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ARMEND Y LIEND III (Lectura online 2ª parte +18)

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Aquí tenéis la continuación de la novela, Armend y Liend III. No sé si llamarlo capítulos o partes…Puesto que es una novela aún en construcción, la sensación de ofrecerla antes de repasarla, y haberla terminado completamente es algo así como caminar desnuda en pleno día ^_^;;; Pero espero que la lectura sea de vuestro gusto y que Dios me de salud para poder continuar escribiendo ^0^)

¡Gracias por todo vuestro apoyo!

Yrene Yuhmi

http://armend-y-liend.blogspot.es/1339284366/

blog borrado -_-)

Accede a todo sobre Armend y Liend aquí

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

o en FB, Armend y Liend novelas y Armend y Liend 😉 😀

Contactad conmigo para lo que queráis, me encantará hablar con vosotr@s ^3^)

 

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Armend y Liend III (Lectura online, +18 años)

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Ciertamente, estoy tardando mucho en escribir la tercera novela que formará parte de la trilogía sobre la historia de amor de Armend y Liend…Lo siento de veras, porque tengo muchas ganas de mostraros las escenas que ya están más o menos abocetadas y casi coloreadas del todo en mi cabeza. Por razones de Salud, entre otras, voy más lenta de lo que querría…Pero voy a intentar terminar esta larga novela que comencé en el 2006, y ponerle todo mi corazón; por el momento he pensado que ir subiendo lo que tengo escrito poco a poco no es mala idea ^_^;; Espero que así disfrutéis un  poco de este entrelazado de historias, que vosotr@s habéis aceptado y querido tanto, dándome gran satisfacción y mucha alegría…Os debo mucho queridos lectores…

A través de este blog de cuentos, os iré comunicando cuándo subo los párrafos o capítulos, en el blog correspondiente: el que en su día abría sólo para ARMEND Y LIEND.

Aquí os dejo la entrada con los primeros pasos de esta tercera  novela. Esperando que sea de vuestro agrado y ansiosa de leer vuestros comentarios, me despido por el momento con un fuerte abrazo ^0^)

http://armend-y-liend.blogspot.es/1339110000/

😦

 Atención!! Editado!!! El blog ha sido borrado ToT)) no lo entiendo pero bueno…Aquí os dejo el link de descarga y la contraseña,

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

 password: tanpopotohimawari

También podéis acceder a todo desde el nuevo post ecrito hoy, en este mismo blog 😉

https://yreneyuhmi.wordpress.com/2014/02/05/updating-information-important/

Gracias por estar aquí, por vuestro apoyo y cariño!!!!! muchos abrazos a tod@s!!!!

Yrene Yuhmi

VOYEUR (2ª Parte, Fin)

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_ ¡Oh, Menuda sorpresa! – Exclamó su hermano con mofa, tirado en el sofá frente al televisor- ¿o a lo mejor estoy viendo visiones?

_ No seas pesado… ¿Qué pasa? ¿No puedo estar en mi casa?

_ Puedes, puedes…-repuso cambiando de canal, frotándose un pie contra el otro- Pero hace como tres meses que pasas menos tiempo aquí que papá…

_ ¿Hay noticias? – preguntó cogiendo una cerveza de la nevera.

_ Qué dices…Creo que hace unas dos semanas estaba en Boston. A saber dónde estará ahora…

Un adulto irresponsable, viajero, trotamundos, que no sabía ser padre ni pretendía aprender.

_ ¿Te has peleado con tu chica?

_ ¿Qué chica?

_ Venga ya…Siempre estás con “alguien” y por la cara que haces, alguien especial…Y son casi veinticuatro horas…Sólo vienes a casa a dormir un poco.

_ No es mi novia…

Ni siquiera es una chica…” pensó fregándose los ojos, apoyado en la pared junto al armario de las galletas y el cacao.

_Pues llámala como quieras…Pero date prisa en hacer las paces…Échale un buen polvo.

_Sólo nos miramos…-dijo con la mirada perdida, más para sí mismo que pasa su hermano pequeño.

_ ¡¿Qué?! – El chico dio un salto, colgándose del respaldo del sofá azul- ¿En todo este tiempo…no lo habéis hecho? ¡Me tomas el pelo!

_ Déjame en paz – exhaló, hastiado, sacando la manos de los bolsillos del pantalón.

Acostarse con Hoshio…Hacerle el amor.

Tocarle por todas partes. Besarle. Acariciarle los cabellos.

No dejaría ni una pequeña porción de su cuerpo sin explorar, aromar, besar, lamer…

Se metió en su habitación, se echó sobre la cama y cerró los ojos.

Sin dormir dejó pasar las horas, la mente llena de Hoshio.

Palpó el bolsillo trasero de sus vaqueros y rescató el móvil. Apretando la tecla de avance, fue pasando por todas las fotografías que se habían hecho, la cabeza sobre el brazo, echado sobre el costado…

La sonrisa y los ojos chispeantes y cariñosos de Hoshio.

Cuando le conoció y supo que le gustaba, no se planteó nada como un problema. Le importaba un comino si con aquellos sentimientos se le podía llamar gay. Lo único que hizo fue investigar sobre cómo lo hacían dos hombres.

Jamás imaginó que fuera a enamorarse de un tío.

Pero me gusta…Le quiero. No sé qué me pasa. No me entiendo.”

No entendía porqué, pero tenía muy claro que le atraía, que le gustaba estar con él, que quería protegerle y…Quería tener sexo con él.

Si no me dejas tocarte, me voy a volver loco…

Se quedó dormido hacia las tres de la madrugada, en la misma postura y con el móvil bien cogido, contra su pecho.

Ansioso de tacto.

                                         * * *

Hoshio y él habían estado mirando, uno por uno, los muchos bocetos y cuadros inacabados que se apilaban de cualquier manera junto a las paredes del pequeño estudio.


_ ¿Y éste? – preguntó “Raro” señalando un boceto muy sencillo, con algunas manchas de color en cabellos y mejillas.

_ Apolo y Dafne…- le explicó Hoshio- Ella es una ninfa – señaló a la hermosa muchacha, que se contorneaba en una extraña danza, con ramos de laurel entre los dedos- Y éste es el dios Apolo. Apolo la ama, pero ella no le corresponde.

_ ¿Por qué?

_ Por las flechas de Cupido. La que disparó a Apolo era de amor y la de Dafne de desamor…

_ Qué triste historia… ¿Te la has inventado?

Hoshio casi se ríe. “Realmente, eres como un niño”

_ No. Es mitología griega.

_ ¿Y ella, la chica, no cambia de idea?

Raro” seguía más interesado en la historia de aquellos personajes que en lo que era la mitología griega.

_ Ella…Es transformada por su padre en un árbol. Para preservar su virginidad.

_ Joder…

Hoshio sonreía espontáneamente, enfrentado por primera vez a su visitante tan enfurruñado, contrariado y pensativo.

_ Pero, ¿sabes? – Dijo de repente, mirando a los ojos de Hoshio- Seguramente Apolo abrazó a Dafne, incluso después de ser transformada en árbol.

_ Puede que tengas razón…

El visitante se quedó pensando un buen rato, mientras Hoshio recogía los bocetos y los colocaba en su lugar, excepto el de Apolo y Dafne, que seguía entre las manos del silencioso observador.

_ Hoshio…Nosotros dos somos como ellos.

El joven pintor se sorprendió. Le miró interrogante, de pie, junto a la pila de dibujos.

_ Yo soy como Apolo, tú como Dafne…

Raro” acarició el boceto, lentamente, con la mirada perdida.

Hoshio se estremeció. Su pecho se volvió aún más cálido ante la visión melancólica de aquel “Apolo” descarado.

                                 * * *

Hoshio se despertó a las ocho y media. El sol ya inundaba todo con una fuerza volcánica.

Después del fresco de la madrugada y con una temperatura corporal tan baja, Hoshio agradecía aquel calor incipiente de un día cualquiera del mes de julio.

Nada más poner el pie en el suelo, se tambaleó. No lograba enfocar la vista en ningún punto fijo, la habitación le daba vueltas. De repente sintió arcadas.

De camino al baño tropezó: estaba demasiado débil.

Como dentro de una nube oscura. Cayó sobre la nube; creyó estar aún dormido, haber soñado aquel despertar.

Tirado sobre la moqueta, entre la cama deshecha y el pequeño cuarto de baño, el cuerpo de Hoshio, largo, esbelto, en su holgado pijama, semejaba una de esas sirenas que hallan los marinos de los cuentas en las arenas de las playas.

Debía de tener alguna pesadilla: una lágrima nació lentamente, siguiendo la línea de la nariz.

¿Por qué sobreviví?… ¿Por qué sigo aquí?…Si nadie me necesita… Es inútil, es estúpido…”

Se abandonaba. No le quedaba voluntad ni para seguir respirando.

                               * * *

Caminaba por las desiertas calles de un lunes festivo. Los jóvenes dormían y el olor de las comidas danzaba por el aire caliente.

Tenía la mano sobre el móvil, en el bolsillo derecho.

Lo acariciaba, con el ceño fruncido, la mandíbula tensa.

Recordaba el rostro de Hoshio, a punto de echarse a llorar, asustado, solo. Quería encogerse, ocultar su presencia.

Alguien como él, tan preciado, hermoso, con tanto talento, quería pasar desapercibido, quedarse a solas con sus pinturas y su silencio. Era algo que su habitual observador no comprendía.

_Mierda…- Maldijo entre dientes, calándose la gorra de visera con un gesto mecánico.

Giró la esquina, al final de la calle, se alzaba el edificio en el que estaba el pequeño estudio de Hoshio.

El sol brincaba de ventana en ventana. Sintió un dolor en el pecho.

¿Y si…Todo lo ocurrido hasta ahora hubiera sido sólo un sueño? Si Hoshio, no existiera…

Si era de verdad un ángel, un ser venido de otro mundo, una creación de su mente…

Hoshio…Un Mundo, una Vida, un Pensamiento, un Corazón sin Hoshio.

Comenzó a correr. Como si le persiguiera el diablo, los golpes de sus zapatillas sobre el asfalto seco, duro, eran como alertas de batalla. Un ruido aterrador que acompañaba las imágenes de Hoshio dentro de su teléfono móvil y las de un estudio lleno de acuarelas y retratos, un lugar vacío.

Por lo que corría con más ganas, perdiendo el resuello, con el corazón en la boca, sudando, ardiendo.

Cuando abrió la puerta, gritó. Pensaba que seguramente le asustaría. Que estaría allí, frente a la ventana, abocetando sobre el papel. Se daría la vuelta y le sonreiría algo extrañado.

Pero no estaba allí.

Vacío.

Silencioso.

Sólo él y su desesperación, falto de aire, con la gorra en la mano y los cabellos revueltos, el pecho exaltado.

_Hoshio…

El terror se apoderó de él. Miró alrededor. Sólo esos malditos cuadros. Los odió en aquel momento, hasta el punto de querer destrozarlos. ¿Por qué llenaban ellos el espacio cuando Hoshio no estaba?

En un par de zancadas llegó hasta la cocina. Dio varios pasos, respirando sonoramente, corrió las cortinas que separaban la cama del resto del lugar.

_ ¡Hoshio! ¿Qué te pasa? ¡No me asustes joder! ¡Hoshio!

Agachado junto a él, golpeó con cuidado las mejillas, palpó la frente, lo sacudió, llamándole repetidas veces, temblando.

Se inclinó para comprobar si respiraba. Estaba muy frío, su aliento era débil igual que su pulso.

_ Gracias a Dios…- dejó escapar como un suspiro alargado por la ansiedad.

Tenía que reanimarle cuanto antes, y llamar a una ambulancia…Con las manos trémulas, sujetó su barbilla e insufló varias veces aire contando los segundos en voz baja. Poco a poco, Hoshio comenzó a reaccionar. Se quejó débilmente.

_ ¿Hoshio? – preguntó esperando con ansiedad a que abriera los ojos.

Le tomó las manos. Helado. Estaba frío aún en medio de aquel caluroso ambiente.

Lo cogió en brazos y lo llevó a la cama, cubriéndolo con las sábanas. Frotó el pecho y los brazos, procurando calmarse.

Aquel deseado cuerpo, que hasta el momento sólo había podido acariciar con la mirada, estaba ahora a su disposición.

La vida más importante, el ser al que adoraba, la imagen y la palabra que daba sentido a todo…Se escapa, se desvanecía.

_Ni hablar… ¡No me dejes Hoshio! – lloraba de rabia, acariciando los cabellos, el rostro. Sus propias lágrimas lloraban en las mejillas de Hoshio, que comenzaba a recobrar la consciencia.

Esa es la voz de Raro…”

¿Raro?

Creyó que lo decía en voz alta. Le estaba mirando a los ojos. El moreno y despreocupado chico de siempre, el desconocido simpático escudriñaba en su interior a través de las niñas de los ojos, muerto de preocupación.

_ ¿Qué haces…?

_ ¿Qué? ¡Me has dado un susto de muerte! – le riñó arropándolo más, colgando las lágrimas de su roja nariz.

_ Perdona…No es nada…

_ ¡No digas que no es nada! ¡Joder!

_ ¿Por qué te enfadas? – a Hoshio le costaba hablar, tenía sueño. Se sentía muy bien allí, junto a Raro. Era cálido y agradable.

_ Preguntas cosas muy tontas a alguien que te ha dicho que le gustas…

Que le gusto…”

Sonrió para sí, cerrando los ojos. Aquel tipo era un tonto…Un loco. Mucho más que él.

En cierto modo resultaba divertido. Un loco encontraba a otro loco y los dos se volvían cuerdos. “Tengo que vivir…” se dijo antes de quedarse dormido.

Porque aún tengo que descubrir qué quieres…Y quién eres.”

Raro apoyó la cabeza sobre el hombro de un Hoshio durmiente. Aliviado, no soltó aquellas manos, ya cálidas.

El tacto, el abrazo, el olor…Quiero quedarme así hasta que despiertes.

                        * * *

_No sabía que estuvieras enfermo…

Observaba como se vestía aún sentado sobre la camilla de una estrecha habitación en la planta de urgencias del hospital.

Los armarios de metal aplastaban las viejas paredes en desorden, decoración perfecta para un lugar que apestaba a desinfectante y yodo.

_ Si no se me nota es que no lo estoy. Es sólo una mala jugada de la genética- añadió sonriendo- Como un sello personal.

Raro se quedó muy pensativo, jugando con los dedos gordos de las manos de forma inconsciente.

_ ¿Creías que si me lo decías dejaría de ir a verte?

Hoshio hubiera reído de buena gana a no ser por la seria expresión de Raro.

Es como un niño. Dice las cosas sin pensar, con la lógica más plana”

_ ¿Hubieras dejado de venir?

_ No. Ni aunque hubiera sido algo contagioso.

_ Mentiroso – rió sutilmente Hoshio, calzándose.

_Lo digo en serio.

Su mirada franca y su calmada compostura no cuadraban con aquella juvenil aura suya ni con sus ojos de niño travieso.

_Pues gracias –musitó, no sin cierta vergüenza.

Pero estaba aliviado.

Después de mucho tiempo solo, a la deriva en medio de una multitud que le despreciaba y le daba la espalda, que se le burlaba o le despreciaba, malinterpretaba y humillaba, alguien le estiraba de entre la barahúnda, cogiéndole de la mano, rescatándole de la humillación y del dolor de no ser querido.

Le aceptaba, le dirigía la palabra.

Le era sincero.

No le ponía las cosas difíciles.

De manera que junto a él, le era la vida apetecible. Todo dejaba de girar entorno a sí mismo para dar vueltas, zambullidos y aleteos por doquier. Especialmente por donde pisaba él. Podía ver el mundo a través de los ojos vivos color del aceite de oliva de aquel extraño: confortable, amigable, cálido extraño.

De vuelta a casa, hechas las analíticas y administrado suero durante cuarenta y ocho horas, Hoshio respiró la paz de aquel cuadradito en el que vivía, y al que le había tomado cariño por la fuerza de la costumbre.

El sol salía dorado, yema espesa sobre la nata de la niebla.

Era una de las mil vistas que le ofrecía aquella ventana suya.

Parpadeó, débil pero animado, sonriendo al nuevo día. A punto de decir algo importante, algo de lo que podía arrepentirse si lo seguía callando.

Pero él se le adelantó, robándole si no las palabras, el sentimiento.

_ Me dan ganas de abrazarte.

Abrió mucho los ojos, temeroso, conmovido, confuso, aturdidamente feliz.

Temblaba de emoción, el corazón le latía haciéndose eco en la garganta. Vibraban unas lágrimas en sus ojos.

Tragó saliva.

_ Adelante.

_ ¿Seguro? ¿No saldrás huyendo?

_ No – se dio la vuelta, quedando frente a él, con una expresión calma y agradecida, muy tierna.

Raro tenía miedo de romper el milagro: de que Hoshio se echara atrás. Era demasiado bueno para ser cierto.

_Si te abrazo, no podré contenerme…

_ ¿Quién te pide que te contengas?

Con aquellas palabras susurradas, se decidió a dar el paso, a caminar hacia Hoshio. Le rodeó con los brazos, calentándole con una presión tierna pero firme.

El tacto, la piel, la ropa caliente sobre la piel, el aroma de la piel… Las manos de Hoshio indecisas, detenidas en el aire.

Temblaba.

Su cara contra el pecho de él.

Sólo a base de miradas, Hoshio no se había percatado de que Raro era una cabeza más alto que él.

_Cógete a mi – le pidió su visitante quedo, gentilmente, al oído – No tengas miedo.

Hoshio levantó entonces las manos poco a poco, cerrando los ojos, abatido por la angustia y el temor a ser tocado y, al mismo tiempo, excitado por lo bien que se sentía.

Cuánto he ansiado esto…” Sin saberlo, había estado hambriento de un abrazo durante, probablemente toda su vida.

Se agarró a la camiseta y lanzó un suspiró pleno, agotado, ya libre de la tensión. Liberado.

Olía a él.

Le recordaba a algo…A menta, a una de esas colonias deportivas, a lata y sal dulce.

Hoshio no hizo ningún ruido, ningún sonido provino de su boca. Sólo dejó las lágrimas fluir pródigamente, en silencio.

El que hasta ahora había observado al solitario pintor, tenía los ojos cerrados.

Las manos tras la espalda de Hoshio, la respiración ora inquieta ora suspensa, el calor en la mejillas, la vida de aquellos segundos cautivados por la eternidad se aceleró, extasiándole.

No quería esperar más. En el siguiente fotograma, bajó la cabeza hasta alcanzar la boca trémula de Hoshio, entreabierta aún por los suspiros liberados. Con la lengua hizo paso entre los labios calientes. Se hundió en Hoshio como lluvia sobre el mar.

Ardían los vientres y los párpados.

Ojos cerrados.

Frente a un lienzo inacabado: un cuerpo joven abocetado con sanguinas.

Enmarcados ambos por la ventana sin cortinas, observadora de observadores.

Cayeron al suelo las camisetas, rozando los pies.

Rodilla contra muslo, agitación, temblor, gemido.

Raro

Desde mi cuerpo, abandonando los ojos al sueño.

Desde mis sueños y a través de tu cuerpo.

Mirarte no era suficiente. Y aún así, me conformé.

Pero ahora que te he dejado de mirar, ahora que puedo fundirme en ti sobre la cama, húmedos ombligos, costados y muslos; ahora que puedo besarte por todas partes, sin olvidar ni un solo centímetro de tu hermoso cuerpo…Ahora.

Ahora no me conformo con nada..

Me volví egoísta y avaro. Posesivo.

Quiero más y más.

Hoshio

Si todo comenzó simplemente mirándote, abocetando tu cuerpo, ¿por qué has cambiado mi vida de una forma tan radical?

Ya no puedo vivir sin ti. Sin que me toques.

No sólo te quiero a mis espaldas, sentado en aquella silla, mirándome.

Tu olor y tus manos, tus brazos y tu sonrisa. El cabello sobre mi pecho, la risa que en ti suena diferente, cálida y contagiosa. Cosas que no era capaz de aceptar antes de conocerte.

Son ahora lo que más necesito y ansío con una presión que me asusta.

¿Cómo es posible…?

Ya no puedo vivir sin ti.

Cómo has podido hacerme esto…

                                  * * *

_ ¿No me dirás tu nombre?

_ ¿Tanto te importa? (¿quieres gritarlo cuando llegas al orgasmo?) – añadió en un susurro, sonriendo con picardía.

Hoshio se puso rojo hasta las sienes; remugó algo avergonzado, ocultando la cara en la almohada.

Ambos estaban echados boca abajo, entre las sábanas revueltas, y jugueteaban pies con pies, como dos niños.

Definitivamente, eres muy raro…”

Hoshio sintió un cosquilleo cerca de la oreja. Él se había acercado dejando que sus cabellos le hicieran cosquillas a Hoshio en la mejilla.

Creyó que no lo sabría nunca, que no respondería. Le besaría, tal vez y volvería a reírse, feliz como un niño mimado.

El verano era la estación favorita de ambos.

Las cigarras cantaban y la nevera estaba llena de helado de limón y cervezas.

Boca abajo, muy juntos, en silencio.

Se inclinó y en un susurro, me dijo su nombre”

Hoshio le miró a los ojos, sonriendo. Por iniciativa propia le besó.

Era la primera vez que lo hacía: el tímido, el callado y sensible Hoshio.

 Me sonrió y repitió mi nombre. Creí que me moría. “Quiero hacerte el amor” le dije. Sé que fue poco romántico. Pero yo soy así. No sé cómo decirle con palabras lo que me pasa cuando estoy con él.

Ahora que es él quien dice mi nombre, abrazado a mí, tierno y caliente, me siento el más afortunado de los mortales.

Sí, ahora me he dado cuenta, porque lo pronuncias tú: mi nombre es el mejor.”

FIN

VOYEUR (1ª parte)

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Se preguntaba por qué la gente seguía sonriendo, siendo la vida tan triste.

Se podían derramar lágrimas hasta que los párpados enrojecieran, dolieran y escocieran. Tantas cosas perdidas, no logradas, tanta vergüenza y tantos esfuerzos en un trabajo presente que a nadie interesa.

Como las acuarelas que pintaba, día tras día, sentado cerca de una gran ventana sin cortinas.

Vivía sólo en un pequeño estudio en el centro de la ciudad más fea del mundo. Pero aún así, desde aquel sexto piso, podía ver cosas muy interesantes, bonitas y con muchos colores.

Hoshio tenía una enfermedad crónica, difícil de llevar (como todas las enfermedades crónicas), molesta (como todas las enfermedades crónicas).

Supuestamente el azar le había regalado el “ser un enfermo”.

No se veía como tal, a pesar de la gran cantidad de medicación que debía tomar cada día y de las dietas estrictas y constantes. Físicamente se veía bien, saludable. Tal vez un ligero atisbo de tristeza y soledad podía describir la luz de sus ojos negros.

Fue al cuarto de baño a por agua para sus pinceles. Evadió mirarse al espejo, como de costumbre. Pero era peor aquella tímida visión de soslayo que mirarse directamente y sin miedo. Porque la imagen borrosa y veloz del vidrio esquivado le parecía la misma horrenda versión de sí mismo años atrás, en los peores momentos de su enfermedad.

Odiaba los espejos y las fotografías. Incluso ahora que había recobrado su aspecto normal.

Volvió con sus pinceles, frente al lienzo, manchado con gracia y frescura de púrpuras y violetas, amarillos y grises.

Su alta figura esbelta parecía esconder unas magníficas alas de ángel.

Y a pesar de que yo se lo decía muy en serio, Hoshio replicaba que era imposible que él tuviera algo de ángel. Sin mirarme, añadía: “…pero sería bonito tener alas…”

Hoshio me gustaba. Iba a su casa cada día y me sentaba a verle pintar. Sus espaldas eran hermosas. Aún puedo visualizarlas.

Y puedo sentir las mismas ansias de levantarme y abrazarme a ellas.

Porque la mayor de las veces, me daba la sensación de que Hoshio estaba a punto de desaparecer. Tanto negaba su existencia y su valor que por momentos se volvía casi invisible. Se disolvían sus colores con el aire, igual que sus aguadas.

El día en que le abracé, ahogando un suspiro, aliviado por tan larga espera, él se quedó quieto y tenso.

_No vuelvas más.

Fue lo único que dijo. Con aquella voz de pluma de ave, de nube que acariciaba el alma.

Me resultó la frase más insufrible, triste y desgarradora jamás expresada.

Supongo que fui un cobarde, porque le hice caso.

Y no regresé.

                                                                                                          *  *  *

Hoshio, sentado en el suelo, se dio cuenta del vacío dejado por aquel visitante asiduo.

Del silencio y la gran cantidad de cuadros, la mayoría acuarelas, otros tantos óleos, también tintas y bocetos. Todo a su alrededor le miraba con la dolorosa quietud de la inexistencia.

El arte que nadie conocía. El arte no observado.

_Absurdo…Estúpido…Patético.

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la fría pared pintada de blanco.

¿Por qué seguir pintando?

La última vez que salió de aquel su diminuto mundo, fue cuando su hermana pequeña se casó.

Pudo verse a sí mismo, en medio de la gente, como un poste añadido. Pero esa era una descripción injusta. Porque todos le querían. Todos le mimaban. No le dejaban sólo.

Lo único que no tenía, era una línea de vida como el resto.

No tenía amigos.

La enfermedad le obligó a quedarse atrás, mientras el mundo seguía girando. Miraba a su alrededor, vestido de etiqueta por vez primera, y no reconocía a nadie.

Los rostros de sus amigos eran infantiles y le sonreían desde el fondo de sus memorias. No sabía dónde estaban. Y nadie sabía dónde estaba él.

Nadie sabía quién era.

Cuando regresó al estudio, la luz del atardecer bañaba el ambiente con ternura vacilante.

Se quitó la chaqueta, se acercó a la ventana.

Nadie sabe que estoy aquí.

Nadie sabe que existo.

Nadie sabe qué estoy haciendo.

Nadie…

Las lágrimas cayeron gruesas sobre las mejillas, corriendo barbilla abajo.

Se las limpió deprisa con las manos. Sus manos, hacia muy poco, eran muy huesudas. Daban miedo.

Las miró bien. Con aquellas manos había pintado tanto…Y había enjugado muchas veces sus propias lágrimas.

No puedo dejar de pintar… ¿verdad?

_ Hoshio.

Sorprendido, se dio la vuelta.

_Has…vuelto.

_Claro.

_ ¿Por qué?

Se acercó a Hoshio con una sonrisa calma.

_ Porque sí.

_ ¿Qué razón es esa? – Hoshio tragó saliva, aún salados los labios por las lágrimas, los ojos rojos y brillantes.

_ Es razón suficiente.

El segundo abrazo.

Hoshio estaba quieto y cálido. Receptivo, tierno, generoso. Se aferró a mí.

Sólo hace falta que te reconozca una persona para existir.

Y para mí, Hoshio es la única persona que existe.

                                                                                          *   *   *

Continué observando las espaldas de Hoshio, que frente a la ventana abocetaba con soltura. No me interesaba tanto lo que dibujaba como él mismo. Me fascinaba ver la facilidad y rapidez con que trazaba, el movimiento de sus manos, y la seriedad hermosa de su mirada.

Yo me colgaba literalmente de la silla, puesta al revés, los codos sobre el filo superior del respaldo.

Y me quedaba en silencio, embelesado.

Aquel silencio compartido era para mí un preciado tesoro, algo que me apetecía siempre, que necesitaba y añoraba.

Aún así, estaba esperando el momento del tercer abrazo.

Porque el tacto de su cuerpo me había vuelto más impaciente y sucio, más pervertido.

Le deseaba físicamente.

Lo que al principio era un simple “gustar” se había transformado en un peligroso “desear”.

Y crecía a cada segundo de forma alarmante.

Masajeaba mis dedos, notaba mi frente sudada, se estrechaba mi garganta…

Hoshio dejó los lápices suspirando. Me sorprendió.

_Tengo sed… ¿Quieres tomar algo? Voy a por bebidas…

_ Ah…No te preocupes, ya voy yo. Estaba…pensando lo mismo.

Me levanté y apartando las cortinas de estampado hindú que separaban el estudio de la pequeña cocina, aproveché para respirar hondo, en silencio. En la nevera había refrescos de limón. Los preferidos de Hoshio, “Nada de alcohol…” Solía decir.

Cerró la puerta del mini refrigerador con el pie, ambas manos ocupadas con las latas y un par de vasos.

Podría haberle puesto a tono con un poco de alcohol…”

Apartó las cortinas.

Allí estaba él, sentado en un viejo sofá forrado con trozos de telas de colores. La mirada perdida, abatido, traslúcido. Era… un ser de otro mundo.

Cómo atreverse a ponerle las manos encima…Cómo no atreverse a probarlo, a poseerlo.

Qué contradicción…

Se dio cuenta de que al final, siempre acababa siendo un observador. Alguien que sólo podía mirar a Hoshio. Como si se tratara de una estrella distante. En el espacio y en el tiempo.

Ridículo…Está ahí mismo, a unos pocos pasos de mí…”

_ ¿Qué pasa?

Hoshio se había vuelto hacia él, fregando una mano contra la otra, un gesto muy suyo. “Probablemente tiene las manos heladas…” pensó, dando unos pasos y ofreciéndole una de las bebidas.

_ Perdona, estaba distraído… ¿Tienes…tienes las manos frías?

_ ¿Eh?

Hoshio bebía de la lata, mirándole distraído. “¿Por qué no puedo hacerlo? Tomar tus manos entre las mías, acariciarlas, calentarlas…Hoshio está a unos centímetros de mí. Pero yo sólo puedo mirarle”

_Te sueles fregar las manos, como si tuvieras frío…

_ Ah…Tal vez…– comenzó a explicar, tímido y con cierto pudor- tal vez sea una especie de tic- dudó unos segundos, dejando la lata entre los potes de acrílicos y agua coloreada- O algo así…

Su voz parecía perder fuerza a la par que terminaba la indecisa respuesta.

Su huésped sonrió. Realmente, era una persona especial, dulce, adorable.

Volvió a sentarse, dispuesto a seguir deleitándose con aquella visión que sólo él podía disfrutar.

Y el hecho de ser el único, el privilegiado que conocía el lugar en el que se ocultaba el ser más increíble y misterioso, sencillo y tierno, le hacía sentir entre nubes, afortunado y feliz.

Pero…Sólo podía mirarle…

                                                                                                      *   *   *

Aquel chico es bastante raro. Mucho más que yo, que ya es decir…

Viene todos los días, se sienta en esa silla y me mira.

Observa como dibujo, como pinto. Me pregunto si es uno de esos amantes del arte o si lo hace por puro aburrimiento.

¿Cuándo comenzó a venir?

Estoy tan acostumbrado a él, que me siento cómodo. A diferencia de con el resto de la gente.

Antes de conocerle, no permitía a nadie invadir mi espacio. Ni siquiera un poco. Porque simple y sinceramente, quiero estar solo.

No quiero ver a nadie, no quiero hablar con nadie.

Entonces, ¿por qué? Por qué tú no me molestas…

_ ¿Cómo te llamas?

_ No me gusta mi nombre, prefiero no decirlo.

_ Eres muy raro…

_ Lo sé- sonrió como si tal cosa.

_ Entonces, ¿cómo me dirijo a ti?

_ Ponme un nombre…Me harías muy feliz.

Hoshio rió ante tamaña sorprendente estupidez. Era de lo más extraño.

_ Eres muy raro – sonrió abiertamente, y su cara pareció iluminarse, abrirse al aire como una flor nueva. Su visitante quedó prendado de nuevo- Realmente raro…

_ Raro…Me gusta como suena.

_ ¿Cómo quieres que te llame así? – sonrió irónico.

_ ¿Por qué no? El mundo es un absurdo, todos hacen lo que quieren, todo parece normal. Y lo que a ellos les parece normal, a mi me parece ilógico. Falso e incomprensible.

Escuchándole, Hoshio se sintió aliviado. Porque eran aquellas, palabras que creía suyas. Un tabú que debía ocultar del resto del mundo. No quería ser humillado nunca más.

_ ¿Hoshio? –preguntó el observador desde su asiento habitual, preocupado por el silencio que guardaba aquel pensativo artista solitario.

Hoshio le miró bien. Sentado en aquella silla, con unos vaqueros gastados, y varias gomas del pelo en la muñeca, mandíbula marcada, ojos grandes e inquietos, cabello largo hasta la nuca, manos sanas y morenas…Era un muchacho peculiar, muy viril. La forma de sentarse, con las piernas muy abiertas, como si montara a caballo; la mirada algo agresiva, las pocas palabras, la honestidad…Hoshio podía sentir cómo atraía. A él, al Mundo, a la Vida, al Éxito. Todo lo contrario a lo que era él.

_Raro… ¿Por qué vienes aquí cada día?

_ Porque me gusta.

Siguió pintando. Pincelada tras pincelada, copiando lo que veía a través de los dedos de su corazón.

Miraba y era mirado.

Aquella situación se convirtió en la rutina de ambos.

Se tocaban con los ojos…Esperando que algún día se observaran con las manos.

                                                                                                               *  *  *

_ ¿No piensas ir al médico?

Su madre le riñó por enésima vez, mientras revisaba toda su ropa.

Hoshio disfrutaba viéndola ir de acá para allá, arreglando las cosas. O simplemente cambiándolas de sitio.

Limpiaba, fregaba los suelos y se empeñaba en poner orden también en su mesa de dibujo. Hasta que se daba por vencida, persuadida por las palabras de Hoshio: “Cocíname algo mamá”

_ No tengo ganas de ir, sabes que odio a los médicos.

_ Odiar, odiar…Gracias a ellos sigues vivo. Me tienes muy preocupada, ¿y si empeoras? No quiero ni pensar en verte otra vez como antes…No podría soportarlo…

Todo olía a sopa de pollo con hierbabuena. Hoshio no supo qué responderle. Porque si le decía la verdad, sabía que le sermonearía. Y la verdad era que no pensaba ir al médico. Si ella no quería pasar por lo mismo, él tampoco.

Su vida en el hospital, tratado como un pellejo, como algo inútil y repugnante…Aquella vida la quería olvidar. Y aún a sabiendas de que le sería imposible, su deseo de olvidar le daba una mínima satisfacción. Más que suficiente.

No podía escuchar ya las palabras que tanto daño le hicieron entonces, cuando los médicos no sabían qué enfermedad padecía, cuando le dijeron de plano, sin reparos: tú vas a morir.

No podía escucharlas pero seguían teniendo su propia fuerza intensa y aguda dentro de sí. Por eso evitaba el dolor odiando a los quienes las habían pronunciado. Alejándose del mundo en el que ellos reinaban. Obligándose con gusto a no verles.

Él.

El único que compartía su pequeño mundo oculto y seguro, pacífico y suave era el habitual visitante que había acabado por bautizar con un adjetivo de lo más estúpido.

_Hoshio, estás pálido – le dijo una tarde, sentado en su silla, con una camiseta sin mangas, los hombros morenos, sugestivos.

_ Ah… ¿sí?

_ Deberías descansar un poco…

_ Descansar…- Pareció que iba a bromear, pero sus ojos estaban algo apagados- ¿De qué?

_ De qué…- se extrañó el muchacho, alzando la barbilla, que hasta el momento había estado apoyando sobre los brazos, contra el respaldo de la silla puesta del revés- Siempre estás trabajando. Comparado contigo, yo soy el más grande de los gandules.

_ Si intentas animarme, déjalo…

Suspiró el visitante, frunciendo el ceño.

_ Nunca sé lo que estás pensando…Tampoco sé qué te preocupa. Por qué pintas, cual es tu plato favorito…

_ ¿Para qué quieres saber esas cosas?

_ Es normal. Me gustas.

Hoshio se quedó clavado en el sitio, casi a punto de dejar caer el pincel. Cuando reaccionó, tuvo miedo de darse la vuelta y enfrentarse a su mirada.

_ Raro… Definitivamente.

Le daba la espalda, completamente rojo por el sofoco.

E incapaz de dar ni una sola pincelada más.

                                                                                                      *  *  *

Hoshio parecía cansado. Pálido y más delgado, suspiraba constantemente. Se frotaba los ojos como un niño somnoliento.

Su visitante comenzaba a preocuparse: no en vano era quién más conocía su apariencia, pasando las horas analizando cada uno de sus mil gestos, algunos indescriptibles, apenas perceptibles. La debilitación de aquel cuerpo, semejante a un lirio inclinado, era cada día más patente.

Le preguntaba en vano: si se sentía bien, si dormía suficiente, si comía como debía…. Pero Hoshio era como una almeja. Contra más querías abrirla, con más fuerza se cerraba, escondiendo todo muy adentro, peligrosamente.

Porque quería ayudar a Hoshio, protegerle y mimarle. Pero las distancias entre ambos estaban muy bien marcadas y ninguno de los dos pasaba de ser un observador.

_ Me estaba preguntando…-comenzó a decir el huésped, mientras sorbía café de una pequeña taza cuadrangular- Si podría serte útil…Ser tu modelo.

_ ¿Qué…?

_ ¿Te sorprende tanto?

_ No…Bueno, un poco. No es algo que la gente quiera hacer.

_ Pues yo quiero…Debe de ser aburrido pintar siempre lo mismo.

_ Pues sí – rió Hoshio, alegre ante la honestidad del chico.

_ ¿Me harías un desnudo?

Hoshio enmudeció, y aunque no podía verle la cara – siempre enfrentada a la obra de arte – el visitante intuía que estaba ruborizado.

Hoshio no sabía cómo reaccionar, de la misma forma en que no supo cuando aquel chico, franco y desenfadado, le confesó que le gustaba.

Le gustaba y ahora le pedía que le dibujara…desnudo.

Se moría de vergüenza.

_ Perdona, era broma – el chico se levantó de la silla y dio dos pasos.

_ ¿Cómo me pongo?

Hoshio le miró de soslayo y en voz baja, tímidamente, le dijo que se pusiera cómodo:

_Como tú quieras…No importa.

_ Podrías aprovechar y ser más mandón – bromeó de nuevo.

_ Entonces…deja que te pida que no hables mientras hago el boceto…

Y Raro se mantuvo quieto y callado mientras yo dibujaba, con un pedazo de carboncillo, la mano aún temblando y el corazón aleteando dentro de mí como un pájaro encerrado.

Sólo habló una vez, para de nuevo quitarme las palabras de la boca:

_ Esta es la primera vez que nos miramos de frente, el uno al otro…

Sí. Porque hasta ahora, tú siempre me habías mirado desde ahí detrás. Y yo siempre te había percibido, desde aquí, detrás del papel. Detrás de la ventana. Detrás del mundo.

Ahora podía mirarte abiertamente, intentando no delatar con mi expresión cuánto me fascinas. Hasta que el genio mágico de mis dedos me hipnotizaron, como tú misma visión. Entonces ya no pensé en nada, sólo dibujé. Y cuando finalmente di el último trazo, tomé aire, satisfecho y te miré.

Me sonreías.

_ Te has debido cansar…Tendríamos que haber parado para que te estiraras un poco…-se justificaba limpiándose las manos en un trapo que tenía colgado en el caballete- Pero es que estaba absorto…

_ Yo también – le interrumpió, con ojos radiantes, confidentes- Me ha parecido un segundo…Es una lástima…

_ ¿Quieres ver…cómo ha quedado? No es muy bueno…- Hoshio evitaba encontrarse con los vivos ojos de azor de su asiduo visitante.

_ ¿Por qué te valoras tan poco? Eres increíblemente bueno…- Se acercó al dibujo: una boceto tan perfecto que parecía estar a punto de saltar del papel…Podía verse a sí mismo a través de los ojos de la persona a la que amaba.

_ Soy muy feliz…- dijo sin pensar, dejando a Hoshio estupefacto – ¿Puedo quedármelo?

_ Ah…nnn…claro…- titubeó Hoshio, experimentando un cosquilleo extraño en el estómago.

Fue entonces, cuando de repente Raro le tocó la cara. Dio un salto, apartándose, como un animal asustado.

_ Tienes un poco de carboncillo en la mejilla…también en la nariz…

_ ¡Ah! Sí, vaya…voy a lavarme…

Raro parecía triste. Me miró como si fuera a llorar. ¿Por qué me pongo a la defensiva? Debería haberme disculpado…”

Hoshio dejó que el agua corriera sobre su cara, inclinado bajo el grifo.

Estaba ardiendo, nervioso y desapacible.

Pero…aquella tarde, habiendo retratado a Raro, había logrado recuperar la ansiosa y satisfactoria pasión por el arte. Y su corazón se había sentido libre y sano por primera vez en mucho tiempo.

_ ¿Volverás a posar para mi?

_ ¿Tienes que preguntar? Será un placer.

Raro se fue aquella tarde con el gran rollo de papel bajo el brazo. Ni un atisbo de aquel triste tinte del rechazo al tacto. Sonriente y lleno de luz.

Cuando sales por esa puerta, desaparece la luz de mi vida…

Bajé las escaleras de tres en tres, con mi preciado retrato bajo el brazo y unas ganas locas gritar, reír, correr.

Y al pisar la calle, me di cuenta de que, cuando salgo y cierro tras de mí aquella puerta, desaparece la luz de mi vida…

                                                                                                  *  *  *

Raro jugaba con el móvil, está vez sentado en el suelo, los pies descalzos. La tarde era terriblemente calurosa, el cielo estaba pálido y una calma pesada tornaba letárgico al mundo. Inanimado y animado, todo era como un teatro de títeres abandonado.

En el patio de al lado, entre las malas hierbas, las chicharras cantaban con sus desafinadas alas.

Hoshio se sentía mal. Nauseabundo, mareado…Había perdido el apetito. Sólo le apetecía beber.

A su visitante le costaba apartar la mirada de los labios de Hoshio, de los que resbalaba el agua fresca, mientras tragaba de la botella de plástico con avidez.

Las gotas de agua corrían por la piel, pura, del color de la pulpa del albaricoque, mojándole el largo cuello.

El agua debe de colarse ahora mismo por debajo de la camiseta, pasando por el pecho, hasta el ombligo…y más abajo”

_ ¿Qué pasa? – preguntó Hoshio, extrañado ante la expresión de su huésped, totalmente nueva.

_ Ah…Nada…

Por supuesto, aquella expresión que había visto en Raro no era otra que la del deseo.

_ ¿Puedo hacerte una foto? – le pidió sacudiendo sutilmente su móvil.

_ ¿Eh…? Una foto…- sonrió, siguiendo con el proyecto que tenía entre manos- No me gustan las fotografías…Hace siglos que no me hago ninguna.

Coloreaba las zonas de piel del retrato de Raro, mientras recordaba las fotografías de su viejo yo, el de hacía apenas unos años, seco como una caña, cadavérico y triste.

_ Por favor…Hoshio.

Le sonreía con cara de pillo. Después de todo era un astuto buen chico. Eso pensaba Hoshio.

Asintió con la cabeza, un tanto avergonzado.

Raro le tomó fotografías, hasta que Hoshio comenzó a perder la compostura, a reírse. Se divertía.

_ Hagamos una juntos – resolvió Raro poniéndole el brazo alrededor de los hombros.

Hoshio se acaloró, tan apretado contra el cuerpo de Raro, que sujetaba el móvil delante de sus caras.

No se atrevía a decir nada, estaba muy nervioso. Y aunque le daba vergüenza estar tan pegado a Raro, en el fondo, no quería separarse de él. La calidez de aquel cuerpo fuerte y vibrante, inquieto, hacía que su cuerpo reaccionara como a una caricia deliciosa.

_ Ha quedado perfecta – anunció Raro mostrándosela.

_ Ah…

_ Por supuesto Hoshio está genial…

_ ¿Qué dices? Siempre salgo fatal…

Bajó la cabeza.

_ Esto…Tu brazo…

Raro no le soltaba. Hoshio comenzó a ponerse muy nervioso…Se estaba asustando.

Pero al poco le soltó, silencioso, guardándose el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

Aún no puedo tocarle…”

_ Esta foto, será mi tesoro. Mi amuleto – le dijo sentándose de nuevo.

_ Siempre me haces sentir incómodo.

Se hizo un ligero silencio.

Raro se estaba perdiendo, le ardía algo semejante a la furia.

_ ¿Por qué? – preguntó secamente.

_ Estás enfadado…

_ No lo estoy.

_ ¡Lo estás! – Hoshio tenía los ojos aguosos y le temblaban las manos, manchadas de verde y ocre.

Así, enfrentados, tensos y a punto de estallar. Así fue como otra faceta de los dos nació en el pequeño estudio.

Frustración.

Incomprensión.

Confusión.

Raro se levantó, apretando los dientes, cogió sus sandalias del rincón y salió, sin decir ni una palabra.

Hoshio respiró hondamente, arrodillándose de golpe, sin respiración. Lloró como solía hacer antes, cuando la enfermedad le corroía y desesperaba.

Otra vez solo…Soy un idiota…Un maldito imbécil que lo estropea todo…”

Se quedó llorando en medio de su centenar de obras, sobre el suelo cubierto con papel de periódico, con miedo a levantar la vista y encontrarse con aquella silla sin su raro observador.

                                                                                                                    *  *  *

Glosario:

Voyeur: mirón.

Hoshio 星追 ほしお el que persigue a una estrella (de nuevo inventando nombres, aunque quizás exista, no sé si será con estos kanji que escojí para mi personaje ^^)

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 3 FINAL (+18 años)

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CORBAN, JARA Y SAMUEL

Jara entró brusca, haciendo que la puerta golpeara las perchas de hierro que colgaban detrás.

_ Samuel.

No gritó pero el tono resultó más hiriente que si hubiera gritado.

Estaba furiosa. O más bien dolida. Samuel conocía bien a su hermana. Era una de esas personas que se hacen las fuertes cuando en realidad, no lo son. Reconocía aquella expresión: estaba al borde del llanto, pero no lloraría.

Llevaba, como siempre al llegar a casa, los zapatos en la mano, colgando de las tiras que solía atarse a los tobillos.

Femenina, hermosa, caprichosa, tierna, temperamental… ¿Cómo no sentirse frustrada? Él, que era un hombre, se había acostado con su novio.

Aunque Samuel no podía arrepentirse. Y volvería a hacerlo, sin importarle cuánto sufriera su hermana.

Jara respiraba cada vez con más dificultad, los ojos ardían, los labios temblaban.

Aquel Samuel conforme y dispuesto, le enfurecía.

_ ¡Maldita sea!- gritó lanzándole los zapatos con todas sus fuerzas.

Samuel escudó su rostro con ambos brazos, instintivamente.

Los tacones golpearon el hombro y una de sus manos, rebotando después, estampándose contra la estantería. Un par de libros cayeron boca abajo, dobladas las hojas como una baraja de cartas.

_ Lárgate de mi casa… ¡No quiero ver tu cara en mi vida! – tomó aire, el silencio de Samuel dolía- ¡Que te largues de una vez!

Ahora era Samuel quien quería llorar.

Al poner los pies en el suelo, dejando la cama revuelta a su espalda, vio las tapas de los libros caídos.

Eran libros infantiles, aquellos que solían leer juntos hacía apenas una década.

Algo tan tonto como un par de libros, hizo que un millón de sensaciones y recuerdos, revivieran en la mente de Samuel.

Jara siguió la mirada de Samuel, vio los libros, apretó los puños y dio media vuelta.

_ Voy a dar un paseo…Cuando vuelva no quiero verte aquí.

Samuel se quedó de pie junto a los libros hasta que escuchó la puerta de la calle cerrarse de un fuerte golpe.

* * *

Samuel se pasó la tarde caminando junto a la playa, en aquella larga avenida de grecas rosadas y beiges, de altísimas palmeras.

Sandalias y pantalones de bajos gastados, el cuello tostado por el sol y las manos en los bolsillos.

No tenía a dónde ir.

Era un hecho y no una de sus intuiciones, que de niño profetizaba medio en broma, dejando estupefactos a los mayores.

_ De mayor creo que seré indigente.

_ ¿Qué dices niño?

Se reían y todo quedaba en nada.

Recordando aquellas palabras, aquel Samuel pequeño, siempre pegado a su hermana, poco hablador, pero risueño…Le dio por sonreír tristemente, sin importarle cómo le miraba la gente al cruzarse con él. ¿Se acordaría Jara de sus predicciones infantiles?

Samuel estuvo mirando como anochecía, el viento se levantó, la piel se le enfrió.

No había casi nadie en las calles. Pensando, se le habían ido las horas. Y como tenía la costumbre de no llevar reloj, no tenía ni idea de en qué hora estaba.

Ni siquiera podía mirar a las estrellas: estaba muy nublado.

Sentado en uno de los bancos de piedra que miraban al mar, fijó sus ojos doloridos, frotados y secos, en el solitario, inmenso, terrorífico océano.

“¿Te da miedo el mar?” le preguntaba Jara cuando eran niños.

“Sí…Pero me gusta mucho. Es raro ¿verdad?” le respondía él.

“No es raro: lo que amas, lo que admiras, lo que deseas, suele asustar”

Nunca había entendido aquellas palabras.

Hasta ahora.

Hasta que Corban apareció, tomando el corazón de ambos, transformándolo todo.

Podía entender lo mucho que Corban se parecía al mar. Era un terrorífico, indescifrable, fuerte dios de pensamientos ocultos, como lo son las aguas más profundas, los abismos…

Le atraía y quería caminar hacia él, tocarle y ser tocado, a sabiendas de que aquello significaría su perdición.

Grandes gotas de lluvia cayeron aquí y allá: clap clap clap…Cada vez más fuerte, más deprisa, más espeso y violento el aguacero.

Samuel caminó sin prisas, dejando que la lluvia le empapara. Ya le importaba todo muy poco.

Los pies bailaban dentro de las sandalias. Resbaló y cayó sobre los codos en la empapada acera desierta.

_ Qué gilipollas…No sé si hay alguien más patético…- dijo en voz alta, arropada la voz por el rugido amable de las lluvias.

En la oscuridad, escuchó el sonido de unos pasos. Levantó la cara, llena de rasguños.

Corban, la cabeza cubierta con la capucha de la sudadera, las manos en los bolsillos, le miraba seriamente, casi inexpresivo. “O tal vez soy yo, que no acierto a ver con claridad…”

Samuel estaba calado hasta los huesos. No le dolía nada, pero notaba cómo se le entumecían los dedos de las manos y de los pies.

“Más patético imposible…” Intentó levantarse, chorreando, los cabellos pegados a la cara y los labios goteando agua de cielo.

La mano de Corban le sorprendió.

Se había inclinado, acariciándole la mejilla:

_ Qué piel más fría…

Samuel, a medio incorporar, se quedó inmóvil, en trance, con los ojos muy abiertos, mirando aquellos labios de los que siempre surgían palabras que terminaban confundiéndole.

_ Aún recuerdo lo caliente que estaba tu cuerpo aquella noche…

Le cogió del brazo y lo levantó.

Samuel suspiró, enjugando su cara en vano, con el brazo desnudo. Había salido en camiseta de manga corta y sandalias, sin un duro, sin bolsa ni pertenencias.

_ ¿Con las manos vacías?

_ Sí…Es que no necesito nada.

_ A no ser que te consideres muerto.

_ Podría ser.

Corban apartó los cabellos de la frente de Samuel. Estaba extraño. Aquella noche Corban parecía otra persona.

Como el cambiante mar, mostraba mil facetas.

_ ¿No preferirías…considerarte vivo por mí?

_ Y porqué iba a hacerlo por ti… -susurró levantando la mano lentamente hasta tocar los dedos de Corban.

_ Porque yo siempre consigo lo que quiero. Porque me da la gana.

_ Eres un egoísta.

_ Todos deberíais serlo.

Samuel temblaba, aunque no se daba cuenta. Sólo tenía ojos para Corban y su sensual voz, viril y deliciosamente adictiva.

Corban le atrajo hacia sí con un gesto ágil, tomándolo por la cintura.

Lo apretó contra sí, mirándole a los ojos, honesto:

_ Acuéstate conmigo, te calentaré…

_ ¿No tengo alternativa?

_ No la tienes…

Le besó, tomándose su tiempo, despacio al principio, apasionado, determinado, caliente al final, perdiendo los dos el ritmo de la respiración, debajo de la lluvia que ya cesaba.

_ ¡Eh! ¡Esos dos idiotas de ahí!

Jara les observaba a pocos metros, los brazos cruzados, el cabello mojado, muy rizado, echado hacia atrás.

Se acercó, con paso decidido.

Corban y Samuel estaban más que sorprendidos: no podían reaccionar. Aquello no se lo esperaban.

Corban la miró expectante y Samuel se pasó la mano por el pelo empapado, nervioso.

_ Dios los cría y ellos se juntan…- les dijo, los labios frambuesa y los ojos negros febriles, como salpicados por la lluvia apenas caída.

Alargó las manos, blancas, de largos dedos de pianista, sin anillos.

Tomó el brazo de uno y del otro y estiró de ellos.

_ Tres idiotas sin remedio… ¿serán menos idiotas si se juntan?

Corban la miraba con cierto orgullo, sonriendo pícaramente.

Samuel se agarró bien a la mano cálida de su hermana.

_ ¿Hacemos un trío? – le preguntó Corban.

_ Vete a la mierda, cerdo…Me has hecho una putada, págame unas copas…al menos.

Jara se puso en el medio de los dos y comenzó a caminar obligándoles a seguir su paso.

Faltaban todavía tres horas para el amanecer.

Aquellos tres idiotas desaparecieron avenida arriba: empapados, de manos vacías, pisando sobre los charcos.

Probablemente no lo sabía ninguno de los tres, ni lo creerían si se lo dijéramos. Que la historia que habían comenzado a escribir juntos, era una historia de amor.

EPÍLOGO

LA VOZ

Jara y Samuel convivían, pero la barrera entre ambos era impenetrable, irrompible.

Samuel iba y venía, a las clases, a la playa, a los pubs…Ella iba y venía, al trabajo, a la comprar, a los pubs.

Locales de música alta, humo y calor: la noche de verano en una ciudad de playa.

Los hermanos se cruzaban como se cruzan dos desconocidos. Jara seguía recordando la escena del instituto, a pesar de los años pasados. Era como si hubieran pasado apenas dos horas.

Una imagen vívida, un reflejo pertinaz en la niña de sus ojos.

Una madrugada de domingo Jara y Samuel llegaron al apartamento a la vez.

Subieron juntos en el ascensor.

Jara se miraba los dedos de los pies, incómoda.

Samuel se frotó los ojos y suspiró.

_ Me muero de sueño.

Jara le miró, recelosa. Podía ver en sus rasgos al hermano que tanto había admirado y querido. Por unos segundos, su ser volvió diez años atrás y con ella, la figura de su hermano de quince años.

La forma de llevar los pantalones, en la cadera, y las sandalias gastadas, le recordaron al Samuel de los veranos. Casi sonrió.

_ ¿Tú no tienes sueño? – le preguntó a Jara, con los ojos medio cerrados, enrojecidos.

_ Claro…Me voy a pasar el día durmiendo.

_ Pero primero desayunamos.

El ascensor dio una sacudida y se detuvo.

Entraron en el apartamento.

La luz lo invadía todo, los muebles blancos les daban la bienvenida, el olor a pan de molde y café adornaba la pequeña cocina. Lo último que habían comido la tarde anterior.

Así que…Las tensiones se rompen a pesar de los traumas, si se trataba de hermanos….” – pensó Jara dejando el bolso sobre el sofá.

Se tomaron el café juntos y Samuel se llevó la bolsa de magdalenas a la habitación, deshaciéndose de las sandalias mientras iba caminando, haciendo zigzag, somnoliento.

Jara se quedó un rato más, sentada en el alto taburete, mirando al vacío.

De repente, escuchó la puerta del ascensor y el tintineo de unas llaves.

El dueño de la voz” estaba allí.

Hablaba probablemente con alguien por el teléfono móvil.

Jara se levantó decidida.

No iba a quedarse toda la vida dudando, huyendo de aquella persona…Después de todo le atraía, aunque solo fuera una voz.

Abrió la puerta y la cerró tras de sí, dejando a Samuel durmiendo en su cuarto.

En el rellano de la escalera se encontró cara a cara con él.

_ Hace tiempo que escucho tu voz…Me gusta – le dijo Jara con una sonrisa.

_ Gracias…

_ ¿Tiene nombre…tu voz?

Él rió, divertido. Tenía un aire de impertinente, de vividor.

_ Corban…Corban es mi nombre.

Se acercó a ella, inclinándose lentamente.

Le besó muy cerca de los labios, en la comisura derecha.

Olía a mar, a olas y a arena.

Intimidaba, asustaba, ocultaba…Como las aguas de los océanos.

Como los mares de las sirenas, despertaba grandes deseos y alimentaba pasiones.

Jara creyó ver en aquellos ojos oscuros, el mismísimo rostro de la traición.

Pero se dejó llevar…Encantada por la voz de las náyades.

FIN

Yrene Yuhmi

2007 Junio

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 2 (+18 años)

Estándar

CORBAN Y SAMUEL

_ Quiero ser tu error, estaré dispuesto a asumir las consecuencias. Equivócate conmigo.

_ Me arrepentiré yo – dijo Corban aplastando el cigarrillo en la panza del cenicero- Pero eso no me preocupa tanto como… – se detuvo, vacilante, sin apartar la vista de sus ojos.

_ ¿Cómo qué?

_ Como el hecho de que te arrepientas tú.

_ ¿No quieres que me arrepienta?

Se incorporó, acercándose a él.

Le tomó de la barbilla e hizo el amago de besarle. Pero se paró a medio milímetro.

El aliento de ambos acarició la punta de la nariz y jugueteó en las mejillas.

_ Sabes que no te quiero.

_ Lo sé…

Los gritos y el jaleo de la fiesta llegaban molestos, desde la habitación de al lado. Como si fuera aquel otro un mundo ajeno, extraño; imposible poner el pie en él.

Corban tiró de su mano, arrastrándole hacia el porche.

Bajaron corriendo las escaleras de madera gastada por el aire y la sal, y descalzos, casi corrieron, aguzados por la excitación, sobre la arena ya fría, un tanto húmeda.

El mar estaba calmo y la luna manchaba de plata el negro de las aguas.

Dejaron atrás la casa, los amigos, la realidad.

Aquella noche de luna, eran cazadores de una fantasía.

Aun las manos cogidas, miraron el mar.

El silencio, la brisa salada y el hipnótico ir y venir de las aguas tenían la fuerza de una afrodisíaco.

Él soltó su mano de repente, empujándole, echándole sobre la blanca arena, muy cerca de la puntilla del mar, espuma de agua.

_ Dilo, dime que no. Apártame – le pidió Corban.

Samuel calló, el corazón alborozado, sintiendo el lecho de arena debajo de sus espaldas, aprisionadas por el golpeteo frenético de su corazón. Sus caras estaban tan cerca que creía iban a fundirse en una sola persona.

_ Es ahora o nunca – le dijo mientras separaba con el pie las rodillas del joven – Una vez empiece, por mucho que me digas que pare, no me detendré – su voz le dejaba en trance. Sólo podía mirarle los labios.

Levantó los brazos abarcando las anchas espaldas, sus dedos arrugando la camiseta.

Esa fue su única respuesta.

El agua se acercó un poco más, curiosa, mojándoles los pies. Pero la temperatura de los cuerpos era tan elevada que la frescura del mar no les molestó.

Al tiempo que el agua les empapaba, se besaron sin escrúpulos, sin esperas, sin miedos, desinhibidos, salvajes.

Lengua con lengua, comiéndose la boca, sonoramente, lamiendo, mordiendo, chupando. Los corazones latiendo a toda prisa, aferrándose al beso como la luna a la noche.

Sus labios eran como narcótico, su cuerpo una droga de efectos eternos.

Se tomaron un respiro tras aquel beso hambriento, cargado de lujuria.

Samuel rió, mirándole a los ojos, respirando a bocanadas.

_ ¿De qué te ríes?

_ Estoy nervioso…

_ Pues aún no hemos hecho nada… – susurró pícaro, los labios muy cerca de la oreja.

_ ¿Y mi hermana? …- murmuró esforzándose por no deshacerse en gemidos antes de tiempo, la cabeza echada hacia atrás, sin resuello, sintiendo como los dedos de él recorrían su pecho.

_ ¿Hmm? – él se concentraba en besar aquel cuello, largo y suave, ligeramente salado- ¿Por qué hablas de Jara ahora? ¿No es estúpido…a estas alturas? – le metió la mano en la entrepierna, bajando la goma de los pantalones.

_ Sí…es estúpido…- se pegó más a él, deseando perder todo raciocinio, olvidarlo todo, centrarse sólo en ellos dos y en aquel preciso momento.

Apurando el aire que restaba entre los dos, Corban lamió la línea que bajaba desde el lóbulo de la oreja hasta dónde reposaba la cadena de plata de la que colgaba una pequeña cruz.

_ Hazme olvidar…por favor hazme olvidar…

Sin darse cuenta, la angustia de los últimos días, la tonta sensación de felicidad que ahora le embargaba, tocando, palpando y besando…Todo terminó transformándose en lágrimas descontroladas.

Caliente su llanto, helados los cabellos, Samuel sollozaba metiendo la cara en el pecho de Corban.

_ ¿Qué pasa…?

_…

Samuel tragó saliva, cerrando los dedos sobre la camiseta, a ambos costados del torso de Corban.

_ Nada…- gimió Samuel, respirando hondo -…Nada…

_ Si lloras ahora… ¿qué harás después? – le dijo lamiendo el camino abierto por las lágrimas, mejillas abajo.

Las olas parecían querer unirse a ellos. Se crecían y hacían más ruido. La brisa levantaba bolsas en las camisetas.

Corban le había bajado el pantalón. Apretaba a manos llenas, la parte interna de los muslos. El tacto de la carne cálida, algo húmeda y vibrante, trémula, tierna, le puso a cien.

_ Corban…Te quiero…- Samuel buscaba sus ojos, su boca. Las manos se le iban solas acariciando aquel rostro de mandíbulas ligeramente anchas y ojos oscuros.

_ No digas eso…me cortas el rollo…- mordió en el hueco entre la clavícula y el hombro, ansioso. Podía sentir la sangre y el fuego agolparse abajo, en su entrepierna.

Su respiración jadeante asustaba a Samuel. Era como si estuviera en manos de una bestia presta a devorarlo.

Corban bajaba desde el pecho de Samuel hasta más abajo del ombligo, besando y mordiendo con cuidado, cada pequeño rincón de aquel cuerpo que no dejaba de estremecerse.

¿Cómo podía ser tan sensitivo, un cuerpo tan poco femenino, tan plano y recto?… El pulso seguía acelerándose. El calor subía.

Los cabellos de Corban le hacían cosquillas en el vientre. Corban besaba y palpaba con ternura los testículos, atento a las reacciones de Samuel.

Era más fácil de lo que pensaba, sabía perfectamente cómo hacer que sintiera placer.

Samuel podía ver el solemne cielo estrellado por encima de los hombros de Corban.

Los labios abiertos al aire del mar, Samuel cerraba los ojos de vez en cuando, soltando suspiros y gemidos, mientras Corban usaba su boca hasta hacer que se corriera.

Mirando al cielo, el pecho agitado, las manos calientes sujetándose a los hombros de Corban, no dejaba de repetirse, más desesperanzado que nunca:

“Qué alguien me lo de…Por favor. Que alguien lo haga mío. Ya que yo nunca seré capaz de lograrlo por mí mismo…”

Corban levantó las caderas de Samuel. El sonido de la cremallera bajando, los sonoros suspiros -casi gruñidos-, las manos grandes, bruscas, avisaban a Samuel de lo que iba a ocurrir en pocos segundos: el corazón se detuvo incierto, asfixiado durante un par de segundos.

Los dedos de Corban abriendo las tiernas paredes internas entre las nalgas, hicieron que Samuel diera un brinco, asustado. Forcejeó instintivamente.

Corban le sujetó con un violento movimiento, ansioso, mirando a ninguna parte con furia, concentrado en tomarle por la fuerza y satisfacerse.

_ ¡Corban…!

El mundo entero, la noche, la luna: eran latidos de su corazón. El único sonido, fuerte, omnipresente, terrorífico.

Respiraba como si estuviera ahogándose, gritaba sin saberlo, apartando a Corban con todas sus fuerzas.

Pero era en vano, no supo cuánto tiempo estuvo intentando rechazarle: sólo supo que el instante en que Corban le penetró, llegó por sorpresa, demasiado tarde, porque la expectación le pareció eterna; demasiado pronto, porque no podía creerse que aquello estuviera pasando de verdad…

Por mucho que lo hubiera imaginado, deseado…aquel Corban haciéndole el amor, las fuertes, dolorosas penetraciones, el agitado resuello, el sudor, el movimiento rítmico, sobre un caos de arena revuelta y mojada: todo era un mundo extraño, impredecible, algo inconcebible y raro.

El miembro duro de Corban le llenaba el cuerpo de calor, le abrasaba.

No tenía dónde cogerse, mas creyendo que acabaría partido, roto por el dolor, se aferraba al cuerpo de aquel que lo estaba destruyendo.

Su mente estaba en blanco, pensó que iba a perder el conocimiento. Entonces Corban lo obligó a montarle: de un rápido giro, sin retirar el pene, colocó a Samuel sobre sus caderas.

Samuel sintió una sacudida y gritó.

Corban sonrió endiabladamente, corriéndose dentro de aquel cuerpo fibroso y moreno por el sol de agosto.

Porque aquel último grito no había sido de dolor, sino de puro, loco, exagerado placer.

Samuel notaba como el miembro de Corban tocaba alguna extraña, desconocida fibra vibrante, deliciosa, dentro de sí.

Sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, el cuerpo se abandonaba a un movimiento de balanceado demente, imparable.

Le montó mientras Corban apretaba con ambas manos las caderas del joven hacia abajo, apurando todo espacio entre los dos.

Arqueó la espalda Samuel, gimiendo, sudando, corriéndose sobre el vientre de Corban.

La imagen se recortaba sobre el mar, entre luces y sombras, por culpa de la luna curiosa.

Ninguno de los dos sabía que había alguien más en aquel pedazo de playa que ocultaba a duras penas su secreto sexo al anochecer.

Jara se dio la vuelta y regresó a la casa, a su supuesta fiesta de principio de vida en pareja…

Aquella escena se le quedó grabada a fuego. Repugnancia, odio y dolor marcaron la noche de su vida. De nuevo…

Por segunda vez, Samuel, le había vuelto a hacer daño.

SAMUEL

_Me pones mucho más que tu hermana.

Eso es lo que le había dicho Corban, aquella tarde en que coincidieron en el apartamento de Jara.

Hacía ya tres meses que Jara y Corban salían juntos.

Samuel no podía negar que le gustaba Corban, aunque claro, tampoco podía confesarlo.

Se limitaba a observarle, disimuladamente, no poco celoso de su hermana.

“Soy de lo peor…” solía pensar, acongojado por la culpabilidad.

Cada vez que descubría a Corban abrazando a Jara, las manos grandes, de dedos largos, bordando la espalda de ella, los besos largos, las risas compartidas…Se le rompía el alma.

Él era sólo un patético observador…

¿Cómo iba a imaginar nunca que de hecho estaba siendo observado?

_ Voy a cambiarme, ¿quieres café? – Jara cogía los zapatos por las tiras, y corría descalza hasta la habitación. Samuel leía una revista sentado en cuclillas sobre el sofá – Samuel, ponle un café con hielo, está preparado.

Su hermano no contestó. Se había puesto rojo hasta las orejas. Se lo pensó mucho antes de levantarse para servirle en café. “¿No podía hacerlo él solito?”

Corban fumaba sentado en un taburete alto, cerca del balcón. Era un tipo pagado de sí mismo, pero con razones. Uno de esos tíos que parecen tenerlo todo, envidiables, determinados, sin complejos. Su mirada ausente parecía decir “el mundo me aburre, porque estoy por encima de todo ésto…”

Samuel dejó caer los cubitos de hielo en el aromado líquido oscuro.

Le sudaban las manos.

No sabía que desde su taburete, Corban le estaba mirando las espaldas y el trasero, dejando colgar el cigarrillo de su labio inferior.

Los cabellos castaños de Samuel, se arremolinaban traviesos en la nuca.

Cuando se dio la vuelta, le sorprendió enormemente la expresión libidinosa de Corban. Le estaba desnudando con la mirada. Los ojos le brillaban como nunca.

Se reparó un tanto, con el rabillo del ojo buscó a su hermana, que debía de ser la única dueña de aquella mirada.

Pero podía escuchar a Jara cantando en voz baja en su habitación, probablemente, probándose ropa.

Estaban los dos solos.

La cucharilla osciló en el platito, que sujetaba a duras penas con sus entorpecidos dedos.

Tragó saliva, asustado de sí mismo. De meter la pata, derramar el café, hacer el ridículo… ¿Desde cuando actuaba como un adolescente inseguro? Ya tenía veinticinco años…

Corban sonrió por lo bajo. Samuel frunció el ceño. “Vaya actitud… ¿se ríe de mi?”

Le tendió la taza de café:

_ Aquí tienes…

Corban estiró de aquella mano, de muñeca demasiado pequeña, fácil de quebrar. Se derramó el café y la taza rodó dos pasos más allá, hasta chocar contra las patas de una silla.

_ ¿Qué coño haces?

Corban sujetaba la muñeca, atrayendo hacia él al nervioso joven.

_ Ya lo limpiarás después…Ahora hazme un poco de compañía.

Samuel estaba paralizado. Unos centímetros más y podría haber tocado el pecho ancho, fuerte, de Corban.

_ Estás loco… – dijo evitando mirar hacia aquellos ojos grandes y almendrados, de lobo hambriento.

_ ¿Tienes miedo?

Se reía de él.

A pesar de lo mucho que le atraía, aquello era humillante.

Enfurecido, le apartó de un manotazo y se marchó, cruzándose con Jara camino de su habitación.

_ ¿Qué ha pasado? – preguntó ella, ocupada en ponerse uno de los pendientes.

_ Nada…Le he tomado el pelo y se me ha enfadado. ¿Nos vamos?

Jara, por un segundo, le miró seria, amargamente. Echó una ojeada rápida a la mancha de café y a la taza. Los cubitos de hielo se habían derretido ya, formando un par de charquitos aquí y allá.

Sin decir nada se dirigió hacia la puerta, cogiendo las llaves del coche de la mesilla del recibidor.

Corban la cogió por detrás, sujetándola por la cintura.

_ ¿Algo por lo que te sientas culpable, Corban?

Su voz sonó dolida y seca.

_ Nada. Nada en absoluto.

Pasó la mano por la nalga, prieta y vestida con aquella falda corta de tela viscosa.

Por supuesto que Jara lo sabía. Todo: sobre su hermano y sobre su novio.

Pero no tenía opción: o le exigía y le perdía, o se conformaba y le tenía.

Todo para él, era cuestión de placer, carne y sexo.

Nada que ver con el amor.

…Probablemente…

Pero a ella, le bastaba y sobraba.

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 1 (+18 años)

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 JARA Y SAMUEL

Le reconocía por la voz.

A la persona que vivía al lado, en aquel bloque de apartamentos que parecían hechos de papel de arroz. Podía escuchar incluso el pequeño ruido del tapón del bote de champú al abrirse y cerrarse.

O el gemido del sofá cada vez que se sentaba.

Sonidos tontos, rutinarios, que se repetían en cada apartamento y no tenían nada de especial.

 Pero para ella, todos los sonidos relacionados con “aquella voz” tenían enorme sentido.

Lo que en un principio fue mera curiosidad, se convirtió en poco tiempo y de forma gradual, en lo más importante de su existencia.

Ni siquiera sabía el nombre del dueño de la voz, tampoco podía asociarla con un rostro, con una postura, con unos gestos…

Era cierto que tenía curiosidad.

Pero las circunstancias habían hecho imposible su encuentro hasta el momento y, de todas formas, ella se resistía a conocerle en persona, puesto que, aquella voz era ya un mito de sus fantasías. Tal vez encontrarle un rostro y una vida, haría que se rompiera el encantamiento.

Podía ponerle mil caras y darle mil existencias apasionantes. No se cansaba nunca. Sólo temía una cosa: que un día aquella voz desapareciera de su vida. O que sus oídos se negaran a seguir escuchándola.

Jara se acomodó en el sofá envuelta en su albornoz, recién salida de la ducha.

EL cabello le rozaba los hombros, ondulado, color tarta, espeso.

Sorbía de su lata una cerveza sin alcohol, mientras miraba fijamente sus gafas, sobre la mesa negra y baja de su pequeñísimo salón.

Aquellos apartamentos eran casi diminutos, pero confortables. Perfectos para personas solas.

Arrebujó los pies debajo del albornoz, apretando los dedos gordos contra el cuero blanco del sofá de anchas espaldas.

Esperaba que el silencio se rompiera cuanto antes, por supuesto, con aquella voz, la voz de la persona que vivía al lado.

Llegó Samuel, su hermano, de la playa. Con una toalla sobre el hombro y un palo de helado en la boca.

Aquel verano lo pasaba con ella, puesto que debía atender a unos cursos de interpretación para conseguir más créditos de libre elección en su expediente universitario.

_ No entiendo cómo puedes levantarte tan temprano…- pensó en voz alta Jara, observando la piel morena, brillante de su hermano.

_ No tengo mucho sueño…- repuso él, preparándose leche fresca chocolateada.

Callaron los dos, mientras Samuel removía con la cucharilla la leche en un vaso alto.

Jara recordaba en esos momentos, muchas cosas de cuando empezaron a hacerse mayores, cuando eran apenas adolescentes.

Aquel era un tema tabú para los dos. Una caja cerrada con mil candados, bien oculta, maldita por un conjuro hecho a base de silencios e incomprensión.

 Jara se quitó el albornoz y lo tiró sobre el sofá. Desnuda, fue a la cocina, pasó junto a su hermano y se sirvió un zumo de naranja.

 Lo hacía a propósito, una estúpida venganza por todas las cosas que no se podían decir en voz alta. Se vengaba de los dos: de Samuel por callar, comportándose como el mejor de los hermanos.

Se vengaba de ella misma, por no ser capaz de preguntar, hablar sin tapujos sobre “aquello”.

Samuel no se sentía molesto porque su hermana anduviera desnuda por la casa, sino porque sabía lo mucho que le reprochaba ella, desde aquel día en el instituto…Ya habían pasado diez años.

Jara y Samuel no iban al mismo instituto. Samuel quería hacer Bachillerato Artístico en la ciudad vecina.

Quiso ir allí de todas todas, a pesar de lo complicado que era para él, sobretodo porque debía pasar el día entero fuera y estar pendiente de los autobuses o los trenes e cercanías.

Jara le echaba de menos, se colgaba de él los fines de semana, no le dejaba un segundo… Hablaban mucho antes de dormir, en aquellas literas de la casa de sus padres: Jara arriba, Samuel, el mayor, abajo.

_ Podría ir a verte…Tengo libres los miércoles…- le sugirió Jara, jugando con su rizado pelo, mirando al techo.

_ Pero si no hay nada que ver – le respondió, poniéndose de lado, acomodando la cabeza en la almohada, frotando pie con pie.

_ Parece como si no quisieras que fuera a verte…

_ No es eso…Pero es mejor que no vengas, mamá se enfadará si vas sola. Ya la conoces.

– Hmm…- Jara sintió aún más ganas de ir.

Tenía el presentimiento de que su hermano ocultaba algo. Probablemente ya tenía novia…Quería saber quién era, si era guapa, si tenía un nombre bonito…

Se asomó, mirándole desde su litera, los cabellos colgando como hiedra enredada.

_ ¿Me ocultas algo? – preguntó muy seriamente, puesta en juego la confianza que se tenían.

_ No.

La respuesta fue rotunda, lo suficiente como para que Jara se acomodara y cerrara los ojos, feliz, pensando en lo tonta que era por dudar de Samuel.

Siempre habían estado juntos, se lo habían contado todo, eran uña y carne. Imposible que su hermano no le contara algo tan importante como que ya salía con alguien….Ella en su lugar, lo haría.

El siguiente miércoles cogió el autobús. Sin uniforme, con sus vaqueros preferidos y la bolsa llena de bollos de chocolate y hojaldres, miraba por la ventanilla, ilusionada con la idea de sorprender a Samuel y poder conocer a sus compañeros de clase.

Era la hora de la comida. Los estudiantes que no podían ir a casa solían comer en el bar del instituto. Jara creyó que encontraría fácilmente a su hermano. Pero no tenía ni idea de cómo era aquel sitio…El bar estaba lleno hasta los topes y el humo del tabaco era insoportable.

Jara, con la bolsa cogida contra su pecho, intentaba hacerse paso entre el tumulto: jóvenes que se pasaban bebidas y bocadillos desde la barra hasta las manos ávidas, que pasaban el dinero y gritaban de forma ensordecedora.

Más al fondo, detrás de unos altos biombos, el comedor de los profesores. Al centro siguiendo la hilera de ventanales bajos, las mesas de fórmica en donde los privilegiados comían de sus fiambreras o mataban el gusanillo con sándwiches y bollería.

Jara se sentía cohibida: sólo tenía trece años y aún no había tenido la oportunidad de ir si quiera a una discoteca. Aquello era bastante caótico, los chicos la miraban, las chicas parecían muy seguras y mayores…

_ ¡Hey!

Un chico acababa de metérsele casi en las narices. Se echó atrás, encogida, temiéndose haber hecho algo malo.

_ Eres hermana de Samuel ¿verdad? – le dijo sonriente.

Jara se fijó en los piercings que llevaba y asintió con un rápido movimiento de la cabeza.

_ Te conozco por fotos, soy amigo de tu hermano, ¿qué haces aquí? – hablaba y saludaba aquí y allá a la gente que pasaba, todo a la vez.

Jara se preguntaba cómo lo hacía para no confundirse o mejor dicho, para no terminar agotado.

Era un tipo extraño, preguntaba y se respondía a las preguntas sin esperar que lo hiciera ella.

_ Si le estás buscando, le acabo de ver ir al paseo que hay detrás del bar – le dio un par de besos, uno por mejilla, dejándola pasmada, y se despidió con la misma velocidad con la que había aparecido.

Los empujones de la gente se hacían cada vez más pujantes y fuertes, el humo del tabaco se le aferraba a la garganta. Salió de allí como quien sale de una atracción de parque abarrotado.

El agradable silencio de los chopos y del cielo calmo cruzado de nubes le alivió enormemente.

Con la bolsa de escudo delante de su pecho, siguió el camino que llevaba a la parte trasera del bar.

La casa del conserje estaba allí, pequeña y sencilla, con un par de macetas de geranios en cada ventana.

Empezaba a arrepentirse de haber cogido el autobús aquella mañana. Caminó decidida por el estrecho pasaje lateral, que le llevó hasta la parte trasera del enorme instituto. Se detuvo de golpe: había algo detrás de la pared de la siguiente esquina.

Se podía oír algo…

Al principio, no supo definir qué eran aquellos sonidos. Jadeos, suspiros…No…era más bien una pelea, un forcejeo, tal vez un juego.

Pegó su trémula espalda a la pared, aguantando la respiración, el corazón latiéndole muy deprisa.

Apretó contra sí su bolsa, incapaz de creer la verdad de lo que estaba escuchando.

Levantó la vista, tragando saliva.

Los gemidos continuaban, como el peor de los martirios para su confusa mente.

Era Samuel. Era la voz de su hermano. Otra voz le seguía el ritmo:

_ Más… ¡Más!

Jara se encontró con un inoportuno espejo al levantar los ojos: una ventana de la casa del conserje, le daba el perfecto reflejo de un chico desconocido que apretaba las nalgas de Samuel contra su cadera. Samuel se sacudía ahogando lo que podían ser tremendos gritos. El otro joven cerraba los ojos, jadeando, resbalando el sudor por la frente hasta la nariz, totalmente extasiado.

Samuel, con las rodillas a la altura de los brazos del otro, aferrado a su cuello, temblaba y vibraba con lasciva fuerza.

Jara no podía respirar, ni moverse.

Cerró los ojos, apretando los párpados con todas sus fuerzas, al borde del llanto.

Cuando se dio cuenta, ya se había acabado todo, y los dos jóvenes hablaban con naturalidad, subiéndose los pantalones.

 Entonces entró en pánico. Decidió correr.

Corrió sin mirar atrás, tan deprisa como le permitieron sus piernas, blandas como si fueran de mantequilla.

Corrió hasta la parada del autobús y no empezó a llorar hasta llegar a casa, en la cama de arriba de las literas, en la habitación que hasta entonces había sido de un par de niños sin más preocupaciones que poder comer chocolate en la merienda.

Desde aquel día, Jara y Samuel se distanciaron. Y aunque Samuel no sabía el porqué de la frialdad de Jara, su sentido de culpabilidad por ser homosexual, le hacía comprenderla y permitirle que fuera todo lo cruel que quisiera ser con él.

Porque era él el sucio, el culpable…Y no había vuelta de hoja.

(continuará)