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Cómo conocí a mi madre

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imageSe acercaban los ochenta poco a poco, teníamos constitución, Franco por fin (lo que tardó) había muerto y se llevaban los pantalones de campana y las patillas largas.

Mi madre había tenido un amago de aborto a los tres meses, volvía con su madre del médico, asustada tras haber manchado, y rígida por luchar contra el traqueteo de los duros asientos de madera del autobús.

_ Las 48 horas siguientes son cruciales, si se acomoda el feto, y no señala usted más entonces bien. Pero debe hace reposo absoluto durante un par de meses. De esta forma puede que no lo pierda…Le pondremos también unas inyecciones.

Mi madre lloraba, tan desconsoladamente, y aún así, tan decidida a tener al bebé y a tomarse el reposo muy seriamente. Y estamos hablando de una mujer hiperactiva…

Una vecina, dependienta de una zapatería a la que iban mi madre y mi abuela, tuvo el mismo amago de aborto y se le dieron las mismas instrucciones, pero ella decidió no hacer reposo absoluto.

Pocos días después en el autobús se encontró con mi abuela:
_¿Ya vas a trabajar? -le preguntó extrañada a la muchacha.
_Yo no tengo intención de estar tanto tiempo en cama- le respondió con ligereza_…
Lo que tenga que ser será. Si no lo tengo pues nada.

Y nada fue, porque lo perdió. Al destino también se le pueden dar empujones para ir hacia un lado o hacia otro.

Con paciencia y sumo cuidado, pasaron los meses, uno tras otro, y llegó el día en que las contracciones se dieron a conocer, poco a poco durante los quehaceres rutinarios, sin apenas saber que ya estaba a punto de llegar el bebé.

El 22 de diciembre, mi madre tenía apenas 22 años, y unos tres meses. Acurrucada en el sofá blanco de nuestro primer hogar, envuelta en su mantita, algo pachucha, veía “Mujercitas” en la televisión.

La de Lis Taylor, de la que recuerdo su carita de muñeca observando junto a sus hermanas, alguna escena desde detrás de los barrotes de la victoriana escalera.

Las contracciones no le impidieron disfrutar de la película, hizo la cena, llegó mi padre, se fueron a dormir y las contracciones seguían por supuesto, su ritmo…
Ya muy tarde y con el calor de la camita, el parto decía no poder esperar más.

_ ¿ Pero tú ya estás segura?

¡La pregunta del siglo! Os diréis: como en una película de Alfredo Landa y Gracita Morales…sólo la ingenuidad y calma infinita de mi padre podía perder el tiempo en tal pregunta en un momento tan obvio.

Mi madre no le contestó, cogía su manta color dorado, de piel terciopelo y se volvía al sofá buscando lo imposible, encontrarse mejor, y pensando que al día siguiente tenía visita en el ginecólogo.
A las dos de la madrugada le dijo por fin a mi padre:
_Vámonos que me encuentro muy mal.

Y así partieron, pasando primero por casa de mi abuela materna, a buscarla por supuesto. Siempre juntas, madre e hija. Como después tendríamos mi madre y yo…¡Qué lazo tan irrompible, generacional y extrañamente mágico..!

Llegando al hospital, una luna inmensa roja, iluminaba el horizonte. Más tarde supe que había eclipse de luna, algo bastante peculiar. En este punto no sé si decir, que la luna eclipsada iba a darnos buena o mala suerte. La cuestión es que por lo que me explica siempre mi madre, con tanto detalle cómo le es característico, es que era muy hermosa, redonda, gigantesca…

Al pasar el puente del río parecía asomarse a verse reflejada en las aguas, luna coqueta.

El edificio estaba recién terminado, acabado de inaugurar, todo para estrenar, impecable como el ajuar de uno de los tantos y tantos bebés que iba a cobijar durante y tras tantos y tantos alumbramientos.

La dejaron sola, sin poder ver a nadie, durante bastante tiempo, lo suficiente para creer que llevaba una eternidad, entre contracción y contracción cada vez más dolorosas.
El papel pintado de la habitación tenía un estampado de florecitas que siguió con la mirada, contando, buscando, mirando cada forma, cada rinconcito, cada puntito…
¿Qué otra distracción iba a tener, una jovencita primeriza, con miedo, con dolor y completamente sola?

Seguramente pensó: ¡ay si estuviera Mamá aquí! ¡Ay, si estuviera Papá aquí!
Pensaría también en el futuro padre, en sus hermanos…hasta que de vez en cuando aparecería una mujer de más que austera expresión para ver cómo avanzaba el asunto, mirando le decía:
_No has dilatado nada.

Mi padre y mi abuela estaban abajo, en la sala de espera, por las estrictas normas del recién estrenado hospital.
Mi abuela contaba después, mi yerno ahí tan tranquilo, leyendo una revista, y yo ¡con unos nervios…!

Qué frío tenía mi madre en aquella habitación…
Imagino el cierto alivio y a la par miedo al ver que entró el médico para anunciarle?
_No dilatas, tendremos que sacarlo con ventosa…Debemos anestesiarte.

Después resultó que lo que se utilizó no fue la ventosa si no los prohibidos fórceps. Milagrosamente, las dos salimos ilesas.

La comadrona escuchaba al bebé con una trompetilla con lo ancho pegado contra la barriga, para escuchar los latidos del pequeño corazón. Como se escuchaban bien, sabían que vivía pero no estaban seguros de lo que podía pasarle…incluso a los ocho meses de embarazo le hicieron a mi madre una radiografía, cosa impensable hoy día y en aquel tiempo, unos treinta años atrás, tampoco creo que fuera muy corriente…

Por lo visto yo estaba colocada de cara, vamos, que “de cara” al mundo venía, sin ocultar nada, con una curiosidad tremenda que me impulsaba a meter mis narices en cualquiera cosa que captara mi interés. Y así hasta día de hoy…

Mi madre solo preguntaba :
_ ¿El bebé está bien?

En esos tiempos no se sabía si era niño o niña hasta que nacía. La sorpresa estaba garantizada.

Cuando nací mi madre estaba dormida bajos los efectos de la anestesia, a la cual, con el tiempo hemos llegado a saber, tiene problemas graves.

El señor M. celador, era un hombre alto, muy alto, y de ancho cuerpo, fuertote, con el pelo cano.

Él fue el que vio todo lo que no vio mi madre, y también quien la llevó a la habitación donde yo bebé, la esperaba sola, y ¡seguro que lo hacía con muchas ansias!

_Ay niña, no sabes lo mal que has estado -le dijo el celador a mi madre- has estado más allí que acá. Echabas espuma por la boca.

Mi madre se sorprendió, aún entumecida, adormecida, extraña con todo lo acaecido.
Sí sabía que había estado preguntando a las enfermeras la misma pregunta cada tantos minutos, en un extraño bucle causado por la anestesia.

_¿Qué ha sido niño o niña? ¿Está bien?
_ Ha sido niña, ¡niña! -le decían las enfermeras, hastiadas con la cuestión – si te lo acabo de decir…Y está muy bien.

Se miraban entre ellas, cómplices, con sus gajes del oficio, como diciendo ¡ay que cruz! Pero siguiendo respondiéndole las veces que fue necesario.

Las primeras navidades las pasamos juntas las dos, solas. Como tantas otras cosas hemos vivido y como hasta ahora vivimos las dos, como gemelas, como un alma en dos, inseparables. Como Almodovar con su madre, como Antonio Machado con su madre, como J.M Barrie con su madre…como muchos de vosotros con vuestras madres, seguramente, porque creo que este lazo no es tan extraño como se cuenta…

Hace un año casi que falleció mi abuela materna, la lela, nuestra lela…cuando me vio por primera vez, y ante unos ojos tan rasgados como yo tenía siendo recién nacida, dijo con esa eterna sonrisa suya:
_¡Qué bien se va a hacer la raya del ojo!

Ahora pienso, desearía, poder estar en ese momento para verles a todos juntos, no por mi, si no por ver sus caras, sus reacciones, su sorpresa, su alegría, su inquietud…vivirlo con ellos como adulta, como sólo he podido imaginar a partir de lo que todos ellos me han contado.

Recuerdos tengo muchos sí, pero se echan de menos los abrazos, los besos y las sonrisas, las charlas, “¿te echo más leche en el café?” “Qué buenos están estos pestiños…” “Mira qué bien huelen las violetas este año”

Unos vienen otros se van, así es la vida decimos. Pero ¿de verdad nos lo creemos? ¿Nos hemos acostumbrado a ello?

Un cumpleaños es la historia de un parto vivido por muchas personas de repente unidas por la vida, otras unidas desde lejanas generaciones…es la historia de una historia que comienza a terminarse, y mientras va terminando, va comenzando a entenderse poco a poco, comenzando a buscar otro comienzo.

Gracias a tod@s por celebrar este cumpleaños conmigo, no soy merecedora de tan increíbles, estupendas amistades.

Gracias mami por parirme, porque así te conocí, conocí a mi padre, a mis hermanos, a mis abuelos, a mi familia…y conocí la vida, con todo lo que conocerla conlleva.
Pero contigo, no hay nada que no se pueda sobrellevar…
Siempre juntas…mi único deseo.

Yrene Yuhmi

Primer Domingo de Mayo 2016

 

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Estado

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La maldición de la familia Tanizawa (parte II)

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Le despertó el barullo habitual de la Escuela, el frío suelo bajo su espalda y la sensación de haber olvidado algo muy importante.
Lo primero que acertó a ver fue el techo, con  largos fluorescentes apagados, y algú que otro manchón del paso del tiempo.

_ ¿Estás bien Hiro chan?
_ Yamato…¿Qué ha pasado?
_ ¿No te acuerdas? Te has desmayado antes de empezar a comer. Menudo susto, tío. ¿Estás anémico o algo así?

Algo no parecía cuadrar en su cabeza. Se incorporó, apoyándose en los codos, viendo que a su alrededor, algunas chicas de su clase le miraban con
preocupación.
_ Hemos llamado a un profesor. Debe de estar a punto de llegar.
_ No…No hace falta armar tanto follón…- se levantó y miró alrededor- El comedor estaba lleno. El reloj marcaba las 12:45.
Muchos comían, otros se arremolinaban a su alrededor preguntando cómo estaba.

Tuvo que pedir disculpas al profesor, que llegó despavorido al comedor – probablemente más que preocupado como tutor, asustado por los acontecimientos ya típicos de la Escuela.

_ Estoy bien, en serio. – Insistió a todo y especialmente a Yamato, que insistía en que fuera a echarse a la Enfermería.
_ Si tú lo dices…Entonces, está bien…

Se suponía que tenían que comer, pero algo le decía que aquel lugar no era el que esperaba encontrar…Entonces su mirada se cruzó con la de Shunsuke.
Estaba en pie, en la entrada del comedor, mirándole fijamente, como si le reprobara algo.

Nervioso, decidió hablar con él y dejar las cosas claras. Si tenía algo que ver con la dichosa maldición, sería mejor saberlo que tenerlo siempre a sus espaldas, callado, observándole como un ave de carroña.
Pasó entre las mesas deprisa, ignorando a Yamato. Sus oídos fueron atravesados por un silbido que terminó silenciando todo.
Sin querer golpeó un refresco de cola de una de las mesas.
_ Lo siento. – Se disculpó deprisa y miró al suelo, a la par que se llevaba la mano a uno de los oídos, molesto por aquel extraño acúfeno.

El silencio ahora era absoluto. No supo cuántos minutos duró, pero los justos para ver que la mancha en el suelo se extendía hasta más allá del espacio que dibujaba su sombra entre sus zapatillas.

Una mancha de sangre que también salpicaba sillas y mesas, las piernas de las chicas y los pantalones de los chicos. Miró hacia el fondo: allí seguía, en pie, Shunsuke, tan alto que podría haber tocado el dintel de la puerta corrediza del comedor.
Hiroshi sintió mucho frío, y las pupilas comenzaron a girar lentamente sin control, mientras trataba de apoyarse en algo para no volver a perder el conocimiento.

Shunsuke seguía mirándole, y en ese instante, sacudió la cabeza, negando.
“No tienes nada que hacer” o tal vez “No sigas donde estás”…¿Qué es lo que quiere decirme?

_ Perdona – se disculpó en un hilo de voz, mareado y falto de aire al apoyarse en una de las chicas de la mesa contigua.

Entonces el silbido atravesó sus oídos con un fuerte, ruidoso sonido agudo martilleó incluso los cimientos del edificio.
Miró hacia el lado, a la chica en la que se apoyaba, tratando de buscar un gesto de complicidad, ante aquel horrible sonido que le estaba destrozando los tímpanos.

Una respiración fuerte, caliente y putrefacta le golpeó la piel de la cara, los labios y los ojos.
Sólo logró distinguir algo semejante a una cara bajo los cabellos largos de la chica, completamente rasgada, acuchillada y sin ojos.

Apartándose con un desatinado arrebato y chillando con las pocas fuerzas que le quedaban, estuvo a punto de resbalar sobre el charco de sangre que tenía a sus pies.
Pero logró aterrizar sobre una de las mesas, babeando, con el corazón fuera de control y los dedos hincados entre las bandejas de comida.
No quería levantar la cabeza. No quería ver nada más…

“No, no no”.

Se lo repitió una y otra vez, ya al borde de la locura, trastabillando al intentar avanzar hasta la puerta y salir de aquella pesadilla real.
Sólo lograba ver sus zapatillas llenas de salpicones de sangre, mientras escuchaba un murmullo, no de voces, sino de alientos. Algo que parecía estar vivo sin merecerlo, le estaba rodeando.
Aún así, continuó avanzando hasta llegar al final de comedor. Respiraba como si hubiera corrido durante horas. Miró hacia adelante, en donde se suponía que estaba Shunsuke, controlando toda aquella maldición. Pero ya no estaba allí.

_ ¡Hiro chan!

El grito no le dejó tiempo a dudar, simplemente se dio la vuelta rápido.

_ ¡Yamato!

Shunsuke le tenía retenido, inmovilizado y pegado al suelo, los brazos bien sujetos tras la espalda.

A su alrededor, alumnos, profesores, servicio del comedor…Todos estaban echados sobre los asientos ensangrentados, desmembrados, y, algunos de ellos, aún en ese estado, milagrosamente en pie, los cabellos tapando las caras, o lo que quedaba de ellas.

La luz era tenue y roja. Hiroshi se dio cuenta de que las ventanas estaban también rociadas en sangre.
Sin embargo Yamato estaba bien, y, a pesar de todo el horror, eso alivió profundamente a Hiroshi. Probablemente la situación era excesiva como para lamentarse en ese instante por todos los demás…

_ ¡Suéltale Shunsuke! – le gritó firme, en pie, secándose el sudor frío de la frente con las temblorosas manos- ¿No soy yo a quien quieres? ¿No soy yo el de la maldición? ¡Ven a por mí entonces!

Lo gritó más firme de lo que creía que podría ser en un momento así…Estaba a un paso de la puerta, de escapar…Pero…¿En serio podía escapar de aquello?
No…Era imposible. Dentro o fuera, en su casa, en su posible futuro si es que lo llegaba a tener…Siempre le perseguirían las mismas visiones, las desapariciones y los muertos.

Tenía que regresar, enfrentarse a Shunsuke y ayudar a Yamato.

Volvió a hacer el camino a la inversa, pisando con fuerza, despacio pero sin parar ni por un segundo. La sangre se estaba empezando a coagular.
El sonido de sus pasos sobre aquella ciénaga roja, se mezclaba con su agitada respiración y ese extraño “ras, ras, ras” procedente de los cuerpos que parecían reírse de él desde sus horribles carnes.

_ ¡No me detendrás Hiroshi! – Shunsuke mostraba por fin, una expresión. Algo que leer en su cara. Era la primera vez, seguramente porque le odiaba, como a todos los Tanizawa, y ese era el encuentro definitivo
entre el causante de la maldición y su presa.

Shunsuke apretó más los brazos de Yamato con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba su cabeza por la nuca, agarrándole del cuello.

_ Hiro chan*…Ayúdame por favor…- sollozaba como un niño pequeño, asustado, incapaz de mover un dedo.

Hiroshi avanzó más deprisa, y a la vez, Shunsuke sacó algo de su bolsillo, soltando el cuello del chico, que trataba de escapar a toda costa, forcejeando bajo el fuerte Shunsuke. Hiroshi saltó con un grito sobre él, logrando que se despegara de Yamato.
Shunsuke había perdido el arma o lo que fuera que había utilizado para acabar con todos.
Miraba con desesperación hacia su derecha, al lugar donde había salido despedido el objeto. Era una especie de mechero…Corrió a recuperarlo, pero varios de los cuerpos le habían rodeado.

_ Yamato, ¿estás bien? – Hiroshi trató de ayudarle, puesto que estaba postrado en el suelo, boca abajo, demasiado asustado para moverse. A pesar de todo, le sonrió agradecido.
_ Hiro chan, gracias…

Tomó aire para seguir hablando. Hiroshi le agarraba del brazo con fuerza: tenía que sacarlo de allí antes de que Shunsuke terminara con ellos.

_ Gracias…
_ Vamos, tenemos que salir de aquí…
_ No, en serio…

Su voz sonó muy seria, pausada, extraña.
Shunsuke seguía lidiando contra los cuerpos desmembrados, tratando de alcanzar el mechero color plata, que tenía una extraña forma curvada, y unos kanjis grabados en una de las caras.

Hiroshi miró a Yamato una vez más antes de intentar levantarle para salir de una vez por todas de la Escuela.

_ Gracias Tanizawa, por cumplir con tu contrato, una vez más.
_ ¿Qué..?

Yamato le sujetó con un sólo y rápido movimiento por el cuello con ambas manos, unas fuertes manos de venas sobresalientes y uñas curvadas y negras como garras de ave rapaz.
Sus ojos eran sangre encharcada y su boca una sonrisa esperpéntica, literalmente de oreja a oreja. Como si la hubieran cortado sobre la cara, que no era más que un óvalo salpicado en sangre y rasgado desde el cuello hasta la coronilla.

Hiroshi no podía respirar, su vista se nublaba…Era tarde…Demasiado tarde…

Shunsuke lanzó un grito terrible, un grito de final y muerte.

Todo se volvió oscuro. Se acabó…

“Tanizawa…Has sido realmente delicioso durante siglos…”

La bruja hablaba desde el cuerpo de Yamato, con voz rasposa, y seguía apretando con fuerza el cuello de Hiroshi, ya al borde de la inconsciencia.

_ ¡¡Brujaaaaaa!!

Un golpe feroz – una patada de Shunsuke- la alejó de Hiroshi, que no podía ni toser. Trataba de ver qué estaba pasando entre Shunsuke y aquella especie de ser que se había hecho pasar por Yamato ( O quizás Yamato siempre había sido ese monstruo…)
Shunsuke tenía el mechero en la mano derecha y había agarrado a Yamato de forma que no pudiera moverse pero eso era imposible. La bruja simplemente se deshizo de sus brazos, que cayeron a plomo chorreando sangre, y se escabulló serpenteando, mientras un “ras, ras, ras” continuaba saliendo, como si se tratara de un palpitar, de su interior.

Cuando se quisieron dar cuenta, había desaparecido.

Los cuerpos desmembrados, brazos y cabezas, rodaban y se arrastraban a una velocidad increíble hacia ambos chicos, que se apostaron en uno contra la espalda del otro, sin salida, sin esperanza alguna.

_ Shunsuke…
_ Qué…
_ Siento no haberte escuchado antes.
_ Ya…Yo siento no haber sido más…Normal – la sangre y los miembros les cubrían las piernas, aferrándose a su propia carne, propinándoles un dolor indescriptible.
_ Ojala salgamos de ésta…-deseó con voz entrecortada, consciente de la tontería que acababa de decir.

Shunsuke asintió, tomó aire y alzando la mano llena de rasguños, de entre los cuerpos, encendió el mechero.

Un halo de luz y calor inmenso les hizo cerrar los ojos.

Algo semejante a gritos sin voz, espeluznantes sonidos de ultramundo, les aturdió durante tanto tiempo, que se creyeron muertos.

Cuando despertaron, se encontraron sólos, tirados en el suelo del comedor. No había ni rastro de sangre, ni tampoco quedaba un sólo cuerpo de los muchos que les habían torturado segundos antes…
¿O tal vez habían sido horas? Ninguno de los dos lo supo jamás.

La Escuela estaba vacía. Cuando vino la policia, no daba crédito a lo sucedido: habían desaparecido profesores, limpiadores, alumnos…Excepto aquellos dos chavales, que no lograban articular palabra y estaban llenos de heridas, con las ropas y los cabellos ensangrentados.

_ Vamos, chicos…- les acompañó un agente, que les había proporcionado mantas y algo caliente para beber.

Hiroshi miró hacia atrás una vez más. Entre las mesas y junto a las paredes, bajo las ventanas, ahora relucientes y acariciadas por la luz de la puesta de sol. Mirara donde mirara, no había ni rastro de la bruja. Ni rastro de sangre, ni rastro de NADA.

Suspiró y volvió la cabeza, cansado, caminando junto a Shunsuke, que fruncía el ceño observando el mechero entre sus manos.

“Al menos hemos terminado con la bruja y la maldición…” Pensó Hiroshi, preguntándose que tipo de poder tenía aquel chico enorme llamado Shunsuke, y por qué le había ayudado…

Se cerraron las puertas del comedor tras ellos.

Los gorriones volvían a los nidos, alertados por la noche que ya se acercaba con pasos tiznados de color púrpura.

Si te fijabas en el comedor, te parecía imposible que algo tan horrible hubiera sucedido en un lugar tan calmo y limpio…

Ah…Alguien parece haber olvidado una pequeña bolsa o un monedero…Allí, junto a la última mesa, la que está en la esquina Oeste, junto a las ventanas.

Se mueve un poco, se retuerce y brilla, goteando algo espeso.

Se gira de un golpe, para mostrar una pupila oscura, mientras de su pequeño interior suena, constante y aterrador:

_Ras, ras, ras…

FIN

 

NOTAS:

Detrás de los nombres se añade -chan, cuando se trata de un niño o hay un vínculo muy cercano entre los interlocutores. También es una forma cariñosa de llamar a alguien. De aquí que Yamato llame Hiro chan a Hiroshi.

Konnichiwa!

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Bienvenidos a mi blog ^_^)

Espero que os sintáis a gusto aquí. (お茶どうぞ.(-ω-*(-ω-*))

Iré subiendo y compartiendo mis historias, cuentos, poesías y reflexiones, poco a poco.

Me encanta Japón y el japonés, así que os vais a encontrar con muchas frases en Nihongo ^///^)

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