprobaron y la gente les rechazó durante bastante tiempo.
Sin embargo, los vecinos, los padres de Shoutaro, no le dieron mayor importancia a lo sucedido y respetaron la decisión de la pareja para con el futuro de su pequeño.
La amistad continuo y se hizo fuerte, a la par que los dos niños crecieron como dos amigos inseparables y fortalecieron sus lazos hasta el punto de considerarse hermanos.

_ ¡Shoutaro! ¿Todavía no has terminado? ¡Vamos a jugar ya!

Daikichi acababa de llegar al Templo de Kita, en donde Shoutaro barría desde muy temprano, las hojas secas de los ginkgo y los arces.

_ En poco termino con ésto – le respondió Shoutaro vestido con el tradicional traje de monje aprendiz.- ¿Cómo te ha ido con el entrenamiento?
_ ¡Estupendo! – Daikichi hizo muestra de sus capacidades como guerrero- El maestro dice que tengo que esforzarme más pero en el fondo sé que está sorprendido.
_ No seas tan engreído – sonrió Shoutaro, acostumbrado la personalidad apabullante y abierto de su amigo.

_ Vamos a jugar junto al río – sugirió Daikichi cuando Shoutaro hubo guardado la escoba y el mandil.

El apacible carácter de Shoutaro contrastaba enormemente con el de Daikichi. Pero juntos el mundo parecía estar en su lugar, y cada cual se sentía completo y auténtico.
Incluso sin hablar eran capaz de comprenderse.

Pasaron muchas estaciones juntos, otoños de rojos y ocres, veranos de azules y tormentas, inviernos de nieves y escarcha y primaveras de trinos y flores. Cada cual preparándose para su futuro: Daikichi como guerrero, Shoutaro como monje.

Un desafortunado día de finales de Primavera, los aires del Oeste trajeron a demonios de las ciénagas a la villa. Muchos habitantes cayeron enfermos, otros tuvieron extraños accidentes; las flores se marchitaron y los animales se consumieron, muriendo en masa.

Los monjes no tenían ni un respiro entre los rezos y las exorcizaciones de las casas y los templos. Junto al río, hermosamente flanqueado por centenarios cerezos aún en flor, se realizaban cánticos en honor a la diosa Suzume, orando y suplicando que limpiara el lugar de aquellos Oni* que estaban desolando a todos los lugareños sin excepción.

Las gentes comenzaron a mirar con rabia y desprecio a Daikichi y a su familia.

_ Es culpa vuestra, por no haber ofrecido a Daikichi a la gran Suzume, la diosa se ha enfadado y nos ha mandado a los demonios – les reprocharon un grupo de hombres de campo que ya habían enterrado a mujeres, padres e hijos.

Los padres de Daikichi no sabían que decir. No se veían con derecho alguno a decir lo que pensaban, cuando aquellas familias estaban sufriendo tanto.
Pero Daikichi se reveló y les espetó:
_ ¡No culpéis a inocentes por algo inevitable!
_ ¡¿Inevitable?! Si tú hubieras hecho lo que hizo Shoutaro, nada de ésto habría ocurrido.
El grupo comenzó a envalentonarse, alimentada su ira por el dolor y la rabia.
Comenzaron a tirarles piedras y a maldecirles. A cada segundo se iban uniendo más lugareños, creándose un pequeño pelotón contra la familia de Daikichi.
El joven protegía a sus padres de los golpes de palos y piedras pero poco a poco se vio impotente e incapaz de levantarse, su cuerpo, a modo de escudo, sobre los de sus padres.

_ ¡Ya basta!

El grito de Shoutaro, vestido con el traje ceremonial y con el rosario en la mano, detuvo a la muchedumbre.

_ ¿Desde cuándo nuestro pueblo se ha convertido en bárbaro e irracional?
Detened la violencia y ocupaos como Dios manda de los sepelios de vuestros seres queridos.

El amable y calmado Shoutaro mostraba ahora una mirada firme y a la par entristecida. No podía creer que las gentes hubieran sido capaces de levantar las manos contra sus vecinos.

El pequeño tumulto se dispersó, entre rumores, con las cabezas bajas y las miradas turbias.

_ ¿Estáis bien? – se apresuró Shoutaro a ayudar a Daikichi y a sus padres.
_ Más o menos – respondió el joven, lleno de golpes y rasguños.
_ Muchas gracias Shoutaro – los padres de Daikichi le tomaron de las manos, agradeciéndoles una y otra vez lo que había hecho por ellos.
_ No he hecho nada que merezca ser agradecido – les sonrió el joven. Se percató que el matrimonio no tenía ni un solo rasguño. Al parecer Daikichi había parado cada golpe por ellos. Sonrió para sí. No había persona más noble en el pueblo que Daikichi, lo había demostrado muchas veces desde muy niño. Era el único que no había temido resultar herido por proteger a alguien.

Daikichi se los llevó a casa. Se lavó las heridas rápidamente y caminó presto hacia el templo de Kita, en donde debía de haber regresado Shoutaro para seguir con las oraciones.

Shoutaro y los demás monjes, estaban reunidos frente al templo con expresión de enorme sorpresa y preocupación.

_ ¿Qué sucede? – se apresuró Daikichi uniéndose al grupo.
_ Daikichi…Verás, el río ha bajado, casi no quedan aguas en su cauce…
_ ¿Cómo es posible..? – Daikichi no daba crédito a aquellas palabras.

Se echó a correr hacia Suzume, seguido de Shoutaro y los demás monjes.
Era cierto, el río estaba casi seco. Daikichi caminó hasta su cauce y comprobó que las aguas le lllegaban hasta la pantorrilla.
En ese mismo instante, Shoutaro sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, allí había algo…¿Un Oni?
_ ¡Daikichi sal de ahí! – gritó sacudiendo la mano en la que llevaba el rosario.

Daikichi miró hacia sus pies: algo se movía entre las aguas, cual anguilas de color carbón.

Saltó rápidamente y ensartó la daga en aquel ser que estaba a punto de cogerle la pierna, sintiendo al instante como si una corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo.

Shoutaro se acercó corriendo, comenzando a cantar sutras, con el rosario entre las manos. Daikichi aún aturdido, de rodillas sobre las aguas, sólo conseguía escuchar la voz de su amigo, la vista golpeada y enturbiada, mientras que a su alrededor aquellos largos cuerpos se movían como reptiles sin cabeza.
Entre las aguas, vislumbró algo que le pareció familiar….Eran pétalos de las flores del cerezo.

En ese instante, en el que intentaba comprender por qué aquellos pétalos le estaban pareciendo tan extraños, sus compañeros guerreros llegaron al río y le sacaron, mientras los monjes seguían cantando sutras de protección y exorcización bajo los cerezos, ya casi sin flor, que adornaban todo el Paseo hasta el final de la Villa.

Los demonios se iban haciendo más poderosos y fuertes a cada segundo. Se colaban por el sistema de alcantarillado, se arrastraban por las calles y se metían en las casas, consumiendo a todo el que se encontraba en su paso.

Las gentes enloquecieron y comenzaron a dejarlo todo, huyendo de la villa Murasaki, hacia las montañas del Norte.
Los guerreros luchaban contra los demonios tanto en la ciudad como en el río, en donde caían muertos bajo terribles dolores, causados por el veneno de aquellos Oni de las ciénagas.

Mientras los monjes se ocupaban de exorcizar a los demonios en casas y comercios, en calles y plazas, Shoutaro curaba la herida en la pierna de Daikichi.

_ Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? – le preguntó Daikichi a su amigo, que terminaba de vendarle la larga raja que cruzaba la línea del tobillo a la rodilla izquierda.
_ Sí…- sin levantar la vista, fruncido el ceño, guardó vendas, ungüentos y demás en una caja de bambú y se sentó a su lado.

Estaban en las escaleras que ascendían al templo de Kita. Los grandes arces, a ambos lados de la escalinata de piedra antigua, ofrecían una sombra agradable, filtrándose los rayos de sol entre las hojas: semejaba que bailaban pequeñas mariposas de luz sobre las sombras de los jóvenes.

_ Los demonios han venido atraídos por los cerezos en flor…La belleza es causante de muchos males o trae tristezas y desgracias…- Shoutaro parecía lamentarse profundamente. Él adoraba los cerezos. No podía creer que algo tan bello y dulce fuera el causante de tanta muerte y desolación.
_ No Shoutaro. No es la belleza la malvada, sino el corazón del que la observa. Los demonios la han utilizado para alimentarse y hacernos daño…Pero nosotros no nos dejaremos vencer.

Daikichi, a pesar de todo sonreía. Shoutaro estaba realmente sorprendido ante la fortaleza y sabiduría de su amigo. Pero…¿No es acaso propio de él, dar coraje cuando todo parece haber terminado?

Daikichi le ofreció la mano. Ambos se prometieron con un apretón sincero que terminarían con los Oni del río Suzume.

Aunque fueron muchos los muertos en aquella terrible batalla del río Suzume, se cuenta que gracias a la afiliación y cooperación de monjes y guerreros, liderados por dos niños Suzume, Shoutaro y Daikichi, se logró acabar con los demonios en menos de tres días.

Los cerezos fueron exorcizados y las aguas del río volvieron, poco a poco, a tener su cauce habitual.

Aún ahora, pasados más de cuatrocientos años, se recuerda a los dos hermanos de la vida, Shoutaro el monje y Daikichi el guerrero, tanto por los libros de historia como por las citas, refranes y creencias populares.

Junto a los cerezos del río Suzume, se alzan dos estatuas en piedra de ambos jóvenes, y cada primavera, los niños juegan y comen dulces bajo los cerezos, ofreciendo a los héroes Shoutaro y Daikichi grandes cestas de pétalos de flores de cerezo: bellas y hermosas motas rosadas que son la bendición de la villa Murasaki.

                                                              FIN

紫 むらさき Murasaki : Púrpura

雀すずめ  Suzume : Gorrión

北 南 東 西 Kita, Minami, Higashi, Nishi : Norte, Sur, Este, Oeste

鬼 おに Oni : Demonio