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Especial San VALENTIN de Armend y Liend, universo paralelo.

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Para tod@s mis querid@s lector@s, un feliz y soleado SAN VALENTÍN, y que el amor triunfe! No importe ni dónde ni cómo ni por qué, ni con quién ni cuándo, sólo importe lo que sientas y hagas sentir.

El camino de Ji Lee Won

En un pueblo de la sierra más hermosa de las tierras del Sur, acababan de asentarse los soldados venidos del desierto, bajo el ala de la banda sublevada: el partido nacionalista.

Las mujeres pasaban ante ellos deprisa y sin mirar, sintiendo temblar las rodillas y el corazón. Los niños observaban desde sus escondrijos, ventanas y portezuelas, los impecables y atrayentes uniformes de aquellos hombres de tez morena y ojos oscuros.

 Armend Moon, llegaba a caballo de Aracena, oculto un libro en la pechera, clavando una mirada firme sobre el par de militares apostados justo a la entrada del pueblo, pasado el puente de los Sarmientos.

_ ¿Qué llevas ahí? – Escupió uno de los soldados, apretando la culata del fusil contra los serones.

_ Mercancía para el comercio – respondió secamente, sin apartar la mirada – Medicación y otros remedios. Vengo de Mitenas*, ya sabe – se detuvo un tanto, como si se regocijara de antemano por lo que iba a decir – el pueblo que ha sido devastado por la tuberculosis.

El soldado se echó hacia atrás en un impulso, e hizo un gesto para que siguiera. Armend espoleó su caballo, chasqueando la lengua.

Armend encontró a Liend como de costumbre, sentado sobre una caja leyendo a escondidas uno de los libros que él le había prestado.

Se sobresaltó al sentir a alguien tras él, soltando el libro inmediatamente.

_ ¡Armend! Me has asustado…- se sonrió levantándose. No podía ocultar su alegría al verle.

Armend recogió el libro y miró la gastada tapa. “El camino de los valientes” de un tal Ji Lee Woon.

_ ¿Te gusta?

Liend asintió entusiasmado. Era un muchacho delgado pero fibroso, con una extraña belleza que atraía a hombres y a mujeres por igual. Sus cabellos eran del color del azafrán y sus ojos verdes estaban cargados de inocencia y curiosidad.

_ ¿Traes más?

_ Pues claro, ¿cuándo te he fallado yo? – Sacó el libro que llevaba escondido en el pecho y se lo ofreció.

Liend apartó la mirada un tanto sofocado. No sabía por qué razón, pero aunque conocía a Armend desde que eran niños, últimamente su cuerpo ardía con sólo escuchar su voz, sentir su aliento o mirar sus manos.Ese libro había estado pegado a su piel…

Armend era consciente de todo ello. Al principio le parecía adorable: el muchacho del comercio, el jovencito más guapo del pueblo… Pero poco a poco, mientras intercambiaban libros que Armend traía de las grandes ciudades en sus idas y venidas como proveedor, comenzó a verle con otros ojos…El deseo y el hambre por él aumentaban a la par que los levantamientos y bombardeos en todo el país.

Liend miraba aquel libro como quien observa un tesoro.

Armend no pudo remediar levantarle la barbilla para besarle. Cuando se quiso dar cuenta, ambos se encontraron abrazados, sorprendidos y con los corazones latiendo como tambores enloquecidos.

 No pasaba semana sin que Armend le visitara, dejando a su caballo atado junto al portal de la tienda, señal para el pueblo de que el proveedor había llegado, para ellos símbolo del amor que se cocía a fuego fuerte y avivado en aquel viejo y pequeño comercio.

Llegó el verano, y Armend, de repente, desapareció. Liend no hacía otra cosa que esperarle sentado tras el mostrador, con la mirada hundida en una profunda tristeza que oscurecía sus ojos de oliva.

La gente decía que estaba muriendo de pena por la soledad. Después de todo hacía sólo un par de años que se había quedado huérfano…

Las lenguas iban algo desencaminadas pero era muy cierto que si Armend no regresaba, Liend moriría de pena.

Un mañana no soportó más la angustia de no saber de él y decidió ir con los de la matanza a Aracena, a ver si en las listas de desaparecidos o muertos, encontraba por desgracia el nombre de Armend.

Llevó metido en el pecho el último libro que le había dado, el cual había llevado también contra el corazón Armend, para pasar las guardias de tantos cruces, caminos y puentes, como el que daba paso al pueblo serrano.

La ciudad estaba en plena ebullición: camiones de prisioneros, carretillas y carretas con panes y quesos para el ejército, mujeres cargando con niños que lloraban de hambre y soldados que lanzaban risotadas al ver pasar a las niñeras de señores de alta alcurnia, con sus faldas rodilleras y rebecas color pastel.

 En las listas no encontró nada…Liend se llevó la mano al pecho y contuvo un suspiro.

El libro era como un talismán para él…

De repente, su vista dio con el nombre: Armend Moon. Se sofocó tanto que creyó desfallecer. Estaba en la lista de los oficiales al cargo en la ciudad.

 No podía creerlo…¿Por qué? Armend nunca estuvo a favor del partido nacional…Sólo por llevar uno de aquellos libros encima, podría haber sido fusilado.

Liend se dio la vuelta rápidamente y corrió en dirección a la calle principal, en busca de un carro que le llevara de nuevo al pueblo.

La confusión y la angustia se hicieron con el mando de su cuerpo, se topaba contra todo el mundo, no podía ver hacia dónde le llevaban los pasos y sentía que le faltaba el aire. Chocó contra un grupo de hombres que le hicieron caer con estrépito, llenándose el caldeado aire de tierra y bosta de caballos.

El libro saltó de su pecho y fue a parar a pies de uno de los hombres. Llevaba botas altas de militar.

_ Un libro prohibido…Vaya con el señorito, ¡Ven acá! -lo sujetó del brazo y tiró de él con tal fuerza que le fue imposible desasirse.

_ Pero, espere un momento…¡Yo no he hecho nada! – trató de defenderse en vano Liend, por lo que recibió un buen golpe que le dejó aturdido y mareado.

Le llevaron a rastras hasta el cuartel general y lo dejaron atado a una silla, en una habitación escueta en detalles, excepto un cuadro del dictador, observando desde la pared lo que nunca se contaría, lo que sucedió sin tener por qué y lo que debió haber sucedido.

Liend no dejaba de pensar en Armend…Le dolía el brazo, la espalda y el mentón, la sangre manaba de una brecha que acababan de abrirle a golpes durante un eterno interrogatorio de pesadilla.

Comenzaban a fallarle las fuerzas al militar que le custodiaba, por lo cual tuvo un momento de respiro. Cerró los ojos. Pensó en que ya no había salida, ni tenía la necesidad de ansiarla, si no podía estar con Armend, como antes, en el pueblo, sin miedos ni jerarquías, ni ideologías ni banderas. Sólo ellos dos, piel con piel, amándose…

Entonces, sintió el aroma de Armend acariciándole suavemente las mejillas. Debía de estar delirando…Abrió lentamente los ojos y le vio, de pie, frente a él, vestido de uniforme, pero con sus ojos ardientes y amables, con la mirada de siempre, clavada en él.

_ Armend…

Se agachó y le desató, murmurando maldiciones por haberle hecho tales heridas. Acarició aquel labio partido, aquel mentón ensangrentado, y con el alma rota descanso sobre él, con un abrazo fuerte, deseado, impaciente.

_ Perdóname Liend…No pude avisarte. Me vinieron a buscar y no tuve alternativa. No quería morir sin volverte a ver…- su voz sonaba entrecortada. Liend nunca había visto a un Armend tan vulnerable. Tuvo la enorme necesidad de protegerle. Le devolvió el abrazo, y así se quedaron los dos durante un instante que les pareció mucho para ser tan corto, y poco para ser tan bello.

_ ¡¿Qué coño pasa aquí?!

Sobresaltados, se encontraron con que dos de los soldados habían irrumpido en el cuarto, apuntándoles con los fusiles.

_ Cabo Moon, es usted un traidor, va a tener que darnos muchas explicaciones – subrayó estas dos últimas palabras el soldado que hacía poco había estado apaleando a Liend.

_ Véte al infierno – masculló Armend, interponiéndose entre Liend y las bocas de las armas.

_ ¡¿Qué acabas de decir, maldito hijo de puta?!

Armend levantó la mirada, apretando los puños y los dientes con todas sus fuerzas, dispuesto a matar y morir para salvar a Liend.

En ese instante tembló todo. Parecía que el mundo acababa de explotar sobre ellos, dejándoles sordos, apretados contra pedazos de pared y hierros, asfixiados por las bocanadas de pólvora y tierra que acaba de lanzar un bombardeo sobre la ciudad.

Poco a poco, Armend comenzó a escuchar un mínimo susurro, que aumentó hasta convertirse en la realidad que reinaba por doquier: un tumulto de llantos y gritos, sangre y confusión.

 Se incorporó mareado, dolorido, buscando a Liend, apartándose de la cara el polvo que le cubría hasta las pestañas.

_ Liend…

El joven estaba a su lado, tosiendo y frotándose la cara. Suspiró aliviado y se dispuso a ayudarle, cuando vio una enorme herida en su espalda.

_ Armend…Me duele el pecho…

_ No te muevas – Armend retuvo la respiración, tratando de calmarse, mientras se quitaba la chaqueta del uniforme y hacía jirones su camisa.

Metralla” reconoció la herida, sudando, con el corazón en un puño.

_ No te preocupes, no es nada. Te pondrás bien…

Liend tosió, lo cual le hizo gemir de dolor. Armend detuvo la hemorragia y le colocó la chaqueta por encima, ayudándole a incorporarse.

En el suelo, a un par de pasos de ambos, uno de los soldados, cuyas piernas estaban atrapadas bajo los escombros, alargaba la mano, agarrotada y temblorosa, para coger su arma.

 Armend se hizo con ella antes de que pudiera siquiera pestañear. El soldado, con un hilo de sangre dibujando una ese en su barbilla, levantó los ojos, enturbiados, y con desprecio dijo:

_ Has traicionado a tu patria…Escoria como tú sólo mancha nuestra bandera…

Armend, sujetando a Liend con fuerza, le miraba sin inmutarse, fiero y determinado.

_ Para mi no hay patria ni bandera que valga más que mis sentimientos.

 Liend le miró, respirando de forma entrecortada por el dolor: aquel hombre que adoraba leer, y que proveía de diversas mercancías a los comercios o cortijos a lomos de un caballo árabe, era para él, más importante que su propia vida. El mundo se partía en mil y sin embargo, no le importaba lo más mínimo…Sólo ÉL.

 Salieron despacio, esquivando cuerpos y pedazos de paredes y astillas, apoyados el uno en el otro, buscando una salida, una liberación.

 _ ¡A la Raya! ¡A la Raya! – gritaba un hombre de mediana edad, gorra oscura y camisa vieja desde su carro, cargado con sacas de pan acabado de robar de las disposiciones del derruido cuartel.

Armend y Liend, subieron y se sentaron entre los bultos de arpillera, junto con un par de muchachas que sollozaban abrazadas, cubiertas de polvo y sangre.

Liend se apretó a Armend, aliviado por el calor de su piel, y cerró los ojos.

Sintió como, durante todo el camino a la frontera, le acariciaba los cabellos susurrando una y otra vez.

Te quiero más que a nada…Te quiero más que a nadie…

Tal que una nana cantada desde el corazón, las palabras se metieron en su pecho con sigilo, formando un relicario de pasiones, un amuleto que sería indestructible, al paso del tiempo, a las guerras, a los odios, a las burlas…

 _ ¡Joven! – el hombre que guiaba el carro le lanzó una cantimplora- dele de beber al muchacho, que esa es una buena herida. Ustedes también señoritas, beban, que han llorado tanto que no les debe quedar una gota ni para mojarse los labios.

 El carro fue guiado hasta el pueblo fronterizo de la Raya, entre el vaivén del camino y las palabras de coraje del guía, que apostaba por un médico de muy buena mano en el lugar.

 Liend sacó de su pecho el libro, y se lo entregó a Armend.

Tenía parte de las hojas dobladas y la cubierta estaba rota. Semejaba un pajarillo aplastado.

 _ Me ha guiado hasta a ti…

Armend sonrió, cogiéndole la mano, caliente por la fiebre y el dolor. Asintió sin hablar, apretando aquella mano que tantas veces había besado, olido y acariciado, en el trastero de la tienda del pueblo, entre cajas de conservas y frutas puestas a secar.

 _ Volveremos a estar como antes – le prometió Armend en un susurro- Te lo prometo…

 Liend sonrió, cansado pero seguro, sintiéndose mecido por las nuevas circunstancias y aquel camino que se abría frente a ellos.

Tengo los ojos puestos en ti,

tienes los ojos puestos en mi.

No hay camino para el cobarde,

ni salida para el perdedor.

Sólo tenemos camino los valientes,

aquellos que luchan y creen en el Amor”

Ji Lee Woon*

FIN

YRENE YUHMI 2014, SAN VALENTÍN

 Armend y Liend 3 2013  color

*Lugar inventado.

*Personaje y libro, inventados.

Recordad que podéis descargarlo aquí, junto con más inéditos Yaoi 😉

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

ABRAZOS ^_^

Yyuhmi

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Armend y Liend III (lectura online, 3ª parte, 18+)

Estado

En noches tan calurosas como éstas, días tan soleados como éstos, no se puede pensar con claridad…Aún así, la simple visión de un gatito durmiendo, o de una vista hermosa desde la ventana, pueden calmar todas las inquietudes, de una foma diría casi milagrosa.

Os dejo con la tercera parte de lo que llevo escrito hasta ahora de la novela ^_-) Perdonad faltas y errores tipográficos, lo escribí en un momento no muy propicio y además, está sin repasar >///<)

Espero que os guste ^0^)

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Lala y Colomba a la hora de la siesta ^-^)

Link al blog y a la lectura aquí:

http://armend-y-liend.blogspot.es/1340928554/ <—–HA SIDO BORRADO, disculpad las molestias, estoy averiguando qué ha sucedido…

¡Pasad un  feliz verano amig@s!

ARMEND Y LIEND III (Lectura online 2ª parte +18)

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Aquí tenéis la continuación de la novela, Armend y Liend III. No sé si llamarlo capítulos o partes…Puesto que es una novela aún en construcción, la sensación de ofrecerla antes de repasarla, y haberla terminado completamente es algo así como caminar desnuda en pleno día ^_^;;; Pero espero que la lectura sea de vuestro gusto y que Dios me de salud para poder continuar escribiendo ^0^)

¡Gracias por todo vuestro apoyo!

Yrene Yuhmi

http://armend-y-liend.blogspot.es/1339284366/

blog borrado -_-)

Accede a todo sobre Armend y Liend aquí

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

o en FB, Armend y Liend novelas y Armend y Liend 😉 😀

Contactad conmigo para lo que queráis, me encantará hablar con vosotr@s ^3^)

 

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Los tomos I y II a la venta en http://www1.dreamers.com/productos/206101_ARMEND_Y_LIEND.html

Armend y Liend III (Lectura online, +18 años)

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Ciertamente, estoy tardando mucho en escribir la tercera novela que formará parte de la trilogía sobre la historia de amor de Armend y Liend…Lo siento de veras, porque tengo muchas ganas de mostraros las escenas que ya están más o menos abocetadas y casi coloreadas del todo en mi cabeza. Por razones de Salud, entre otras, voy más lenta de lo que querría…Pero voy a intentar terminar esta larga novela que comencé en el 2006, y ponerle todo mi corazón; por el momento he pensado que ir subiendo lo que tengo escrito poco a poco no es mala idea ^_^;; Espero que así disfrutéis un  poco de este entrelazado de historias, que vosotr@s habéis aceptado y querido tanto, dándome gran satisfacción y mucha alegría…Os debo mucho queridos lectores…

A través de este blog de cuentos, os iré comunicando cuándo subo los párrafos o capítulos, en el blog correspondiente: el que en su día abría sólo para ARMEND Y LIEND.

Aquí os dejo la entrada con los primeros pasos de esta tercera  novela. Esperando que sea de vuestro agrado y ansiosa de leer vuestros comentarios, me despido por el momento con un fuerte abrazo ^0^)

http://armend-y-liend.blogspot.es/1339110000/

😦

 Atención!! Editado!!! El blog ha sido borrado ToT)) no lo entiendo pero bueno…Aquí os dejo el link de descarga y la contraseña,

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

 password: tanpopotohimawari

También podéis acceder a todo desde el nuevo post ecrito hoy, en este mismo blog 😉

https://yreneyuhmi.wordpress.com/2014/02/05/updating-information-important/

Gracias por estar aquí, por vuestro apoyo y cariño!!!!! muchos abrazos a tod@s!!!!

Yrene Yuhmi

Karasu Tengu y la joven Mirin

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Mirin nunca pensó que algo así fuera a suceder. Porque las cosas que menos se imaginan en la vida, son las que suelen pasar, y cuando menos se las espera.

Ella había sido una niña sin fuerza física, pero con grandes ojos brillantes, que cautivaban a las gentes y amansaban a los animales.

Su familia venía de aristócratas, por lo que había crecido en un ambiente austero, de aprendizaje constante de la lectura y la caligrafía; así como el arte del Ikebana y la ceremonia del Té.
Su madre murió al nacer ella, siendo criada por una la mujer de confianza de la familia, la buena Matsuko obasan*. Ella era la que se encargaba, no sólo de la niña, sino también del
mantenimiento de la casa, los recados, la cocina y los horarios estrictos y puntualísimos de Tetsuya san, el padre de Mirin.

La casa de Mirin, tenía un jardín inmenso con un lago, un puente de madera, y hermosos cerezos hacia el Sur, así como Gingkos en el Norte y Ciruelos en el Este.
En el Oeste, había un enorme sauce llorón, al que consideraban sagrado por ciertos inexplicables sucesos, ocurridos cuando el padre de Mirin era niño.

Mirin se deleitaba cada día con la vista del jardín, sentada en el porche de madera, con sus pies enfundados en inmaculados tabi* y sus geta* de madera lacada cerca, en el suelo cubierto de fino musgo.
Habían camelias, rosas, lirios, violetas y azaleas. En Primavera, los pequeños pajarillos anidaban por doquier, sin temor a los humanos, y armaban un buen escándalo con la preparación de los nidos para sus
polluelos…Era, sin duda, la Primavera, la estación favorita de Mirin*.(実臨)

Se sucedían días de calma, pacíficos e inmersos en una rutina ciertamente hermosa.
Lo único que Mirin echaba en falta era tener amigos con los que hablar…Siempre estaba sola, aunque bien era cierto que Matsuko obasan la mimaba y atendía como una madre, era ante todo la mujer que llevaba
aquella casa, y siempre tenía mucho que hacer.

A Mirin le gustaba ver cómo tendía la ropa en el jardín, sobre unas barras de madera larguísimas en las que dormían al sol futones, ropas y demás colada, que también era tarea de Matsuko.
La buena obasan tenía la cara redonda como una de esas máscaras “ko omote”* de sonrisa infantil sobre blanco inmaculado. Se recogía los lisos cabellos en la nuca, para que no le estorbaran durante el
duro día de tareas, que ella realizaba como si fueran juegos, sin mostrarse jamás agotada o disgustada.

_ ¡Ah, otra vez! Ese cuervo me ha vuelto a manchar la ropa recién lavada…- se quejó una mañana, mientras Mirin leía a los clásicos, sentada sobre las rodillas, en su habitación.
Se movió con delicadeza y abrió la puerta de papel de arroz, asomando la cabeza.
_ Matsuko obasan, ¿qué sucede?
_ Un cuervo querida niña…Sólo los cuervos pueden hacer tantas maldades…Ayer se metió en la cocina, la otra noche robó en la habitación de la difunta señora…Lo revolvió todo, ¡como un ladronzuelo! – suspiró chasqueando la lengua, mientras se daba prisa en recoger las ropas, unas rasgadas, otras manchadas de lodo y heces que
ciertamente parecían ser de ave.

Volvió a llevarse la ropa en el cesto, caminando deprisa, acalorada por la mañana que había nacido fresca y se había ido calentando como un “mochi”* al fuego, volviéndose brillante y lustrosa…
Mirin miró alrededor, y escuchó con atención. Cuando sucedían cosas como aquella, los animales dejaban escapar muchos murmullos, pues eran tremendamente amantes de conversar, especialmente los gatos.
Los gorriones eran bastante cotillas y las mariposas y abejas, muy amantes de cantar. Mirin no perdió detalle de cuánto dijeron aquella mañana, que por cálida, había hecho que soltaran la lengua aún más de lo normal.

_ Dicen que fue el cuervo…¡Es un sinvergüenza!
_ Ya lo creo, ya lo creo…

Decían los gorriones con voz chillona, sobre las hermosas ramas de los cerezos, ya en flor.

_ Eso no es verdad.

Mirin dio un brinco. La voz era rasposa, pero noble. Venía del porche: sobre la fresca madera, se lavaba las patas meticulosamente un gato negro, bastante gordo y especialmente panzón.
La jovencita lo observó como queriendo saber más. El gato supo en seguida que aquella niña le comprendía, porque los felinos saben más de lo que se puede saber a simple vista, así que continuó hablando.

_ Malditos gorriones, ¡escándalosos, embusteros! – les enseñó una uña, que sacó como quien saca una daga, amenazador, y enfurruñado volvió a hablar con tono de queja – Todos le culpan porque es negro y tiene mala fama…
Pero no es él el culpable.
_ ¿Tú sabes quién es? – se atrevió a preguntarle Mirin.
_ Hmmm…Si yo lo he visto, también lo puedes ver tú, niña. No está bien creerse lo primero que se escucha.

El gato se echó y estiró las patitas, abriendo las pezuñas durante unos segundos para relajarse después y comenzar una de sus importantes siestas diarias.

Desde ese momento Mirin se convirtió en una observadora ávida, que no perdía detalle de cuanto sucedía en la casa o el jardín. Supo que había un topo al que le gustaba escuchar las canciones que Matsuko obasan
dedicaba a las noches mientras tejía junto a la lámpara.
También que dos familias gorriones se peleaban por una rama realmente confortable y que no había forma de que se pusieran de acuerdo. Sorprendió al gato hablando en sueños: “Quiero aprender a escribir…” decía moviendo los bigotes,
mascando ligeramente de gusto.
Y por fin conoció al cuervo. Le resultó hermoso: tenía un plumajes tan oscuros como la noche cerrada y los ojos como dos lunas llenas. Era bastante tímido para ser un cuervo…”¿Pero sé yo cómo son los cuervos?” Pensó la muchacha,
algo avergonzada por haberle juzgado sin conocerle.
Le observó tanto de día como de noche, y lo único que hacía, desde la rama más baja y gruesa del Ciruelo más viejo, era observar al Cielo. Nada más. Ni hablaba en sueños, ni conversaba con nadie. Mirin estaba algo decepcionada,
porque esperaba poder hablar con él. Pero aunque intentó preguntarle su nombre varias veces, no recibió respuesta alguna. Aunque tampoco ningún signo de altivez o desprecio.

_ ¡Aah, maldito cuervo! – ésta vez era su padre quien gritaba, saliendo enfurecido de la habitación con papeles manchados de tinta en las manos- Ha destruído mis hermosos trabajos de caligrafía.
Vislumbró al sorprendido cuervo en la rama del Ciruelo y se dirigió a él con furia, armado con una piedra.
_ ¡Espera Otousan*! ¡No le hagas daño! – Mirin se lanzó sobre su padre, abrazando su hakama con ambas delicadas, pequeñas manos.
_ Mirin, ¿por qué me detienes? – se volvió sorprendido Tetsuya san, sin bajar su mano.
_ Él no ha sido, ¡lo sé!
Quiso explicarle que le había estado observando, que había escuchado al señor gato y a los demás animales, y que no podía culpar a un inocente, ¡era demasiado cruel!
Pero su padre hizo caso omiso de sus palabras, y le lanzó una piedra con tal acierto que, aunque el cuervo aleteó para esquivarlo, la piedra le rozó el ala derecha.
_ ¡Aah…! – Mirin sintió una punzada en el pecho, e inconscientemente se tapó la boca con ambas manos, sorprendida y preocupada.
Pero el cuervo logró volar, no demasiado alto, pero lo justo para escapar de la ira de Tetsuya san, que volvía a tener las manos llenas de piedras.

_ ¡Otousan! ¡El cuervo no ha sido! Por favor no sigas…- le rogó ella estirando de sus ropas con la poca fuerza que Dios le había dado.
Sus enormes ojos estaban aguados por las lágrimas. Su padre no pudo resistirse a esa mirada y bajó la mano.
_ Está bien, pero a la próxima diablura que haga, yo mismo terminaré con él.

Mirin tembló, algo encogida dentro de su kimono. Volvió la mirada hacia el ciruelo pero el cuervo no estaba allí. La noche caminaba despacito pero firme, desde las montañas, trayendo consigo una manta
de estrellas y un soplo de frío.

La muchacha no lograba conciliar el sueño, pensando en el pobre cuervo herido. Ni tan siquiera las canciones de Matsuko san habían calmado su inquietud…No sabía dónde estaba, ni si la herida era grave,
si tenía frío o hambre, si sentía rencor hacia su padre…Se preguntaba demasiadas cosas por un ser al que apenas conocía. Al pensar en esta reacción suya, se acaloró y tomando las mejillas con sus blancas manos
trató de calmar el sofoco.

Entonces escuchó un ruido, como un caminar cauteloso a pocos metros de su habitación. Pensó que podría ser el cuervo, por lo que, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta corredera y miró afuera, con el corazón en
la boca de la emoción.
Pero lo que se encontró fue algo sumamente chocante y hasta temible, hasta el punto de encogerse de miedo al verle.
Un youkai tanuki* la miraba con ojos rojos como dos “chochin”* encendidos en la lejanía. Tenía unos afilados dientes y unas zarpas que sujetaban algo. ¿Qué era? Se movía inquieto y hacía un extraño ruido que no lograba
identificar.
_ ¿Qué miras niña? – le preguntó de repente el tanuki, acercándose a ella, con mirada maliciosa- ¿No reconoces a tus propias carpas? Esta noche serán mi cena, jejeje – su risa era realmente horrible e indeseable.
Mirin pudo ver entonces que tenía entre sus manos a los peces de colores que su madre tanto había querido, por ser regalo de Tetsuya san.
_ ¡Qué crueldad! – sollozó la niña dejando escapar lágrimas auténticas, que brillaron como las mismas estrellas.
_ ¡Oh…! Eres realmente una hermosa chiquilla – el tanuki se le había acercado con tal rapidez que Mirin se quedó congelada, sin aire, asustada y asqueada por el aliento del youkai – Quizás debería comerte a tí…

Mirin cerró los ojos con fuerza, “¡se acabó, me devorará!” y pensó en el cuervo por última vez, soltando más y más lágrimas.

_ ¡Suéltame, maldito! – gritó el tanuki con su desagradable voz de cueva y suciedad.

Mirin abrió los ojos deprisa: ¡el cuervo estaba allí! No tenía su aspecto habitual pero era él. Lo reconoció por sus ojos, amables y melancólicos, y por las hermosas alas negras vistiendo sus espaldas. Tenía forma
humana, cosa que le sorprendió, puesto que nunca había visto ser tan bello…Ensimismada, le costó darse cuenta de que el Cuervo sangraba notablemente: el ala derecha estaba decaída y tenía una buena fisura que no debía ser
poco dolorosa.

Sin embargo, no soltaba al tanuki, que parecía realmente enfurecido y forcejeaba asombrado por la fuerza del cuervo.
_ ¿Quién anda ahí? – Tetsuya san salía de su cuarto, a la vuelta de la esquina del largo porche que adornaba las habitaciones de su hija y de Matsuko obasan.

El tanuki no dudó un segundo y desapareció con tal velocidad, que nadie diría que había estado atemorizando a la niña hacía apenas unos segundos.
Sin embargo el cuervo, cabizbajo, sin fuerza en los brazos, parecía no importarle que le descubrieran…Mirin lo estiró cogiéndole de la mano, que estaba muy caliente, y lo metió en su cuarto.

Salió deprisa cerrando tras de sí, para recibir a su padre e intentar devolverlo pronto a la cama.

_ Otousan, ¿qué sucede?
_ ¿No has escuchado nada? – le preguntó seriamente, sujetando un pistolón regalo de un aristócrata amigo suyo, que había viajado a Londres.
_ Yo sólo he oído la pelea de dos gatos en la noche. Otousan, el cuervo te tiene obsesionado…- con ternura, le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la habitación, mientras él rezongaba sobre el cuervo
y demás animales que destorbaban la paz de su casa.

Cuando Mirin regresó a su habitación, no vio al cuervo donde le había dejado, pero sí un camino de sangre que se dirigía al rincón, en donde tenía su escritorio, tapado ahora con un biombo.

Allí estaba él, apostado en la pared, respirando con dificultad, con el ala rota.
Mirin corrió a sentarse a su lado, y con cuidado, comprobó si tenía fiebre, poniendo su palma abierta sobre la frente del herido.
_ ¡Estás ardiendo! – Mirin tenía la prioridad de curarle: estaba sufriendo mucho. El cuervo la miró con aquella febril expresión y su corazón dio un vuelco, como nunca antes lo había dado.
“Espera un momento” Le dijo, y salió con mucha prudencia, sugetando los bajos de su nemaki* con las manos, temblorosas y algo sudadas por la emoción.
Fue a buscar medicina para el resfriado y ungüentos para las heridas, así como vendas y algo de comer.

Aquella noche se ocupó de curarle y cuidarle, hasta que la medicina hizo efecto y el cuervo se quedó profundamente dormido, sin sufrir, respirando con mucha más normalidad.
Mirin suspiró aliviada, observando la bella ala vendada, algo avergonzada por su poca gracia a la hora de hacer ese tipo de trabajos…Aunque la venda estaba puesta de forma torpe, la herida ya no sangraba.
La muchacha, se quedó dormida al poco, a los pies del cuervo, totalmente feliz, como si aquel hubiera sido el día más hermoso de su vida.

Al despertar, no recordaba bien lo que había sucedido la noche anterior, pero escuchando la voz de Matsuko obasan llamándola para el desayuno, dio un brinco y miró al frente, donde se suponía debía de estar
dormido el cuervo…Sí lo estaba, pero en su forma de ave. La miraba de forma apacible, como si le diera las gracias.
_ Mirin, el sol ya está muy alto, ¿te quedaste dormida? – Matsuko obasan abrió la puerta corredera y asomó su cabecita de niña eterna.
Mirin se había sentado delante del cuervo, tapándole la visión a Matsuko, que no se dio cuenta de su presencia.
_ Voy en seguida – le sonrió apartándose algunos cabellos sueltos que le caían traviesos sobre la nariz.

Matsuko obasan hizo un mutis por la derecha, riendo como un cascabel pensando en lo linda que era su pequeña princesa…
Mirin suspiró aliviada, con la mano sobre el pecho, y dándose la vuelta, con una pequeña venia, le habló al cuervo todo cuanto se había guardado en el pecho y tanto debía decirle.
_ Muchas gracias por salvarme, señor Cuervo. Y disculpe usted a mi padre, no es mala persona…Sólo se confundió…Perdónele por favor.

Volvió a agachar la cabeza, cayendo como una cascada su larga cabellera sobre el impoluto tatami. Había limpiado la sangre la noche anterior, después de tratar la herida del señor cuervo.
Tenía las manos enrojecidas, porque jamás había hecho ningún tipo de trabajo físico. El cuervo le miró las manos, y después le dedicó algo que ella interpretó como una venia y que le hizo sonreír,
feliz por poder comunicarse con él, aunque no fuera con palabras.

_ Ahora debo ir a desayunar, pero volveré pronto con comida, usted descanse señor Cuervo. Esa herida debe curarse bien.

El cuervo se quedó muy quieto, parpadeando con sus afables ojos, el ala vendada pegada a su oscuro cuerpo de ave.
Durante los días siguientes, Mirin estuvo bastante atareada cuidando de su huésped y tratando de evitar que lo descubrieran. Ni Matsuko obasan ni Tetsuya san se dieron cuenta de que en la
habitación de la jovencita reposaba el cuervo, que tan mala reputación tenía…

_ Vamos Mirin, déjame hacer mi trabajo, ¡tengo que limpiar su habitación! – se quejó Matsuko, ante la súbita y tozuda negación a que entrara en el cuarto.
_ No te preocupes Matsuko obasan, yo misma estoy haciendo la limpieza, esta mañana aireé el futón, y he comenzado a limpiarlo todo, escritorio y armarios.
_ Oh…¿Y a qué viene ese cambio? No debe esforzarse tanto, mi querida niña – la miró con ternura y preocupación maternal – Mirin tiene el cuerpo de una princesa…No está hecho para
faenas duras.
_ Matsuko obasan, no digas eso – Mirin se sonrojó, sobretodo porque sabía que en el fondo de la habitación, tras el biombo, el señor Cuervo lo escuchaba todo – He estado siendo demasiado mimada
por obasan y por otousan, y eso no puede ser. Ya soy una mujer, debo esforzarme más – concluyó con seguridad y voz firme, aunque poco autoritaria.

Matsuko la miró con cierta sorpresa, pero también con orgullo. Su pequeña estaba creciendo y se volvía responsable. Se retiró satisfecha con el razonamiento que la muchacha le acababa de dar.

Cayó la noche con su canto silencioso de chasquidos misteriosos y su plateada luz de luna de arroz. Y el señor Cuervo regresó a su forma medio humana, con sus ropajes oscuros y su cinturón color escarlata.
Mirin quería escuchar su voz, y además necesitaba saber su nombre. Estaba cansada de llamarle señor Cuervo…
Así que se atrevió por enésima vez, con su afrutada voz de niña, a dirigirle la palabra temerosa de ofenderle, puesto que lo último que deseaba era que desapareciera.

_ ¿Le…Le puedo preguntar su nombre?

La habitación brillaba como una mariposa gracias a la gran lámpara de madera que presidía desde el rincón Norte toda la estancia. El futón ya estaba listo y los libros guardados.
No tenía demasiado sueño, sobretodo porque en las noches tenía la oportunidad de verle en su forma humana, y por ello, su corazón palpitaba como loco y se sentía más viva que nunca.

Iba a desistir una vez más, cuando él le dijo su nombre.
_ Karasu tengu*  – dijo con voz tenor, algo triste, algo desconfiada, alzando sus bellos ojos dorados, de espesas pestañas.
_ ¿Karasu…san*? – Mirin estaba tan contenta que no dio la mínima importancia al hecho de tener ante ella a un tengu*.
_ ¿No me tienes miedo?
_ ¿Por qué iba a tenerlo? Me salvaste la vida… – le respondió ella no poco sorprendida. E inocentemente continuó preguntando, comenzando así una conversación, la primera que tenía desde que nació,
con alguien a quien por fin podía llamar “amigo”.
_ Eres demasiado confiada…-suspiró él bajando los ojos, algo preocupado- De todas formas, soy yo quien debo agradecerte el haberme dado cobijo y comida, y por curar mi ala rota.

Mirin se sonrojó hasta las orejas, argumentando que era responsabilidad suya ocuparse de él, puesto que había sido su padre quien le había tirado la piedra.
Los nervios hicieron que trabara la lengua, se acelerara al hablar y se pusiera todavía más colorada, cosa que hizo sonreír a Karasu.
“Es la primera vez que veo sonreír Karasu san…” Embobada, no podía dejar de mirarle. Y Karasu, que ya conocía bien a la niña y al hechizo de sus grandes ojos, la miró con curiosidad, pensando qué era
lo que la muchacha veía en un ser como él, en un cuervo youkai.

Muy pronto pudo volver a su rama en el Ciruelo, y allí se quedaba durante horas mirando a un punto en el horizonte, en donde no había nada de interés, por lo que Mirin, terminó imitándole, tratando de atisbar
la belleza que se reflejaba en sus ojos de ave. Pero no lograba ver nada…

_ ¿Qué miráis Karasu san? – le preguntó desde abajo, acariciando con su mano la piel del bello ciruelo.
_ A mi Mundo, el mundo de los cuervos youkai.
_ ¿Es bonito?
_ Sí…Mucho.

Su voz sonó meláncolica. Mirin sintió una punzada de dolor por él.

_ ¿Quieres volver?
_ Puedo volver cuando quiera…- se sorprendió él, mirándola interrogativo – Es mi hogar.
_ Entonces…¿Por qué estás aquí, siempre tan triste y solo?

Él la miró durante unos segundos tan fijamente, que Mirin tuvo que apartar los ojos, avergonzada y con el corazón acelerado.
_ Porque aquí perdí una vez a mi amor, y aquí lo he vuelto a encontrar.

Mirin volvió rápidamente la cara hacia Karasu, abriendo mucho los ojos. “Amor…” pensó algo decepcionada. “Así que es por eso por lo que Karasu san siempre se muestra tan triste y solo”.
_ Y…¿quién fue tu amor…? – preguntó con un hilo de voz, las mejillas como manzanas de caramelo.
_ Alguien que se parecía mucho a ti y que adoraba a las carpas de este jardín.

Karasu le estaba sonriendo con la más abierta, tierna y afable de las sonrisas. Ya no se le veía triste, sino divertido. Mirin era sin duda demasiado inocente para comprender que ese amor que había
vuelto a encontrar era “ella”.
Durante un buen tiempo, pensó que Karasu san hablaba de su madre, cosa que era cierta, y que el amor reencontrado no era otro que aquel gran ciruelo en el que pasaba tantas y tantas horas, observando el Mundo al otro lado de
las aguas de cristal que habitaban el Aire.

A la mañana siguiente Mirin despertó asustada por el ruido de disparos en le jardín.
Salió descalza y a toda prisa, los cabellos sin recoger y el nemaki descompuesto por el sueño. Allí de pie estaba su padre con un pájaro oscuro ensangrentado en la mano izquierda y en la derecha el pistolón.

Mirin lanzó tal grito de desesperación que Tetsuya san y Matsuko obasan tuvieron un tremendo susto. Los gorriones salieron volando en todas direcciones y el gato se subió al tejado de un ágil salto, para nada de esperar en
un animal tan barrigón.

_ Hija mía, ¿qué te ocurre? – Tetsuya san intentó acercarse a ella, pero Mirin le apartó con los golpes de sus puños, por primera vez llenos de fuerza y rabia.  El ave cayó al suelo con un sonido seco, mientras Mirin lloraba desesperada.
Se acercó a él y lo tomó en sus brazos apretándolo contra su pecho.
_ Mi pequeña…- susurró sobrecogida Matsuko obasan a pocos metros de ambos.
_ Mirin, ese cuervo era un pequeño demonio…Comprende…- intentó calmarla su padre.

_ ¡Dejadme sola! – gritó con ira, realmente enfadada, dolorida y herida hasta la médula, su carita blanca se había enrojecido por la lluvia de lágrimas, imparable, que la azotaba desde el pecho hasta la garganta…

Y allí se quedó en medio del jardín, llorando sin parar.

_ ¿Qué te ocurre?

Un aleteo sobre su cabeza y aquella voz tenor, afable y firme a la vez, la volvieron en sí.
Allí sobre la rama más baja y gruesa del ciruelo, estaba Karasu san, que la miraba frunciendo el ceño, incapaz de comprender qué hacía con aquel pájaro muerto pegado al pecho.

_ ¡Karasu san! – gritó con los ojos brillantes como dos lagos gemelos – ¡Estáis vivo…!
_ ¿Pensabas que era ese pájaro común? – descendió junto a ella y observó al pobre pajarito muerto- Me tienes por algo muy poco especial…- murmuró dándoselas de decepcionado.
_ ¡Eso no es verdad! ¡Pensé que estabas muerto…¡Y por poco me muero yo! – le reprochó enfadada, sorbiéndose la nariz, toda la cara empapada y las pestañas pizpiretas como semillas de diente de león
al aire.
Karasu san rió con ganas, acariciando sus mejillas, borrando la sal y el agua de ellas con sus manos, suaves por la fina pluma que las cubría.

_ Eres realmente adorable, Mirin.

Se agachó para salvar la altura de tres cabezas que le llevaba, y le dio un pequeño pero cálido, reposado beso en la mejilla derecha.
Mirin se quedó tan sorprendida, que durante un buen rato, no se movió, absorta, feliz y extrañamente inquieta a la vez.

Karasu san mostraba más a menudo su aspecto humano a Mirin, sobretodo cuando sabía con certeza que ni su padre ni Matsuko estaban cerca.
Y pasaban muchas horas juntos, junto al ciruelo, en el porche, o en la habitación de Mirin cuando caía la lluvia sobre las hortensias del bancal cercano al lago.

_ ¿Por qué todo el mundo te trata tan mal, si eres tan bueno? – le preguntó una tarde Mirin, dejando el pincel de caligrafía china a un lado.
_ Porque es más fácil calificar a alguien por interés de uno mismo, que tratar de conocerle.
_ ¿No te importa?
_ Si viniera de ti, me importaría mucho – le dijo sinceramente, apoyado contra el armario de Mirin, que volvía a sonrojarse otra vez.
_ Yo siempre creeré en ti – le dijo bajando los ojos, ocultando su boquita roja tras la manga del kimono.

Karasu san y Mirin se hicieron si cabe, aún más inseparables.
Un atardecer callado, Karasu san seguía mirando al vacío desde su asiento favorito.

_ Karasu san, ¿cómo es el Mundo que ves desde esa rama? – le preguntó Mirin apoyada en el tronco, acariciada por la brisa cálida del fin de la Primavera.

Él miró hacia abajo y tras pensarlo un poco le preguntó si quería verlo con sus propios ojos.

_ ¡¿Puedo?! – se levantó como un pequeño muelle Mirin, con los ojos puestos en él, como si estuviera ante un gran milagro.
_ Claro…- Karasu parecía divertido ante las reacciones de la joven. Bajó con un suave y elegante aleteo y la tomó en brazos con gran agilidad.
_  ¡Uaah! – gritó ella asombrada, aferrándose a las ropas de Karasu san. Le tenía tan cerca, su calidez y su olor a sol eran tan calmantes, tan fuertes, que Mirin creyó explotar
de felicidad.
_ Te sonrojas con mucha facilidad – le dijo serio Karasu, escondiendo la risa con picardía. Sabía que se pondría todavía más colorada y por eso gustaba de jugar un poco con su
inocencia, para después besarla en la frente y sonreír como venia de perdón.

La llevó hasta la rama del ciruelo, y sujetándola fuerte de la cintura, le dijo que mirara fijamente entre las dos ramas que dibujaban arcos frente a ellos.
“No veo nada” Iba a decirle ella, decepcionada, con los ojos muy entornados puestos en el trocito de cielo señalado.
Pero entonces él comenzó a soltar un soplo de aire lentamente, junto a la oreja izquierda de Mirin, y con ese suspiro controlado, largo, intenso, las hojas del árbol, las mariposas y miles
de luces de colores, comenzaron una danza extraña que terminó en torbellino, haciendo que Mirin tomara aire y se aferrara con ambas manos al fuerte brazo de Karasu san.

Ante ella se extendía un bosque del color de las cerezas maduras, un cielo cubierto de arcoiris invadido por seres alados como Karasu san, con inmensas sonrisas y hablar afable.
Había guirnalda de flores por doquier y un riachuelo de aguas tan cristalinas que cegaron a Mirin. Podía ver la noche en una parte del paisaje, con sus estrellas y sus luciérnagas danzando
en el aire como un mar de hadas…Y el día en la otra parte, con el alborozo de una fiesta, con danzas y juegos…
Olía a caramelo y castela*, a olivo fragante y a violetas…

Se quedó tan embriagada, que tardó un buen rato en darse cuenta de que había regresado, o mejor dicho, de que sus ojos volvían a ver el mismo paisaje de siempre.

_ Qué hermoso… – susurró cuando el aire dejó de faltarle.

Pero en ese mismo instante, Tetsuya san apareció como soldado a punto de cargar contra el enemigo, enfurecido y armado, lanzando maldiciones al pobre Karasu san.
Le seguía Matsuko obasan, que se llevó las manos al pecho, asustada al ver a su pequeña en brazos de aquel youkai.

_ ¡Maldito seas, demonio! ¡Sabía que eras tú el culpable de todo! – apuntó hacia él con el pistolón, haciendo caso omiso a lo que Mirin trataba de decirle.
_ ¡¡Otousan, por favor!! – Mirin se colocó delante de Karasu san, con los brazos abiertos a modo de escudo. Karasu san creyó que se le paraba el corazón. Rápidamente, cubrió con sus alas a Mirin, abrazándola
con fuerza.

El disparo sonó tan fuerte y aterrador, que Mirin no pudo moverse durante un largo rato, abrazada a Karasu san.
Pero las fuerzas de Karasu desfallecieron y cayó a tierra con una herida que le atravesaba el omoplato, cubriéndose de sangre el manto de tréboles que adornaba los pies del viejo Ciruelo.

_ ¡Karasu san! – Mirin se lanzó desde la rama sin temor alguno, corriendo a abrazarse a él.

La noche había caído de forma muy súbita y la oscuridad se extendía como la sangre de la terrible herida.

_ ¡¡Ja, ja, ja!! ¡¡Estúpidos humanos, estúpido cuervo!! ¿Creías que podrías burlarte de mí y quedar indemne?

Mirin, sin soltar las ropas de Karasu san, miró hacia su padre. Pero aquel hombre que reía de oreja a oreja, con ojos llenos de malicia, del color de las brasas, no era Tetsuya san…
Matsuko obasan dio varios pasos atrás asustada, incapaz de detener el temblor que sacudía todo su cuerpo.

_ ¡Mirin! – se escuchó una voz quebrada, fatigosa, procedente de la casa.
_ Otousan…

Su verdadero padre caminaba lentamente, cogiéndose la frente con la mano izquierda, mientras trataba de avanzar apoyándose en las paredes del porche. Tenía una buena brecha abierta que no dejaba de sangrar.
Matsuko obasan corrió hacia él, ahogando un grito, y le prestó su hombro, mostrando su redonda cara de luna afligida y dolorosa…

El Tetsuya san falso no era nadie más que el tanuki. Regresó a su forma real en un abrir y cerrar de ojos, ante la vista de todos.

Desde el tejado el gato observaba con sus ojos verdes toda la escena,  las orejas echadas hacia atrás y el rabo tan encrespado que recordaba a una escoba.

_ Todavía respira – dijo el tanuki, de inmesurable tamaño, dando patadas a Karasu.
_ ¡No le toques! – le gritó furiosa Mirin, protegiéndole con su pequeño cuerpo.

Tetsuya san y Matsuko obasan gritaron sobresaltados.

_ ¿Qué puede hacer una pobre e indefensa niña humana contra mí? ¡Qué idiotas sois todos! – rió enseñando su amarilla dentadura, mientras alzaba el arma contra Karasu – Esta vez terminaré con él para siempre.
Y después, te devoraré a ti, niña.

Mirin sintió que la sangre le hervía como nunca antes y que su corazón se afirmaba en cada látido venciendo al miedo. Jamás permitiría que le hicieran más daño a Karasu san.

_ ¿Qué…qué haces? – desconfió el tanuki, sorprendido ante la fiereza de aquellos grandes, brillantes ojos que no mostraban ningún miedo ante él- ¿Qué es esa mirada?

La muchacha no sabía la fuerza que tenía en esos momentos su mirada, pero estaba totalmente segura de que nadie volvería a tocar a Karasu san.
Esa determinación y el amor intenso que le unía al joven cuervo, hicieron retroceder al tanuki, confuso, inseguro, incluso asustado.

_ No…No…¡No me mires más así! No sigas…- el tanuki retrocedía a la par que se llevaba las manos a la cara, encogiéndose por segundos, hasta convertirse en un ser tan pequeño y chillón como un ratón.
Desapareció entre grititos por algún oscuro rincón del jardín y desde ese momento, no volvieron a verle en aquella casa nunca más.

La fuerza del Amor es algo que repele con gran poder a los que no saben más que amarse a sí mismos…

_ Mirin…- susurró Karasu cogiéndole la cálida manita, que tanto le había protegido.

Tetsuya san y Matsuko obasan corrieron a ayudar al herido. Ambos no dejaban de disculparse ante Karasu san, acongojados por haberle juzgado sin conocimiento de la realidad.

Se cuenta que en aquella casa, tomaron matrimonio dos jóvenes de gran belleza. Algunos envidiosos lanzaron calumnias de todas clases, como que los dos eran brujos que comían niños o fantasmas que se
hacían pasar por vivos para alimentarse de almas inocentes…
Pero la verdad, la conocían aquellos que se interesaron por ellos, por sus vidas, sus penas y sus alegrías.

Karasu san y Mirin siguieron amándose, sin escuchar a las gentes. Contaban con la bendición de los Cielos y las de Tetsuya san y Matsuko obasan.

Abrazados, solían mirar a un punto perdido en el horizonte, sentados sobre la rama más vieja y hermosa del gran Ciruelo que presidía la parte Este del hermoso jardín.
El gato panzudo les miraba desde el porche, suspiraba, estiraba el lomo y se echaba a dormir.
Viéndole la felina carita, cualquiera diría que estaba sonriendo de felicidad. Probablemente soñaba que había aprendido a escribir caligrafías como Tetsuya san, mientras el señor topo escuchaba cantar esas nanas
japonesas que Matsuko obasan entonaba al atardecer, mientras tejía, con una aniñada sonrisa en su redonda cara de  “ko omote”, blanca como el papel de arroz, dulce como el azuki.

____________________________________________________________________________FIN

obasanおばさん: tía, señora, mujer de cierta edad.
otousan  お父さん: padre.
tabi足袋 tipo de calcetín para llevar con los geta o sandalias.
geta下駄: tipo de sandalia japonesa.
松子 Matsuko, niña del pino.
哲也 Tetsuya, el filósofo.
Ko Omote:小面 Máscara decorativa Noh del tradicional teatro japonés conocido como Kabuki. Representa a una mujer
más bien jovencita, es muy redonda, con dos puntos negros como ceja y una sonrisa infantil.
餅 mochi: dulce de arroz japonés.
提灯 chouchin: tipo de lámpara de papel rojo.
天狗 tengu: perro o pájaro de los cielos, tipo de criatura sobrenatural que toma forma humana.
烏 karasu: cuervo.
寝間着 nemaki: tipo de yukata sencillo utilizado para dormir.
さん san, sufijo que se añade a los nombres, a modo de honorífico, es muy semejante al “señor” español.
カステラ castela: tipo de bizcocho que los portugueses llevaron en sus viajes a Japón en el sXVII, con Tokugawa Ieyasu.
妖怪 youkai: monstruos-espíritus típicos del folklore japonés.
狸 tanuki: perro mapache.
小豆 azuki tipo de judía roja, empleada en muchos dulces y platos japoneses

VOYEUR (2ª Parte, Fin)

Estándar

_ ¡Oh, Menuda sorpresa! – Exclamó su hermano con mofa, tirado en el sofá frente al televisor- ¿o a lo mejor estoy viendo visiones?

_ No seas pesado… ¿Qué pasa? ¿No puedo estar en mi casa?

_ Puedes, puedes…-repuso cambiando de canal, frotándose un pie contra el otro- Pero hace como tres meses que pasas menos tiempo aquí que papá…

_ ¿Hay noticias? – preguntó cogiendo una cerveza de la nevera.

_ Qué dices…Creo que hace unas dos semanas estaba en Boston. A saber dónde estará ahora…

Un adulto irresponsable, viajero, trotamundos, que no sabía ser padre ni pretendía aprender.

_ ¿Te has peleado con tu chica?

_ ¿Qué chica?

_ Venga ya…Siempre estás con “alguien” y por la cara que haces, alguien especial…Y son casi veinticuatro horas…Sólo vienes a casa a dormir un poco.

_ No es mi novia…

Ni siquiera es una chica…” pensó fregándose los ojos, apoyado en la pared junto al armario de las galletas y el cacao.

_Pues llámala como quieras…Pero date prisa en hacer las paces…Échale un buen polvo.

_Sólo nos miramos…-dijo con la mirada perdida, más para sí mismo que pasa su hermano pequeño.

_ ¡¿Qué?! – El chico dio un salto, colgándose del respaldo del sofá azul- ¿En todo este tiempo…no lo habéis hecho? ¡Me tomas el pelo!

_ Déjame en paz – exhaló, hastiado, sacando la manos de los bolsillos del pantalón.

Acostarse con Hoshio…Hacerle el amor.

Tocarle por todas partes. Besarle. Acariciarle los cabellos.

No dejaría ni una pequeña porción de su cuerpo sin explorar, aromar, besar, lamer…

Se metió en su habitación, se echó sobre la cama y cerró los ojos.

Sin dormir dejó pasar las horas, la mente llena de Hoshio.

Palpó el bolsillo trasero de sus vaqueros y rescató el móvil. Apretando la tecla de avance, fue pasando por todas las fotografías que se habían hecho, la cabeza sobre el brazo, echado sobre el costado…

La sonrisa y los ojos chispeantes y cariñosos de Hoshio.

Cuando le conoció y supo que le gustaba, no se planteó nada como un problema. Le importaba un comino si con aquellos sentimientos se le podía llamar gay. Lo único que hizo fue investigar sobre cómo lo hacían dos hombres.

Jamás imaginó que fuera a enamorarse de un tío.

Pero me gusta…Le quiero. No sé qué me pasa. No me entiendo.”

No entendía porqué, pero tenía muy claro que le atraía, que le gustaba estar con él, que quería protegerle y…Quería tener sexo con él.

Si no me dejas tocarte, me voy a volver loco…

Se quedó dormido hacia las tres de la madrugada, en la misma postura y con el móvil bien cogido, contra su pecho.

Ansioso de tacto.

                                         * * *

Hoshio y él habían estado mirando, uno por uno, los muchos bocetos y cuadros inacabados que se apilaban de cualquier manera junto a las paredes del pequeño estudio.


_ ¿Y éste? – preguntó “Raro” señalando un boceto muy sencillo, con algunas manchas de color en cabellos y mejillas.

_ Apolo y Dafne…- le explicó Hoshio- Ella es una ninfa – señaló a la hermosa muchacha, que se contorneaba en una extraña danza, con ramos de laurel entre los dedos- Y éste es el dios Apolo. Apolo la ama, pero ella no le corresponde.

_ ¿Por qué?

_ Por las flechas de Cupido. La que disparó a Apolo era de amor y la de Dafne de desamor…

_ Qué triste historia… ¿Te la has inventado?

Hoshio casi se ríe. “Realmente, eres como un niño”

_ No. Es mitología griega.

_ ¿Y ella, la chica, no cambia de idea?

Raro” seguía más interesado en la historia de aquellos personajes que en lo que era la mitología griega.

_ Ella…Es transformada por su padre en un árbol. Para preservar su virginidad.

_ Joder…

Hoshio sonreía espontáneamente, enfrentado por primera vez a su visitante tan enfurruñado, contrariado y pensativo.

_ Pero, ¿sabes? – Dijo de repente, mirando a los ojos de Hoshio- Seguramente Apolo abrazó a Dafne, incluso después de ser transformada en árbol.

_ Puede que tengas razón…

El visitante se quedó pensando un buen rato, mientras Hoshio recogía los bocetos y los colocaba en su lugar, excepto el de Apolo y Dafne, que seguía entre las manos del silencioso observador.

_ Hoshio…Nosotros dos somos como ellos.

El joven pintor se sorprendió. Le miró interrogante, de pie, junto a la pila de dibujos.

_ Yo soy como Apolo, tú como Dafne…

Raro” acarició el boceto, lentamente, con la mirada perdida.

Hoshio se estremeció. Su pecho se volvió aún más cálido ante la visión melancólica de aquel “Apolo” descarado.

                                 * * *

Hoshio se despertó a las ocho y media. El sol ya inundaba todo con una fuerza volcánica.

Después del fresco de la madrugada y con una temperatura corporal tan baja, Hoshio agradecía aquel calor incipiente de un día cualquiera del mes de julio.

Nada más poner el pie en el suelo, se tambaleó. No lograba enfocar la vista en ningún punto fijo, la habitación le daba vueltas. De repente sintió arcadas.

De camino al baño tropezó: estaba demasiado débil.

Como dentro de una nube oscura. Cayó sobre la nube; creyó estar aún dormido, haber soñado aquel despertar.

Tirado sobre la moqueta, entre la cama deshecha y el pequeño cuarto de baño, el cuerpo de Hoshio, largo, esbelto, en su holgado pijama, semejaba una de esas sirenas que hallan los marinos de los cuentas en las arenas de las playas.

Debía de tener alguna pesadilla: una lágrima nació lentamente, siguiendo la línea de la nariz.

¿Por qué sobreviví?… ¿Por qué sigo aquí?…Si nadie me necesita… Es inútil, es estúpido…”

Se abandonaba. No le quedaba voluntad ni para seguir respirando.

                               * * *

Caminaba por las desiertas calles de un lunes festivo. Los jóvenes dormían y el olor de las comidas danzaba por el aire caliente.

Tenía la mano sobre el móvil, en el bolsillo derecho.

Lo acariciaba, con el ceño fruncido, la mandíbula tensa.

Recordaba el rostro de Hoshio, a punto de echarse a llorar, asustado, solo. Quería encogerse, ocultar su presencia.

Alguien como él, tan preciado, hermoso, con tanto talento, quería pasar desapercibido, quedarse a solas con sus pinturas y su silencio. Era algo que su habitual observador no comprendía.

_Mierda…- Maldijo entre dientes, calándose la gorra de visera con un gesto mecánico.

Giró la esquina, al final de la calle, se alzaba el edificio en el que estaba el pequeño estudio de Hoshio.

El sol brincaba de ventana en ventana. Sintió un dolor en el pecho.

¿Y si…Todo lo ocurrido hasta ahora hubiera sido sólo un sueño? Si Hoshio, no existiera…

Si era de verdad un ángel, un ser venido de otro mundo, una creación de su mente…

Hoshio…Un Mundo, una Vida, un Pensamiento, un Corazón sin Hoshio.

Comenzó a correr. Como si le persiguiera el diablo, los golpes de sus zapatillas sobre el asfalto seco, duro, eran como alertas de batalla. Un ruido aterrador que acompañaba las imágenes de Hoshio dentro de su teléfono móvil y las de un estudio lleno de acuarelas y retratos, un lugar vacío.

Por lo que corría con más ganas, perdiendo el resuello, con el corazón en la boca, sudando, ardiendo.

Cuando abrió la puerta, gritó. Pensaba que seguramente le asustaría. Que estaría allí, frente a la ventana, abocetando sobre el papel. Se daría la vuelta y le sonreiría algo extrañado.

Pero no estaba allí.

Vacío.

Silencioso.

Sólo él y su desesperación, falto de aire, con la gorra en la mano y los cabellos revueltos, el pecho exaltado.

_Hoshio…

El terror se apoderó de él. Miró alrededor. Sólo esos malditos cuadros. Los odió en aquel momento, hasta el punto de querer destrozarlos. ¿Por qué llenaban ellos el espacio cuando Hoshio no estaba?

En un par de zancadas llegó hasta la cocina. Dio varios pasos, respirando sonoramente, corrió las cortinas que separaban la cama del resto del lugar.

_ ¡Hoshio! ¿Qué te pasa? ¡No me asustes joder! ¡Hoshio!

Agachado junto a él, golpeó con cuidado las mejillas, palpó la frente, lo sacudió, llamándole repetidas veces, temblando.

Se inclinó para comprobar si respiraba. Estaba muy frío, su aliento era débil igual que su pulso.

_ Gracias a Dios…- dejó escapar como un suspiro alargado por la ansiedad.

Tenía que reanimarle cuanto antes, y llamar a una ambulancia…Con las manos trémulas, sujetó su barbilla e insufló varias veces aire contando los segundos en voz baja. Poco a poco, Hoshio comenzó a reaccionar. Se quejó débilmente.

_ ¿Hoshio? – preguntó esperando con ansiedad a que abriera los ojos.

Le tomó las manos. Helado. Estaba frío aún en medio de aquel caluroso ambiente.

Lo cogió en brazos y lo llevó a la cama, cubriéndolo con las sábanas. Frotó el pecho y los brazos, procurando calmarse.

Aquel deseado cuerpo, que hasta el momento sólo había podido acariciar con la mirada, estaba ahora a su disposición.

La vida más importante, el ser al que adoraba, la imagen y la palabra que daba sentido a todo…Se escapa, se desvanecía.

_Ni hablar… ¡No me dejes Hoshio! – lloraba de rabia, acariciando los cabellos, el rostro. Sus propias lágrimas lloraban en las mejillas de Hoshio, que comenzaba a recobrar la consciencia.

Esa es la voz de Raro…”

¿Raro?

Creyó que lo decía en voz alta. Le estaba mirando a los ojos. El moreno y despreocupado chico de siempre, el desconocido simpático escudriñaba en su interior a través de las niñas de los ojos, muerto de preocupación.

_ ¿Qué haces…?

_ ¿Qué? ¡Me has dado un susto de muerte! – le riñó arropándolo más, colgando las lágrimas de su roja nariz.

_ Perdona…No es nada…

_ ¡No digas que no es nada! ¡Joder!

_ ¿Por qué te enfadas? – a Hoshio le costaba hablar, tenía sueño. Se sentía muy bien allí, junto a Raro. Era cálido y agradable.

_ Preguntas cosas muy tontas a alguien que te ha dicho que le gustas…

Que le gusto…”

Sonrió para sí, cerrando los ojos. Aquel tipo era un tonto…Un loco. Mucho más que él.

En cierto modo resultaba divertido. Un loco encontraba a otro loco y los dos se volvían cuerdos. “Tengo que vivir…” se dijo antes de quedarse dormido.

Porque aún tengo que descubrir qué quieres…Y quién eres.”

Raro apoyó la cabeza sobre el hombro de un Hoshio durmiente. Aliviado, no soltó aquellas manos, ya cálidas.

El tacto, el abrazo, el olor…Quiero quedarme así hasta que despiertes.

                        * * *

_No sabía que estuvieras enfermo…

Observaba como se vestía aún sentado sobre la camilla de una estrecha habitación en la planta de urgencias del hospital.

Los armarios de metal aplastaban las viejas paredes en desorden, decoración perfecta para un lugar que apestaba a desinfectante y yodo.

_ Si no se me nota es que no lo estoy. Es sólo una mala jugada de la genética- añadió sonriendo- Como un sello personal.

Raro se quedó muy pensativo, jugando con los dedos gordos de las manos de forma inconsciente.

_ ¿Creías que si me lo decías dejaría de ir a verte?

Hoshio hubiera reído de buena gana a no ser por la seria expresión de Raro.

Es como un niño. Dice las cosas sin pensar, con la lógica más plana”

_ ¿Hubieras dejado de venir?

_ No. Ni aunque hubiera sido algo contagioso.

_ Mentiroso – rió sutilmente Hoshio, calzándose.

_Lo digo en serio.

Su mirada franca y su calmada compostura no cuadraban con aquella juvenil aura suya ni con sus ojos de niño travieso.

_Pues gracias –musitó, no sin cierta vergüenza.

Pero estaba aliviado.

Después de mucho tiempo solo, a la deriva en medio de una multitud que le despreciaba y le daba la espalda, que se le burlaba o le despreciaba, malinterpretaba y humillaba, alguien le estiraba de entre la barahúnda, cogiéndole de la mano, rescatándole de la humillación y del dolor de no ser querido.

Le aceptaba, le dirigía la palabra.

Le era sincero.

No le ponía las cosas difíciles.

De manera que junto a él, le era la vida apetecible. Todo dejaba de girar entorno a sí mismo para dar vueltas, zambullidos y aleteos por doquier. Especialmente por donde pisaba él. Podía ver el mundo a través de los ojos vivos color del aceite de oliva de aquel extraño: confortable, amigable, cálido extraño.

De vuelta a casa, hechas las analíticas y administrado suero durante cuarenta y ocho horas, Hoshio respiró la paz de aquel cuadradito en el que vivía, y al que le había tomado cariño por la fuerza de la costumbre.

El sol salía dorado, yema espesa sobre la nata de la niebla.

Era una de las mil vistas que le ofrecía aquella ventana suya.

Parpadeó, débil pero animado, sonriendo al nuevo día. A punto de decir algo importante, algo de lo que podía arrepentirse si lo seguía callando.

Pero él se le adelantó, robándole si no las palabras, el sentimiento.

_ Me dan ganas de abrazarte.

Abrió mucho los ojos, temeroso, conmovido, confuso, aturdidamente feliz.

Temblaba de emoción, el corazón le latía haciéndose eco en la garganta. Vibraban unas lágrimas en sus ojos.

Tragó saliva.

_ Adelante.

_ ¿Seguro? ¿No saldrás huyendo?

_ No – se dio la vuelta, quedando frente a él, con una expresión calma y agradecida, muy tierna.

Raro tenía miedo de romper el milagro: de que Hoshio se echara atrás. Era demasiado bueno para ser cierto.

_Si te abrazo, no podré contenerme…

_ ¿Quién te pide que te contengas?

Con aquellas palabras susurradas, se decidió a dar el paso, a caminar hacia Hoshio. Le rodeó con los brazos, calentándole con una presión tierna pero firme.

El tacto, la piel, la ropa caliente sobre la piel, el aroma de la piel… Las manos de Hoshio indecisas, detenidas en el aire.

Temblaba.

Su cara contra el pecho de él.

Sólo a base de miradas, Hoshio no se había percatado de que Raro era una cabeza más alto que él.

_Cógete a mi – le pidió su visitante quedo, gentilmente, al oído – No tengas miedo.

Hoshio levantó entonces las manos poco a poco, cerrando los ojos, abatido por la angustia y el temor a ser tocado y, al mismo tiempo, excitado por lo bien que se sentía.

Cuánto he ansiado esto…” Sin saberlo, había estado hambriento de un abrazo durante, probablemente toda su vida.

Se agarró a la camiseta y lanzó un suspiró pleno, agotado, ya libre de la tensión. Liberado.

Olía a él.

Le recordaba a algo…A menta, a una de esas colonias deportivas, a lata y sal dulce.

Hoshio no hizo ningún ruido, ningún sonido provino de su boca. Sólo dejó las lágrimas fluir pródigamente, en silencio.

El que hasta ahora había observado al solitario pintor, tenía los ojos cerrados.

Las manos tras la espalda de Hoshio, la respiración ora inquieta ora suspensa, el calor en la mejillas, la vida de aquellos segundos cautivados por la eternidad se aceleró, extasiándole.

No quería esperar más. En el siguiente fotograma, bajó la cabeza hasta alcanzar la boca trémula de Hoshio, entreabierta aún por los suspiros liberados. Con la lengua hizo paso entre los labios calientes. Se hundió en Hoshio como lluvia sobre el mar.

Ardían los vientres y los párpados.

Ojos cerrados.

Frente a un lienzo inacabado: un cuerpo joven abocetado con sanguinas.

Enmarcados ambos por la ventana sin cortinas, observadora de observadores.

Cayeron al suelo las camisetas, rozando los pies.

Rodilla contra muslo, agitación, temblor, gemido.

Raro

Desde mi cuerpo, abandonando los ojos al sueño.

Desde mis sueños y a través de tu cuerpo.

Mirarte no era suficiente. Y aún así, me conformé.

Pero ahora que te he dejado de mirar, ahora que puedo fundirme en ti sobre la cama, húmedos ombligos, costados y muslos; ahora que puedo besarte por todas partes, sin olvidar ni un solo centímetro de tu hermoso cuerpo…Ahora.

Ahora no me conformo con nada..

Me volví egoísta y avaro. Posesivo.

Quiero más y más.

Hoshio

Si todo comenzó simplemente mirándote, abocetando tu cuerpo, ¿por qué has cambiado mi vida de una forma tan radical?

Ya no puedo vivir sin ti. Sin que me toques.

No sólo te quiero a mis espaldas, sentado en aquella silla, mirándome.

Tu olor y tus manos, tus brazos y tu sonrisa. El cabello sobre mi pecho, la risa que en ti suena diferente, cálida y contagiosa. Cosas que no era capaz de aceptar antes de conocerte.

Son ahora lo que más necesito y ansío con una presión que me asusta.

¿Cómo es posible…?

Ya no puedo vivir sin ti.

Cómo has podido hacerme esto…

                                  * * *

_ ¿No me dirás tu nombre?

_ ¿Tanto te importa? (¿quieres gritarlo cuando llegas al orgasmo?) – añadió en un susurro, sonriendo con picardía.

Hoshio se puso rojo hasta las sienes; remugó algo avergonzado, ocultando la cara en la almohada.

Ambos estaban echados boca abajo, entre las sábanas revueltas, y jugueteaban pies con pies, como dos niños.

Definitivamente, eres muy raro…”

Hoshio sintió un cosquilleo cerca de la oreja. Él se había acercado dejando que sus cabellos le hicieran cosquillas a Hoshio en la mejilla.

Creyó que no lo sabría nunca, que no respondería. Le besaría, tal vez y volvería a reírse, feliz como un niño mimado.

El verano era la estación favorita de ambos.

Las cigarras cantaban y la nevera estaba llena de helado de limón y cervezas.

Boca abajo, muy juntos, en silencio.

Se inclinó y en un susurro, me dijo su nombre”

Hoshio le miró a los ojos, sonriendo. Por iniciativa propia le besó.

Era la primera vez que lo hacía: el tímido, el callado y sensible Hoshio.

 Me sonrió y repitió mi nombre. Creí que me moría. “Quiero hacerte el amor” le dije. Sé que fue poco romántico. Pero yo soy así. No sé cómo decirle con palabras lo que me pasa cuando estoy con él.

Ahora que es él quien dice mi nombre, abrazado a mí, tierno y caliente, me siento el más afortunado de los mortales.

Sí, ahora me he dado cuenta, porque lo pronuncias tú: mi nombre es el mejor.”

FIN