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COMO POLVO DE ARROZ

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Como polvo de arroz

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_Llevo dos años buscándole.

Dijo el joven de largos cabellos negros, recogidos con una cinta púrpura en la nuca.

El monje, impasible y calmo, le miraba con seriedad. Un tinte de tristeza aguó sus pequeños ojos cansados.

Estaba el humilde templo rodeado de montañas, en algún lugar al norte de Honshu, en Japón.

_ No puedo ayudarte…- El monje hizo una leve venia, inclinando la rasurada cabeza, haciendo tintinear el rosario que colgaba de su cuello.

Regresó a sus quehaceres sin más.

Una hoja de castaño cruzó el aire en un gracioso zigzag, frente a la nariz del joven, que suspiró resignado – y por alguna razón ciertamente aliviado- cerrando los ojos por un instante.

El otoño le había alcanzado.

Sus pies, fuertemente vendados con tiras de algodón, calzados con rústicas sandalias, habían pisado mil veces cien, todo tipo de caminos, aldeas y puentes.

Había visto a las bellas geishas caminando con paso pequeño sobre sus sandalias de madera lacada llamadas Zori, en las calles de Gion.

Compró una campanilla en una de las paradas de la feria del viento y comió Mitarashi dango y manju relleno de pasta de alubias rojas, sentado en un banco de madera frente a una tienda de kimonos.

Observó cómo los niños aprendían a leer y a escribir, en las escuelas llamadas Terakoya, empuñando pinceles que empapaban en tinta oscura como la brea.

Se había cruzado con algún que otro samurai y había visto salir de puertos, barcos hacia Occidente.

Algún día, probablemente, terminaría en uno de ellos…

Ahora seguía caminando, con su bolsa al hombro y un largo bastón de madera de sauce, atravesando los verdes ejércitos de bambúes de Kyushu.

Los pies le ardían: pronto tendría que parar a descansar.

Un par de Gorriones de Java acompañaron sus sueños durante la siesta. Los blancos Bunchou se besaban el pico entre las zarzas, sin miedo al durmiente.

***

Despertó de repente, sorprendido por el ruido del follaje al ser removido, justo a su derecha.

_ ¿Quién es…? – preguntó tras esperar unos segundos la aparición de algún animalillo curioso- … ¡Un niño!

_ ¡No soy un niño! – replicó frunciendo el ceño un muchachito de unos ocho años, armado con arco y flechas.

El joven viajero sonrió, volviendo a apoyar sus cansadas espaldas contra el tronco de un árbol.

_ ¡Tu nombre! – le gritó arrogante el chiquillo, apuntándole con el dedo.

El viajero no veía ninguna malicia en los ojos del pequeño arquero. Era un niño franco, honesto y directo.

Le dijo su nombre y le ofreció un taiyaki que había comprado hacía dos días en una casa de té.

_ Ya no me queda dinero…

_ Pues caza – resolvió el niño masticando con avidez el delicioso dulce – ¿O es que quieres morir de hambre?

_ No me voy a morir de hambre – repuso con absoluta seguridad.

_ ¿Tienes más de ésto? –preguntó limpiándose la boca con un presto manotazo.

_ No, lo siento.

_ Pues te vas a morir…

_ Ya te dije que no moriré de eso…

_ ¿Por qué?

_ Porque estoy buscando a alguien. No puedo morir sin haberle encontrado…

Sus ojos negros brillaron como dos gotas de leche sobre pizarra.

El pequeño arquero quedó fascinado por la determinación de aquel joven.

Semejaba el polvo de arroz que se escurre de entre las manos de quien amasa.

Blanca arena que deja huella.

Se despidieron al alba.

Cada uno de ellos tomó un camino.

Dos vidas, dos historias, acababan de cruzarse en aquel claro de bosque, entre sauces y castaños.

Pero para el viajero, aquella persona, aquella vida, aquella historia, era tal vez la penúltima de muchas otras que había ido encontrando a lo largo de su viaje durante dos años, con sus cuatro estaciones dos veces vividas, en el país del sol naciente.

***

Alcanzó finalmente una inmensa extensión de arrozales, salpicados aquí y allá por casas de madera, humildes, pequeñas y de aspecto tan quebradizo como el de las espigas secas en Agosto.

Una mujer, el kimono arremangado y las manos metidas entre las aguas enturbiadas por el fango, le miró sonriente, convirtiendo su rostro con tal gesto, en una red de mil arrugas, ocultándose los ojitos, como lunas menguantes, entre las cejas blancas y los marcados pómulos tostados por el sol.

La anciana, caminó deprisa, encorvada, aún las manos empapadas, hacia la casa que aromaba el lugar con el olor a pescado asado, soja fermentada y arroz hervido con col.

Le ofreció de comer, como si se tratase de su propio nieto, sin hacer preguntas, sin buscar razones.

Cuando el joven dejó los palillos sobre el tosco pocillo bien arrebañado, la buena mujer le indicó cómo llegar hasta el templo más cercano.

_ Muchas gracias abuelita – inclinó la cabeza el muchacho, aguantándose las ganas de abrazar a la tierna madrecita trabajadora.

El camino serpenteaba, giraba y torcía a derecha e izquierda, franqueado por centenarios árboles de hoja caduca y matorrales abrazados por zarzaparrillas y esparragueras.

Olía a setas y moras.

El sol comenzaba a dormitar, rosado y pálido.

Aquella señora de los campos de arroz… ¿sería la penúltima persona de su largo viaje? ¿O tal vez lo fue el arquero de los bosques de Kyushu?

Quizás ahora encontraré a la penúltima persona de mi viaje…” Pensó hincando el bastón en la tierra, removida por otros viajeros, otros pasos y otros bastones.

En el templo le esperaba otro monje, calzado con sus waraji, unas sandalias de paja entrelazada que rodeaban los tobillos y los pies.

Esta vez se trataba de un hombre joven, alto y solemne, que le recibió con curiosidad, hablando bastante y haciendo preguntas, acompañándole a una sala en la que le sirvió té, para seguir preguntándole sobre un sinfín de cosas, en una conversación inconexa pero amena que relajó la mente del joven peregrino.

_ ¿Y qué es lo que andáis buscando, muchacho? – preguntó, frente a frente con el chico, sentados ambos sobre sus rodillas frente a los vasos, cuencos y utensilios típicos de la ceremonia del té.

El trotamundos suspiró, deseando que tampoco aquella persona supiera contestarle.

Porque él quería seguir viajando.

Ya hacía tiempo que había olvidado la auténtica razón por la que comenzó a caminar, dejando su casa atrás.

Así que no hacía más que preguntarles a todos los que se iban cruzando en su interminable marchar:

_Estoy buscando a la persona que dé fin a mi viaje. ¿Eres tú?

Por supuesto, nadie sabía responder a tal pregunta.

La persona que dé fin a mi caminar…

Hasta que la encuentre, las manos que se me ofrezcan, serán para mí siempre la penúltima persona.

El auténtico sentido de mi viaje.

FIN

Yrene Yuhmi 2007-06-30

GLOSARIO:

Mitarashi dango: Bolas de arroz endulzadas con jarabe de soja, azúcar y almidón; suelen tener tres colores distintos, siendo más populares entre los niños y las mujeres.

Manju: dulces de arroz redondos, generalmente rellenos de pasta de alubia roja.

Bunchou: Gorriones de Java

Terakoya (寺子屋, literalmente “escuelas templo”) Instituciones educacionales privadas en las que se enseñaba a los niños de los japoneses plebeyos a leer y escribir durante el período de Edo.

Taiyaki (鯛焼き, Taiyaki), literalmente “brema de mar horneada,” Es un pastel japonés en forma de pez. Normalmente está relleno de pasta dulce de alubia roja.

Waraji: sandalias que suelen calzar los monjes budistas japoneses.

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Karasu Tengu y la joven Mirin

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Mirin nunca pensó que algo así fuera a suceder. Porque las cosas que menos se imaginan en la vida, son las que suelen pasar, y cuando menos se las espera.

Ella había sido una niña sin fuerza física, pero con grandes ojos brillantes, que cautivaban a las gentes y amansaban a los animales.

Su familia venía de aristócratas, por lo que había crecido en un ambiente austero, de aprendizaje constante de la lectura y la caligrafía; así como el arte del Ikebana y la ceremonia del Té.
Su madre murió al nacer ella, siendo criada por una la mujer de confianza de la familia, la buena Matsuko obasan*. Ella era la que se encargaba, no sólo de la niña, sino también del
mantenimiento de la casa, los recados, la cocina y los horarios estrictos y puntualísimos de Tetsuya san, el padre de Mirin.

La casa de Mirin, tenía un jardín inmenso con un lago, un puente de madera, y hermosos cerezos hacia el Sur, así como Gingkos en el Norte y Ciruelos en el Este.
En el Oeste, había un enorme sauce llorón, al que consideraban sagrado por ciertos inexplicables sucesos, ocurridos cuando el padre de Mirin era niño.

Mirin se deleitaba cada día con la vista del jardín, sentada en el porche de madera, con sus pies enfundados en inmaculados tabi* y sus geta* de madera lacada cerca, en el suelo cubierto de fino musgo.
Habían camelias, rosas, lirios, violetas y azaleas. En Primavera, los pequeños pajarillos anidaban por doquier, sin temor a los humanos, y armaban un buen escándalo con la preparación de los nidos para sus
polluelos…Era, sin duda, la Primavera, la estación favorita de Mirin*.(実臨)

Se sucedían días de calma, pacíficos e inmersos en una rutina ciertamente hermosa.
Lo único que Mirin echaba en falta era tener amigos con los que hablar…Siempre estaba sola, aunque bien era cierto que Matsuko obasan la mimaba y atendía como una madre, era ante todo la mujer que llevaba
aquella casa, y siempre tenía mucho que hacer.

A Mirin le gustaba ver cómo tendía la ropa en el jardín, sobre unas barras de madera larguísimas en las que dormían al sol futones, ropas y demás colada, que también era tarea de Matsuko.
La buena obasan tenía la cara redonda como una de esas máscaras “ko omote”* de sonrisa infantil sobre blanco inmaculado. Se recogía los lisos cabellos en la nuca, para que no le estorbaran durante el
duro día de tareas, que ella realizaba como si fueran juegos, sin mostrarse jamás agotada o disgustada.

_ ¡Ah, otra vez! Ese cuervo me ha vuelto a manchar la ropa recién lavada…- se quejó una mañana, mientras Mirin leía a los clásicos, sentada sobre las rodillas, en su habitación.
Se movió con delicadeza y abrió la puerta de papel de arroz, asomando la cabeza.
_ Matsuko obasan, ¿qué sucede?
_ Un cuervo querida niña…Sólo los cuervos pueden hacer tantas maldades…Ayer se metió en la cocina, la otra noche robó en la habitación de la difunta señora…Lo revolvió todo, ¡como un ladronzuelo! – suspiró chasqueando la lengua, mientras se daba prisa en recoger las ropas, unas rasgadas, otras manchadas de lodo y heces que
ciertamente parecían ser de ave.

Volvió a llevarse la ropa en el cesto, caminando deprisa, acalorada por la mañana que había nacido fresca y se había ido calentando como un “mochi”* al fuego, volviéndose brillante y lustrosa…
Mirin miró alrededor, y escuchó con atención. Cuando sucedían cosas como aquella, los animales dejaban escapar muchos murmullos, pues eran tremendamente amantes de conversar, especialmente los gatos.
Los gorriones eran bastante cotillas y las mariposas y abejas, muy amantes de cantar. Mirin no perdió detalle de cuánto dijeron aquella mañana, que por cálida, había hecho que soltaran la lengua aún más de lo normal.

_ Dicen que fue el cuervo…¡Es un sinvergüenza!
_ Ya lo creo, ya lo creo…

Decían los gorriones con voz chillona, sobre las hermosas ramas de los cerezos, ya en flor.

_ Eso no es verdad.

Mirin dio un brinco. La voz era rasposa, pero noble. Venía del porche: sobre la fresca madera, se lavaba las patas meticulosamente un gato negro, bastante gordo y especialmente panzón.
La jovencita lo observó como queriendo saber más. El gato supo en seguida que aquella niña le comprendía, porque los felinos saben más de lo que se puede saber a simple vista, así que continuó hablando.

_ Malditos gorriones, ¡escándalosos, embusteros! – les enseñó una uña, que sacó como quien saca una daga, amenazador, y enfurruñado volvió a hablar con tono de queja – Todos le culpan porque es negro y tiene mala fama…
Pero no es él el culpable.
_ ¿Tú sabes quién es? – se atrevió a preguntarle Mirin.
_ Hmmm…Si yo lo he visto, también lo puedes ver tú, niña. No está bien creerse lo primero que se escucha.

El gato se echó y estiró las patitas, abriendo las pezuñas durante unos segundos para relajarse después y comenzar una de sus importantes siestas diarias.

Desde ese momento Mirin se convirtió en una observadora ávida, que no perdía detalle de cuanto sucedía en la casa o el jardín. Supo que había un topo al que le gustaba escuchar las canciones que Matsuko obasan
dedicaba a las noches mientras tejía junto a la lámpara.
También que dos familias gorriones se peleaban por una rama realmente confortable y que no había forma de que se pusieran de acuerdo. Sorprendió al gato hablando en sueños: “Quiero aprender a escribir…” decía moviendo los bigotes,
mascando ligeramente de gusto.
Y por fin conoció al cuervo. Le resultó hermoso: tenía un plumajes tan oscuros como la noche cerrada y los ojos como dos lunas llenas. Era bastante tímido para ser un cuervo…”¿Pero sé yo cómo son los cuervos?” Pensó la muchacha,
algo avergonzada por haberle juzgado sin conocerle.
Le observó tanto de día como de noche, y lo único que hacía, desde la rama más baja y gruesa del Ciruelo más viejo, era observar al Cielo. Nada más. Ni hablaba en sueños, ni conversaba con nadie. Mirin estaba algo decepcionada,
porque esperaba poder hablar con él. Pero aunque intentó preguntarle su nombre varias veces, no recibió respuesta alguna. Aunque tampoco ningún signo de altivez o desprecio.

_ ¡Aah, maldito cuervo! – ésta vez era su padre quien gritaba, saliendo enfurecido de la habitación con papeles manchados de tinta en las manos- Ha destruído mis hermosos trabajos de caligrafía.
Vislumbró al sorprendido cuervo en la rama del Ciruelo y se dirigió a él con furia, armado con una piedra.
_ ¡Espera Otousan*! ¡No le hagas daño! – Mirin se lanzó sobre su padre, abrazando su hakama con ambas delicadas, pequeñas manos.
_ Mirin, ¿por qué me detienes? – se volvió sorprendido Tetsuya san, sin bajar su mano.
_ Él no ha sido, ¡lo sé!
Quiso explicarle que le había estado observando, que había escuchado al señor gato y a los demás animales, y que no podía culpar a un inocente, ¡era demasiado cruel!
Pero su padre hizo caso omiso de sus palabras, y le lanzó una piedra con tal acierto que, aunque el cuervo aleteó para esquivarlo, la piedra le rozó el ala derecha.
_ ¡Aah…! – Mirin sintió una punzada en el pecho, e inconscientemente se tapó la boca con ambas manos, sorprendida y preocupada.
Pero el cuervo logró volar, no demasiado alto, pero lo justo para escapar de la ira de Tetsuya san, que volvía a tener las manos llenas de piedras.

_ ¡Otousan! ¡El cuervo no ha sido! Por favor no sigas…- le rogó ella estirando de sus ropas con la poca fuerza que Dios le había dado.
Sus enormes ojos estaban aguados por las lágrimas. Su padre no pudo resistirse a esa mirada y bajó la mano.
_ Está bien, pero a la próxima diablura que haga, yo mismo terminaré con él.

Mirin tembló, algo encogida dentro de su kimono. Volvió la mirada hacia el ciruelo pero el cuervo no estaba allí. La noche caminaba despacito pero firme, desde las montañas, trayendo consigo una manta
de estrellas y un soplo de frío.

La muchacha no lograba conciliar el sueño, pensando en el pobre cuervo herido. Ni tan siquiera las canciones de Matsuko san habían calmado su inquietud…No sabía dónde estaba, ni si la herida era grave,
si tenía frío o hambre, si sentía rencor hacia su padre…Se preguntaba demasiadas cosas por un ser al que apenas conocía. Al pensar en esta reacción suya, se acaloró y tomando las mejillas con sus blancas manos
trató de calmar el sofoco.

Entonces escuchó un ruido, como un caminar cauteloso a pocos metros de su habitación. Pensó que podría ser el cuervo, por lo que, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta corredera y miró afuera, con el corazón en
la boca de la emoción.
Pero lo que se encontró fue algo sumamente chocante y hasta temible, hasta el punto de encogerse de miedo al verle.
Un youkai tanuki* la miraba con ojos rojos como dos “chochin”* encendidos en la lejanía. Tenía unos afilados dientes y unas zarpas que sujetaban algo. ¿Qué era? Se movía inquieto y hacía un extraño ruido que no lograba
identificar.
_ ¿Qué miras niña? – le preguntó de repente el tanuki, acercándose a ella, con mirada maliciosa- ¿No reconoces a tus propias carpas? Esta noche serán mi cena, jejeje – su risa era realmente horrible e indeseable.
Mirin pudo ver entonces que tenía entre sus manos a los peces de colores que su madre tanto había querido, por ser regalo de Tetsuya san.
_ ¡Qué crueldad! – sollozó la niña dejando escapar lágrimas auténticas, que brillaron como las mismas estrellas.
_ ¡Oh…! Eres realmente una hermosa chiquilla – el tanuki se le había acercado con tal rapidez que Mirin se quedó congelada, sin aire, asustada y asqueada por el aliento del youkai – Quizás debería comerte a tí…

Mirin cerró los ojos con fuerza, “¡se acabó, me devorará!” y pensó en el cuervo por última vez, soltando más y más lágrimas.

_ ¡Suéltame, maldito! – gritó el tanuki con su desagradable voz de cueva y suciedad.

Mirin abrió los ojos deprisa: ¡el cuervo estaba allí! No tenía su aspecto habitual pero era él. Lo reconoció por sus ojos, amables y melancólicos, y por las hermosas alas negras vistiendo sus espaldas. Tenía forma
humana, cosa que le sorprendió, puesto que nunca había visto ser tan bello…Ensimismada, le costó darse cuenta de que el Cuervo sangraba notablemente: el ala derecha estaba decaída y tenía una buena fisura que no debía ser
poco dolorosa.

Sin embargo, no soltaba al tanuki, que parecía realmente enfurecido y forcejeaba asombrado por la fuerza del cuervo.
_ ¿Quién anda ahí? – Tetsuya san salía de su cuarto, a la vuelta de la esquina del largo porche que adornaba las habitaciones de su hija y de Matsuko obasan.

El tanuki no dudó un segundo y desapareció con tal velocidad, que nadie diría que había estado atemorizando a la niña hacía apenas unos segundos.
Sin embargo el cuervo, cabizbajo, sin fuerza en los brazos, parecía no importarle que le descubrieran…Mirin lo estiró cogiéndole de la mano, que estaba muy caliente, y lo metió en su cuarto.

Salió deprisa cerrando tras de sí, para recibir a su padre e intentar devolverlo pronto a la cama.

_ Otousan, ¿qué sucede?
_ ¿No has escuchado nada? – le preguntó seriamente, sujetando un pistolón regalo de un aristócrata amigo suyo, que había viajado a Londres.
_ Yo sólo he oído la pelea de dos gatos en la noche. Otousan, el cuervo te tiene obsesionado…- con ternura, le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la habitación, mientras él rezongaba sobre el cuervo
y demás animales que destorbaban la paz de su casa.

Cuando Mirin regresó a su habitación, no vio al cuervo donde le había dejado, pero sí un camino de sangre que se dirigía al rincón, en donde tenía su escritorio, tapado ahora con un biombo.

Allí estaba él, apostado en la pared, respirando con dificultad, con el ala rota.
Mirin corrió a sentarse a su lado, y con cuidado, comprobó si tenía fiebre, poniendo su palma abierta sobre la frente del herido.
_ ¡Estás ardiendo! – Mirin tenía la prioridad de curarle: estaba sufriendo mucho. El cuervo la miró con aquella febril expresión y su corazón dio un vuelco, como nunca antes lo había dado.
“Espera un momento” Le dijo, y salió con mucha prudencia, sugetando los bajos de su nemaki* con las manos, temblorosas y algo sudadas por la emoción.
Fue a buscar medicina para el resfriado y ungüentos para las heridas, así como vendas y algo de comer.

Aquella noche se ocupó de curarle y cuidarle, hasta que la medicina hizo efecto y el cuervo se quedó profundamente dormido, sin sufrir, respirando con mucha más normalidad.
Mirin suspiró aliviada, observando la bella ala vendada, algo avergonzada por su poca gracia a la hora de hacer ese tipo de trabajos…Aunque la venda estaba puesta de forma torpe, la herida ya no sangraba.
La muchacha, se quedó dormida al poco, a los pies del cuervo, totalmente feliz, como si aquel hubiera sido el día más hermoso de su vida.

Al despertar, no recordaba bien lo que había sucedido la noche anterior, pero escuchando la voz de Matsuko obasan llamándola para el desayuno, dio un brinco y miró al frente, donde se suponía debía de estar
dormido el cuervo…Sí lo estaba, pero en su forma de ave. La miraba de forma apacible, como si le diera las gracias.
_ Mirin, el sol ya está muy alto, ¿te quedaste dormida? – Matsuko obasan abrió la puerta corredera y asomó su cabecita de niña eterna.
Mirin se había sentado delante del cuervo, tapándole la visión a Matsuko, que no se dio cuenta de su presencia.
_ Voy en seguida – le sonrió apartándose algunos cabellos sueltos que le caían traviesos sobre la nariz.

Matsuko obasan hizo un mutis por la derecha, riendo como un cascabel pensando en lo linda que era su pequeña princesa…
Mirin suspiró aliviada, con la mano sobre el pecho, y dándose la vuelta, con una pequeña venia, le habló al cuervo todo cuanto se había guardado en el pecho y tanto debía decirle.
_ Muchas gracias por salvarme, señor Cuervo. Y disculpe usted a mi padre, no es mala persona…Sólo se confundió…Perdónele por favor.

Volvió a agachar la cabeza, cayendo como una cascada su larga cabellera sobre el impoluto tatami. Había limpiado la sangre la noche anterior, después de tratar la herida del señor cuervo.
Tenía las manos enrojecidas, porque jamás había hecho ningún tipo de trabajo físico. El cuervo le miró las manos, y después le dedicó algo que ella interpretó como una venia y que le hizo sonreír,
feliz por poder comunicarse con él, aunque no fuera con palabras.

_ Ahora debo ir a desayunar, pero volveré pronto con comida, usted descanse señor Cuervo. Esa herida debe curarse bien.

El cuervo se quedó muy quieto, parpadeando con sus afables ojos, el ala vendada pegada a su oscuro cuerpo de ave.
Durante los días siguientes, Mirin estuvo bastante atareada cuidando de su huésped y tratando de evitar que lo descubrieran. Ni Matsuko obasan ni Tetsuya san se dieron cuenta de que en la
habitación de la jovencita reposaba el cuervo, que tan mala reputación tenía…

_ Vamos Mirin, déjame hacer mi trabajo, ¡tengo que limpiar su habitación! – se quejó Matsuko, ante la súbita y tozuda negación a que entrara en el cuarto.
_ No te preocupes Matsuko obasan, yo misma estoy haciendo la limpieza, esta mañana aireé el futón, y he comenzado a limpiarlo todo, escritorio y armarios.
_ Oh…¿Y a qué viene ese cambio? No debe esforzarse tanto, mi querida niña – la miró con ternura y preocupación maternal – Mirin tiene el cuerpo de una princesa…No está hecho para
faenas duras.
_ Matsuko obasan, no digas eso – Mirin se sonrojó, sobretodo porque sabía que en el fondo de la habitación, tras el biombo, el señor Cuervo lo escuchaba todo – He estado siendo demasiado mimada
por obasan y por otousan, y eso no puede ser. Ya soy una mujer, debo esforzarme más – concluyó con seguridad y voz firme, aunque poco autoritaria.

Matsuko la miró con cierta sorpresa, pero también con orgullo. Su pequeña estaba creciendo y se volvía responsable. Se retiró satisfecha con el razonamiento que la muchacha le acababa de dar.

Cayó la noche con su canto silencioso de chasquidos misteriosos y su plateada luz de luna de arroz. Y el señor Cuervo regresó a su forma medio humana, con sus ropajes oscuros y su cinturón color escarlata.
Mirin quería escuchar su voz, y además necesitaba saber su nombre. Estaba cansada de llamarle señor Cuervo…
Así que se atrevió por enésima vez, con su afrutada voz de niña, a dirigirle la palabra temerosa de ofenderle, puesto que lo último que deseaba era que desapareciera.

_ ¿Le…Le puedo preguntar su nombre?

La habitación brillaba como una mariposa gracias a la gran lámpara de madera que presidía desde el rincón Norte toda la estancia. El futón ya estaba listo y los libros guardados.
No tenía demasiado sueño, sobretodo porque en las noches tenía la oportunidad de verle en su forma humana, y por ello, su corazón palpitaba como loco y se sentía más viva que nunca.

Iba a desistir una vez más, cuando él le dijo su nombre.
_ Karasu tengu*  – dijo con voz tenor, algo triste, algo desconfiada, alzando sus bellos ojos dorados, de espesas pestañas.
_ ¿Karasu…san*? – Mirin estaba tan contenta que no dio la mínima importancia al hecho de tener ante ella a un tengu*.
_ ¿No me tienes miedo?
_ ¿Por qué iba a tenerlo? Me salvaste la vida… – le respondió ella no poco sorprendida. E inocentemente continuó preguntando, comenzando así una conversación, la primera que tenía desde que nació,
con alguien a quien por fin podía llamar “amigo”.
_ Eres demasiado confiada…-suspiró él bajando los ojos, algo preocupado- De todas formas, soy yo quien debo agradecerte el haberme dado cobijo y comida, y por curar mi ala rota.

Mirin se sonrojó hasta las orejas, argumentando que era responsabilidad suya ocuparse de él, puesto que había sido su padre quien le había tirado la piedra.
Los nervios hicieron que trabara la lengua, se acelerara al hablar y se pusiera todavía más colorada, cosa que hizo sonreír a Karasu.
“Es la primera vez que veo sonreír Karasu san…” Embobada, no podía dejar de mirarle. Y Karasu, que ya conocía bien a la niña y al hechizo de sus grandes ojos, la miró con curiosidad, pensando qué era
lo que la muchacha veía en un ser como él, en un cuervo youkai.

Muy pronto pudo volver a su rama en el Ciruelo, y allí se quedaba durante horas mirando a un punto en el horizonte, en donde no había nada de interés, por lo que Mirin, terminó imitándole, tratando de atisbar
la belleza que se reflejaba en sus ojos de ave. Pero no lograba ver nada…

_ ¿Qué miráis Karasu san? – le preguntó desde abajo, acariciando con su mano la piel del bello ciruelo.
_ A mi Mundo, el mundo de los cuervos youkai.
_ ¿Es bonito?
_ Sí…Mucho.

Su voz sonó meláncolica. Mirin sintió una punzada de dolor por él.

_ ¿Quieres volver?
_ Puedo volver cuando quiera…- se sorprendió él, mirándola interrogativo – Es mi hogar.
_ Entonces…¿Por qué estás aquí, siempre tan triste y solo?

Él la miró durante unos segundos tan fijamente, que Mirin tuvo que apartar los ojos, avergonzada y con el corazón acelerado.
_ Porque aquí perdí una vez a mi amor, y aquí lo he vuelto a encontrar.

Mirin volvió rápidamente la cara hacia Karasu, abriendo mucho los ojos. “Amor…” pensó algo decepcionada. “Así que es por eso por lo que Karasu san siempre se muestra tan triste y solo”.
_ Y…¿quién fue tu amor…? – preguntó con un hilo de voz, las mejillas como manzanas de caramelo.
_ Alguien que se parecía mucho a ti y que adoraba a las carpas de este jardín.

Karasu le estaba sonriendo con la más abierta, tierna y afable de las sonrisas. Ya no se le veía triste, sino divertido. Mirin era sin duda demasiado inocente para comprender que ese amor que había
vuelto a encontrar era “ella”.
Durante un buen tiempo, pensó que Karasu san hablaba de su madre, cosa que era cierta, y que el amor reencontrado no era otro que aquel gran ciruelo en el que pasaba tantas y tantas horas, observando el Mundo al otro lado de
las aguas de cristal que habitaban el Aire.

A la mañana siguiente Mirin despertó asustada por el ruido de disparos en le jardín.
Salió descalza y a toda prisa, los cabellos sin recoger y el nemaki descompuesto por el sueño. Allí de pie estaba su padre con un pájaro oscuro ensangrentado en la mano izquierda y en la derecha el pistolón.

Mirin lanzó tal grito de desesperación que Tetsuya san y Matsuko obasan tuvieron un tremendo susto. Los gorriones salieron volando en todas direcciones y el gato se subió al tejado de un ágil salto, para nada de esperar en
un animal tan barrigón.

_ Hija mía, ¿qué te ocurre? – Tetsuya san intentó acercarse a ella, pero Mirin le apartó con los golpes de sus puños, por primera vez llenos de fuerza y rabia.  El ave cayó al suelo con un sonido seco, mientras Mirin lloraba desesperada.
Se acercó a él y lo tomó en sus brazos apretándolo contra su pecho.
_ Mi pequeña…- susurró sobrecogida Matsuko obasan a pocos metros de ambos.
_ Mirin, ese cuervo era un pequeño demonio…Comprende…- intentó calmarla su padre.

_ ¡Dejadme sola! – gritó con ira, realmente enfadada, dolorida y herida hasta la médula, su carita blanca se había enrojecido por la lluvia de lágrimas, imparable, que la azotaba desde el pecho hasta la garganta…

Y allí se quedó en medio del jardín, llorando sin parar.

_ ¿Qué te ocurre?

Un aleteo sobre su cabeza y aquella voz tenor, afable y firme a la vez, la volvieron en sí.
Allí sobre la rama más baja y gruesa del ciruelo, estaba Karasu san, que la miraba frunciendo el ceño, incapaz de comprender qué hacía con aquel pájaro muerto pegado al pecho.

_ ¡Karasu san! – gritó con los ojos brillantes como dos lagos gemelos – ¡Estáis vivo…!
_ ¿Pensabas que era ese pájaro común? – descendió junto a ella y observó al pobre pajarito muerto- Me tienes por algo muy poco especial…- murmuró dándoselas de decepcionado.
_ ¡Eso no es verdad! ¡Pensé que estabas muerto…¡Y por poco me muero yo! – le reprochó enfadada, sorbiéndose la nariz, toda la cara empapada y las pestañas pizpiretas como semillas de diente de león
al aire.
Karasu san rió con ganas, acariciando sus mejillas, borrando la sal y el agua de ellas con sus manos, suaves por la fina pluma que las cubría.

_ Eres realmente adorable, Mirin.

Se agachó para salvar la altura de tres cabezas que le llevaba, y le dio un pequeño pero cálido, reposado beso en la mejilla derecha.
Mirin se quedó tan sorprendida, que durante un buen rato, no se movió, absorta, feliz y extrañamente inquieta a la vez.

Karasu san mostraba más a menudo su aspecto humano a Mirin, sobretodo cuando sabía con certeza que ni su padre ni Matsuko estaban cerca.
Y pasaban muchas horas juntos, junto al ciruelo, en el porche, o en la habitación de Mirin cuando caía la lluvia sobre las hortensias del bancal cercano al lago.

_ ¿Por qué todo el mundo te trata tan mal, si eres tan bueno? – le preguntó una tarde Mirin, dejando el pincel de caligrafía china a un lado.
_ Porque es más fácil calificar a alguien por interés de uno mismo, que tratar de conocerle.
_ ¿No te importa?
_ Si viniera de ti, me importaría mucho – le dijo sinceramente, apoyado contra el armario de Mirin, que volvía a sonrojarse otra vez.
_ Yo siempre creeré en ti – le dijo bajando los ojos, ocultando su boquita roja tras la manga del kimono.

Karasu san y Mirin se hicieron si cabe, aún más inseparables.
Un atardecer callado, Karasu san seguía mirando al vacío desde su asiento favorito.

_ Karasu san, ¿cómo es el Mundo que ves desde esa rama? – le preguntó Mirin apoyada en el tronco, acariciada por la brisa cálida del fin de la Primavera.

Él miró hacia abajo y tras pensarlo un poco le preguntó si quería verlo con sus propios ojos.

_ ¡¿Puedo?! – se levantó como un pequeño muelle Mirin, con los ojos puestos en él, como si estuviera ante un gran milagro.
_ Claro…- Karasu parecía divertido ante las reacciones de la joven. Bajó con un suave y elegante aleteo y la tomó en brazos con gran agilidad.
_  ¡Uaah! – gritó ella asombrada, aferrándose a las ropas de Karasu san. Le tenía tan cerca, su calidez y su olor a sol eran tan calmantes, tan fuertes, que Mirin creyó explotar
de felicidad.
_ Te sonrojas con mucha facilidad – le dijo serio Karasu, escondiendo la risa con picardía. Sabía que se pondría todavía más colorada y por eso gustaba de jugar un poco con su
inocencia, para después besarla en la frente y sonreír como venia de perdón.

La llevó hasta la rama del ciruelo, y sujetándola fuerte de la cintura, le dijo que mirara fijamente entre las dos ramas que dibujaban arcos frente a ellos.
“No veo nada” Iba a decirle ella, decepcionada, con los ojos muy entornados puestos en el trocito de cielo señalado.
Pero entonces él comenzó a soltar un soplo de aire lentamente, junto a la oreja izquierda de Mirin, y con ese suspiro controlado, largo, intenso, las hojas del árbol, las mariposas y miles
de luces de colores, comenzaron una danza extraña que terminó en torbellino, haciendo que Mirin tomara aire y se aferrara con ambas manos al fuerte brazo de Karasu san.

Ante ella se extendía un bosque del color de las cerezas maduras, un cielo cubierto de arcoiris invadido por seres alados como Karasu san, con inmensas sonrisas y hablar afable.
Había guirnalda de flores por doquier y un riachuelo de aguas tan cristalinas que cegaron a Mirin. Podía ver la noche en una parte del paisaje, con sus estrellas y sus luciérnagas danzando
en el aire como un mar de hadas…Y el día en la otra parte, con el alborozo de una fiesta, con danzas y juegos…
Olía a caramelo y castela*, a olivo fragante y a violetas…

Se quedó tan embriagada, que tardó un buen rato en darse cuenta de que había regresado, o mejor dicho, de que sus ojos volvían a ver el mismo paisaje de siempre.

_ Qué hermoso… – susurró cuando el aire dejó de faltarle.

Pero en ese mismo instante, Tetsuya san apareció como soldado a punto de cargar contra el enemigo, enfurecido y armado, lanzando maldiciones al pobre Karasu san.
Le seguía Matsuko obasan, que se llevó las manos al pecho, asustada al ver a su pequeña en brazos de aquel youkai.

_ ¡Maldito seas, demonio! ¡Sabía que eras tú el culpable de todo! – apuntó hacia él con el pistolón, haciendo caso omiso a lo que Mirin trataba de decirle.
_ ¡¡Otousan, por favor!! – Mirin se colocó delante de Karasu san, con los brazos abiertos a modo de escudo. Karasu san creyó que se le paraba el corazón. Rápidamente, cubrió con sus alas a Mirin, abrazándola
con fuerza.

El disparo sonó tan fuerte y aterrador, que Mirin no pudo moverse durante un largo rato, abrazada a Karasu san.
Pero las fuerzas de Karasu desfallecieron y cayó a tierra con una herida que le atravesaba el omoplato, cubriéndose de sangre el manto de tréboles que adornaba los pies del viejo Ciruelo.

_ ¡Karasu san! – Mirin se lanzó desde la rama sin temor alguno, corriendo a abrazarse a él.

La noche había caído de forma muy súbita y la oscuridad se extendía como la sangre de la terrible herida.

_ ¡¡Ja, ja, ja!! ¡¡Estúpidos humanos, estúpido cuervo!! ¿Creías que podrías burlarte de mí y quedar indemne?

Mirin, sin soltar las ropas de Karasu san, miró hacia su padre. Pero aquel hombre que reía de oreja a oreja, con ojos llenos de malicia, del color de las brasas, no era Tetsuya san…
Matsuko obasan dio varios pasos atrás asustada, incapaz de detener el temblor que sacudía todo su cuerpo.

_ ¡Mirin! – se escuchó una voz quebrada, fatigosa, procedente de la casa.
_ Otousan…

Su verdadero padre caminaba lentamente, cogiéndose la frente con la mano izquierda, mientras trataba de avanzar apoyándose en las paredes del porche. Tenía una buena brecha abierta que no dejaba de sangrar.
Matsuko obasan corrió hacia él, ahogando un grito, y le prestó su hombro, mostrando su redonda cara de luna afligida y dolorosa…

El Tetsuya san falso no era nadie más que el tanuki. Regresó a su forma real en un abrir y cerrar de ojos, ante la vista de todos.

Desde el tejado el gato observaba con sus ojos verdes toda la escena,  las orejas echadas hacia atrás y el rabo tan encrespado que recordaba a una escoba.

_ Todavía respira – dijo el tanuki, de inmesurable tamaño, dando patadas a Karasu.
_ ¡No le toques! – le gritó furiosa Mirin, protegiéndole con su pequeño cuerpo.

Tetsuya san y Matsuko obasan gritaron sobresaltados.

_ ¿Qué puede hacer una pobre e indefensa niña humana contra mí? ¡Qué idiotas sois todos! – rió enseñando su amarilla dentadura, mientras alzaba el arma contra Karasu – Esta vez terminaré con él para siempre.
Y después, te devoraré a ti, niña.

Mirin sintió que la sangre le hervía como nunca antes y que su corazón se afirmaba en cada látido venciendo al miedo. Jamás permitiría que le hicieran más daño a Karasu san.

_ ¿Qué…qué haces? – desconfió el tanuki, sorprendido ante la fiereza de aquellos grandes, brillantes ojos que no mostraban ningún miedo ante él- ¿Qué es esa mirada?

La muchacha no sabía la fuerza que tenía en esos momentos su mirada, pero estaba totalmente segura de que nadie volvería a tocar a Karasu san.
Esa determinación y el amor intenso que le unía al joven cuervo, hicieron retroceder al tanuki, confuso, inseguro, incluso asustado.

_ No…No…¡No me mires más así! No sigas…- el tanuki retrocedía a la par que se llevaba las manos a la cara, encogiéndose por segundos, hasta convertirse en un ser tan pequeño y chillón como un ratón.
Desapareció entre grititos por algún oscuro rincón del jardín y desde ese momento, no volvieron a verle en aquella casa nunca más.

La fuerza del Amor es algo que repele con gran poder a los que no saben más que amarse a sí mismos…

_ Mirin…- susurró Karasu cogiéndole la cálida manita, que tanto le había protegido.

Tetsuya san y Matsuko obasan corrieron a ayudar al herido. Ambos no dejaban de disculparse ante Karasu san, acongojados por haberle juzgado sin conocimiento de la realidad.

Se cuenta que en aquella casa, tomaron matrimonio dos jóvenes de gran belleza. Algunos envidiosos lanzaron calumnias de todas clases, como que los dos eran brujos que comían niños o fantasmas que se
hacían pasar por vivos para alimentarse de almas inocentes…
Pero la verdad, la conocían aquellos que se interesaron por ellos, por sus vidas, sus penas y sus alegrías.

Karasu san y Mirin siguieron amándose, sin escuchar a las gentes. Contaban con la bendición de los Cielos y las de Tetsuya san y Matsuko obasan.

Abrazados, solían mirar a un punto perdido en el horizonte, sentados sobre la rama más vieja y hermosa del gran Ciruelo que presidía la parte Este del hermoso jardín.
El gato panzudo les miraba desde el porche, suspiraba, estiraba el lomo y se echaba a dormir.
Viéndole la felina carita, cualquiera diría que estaba sonriendo de felicidad. Probablemente soñaba que había aprendido a escribir caligrafías como Tetsuya san, mientras el señor topo escuchaba cantar esas nanas
japonesas que Matsuko obasan entonaba al atardecer, mientras tejía, con una aniñada sonrisa en su redonda cara de  “ko omote”, blanca como el papel de arroz, dulce como el azuki.

____________________________________________________________________________FIN

obasanおばさん: tía, señora, mujer de cierta edad.
otousan  お父さん: padre.
tabi足袋 tipo de calcetín para llevar con los geta o sandalias.
geta下駄: tipo de sandalia japonesa.
松子 Matsuko, niña del pino.
哲也 Tetsuya, el filósofo.
Ko Omote:小面 Máscara decorativa Noh del tradicional teatro japonés conocido como Kabuki. Representa a una mujer
más bien jovencita, es muy redonda, con dos puntos negros como ceja y una sonrisa infantil.
餅 mochi: dulce de arroz japonés.
提灯 chouchin: tipo de lámpara de papel rojo.
天狗 tengu: perro o pájaro de los cielos, tipo de criatura sobrenatural que toma forma humana.
烏 karasu: cuervo.
寝間着 nemaki: tipo de yukata sencillo utilizado para dormir.
さん san, sufijo que se añade a los nombres, a modo de honorífico, es muy semejante al “señor” español.
カステラ castela: tipo de bizcocho que los portugueses llevaron en sus viajes a Japón en el sXVII, con Tokugawa Ieyasu.
妖怪 youkai: monstruos-espíritus típicos del folklore japonés.
狸 tanuki: perro mapache.
小豆 azuki tipo de judía roja, empleada en muchos dulces y platos japoneses

La maldición de la familia Tanizawa (parte II)

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Le despertó el barullo habitual de la Escuela, el frío suelo bajo su espalda y la sensación de haber olvidado algo muy importante.
Lo primero que acertó a ver fue el techo, con  largos fluorescentes apagados, y algú que otro manchón del paso del tiempo.

_ ¿Estás bien Hiro chan?
_ Yamato…¿Qué ha pasado?
_ ¿No te acuerdas? Te has desmayado antes de empezar a comer. Menudo susto, tío. ¿Estás anémico o algo así?

Algo no parecía cuadrar en su cabeza. Se incorporó, apoyándose en los codos, viendo que a su alrededor, algunas chicas de su clase le miraban con
preocupación.
_ Hemos llamado a un profesor. Debe de estar a punto de llegar.
_ No…No hace falta armar tanto follón…- se levantó y miró alrededor- El comedor estaba lleno. El reloj marcaba las 12:45.
Muchos comían, otros se arremolinaban a su alrededor preguntando cómo estaba.

Tuvo que pedir disculpas al profesor, que llegó despavorido al comedor – probablemente más que preocupado como tutor, asustado por los acontecimientos ya típicos de la Escuela.

_ Estoy bien, en serio. – Insistió a todo y especialmente a Yamato, que insistía en que fuera a echarse a la Enfermería.
_ Si tú lo dices…Entonces, está bien…

Se suponía que tenían que comer, pero algo le decía que aquel lugar no era el que esperaba encontrar…Entonces su mirada se cruzó con la de Shunsuke.
Estaba en pie, en la entrada del comedor, mirándole fijamente, como si le reprobara algo.

Nervioso, decidió hablar con él y dejar las cosas claras. Si tenía algo que ver con la dichosa maldición, sería mejor saberlo que tenerlo siempre a sus espaldas, callado, observándole como un ave de carroña.
Pasó entre las mesas deprisa, ignorando a Yamato. Sus oídos fueron atravesados por un silbido que terminó silenciando todo.
Sin querer golpeó un refresco de cola de una de las mesas.
_ Lo siento. – Se disculpó deprisa y miró al suelo, a la par que se llevaba la mano a uno de los oídos, molesto por aquel extraño acúfeno.

El silencio ahora era absoluto. No supo cuántos minutos duró, pero los justos para ver que la mancha en el suelo se extendía hasta más allá del espacio que dibujaba su sombra entre sus zapatillas.

Una mancha de sangre que también salpicaba sillas y mesas, las piernas de las chicas y los pantalones de los chicos. Miró hacia el fondo: allí seguía, en pie, Shunsuke, tan alto que podría haber tocado el dintel de la puerta corrediza del comedor.
Hiroshi sintió mucho frío, y las pupilas comenzaron a girar lentamente sin control, mientras trataba de apoyarse en algo para no volver a perder el conocimiento.

Shunsuke seguía mirándole, y en ese instante, sacudió la cabeza, negando.
“No tienes nada que hacer” o tal vez “No sigas donde estás”…¿Qué es lo que quiere decirme?

_ Perdona – se disculpó en un hilo de voz, mareado y falto de aire al apoyarse en una de las chicas de la mesa contigua.

Entonces el silbido atravesó sus oídos con un fuerte, ruidoso sonido agudo martilleó incluso los cimientos del edificio.
Miró hacia el lado, a la chica en la que se apoyaba, tratando de buscar un gesto de complicidad, ante aquel horrible sonido que le estaba destrozando los tímpanos.

Una respiración fuerte, caliente y putrefacta le golpeó la piel de la cara, los labios y los ojos.
Sólo logró distinguir algo semejante a una cara bajo los cabellos largos de la chica, completamente rasgada, acuchillada y sin ojos.

Apartándose con un desatinado arrebato y chillando con las pocas fuerzas que le quedaban, estuvo a punto de resbalar sobre el charco de sangre que tenía a sus pies.
Pero logró aterrizar sobre una de las mesas, babeando, con el corazón fuera de control y los dedos hincados entre las bandejas de comida.
No quería levantar la cabeza. No quería ver nada más…

“No, no no”.

Se lo repitió una y otra vez, ya al borde de la locura, trastabillando al intentar avanzar hasta la puerta y salir de aquella pesadilla real.
Sólo lograba ver sus zapatillas llenas de salpicones de sangre, mientras escuchaba un murmullo, no de voces, sino de alientos. Algo que parecía estar vivo sin merecerlo, le estaba rodeando.
Aún así, continuó avanzando hasta llegar al final de comedor. Respiraba como si hubiera corrido durante horas. Miró hacia adelante, en donde se suponía que estaba Shunsuke, controlando toda aquella maldición. Pero ya no estaba allí.

_ ¡Hiro chan!

El grito no le dejó tiempo a dudar, simplemente se dio la vuelta rápido.

_ ¡Yamato!

Shunsuke le tenía retenido, inmovilizado y pegado al suelo, los brazos bien sujetos tras la espalda.

A su alrededor, alumnos, profesores, servicio del comedor…Todos estaban echados sobre los asientos ensangrentados, desmembrados, y, algunos de ellos, aún en ese estado, milagrosamente en pie, los cabellos tapando las caras, o lo que quedaba de ellas.

La luz era tenue y roja. Hiroshi se dio cuenta de que las ventanas estaban también rociadas en sangre.
Sin embargo Yamato estaba bien, y, a pesar de todo el horror, eso alivió profundamente a Hiroshi. Probablemente la situación era excesiva como para lamentarse en ese instante por todos los demás…

_ ¡Suéltale Shunsuke! – le gritó firme, en pie, secándose el sudor frío de la frente con las temblorosas manos- ¿No soy yo a quien quieres? ¿No soy yo el de la maldición? ¡Ven a por mí entonces!

Lo gritó más firme de lo que creía que podría ser en un momento así…Estaba a un paso de la puerta, de escapar…Pero…¿En serio podía escapar de aquello?
No…Era imposible. Dentro o fuera, en su casa, en su posible futuro si es que lo llegaba a tener…Siempre le perseguirían las mismas visiones, las desapariciones y los muertos.

Tenía que regresar, enfrentarse a Shunsuke y ayudar a Yamato.

Volvió a hacer el camino a la inversa, pisando con fuerza, despacio pero sin parar ni por un segundo. La sangre se estaba empezando a coagular.
El sonido de sus pasos sobre aquella ciénaga roja, se mezclaba con su agitada respiración y ese extraño “ras, ras, ras” procedente de los cuerpos que parecían reírse de él desde sus horribles carnes.

_ ¡No me detendrás Hiroshi! – Shunsuke mostraba por fin, una expresión. Algo que leer en su cara. Era la primera vez, seguramente porque le odiaba, como a todos los Tanizawa, y ese era el encuentro definitivo
entre el causante de la maldición y su presa.

Shunsuke apretó más los brazos de Yamato con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba su cabeza por la nuca, agarrándole del cuello.

_ Hiro chan*…Ayúdame por favor…- sollozaba como un niño pequeño, asustado, incapaz de mover un dedo.

Hiroshi avanzó más deprisa, y a la vez, Shunsuke sacó algo de su bolsillo, soltando el cuello del chico, que trataba de escapar a toda costa, forcejeando bajo el fuerte Shunsuke. Hiroshi saltó con un grito sobre él, logrando que se despegara de Yamato.
Shunsuke había perdido el arma o lo que fuera que había utilizado para acabar con todos.
Miraba con desesperación hacia su derecha, al lugar donde había salido despedido el objeto. Era una especie de mechero…Corrió a recuperarlo, pero varios de los cuerpos le habían rodeado.

_ Yamato, ¿estás bien? – Hiroshi trató de ayudarle, puesto que estaba postrado en el suelo, boca abajo, demasiado asustado para moverse. A pesar de todo, le sonrió agradecido.
_ Hiro chan, gracias…

Tomó aire para seguir hablando. Hiroshi le agarraba del brazo con fuerza: tenía que sacarlo de allí antes de que Shunsuke terminara con ellos.

_ Gracias…
_ Vamos, tenemos que salir de aquí…
_ No, en serio…

Su voz sonó muy seria, pausada, extraña.
Shunsuke seguía lidiando contra los cuerpos desmembrados, tratando de alcanzar el mechero color plata, que tenía una extraña forma curvada, y unos kanjis grabados en una de las caras.

Hiroshi miró a Yamato una vez más antes de intentar levantarle para salir de una vez por todas de la Escuela.

_ Gracias Tanizawa, por cumplir con tu contrato, una vez más.
_ ¿Qué..?

Yamato le sujetó con un sólo y rápido movimiento por el cuello con ambas manos, unas fuertes manos de venas sobresalientes y uñas curvadas y negras como garras de ave rapaz.
Sus ojos eran sangre encharcada y su boca una sonrisa esperpéntica, literalmente de oreja a oreja. Como si la hubieran cortado sobre la cara, que no era más que un óvalo salpicado en sangre y rasgado desde el cuello hasta la coronilla.

Hiroshi no podía respirar, su vista se nublaba…Era tarde…Demasiado tarde…

Shunsuke lanzó un grito terrible, un grito de final y muerte.

Todo se volvió oscuro. Se acabó…

“Tanizawa…Has sido realmente delicioso durante siglos…”

La bruja hablaba desde el cuerpo de Yamato, con voz rasposa, y seguía apretando con fuerza el cuello de Hiroshi, ya al borde de la inconsciencia.

_ ¡¡Brujaaaaaa!!

Un golpe feroz – una patada de Shunsuke- la alejó de Hiroshi, que no podía ni toser. Trataba de ver qué estaba pasando entre Shunsuke y aquella especie de ser que se había hecho pasar por Yamato ( O quizás Yamato siempre había sido ese monstruo…)
Shunsuke tenía el mechero en la mano derecha y había agarrado a Yamato de forma que no pudiera moverse pero eso era imposible. La bruja simplemente se deshizo de sus brazos, que cayeron a plomo chorreando sangre, y se escabulló serpenteando, mientras un “ras, ras, ras” continuaba saliendo, como si se tratara de un palpitar, de su interior.

Cuando se quisieron dar cuenta, había desaparecido.

Los cuerpos desmembrados, brazos y cabezas, rodaban y se arrastraban a una velocidad increíble hacia ambos chicos, que se apostaron en uno contra la espalda del otro, sin salida, sin esperanza alguna.

_ Shunsuke…
_ Qué…
_ Siento no haberte escuchado antes.
_ Ya…Yo siento no haber sido más…Normal – la sangre y los miembros les cubrían las piernas, aferrándose a su propia carne, propinándoles un dolor indescriptible.
_ Ojala salgamos de ésta…-deseó con voz entrecortada, consciente de la tontería que acababa de decir.

Shunsuke asintió, tomó aire y alzando la mano llena de rasguños, de entre los cuerpos, encendió el mechero.

Un halo de luz y calor inmenso les hizo cerrar los ojos.

Algo semejante a gritos sin voz, espeluznantes sonidos de ultramundo, les aturdió durante tanto tiempo, que se creyeron muertos.

Cuando despertaron, se encontraron sólos, tirados en el suelo del comedor. No había ni rastro de sangre, ni tampoco quedaba un sólo cuerpo de los muchos que les habían torturado segundos antes…
¿O tal vez habían sido horas? Ninguno de los dos lo supo jamás.

La Escuela estaba vacía. Cuando vino la policia, no daba crédito a lo sucedido: habían desaparecido profesores, limpiadores, alumnos…Excepto aquellos dos chavales, que no lograban articular palabra y estaban llenos de heridas, con las ropas y los cabellos ensangrentados.

_ Vamos, chicos…- les acompañó un agente, que les había proporcionado mantas y algo caliente para beber.

Hiroshi miró hacia atrás una vez más. Entre las mesas y junto a las paredes, bajo las ventanas, ahora relucientes y acariciadas por la luz de la puesta de sol. Mirara donde mirara, no había ni rastro de la bruja. Ni rastro de sangre, ni rastro de NADA.

Suspiró y volvió la cabeza, cansado, caminando junto a Shunsuke, que fruncía el ceño observando el mechero entre sus manos.

“Al menos hemos terminado con la bruja y la maldición…” Pensó Hiroshi, preguntándose que tipo de poder tenía aquel chico enorme llamado Shunsuke, y por qué le había ayudado…

Se cerraron las puertas del comedor tras ellos.

Los gorriones volvían a los nidos, alertados por la noche que ya se acercaba con pasos tiznados de color púrpura.

Si te fijabas en el comedor, te parecía imposible que algo tan horrible hubiera sucedido en un lugar tan calmo y limpio…

Ah…Alguien parece haber olvidado una pequeña bolsa o un monedero…Allí, junto a la última mesa, la que está en la esquina Oeste, junto a las ventanas.

Se mueve un poco, se retuerce y brilla, goteando algo espeso.

Se gira de un golpe, para mostrar una pupila oscura, mientras de su pequeño interior suena, constante y aterrador:

_Ras, ras, ras…

FIN

 

NOTAS:

Detrás de los nombres se añade -chan, cuando se trata de un niño o hay un vínculo muy cercano entre los interlocutores. También es una forma cariñosa de llamar a alguien. De aquí que Yamato llame Hiro chan a Hiroshi.

La maldición de la familia Tanizawa (parte I)

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En pleno siglo XVI, en algún lugar al Norte de Kyuushu, se llevaba a cabo una tremenda batalla, que duraría más de medio año.
Se enfrentaban Shuuji Tanizawa, gran terrateniente y mejor militar, contra Tanabe Mitsuhiko, un joven de gran fuerza física, perseverante y muy fiel a sus hombres y a las gentes que trabajaban en sus tierras.
Ambos eran terratenientes y poderosos pero se diferenciaban en algo que se convirtió en la comidilla de las gentes que gustaban de hablar y dispersar rumores.
Shuuji Tanizawa tenía a su lado a una bruja que utilizaba sus malas artes para ayudarle a vencer las batallas contra Mitsuhiko.

Una noche acampados entre las montañas, los hombres de Shuuji hablaban en un murmuro sobre la bruja, con temor a terminar como tantos hombres y mujeres que habían sido malditos por su retorcida lengua.

_ No comprendó cómo el general confía en ella…- masculló uno de ellos, sentándose a calentarse junto al fuego.
Su turno acababa y uno de sus compañeros le substituía en la vigilancia.
_ Te entiendo. – Asintió otro, tuerto y falto de dos dedos en la mano derecha.- Esa maldita mujer me da mala espina..

Un chasquido tras ellos les alertó. Con las manos sobre las armas, trataron de vislumbrar lo que parecía moverse entre las sombras del follaje.
Pasaron unos eternos segundos: nada sucedió.

_ Te estás volviendo un blando, Akito – rió el hombre tuerto volviendo junto al fuego, como si tratara de romper la tensión que flotaba cortante, en el aire.
_ Cállate…- masculló el otro, bizqueando de tanto observar en la oscuridad a aquellos matojos que formaban sombras fantasmagóricas tras ellos.

En ese momento, un grito horrible atravesó con crueldad, montañas y nubes, tierra y fuego. Un grito como nunca antes aquel fuerte, rudo hombre de guerra,
tuerto y sin dedos, había oído jamás. Se dio la vuelta, realmente asustado, percatándose que temblaba como un conejo antes de ser degollado.

Abriendo mucho los ojos, con la mandíbula desencajada y un temblor creciente, trató de articular algo, pero le fue imposible.
La mujer estaba allí, de pie, con algo amontonado a sus pies. Hacía un peculiar sonido, que no lograba identificar.
La luna salió de entre las nubes de occidente, y entonces, pudo ver la más horrible de las visiones.
La bruja estaba comiendo de la cabeza de su compañero…Y a sus pies, lo amontonado, no eran más que partes de lo que quedaba de su cuerpo.

El tuerto, se echó atrás, cayó torpemente, mudo, con los ojos fuera de las orbitas, con el pecho en locura de latidos y sin aliento.

Tres horas más tarde, al amanecer, el guerrero que hacía el último turno, regresó al puesto.
Se frotó la nuca, aturdido.

_ ¿Qué demonios…?

El fuego estaba apagado y no quedaba ni rastro de sus compañeros.

Shuuji Tanizawa sólo tenía un deseo, una meta en aquella vida: vencer fuera como fuese a  Mitsuhiko. Ya no era cuestión de poder o tierras…Aquel joven, era terco, enérgico y carismático.
La gente le seguía sin razón alguna, no por dinero, ni por favores.
Tanta era la rabia que sentía por él, que cada noche se acostaba maldiciéndole y cada mañana despertaba con el ceño fruncido, deseándole la muerte.

La bruja, siempre oculta en las sombras pero a su lado, le dijo la víspera de la batalla definitiva:

_ Yo puedo hacer que muera sin que tú nombre salga manchado.

Ella tenía un velo negro y púrpura, que cubría la mitad derecha de su cuerpo desde la cabeza, pasando por la frente, la nariz y la boca, hasta la pequeña zona que restaba
entre sus pies. Era como si estuviera partida en dos.
Shuuji le había prometido todo cuánto quisiera a cambio de hacerle las cosas más fáciles tanto en las luchas como en la vida sentimental.
Era gracias a sus artes oscuras por las que estaba casado con la mujer más deseada del Imperio. También gracias a ella no sufría ningún daño físico, ni él ni sus hijos, ni sus padres.
La bruja le había abierto un camino de éxito sin tropiezos… Aún así, al ver como su oponiente se levantaba de cada caída, no importaba lo dolorosa que fuera su situación, se revolvía de envidia y le corroía la rabia.

_ Hazlo. Haz lo que sea – le dijo a la bruja, sentado ante una lumbre en la que se calentaba té, en una pequeña choza de madera oculta entre la foresta – Pero termina con él para siempre.

Su tez estaba amarillenta, sin vida, y sus ojos mostraban una fealdad que le volvía monstruoso, siendo un hombre de aspecto más bien simplón.

_ Lo haré Señor, pero a cambio quiero algo…- La mujer, de pie al fondo de la única estancia, parecía hablar como las serpientes: respiraba silbando, mientras hablaba, como si cada
palabra fuera un puñal.
_ Lo que desees, te lo daré – le suplicó con la mirada Shuuji, alentado por la fuerza equivocada, la del Odio irracional.

Le pareció que ella sonreía, aunque las sombras y luces que la lámpara dibujaba en las paredes de madera, podían hacerle ver lo que no era…Un momento más tarde ella le dijo, con
un tono que incluso a él, le dio escalofríos:

_ Acabo de formular mi deseo…El contrato está hecho.

Año 2002, Prefectura de Fukuoka, Japón. En una escuela del barrio de Jonan, llevan sucediéndose durante tres años desde su apertura, una serie de fenómenos que escapan del
perfecto entramado de teorías de la tan idolatrada Ciencia.

La Escuela Hamasaki, tenía el aspecto de cualquier otra escuela japonesa. Nada podía hacer sospechar que allí, en aquellas aulas, sucedían cosas que podrían hacer desvanecer hasta
al más fanático de las películas de terror de Shimizu Takashi*.

Hiroshi, del tercer año, llegaba como cada mañana, en bicicleta, justo unos segundos antes que el guarda cerrara el portalón de hierro.

_ ¡Por los pelos, Hiro chan! – le gritó un compañero apoyado en la pared, junto a la puerta de la escuela. Era su mejor amigo, Yamato Toudaiji, alto, con cara de chiste, ojos muy pequeños
y cabellos teñidos de castaño.
_ No me llames así, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? -se quejó Hiroshi, aparcando su bicicleta y colgándose la mochila al hombro.
_ Anda, no me seas angustias, ¿qué más te da?

Pasaron por las taquillas a descalzarse y ponerse las zapatillas reglamentarias. Entonces, como de costumbre, cruzó tras ellos, con paso calmo y cara de pocos amigos, el enorme Shunsuke, el
alumno de segundo año que aterraba hasta a los profesores sólo por la forma en que miraba. Hiroshi no se fiaba de él, le parecía un tipo bruto y rudo sin necesidad, que precisaba de modales.
“Debería aprender a socializar un poco…” Pensaba a menudo mirándolo de reojo desde su asiento. Sólo les separaba un pupitre, el de Yamato, que no dejaba de bromear, ni cuando el profesor
estaba presente. A diferencia de aquel cara de piedra de Shunsuke, su mejor amigo Yamato, era un tipo que transmitía vida por doquier, contagiando con su constante sonrisa a todo el mundo.

A la hora de la comida, algo empezaba a cocerse y no olía nada bien-por supuesto no era en las ollas del comedor-.

_ ¿Lo habéis oído?
_ Sí…¡Estoy aterrada! Quiero dejar esta escuela…
_ Yo también, pero no puedo…Ya es tarde para transferirse…
_ ¡Pero es que es demasiado! ¿Y si alguna de nosotras es la próxima?

Las chicas hablaban sin orden, alrededor de sus bandejas con la comida, mientras sorbían sus refrescos o su leche en pack.
Eran tantas las mesas con grupos de alumnos hablando de los mismo, que parecía que un zumbido de abejas había conquistado el mundo del sonido en aquel lugar.

_ ¿Han vuelto a empezar? – Le preguntó Hiroshi a Yamato, sentándose a su lado en una de las mesas.
_ Pues sí…Al parecer anoche volvió a desaparecer una alumna. No salió de la escuela, ni tampoco llegó a su casa…- Yamato sorbía su ramen con avidez -Bueno, eso es lo que se rumorea,
a saber si es cierto…
_ Pero…Desde que estamos en esta escuela, llevan sucediéndose una gran cantidad de desapariciones…¿No es raro?

Yamato se encogió de hombros, como si no fuera con él aquel asunto.

_ ¿Y si algún día nos toca a nosotros? – Hiroshi lo dijo con un hilo de voz, como temiendo la reacción de Yamato. “Se va a reír…Fijo.”
Y sí: Yamato se rió con todas las ganas.
_ ¡Por eso te llamo Hiro chan: eres un miedica!

Hiroshi suspiró, sacudiendo la cabeza. Yamato no parecía tenerle miedo a nada…En cierto modo le envidiaba.

_ ¡Eh, cuidado tío! – exclamó uno de los alumnos tras tropezar con el alto y ancho Shunsuke. Éste no se inmutó, y ni siquiera pidió disculpas.

Yamato le miró despectivo:
_ Menudo personaje…¿Es que no sabe hablar?
Hiroshi asintió: ciertamente, era desagradable tener a alguien como él en su clase…Incluso había llegado a dudar de él, pensando que se trataba del culpable de las innumerables desapariciones.

Ahora que lo pensaba…El colegio había sido investigado cientos de veces, e incluso en Mayo del año pasado, había estado a punto de cerrar. No era de extrañar…Sin embargo, se decía que había
muy buenas conexiones entre los altos cargos de la Escuela y el Gobierno, lo cual había hecho posible que Hamasaki siguiera viva y con más de doscientos estudiantes a su cargo.

Pensando en todo aquello, de camino al gimnasio, la vista le jugó una mala pasada. Por un momento que le pareció eterno, los oídos le silbaron hasta ser incapaz de escuchar nada. Ante él se abría
el pasillo de siempre…Sólo que…Tanto paredes como suelos estaban completamente bañados en sangre. Sudor frío le recorría el cuerpo entero. Trozos…Eran brazos, carne…Cuerpos descuartizados…

Entró en pánico y gritó con todas sus fuerzas.

“¡¡No quiero abrir los ojos, no quiero estar aquí, no quiero verlo!!” Era lo único que podía pensar tras un buen rato tratando de calmar su respiración, con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza,
incapaz de volver a abrirlos.

_ ¡Oye! ¿Estás bien?

Volvió en sí tras sentir una sacudida propinada con fuerza en su hombro derecho. Miró alrededor, confuso. Estaba sentado contra la pared, completamente empapado en sudor, aturdido y aún asustado por
la visión descorcentante de aquella especie de matanza.

_ ¿Estás bien?

Quien la hablaba no era Yamato. Para su sorpresa, y la de los demás alumnos, que habían corrido hasta allá al escuchar el grito de Hiroshi, el enorme y asocial Shunsuke estaba inclinado sobre él,
pregúntandole y tratando de ayudar. Sin expresión alguna, pero intentándolo.

_ Estoy bien. No…No ha sido nada…- Se levantó deprisa, y se alejó de allí lo más rápido que pudo. Sólo se atrevió a mirar atrás una vez: Shunsuke ya no estaba allí.

Su corazón palpitaba muy deprisa, por lo que se agarró el pecho, en un intento de calmarlo. “Tranquilo, no ha sido más que una alucinación…” Se decía repetidamente, como si fuera un cántico protector, una frase
pacíficadora que le hiciera olvidar lo que acababa de ver.

Pero las visiones continuaron repitiéndose en los momentos menos esperados, tanto en su casa, durante los desayunos o las cenas con su familia, como en la Escuela, en medio de la clase o durante las conversaciones
con Yamato y los demás.
Sus padres comenzaron a intercambiar miradas de complicidad y a lanzar profundos suspiros, que denotaban preocupación y miedo.

Una noche su padre, fumaba a solas en el salón, frente al televisor apagado. Hiroshi se había levantado a beber agua cuando vio su figura de espaldas, y el humo danzarín del cigarrillo.

_ Papá, ¿te pasa algo? – se acercó despacio, esperando, por culpa de su comportamiento, un posible rechazo.

Pero su padre se giró a mirarle, y le hizo un gesto para que se sentara a su lado.

_ Sobre lo que te ocurre, Hiroshi…-Su padre dudaba mucho con cada palabra, e incluso hacía gestos de desaprobación para consigo mismo tras terminar una frase. Aún así, continuó hablando:
No es algo nuevo en la familia. – aplastó lo que quedaba de cigarrillo en el cenicero y soltó el último nubarrón de humo con un suspiro sentido.
_ ¿Qué quieres decir?…
Su padre le miró a los ojos, entristecido, de repente envejecido y falto de fuerzas, y le dijo lo siguiente:
_ Yo también he vivido cosas terribles, que no puedo contarte…No es que no puedo, es que no quiero hacerlo…Te…Te destrozaría por dentro. Tu madre me ha apoyado siempre,
cosa que le agradeceré eternamente…Pero ahora te sucede lo mismo a ti…Mira, Hiroshi – está vez su tono y su postura mostraron determinación- No podemos hacer nada. Es el destino que
viene asolando con esta  especie de…maldición, a la familia desde nuestros ancestros. Mi padre, el abuelo, no murió de demencia, como se os ha dicho.

Le miró a los ojos tratando de hacerle entender todo aquel extraño entramado sin necesidad de utilizar palabras.
Hiroshi tragó saliva, sin apartar la mirada.
Comprendió que su padre y su abuelo habían visto cosas como las que él veía a diario. Pero tenía muchas dudas…

_ Padre…¿Son muertos reales?
La pregunta pudo haberle sobresaltado, pero no lo hizo, el hombre se mantuvo inmutable y con un movimiento de cabeza, asintió.

Hiroshi se agarró los brazos con ambas manos, apretando fuerte, hasta dejar la marca de cada dedo en su piel. No podía ser…Todas aquellos alumnos desaparecidos, estaban muertos…Y sólo él podía verlos,
¿Por qué él?, ¿Por qué su familia?…

_ Hiroshi, eres mi hijo, y sé que podrás soportarlo. No hay nada de hacer. Simplemente, mantén tu alma en calma, y no te dejes llevar por el pánico, nunca de dejes llevar por esas imágenes.
_ Pero Padre, esos chicos, toda esa gente, está muerta…¿Quién está matándola? ¿Qué es…?
_ ¡Hiroshi! – Su padre le hizo callar, con una expresión propia del más importante guerrero frente a la más dificil situación en batalla- No hagas preguntas; deja que la polícia haga su trabajo y no intentes nada contra
esta maldición. No está en nuestras manos terminar con ella…

Hiroshi se levantó y tras un “buenas noches” seco y sin entonación alguna, se dirigió a su cuarto. El pasillo estaba oscuro pero podía verse los pies descalzos al dirigirse a su habitación, al fondo del pasillo.
La puerta de la cocina estaba abierta pero no había luz en ella. Sin embargo, un sonido semejante al rozar de un papel contra otro, rascaba lentamente la atmósfera callada de la noche.
Se detuvo con cautela, dio un paso más y puso la mano en la puerta entreabierta, empujando ligeramente. Un golpe de algo al caer, junto a sus pies, le sorprendió, dando un brinco hacia atrás. El corazón le latía
a gran velocidad. Le sudaban las manos. Resistiéndose a mirar, tomó aire tres veces, se armó de valor y observó con detenimiento, los puños apretados, aquel bulto a los pies de la puerta.

“¿Un montón de ropa…?” Confuso se acercó más. Se arrodilló ante aquella silueta indiscernible. El extraño sonido venía de él. Era semejante al papel rasgado de una habitación con corrientes de aire.
Un raro rozar: ras, ras, ras…
Alargó la mano despacio, sintiendo un calor de auténtico de bochorno veraniego y la boca completamente seca.
Entonces el sonido se aceleró y subió de tono a la par que aquello, se levantaba y se abrió ante él como una flor ensangrentada. Un brazo de mujer arrancado por el codo, con la palma abierta tal cual fuera a arañar, se levantaba tratando de
atacarle.

Gritó con tanta fuerza y desgarro que ni tan siquiera se dio cuenta de que su voz, resultó un angustioso chillido que dejó con miedo a todo el barrio hasta el alba.

Despertó en su futón, mareado, con un indeseable sabor a bilis torturándole en la zona de la garganta. Había mucho jaleo en la casa.
Se incorporó. La cabeza le dolía tanto que podía sentir un pulso de gigante martillearle las sienes.
A través del resquicio de la puerta, pudo ver a su padre, frotándose la frente, nervioso, desesperado, hablando con varios hombres, polícias al parecer.
Cuando logró preguntarle a su padre qué era lo que estaba pasando, y escuchó la terrible respuesta, Hiroshi tuvo tal pavor, que se qudó encogido en su futón, sudando, vomitando durante horas,
incapaz de moverse ni un ápice, ni de articular palabra o arrancarse llanto alguno.

Su madre había desaparecido sin dejar rastro.

Yamato había venido a verle. Ambos estaban sentados junto a la cama, frente a la play station, pero sin moverse. Hiroshi estaba pálido y aturdido. No lograba llevar una vida normal desde aquel día,
y ya hacía de ello más de tres semanas.

_ Oye, Hiroshi…Lo siento mucho, pero…No puedes seguir así.
_ ¿Así cómo? – preguntó apagado, con los ojos en algún lugar lejos de allí, o en ninguna parte…
_ ¡Hiro chan! – Yamato perdió la paciencia, le sacudió con ambas manos los hombros e hizo que le mirara a los ojos. – Ya está bien. No sabemos que le pasó a tu madre, pero…Seguramente la policía dará con ella.
Si sigues encerrado aquí, sin hablar con nadie y comiéndote la cabeza, terminarás o enfermo o muerto.

“Tal vez sería lo mejor” Pensó Hiroshi sin ganas de responder. Pero sus ojos decían exactamente lo que pensaba y Yamato se enfadó.

_ Mira Hiro chan, yo soy tu mejor amigo, y haré lo que sea para que salgas de aquí, vuelvas a la escuela y me hables otra vez. ¡Lo que sea! – le dio una palmada en la espalda y una colleja sin malas intenciones, antes de
levantarse. – Te espero mañana en la Escuela. No me puedes dejar tirado, tío. Somos colegas.

Hiroshi sintió un profundo agradecimiento ante aquel Yamato al que no se le daba bien consolar a la gente, pero que torpemente, había intentado con todas sus fuerzas, animarle y darle valor.

_ Gracias Yamato – logró esbozar una mínima sonrisa Hiroshi – Lo haré.

Yamato asintió satisfecho, y asintiendo con un enérgico golpe de cabeza, soltó un “Oou”, afirmativo, con una mueca de satisfacción.
Hiroshi se asomó a la ventana para saludarle por última vez y le vio caminar con grandes zancadas y la cabeza hacia adelante, como las avestruces, hasta que desapareció en la siguiente esquina.
En ese momento pensó que tenía mucha suerte de que Yamato fuera su amigo…

A la mañana siguiente se presentó en la Escuela.
No fue una bienvenida precisamente agradable: tanto profesores como compañeros de clase, o estudiantes de otros cursos, le miraban con recelo para después cuchichear entre ellos, como si Hiroshi fuera ciego o tonto
y no se diera cuenta de qué iba todo…

Se sentó en su pupitre, lanzando un suspiro, echándose hacia atrás en su silla. “No sé para qué he vuelto…” Pensó, dejando la cartera sobre la mesa sin mirar hacia ningún lado. Había adquirido aquella costumbre por culpa
de su constante miedo a ver las visiones. Pero la verdad es que hacia unos días que no las sufría, cosa que le sorprendía y aliviaba a la vez.
_ No les hagas caso, Hiro chan.

Yamato se acaba de sentar, mirándole con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía alegrarse de verdad de su regreso.

_ Sólo tienen miedo, eso es todo.
_ Supongo que es lógico…- asintió Hiroshi no sin incomodidad ante tanta mirada esquiva.
_ Bueno…Ya se irá calmando, dale tiempo.

Las clases se siguieron con normalidad, y Hiroshi parecía ir olvidando todo lo malo acaecido hasta el momento. Sin embargo, no todo podía ir tan bien…A
la hora del almuerzo, se cruzó con Shunsuke. Parecía haber crecido más en aquellos días en que se había ausentado…¿Cómo podía ser tan enorme siendo un año menor que él?
Le dio rabia toparse con él, por lo que optó por girar la cabeza y seguir su camino a la cafetería con paso rápido.

_ Oye – Una voz que había oído sólo una vez en toda su vida le agarró la atención con fuerza. Era la voz firme y algo ronca de Shunsuke.

Hiroshi se detuvo un instante, sin girarse.
_ Tengo nombre ¿sabes? Déjame en paz- hizo amago de seguir su camino cuando sintió que le tiraban del brazo izquierdo con fuerza.
_ Espera un momento – Shunsuke le miraba a los ojos con cierta fiereza, cosa que amilanó a Hiroshi.
_ Suéltame. – se sacudió de un fuerte golpe aquella mano y se echó un paso atrás- ¿Qué es lo que quieres?
_ Sólo avisarte…Sobre la maldición. La maldición que cayó sobre tu familia.

Hiroshi se quedó sin habla. ¿Cómo diablos podía saber aquel tipo, algo que sólo su padre se suponía que sabía?
Algo no iba bien…Su corazón semejaba un gorrión asustado golpeándose en un cuarto sin ventanas.

_ ¿Qué…quieres decir? – logró preguntarle.
_ Tenemos que hablar, si no quieres acabar muerto.

La enorme figura de Shunsuke y sus fijos, negros, rasgados ojos, le sobrecogieron. Le vinieron a la menta las cientos de visiones que había tenido hasta la noche en que su madre desapareció.
Sintió náuseas, dolor en el pecho, temblor en todo el cuerpo…Tenía que huir de él. Yamato, ¿dónde estaba? Debía encontrarle y contárselo todo…¡Debía correr!

_ ¡Espera! – le gritó Shunsuke en vano.

Hiroshi escapó por pasillos extrañamente desiertos, llegó a la cafetería, que a aquellas horas solía estar tan llena que no cabían en las mesas y había que hacer turnos para sentarse a comer.
Pero estaba vacía.
Ni siquiera había habido signos de que se hubiera comido allí ese mediodía.
Confuso, Hiroshi dio vueltas sobre sí mismo, buscando un signo de normalidad. O tal vez eran las paredes las que giraban burlándose de él…No podía saberlo.

Gritos y sollozos se escurrían por entre los resquicios de puertas y ventanas, corrían por los pasillos, burlaban cualquier obstáculo y todo para alcanzarle…Estaba seguro: acabarían con él.
Ese día le matarían…

CONTINUARÁ

Shimizu Takashi 清水崇 (Nacido en Gunma en 1972) famoso director de cine, autor de la saga JU-ON

Tanizawa Shuuji: 谷澤 宗次

Tanabe Mitsuhiko: 田邉 光彦

Hiroshi: 宏史

Yamato:大和

Shunsuke:俊助

Hiroaki y la mariposa duende

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Érase una vez un niño de doce años llamado Tomoi, que tenía un gran problema: siempre estaba cansado. No importaba cuánto durmiera, siempre tenía sueño. Por mucho que comiera, las fuerzas le fallaban y los párpados le pesaban. Cada día para él, era un día más lleno de aburrimiento y desolación.
Sus padres, preocupados, pagaban al doctor lo poco que ganaban cultivando su pequeña parcela de tierra,
en las faldas del Monte Fuji, pero por muchas medicinas que le recetara, Tomoi seguía exhausto, sin poder levantarse de la cama.

_ ¡Tomoi! ¡Vamos a jugar! – le gritaban sus amigos desde el camino que cruzaba frente a la vieja casita destartalada.
_ Lo siento niños – les decía su madre, ocupada en recoger los espárragos del huerto – Tomoi no puede jugar todavía…

Los niños, con un profundo gesto de decepción, se marchaban dando patadas a las piedrecitas del camino, hablando a gritos, enérgicos, alegres…Todo lo contrario a Tomoi.

Aquel día era exactamente igual a todos los anteriores desde que Tomoi nació.

La madre de Tomoi miró hacia la casa suspirando hondamente. ¿Qué habían hecho mal, para merecer aquello?
Por supuesto que Tomoi, no era tonto, y sabía perfectamente todo cuanto sus padres hablaban, ya fuera entre ellos por las noches, angustiados por la situación, como con el médico del pueblo, que sólo les podía animar diciéndoles aquello de “El buen tiempo hará que se ponga mejor.”

Pero ni la Primavera, ni el Verano, ni el calor del fuego en Invierno, ni la buena comida del Otoño…Nada le hacía sentirse menos cansado.
Tomoi sin embargo, no se desesperaba, quería creer que algún día estaría corriendo junto a sus amigos y ayudando a sus padres en el campo. Cada día que pasaba veía a su padre más encogido y a su madre más agotada…Querría hacer algo por ellos, pero siempre siempre siempre, estaba cansado.

Un Domingo por la mañana, el viento cambio de repente, soplando del sur, tan caliente, que parecía que un enorme ogro respiraba sobre la pequeña villa agrícola.
Un forastero entraba por la parte norte de la villa, con una bolsa de viaje a la espalda y un fuerte bastón de madera.
Sus cabellos negros, largos hasta media espalda, y su rostro de piel oscura, sin afeitar, se vislumbraban bajo el sombrero de forma cónica, el takuhatsugasa* .

Sus tabi* y sus ropajes, semejantes a los de un monje, estaban muy empolvados y llenos de lodo, lo cual hacía pensar que hacía mucho que aquel hombre caminaba sin reposo. Además sus pasos eran como los de un anciano…
Apenas podía más, cuando se desplomó frente al padre de Tomoi, que estaba vendiendo verduras en el mercadillo.

_ ¡Oh Dios mío! – exclamaron algunos de los transeúntes y vendedores, echándose hacia atrás. Se tapaban las bocas con la mangas,  temiendo que se tratara de un leproso o un maldito.

Sin embargo, el padre de Tomoi no pudo ignorarle, tuvo piedad de él y lo llevó a su casa, en donde su mujer se ocupó de cuidarle con lo poco que tenían.
_ Sólo está falto de comida, agua y reposo. Se pondrá bien – le dijo a Tomoi la madre, al ver al niño parpadear curioso ante su nuevo compañero de  habitación.

Cuando el hombre despertó, palpó el viejo futón* en donde estaba acostado y miró alrededor algo confuso. Se vio en aquella pequeña y humilde habitación, con un niño recostado sobre otro futón, al lado del suyo. Las cosas que le pertenecían, sombrero, bolsa y sandalias, estaban colocados con minuciosidad sobre una caja de bambú que hacía de mesita.

_ Lo siento muchacho, he invadido tu casa…- su voz sonó ronca pero fue volviéndose más amable al carraspear, probablemente llevaba mucho tiempo sin pronunciar palabra. ¿De dónde venía?, ¿Cuántos lugares había visitado?, ¿Por qué viajaba?. Tomoi tenía muchas cosas que preguntar pero no se atrevía.

_ Mi nombre es Hiroaki – se presentó, sentándose sobre sus rodillas y agachando un poco la cabeza. Sus cabellos eran tan lisos que resbalaron por los hombros hasta tocar el futón. Tomoi estaba absorto en la observación de aquel personaje que acababa de aparecer en su anodina vida.

_ Yo me llamo Tomoi…- al hablar, se dio cuenta de lo infantil que era su voz y se sintió algo avergonzado. Bajó un poco la cabeza también, como venia de presentación, para después mirarle a los ojos fijamente. Por fin se atrevió a seguir hablando:
_Mi padre te trajo a casa. Te desmayaste en medio del pueblo hace como tres días. Madre dice que estás agotado por un largo viaje…

El hombre asintió, tras escuchar al chico, suspiró algo aturdido, y dijo:

_ Qué vergüenza…Perder el sentido así…Bueno…- se frotó la nuca con su gran mano tiznada por el sol- Tengo que darle las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por mí.

Tomoi sacudió la cabeza, expresando que no era en absoluto necesario que lo hiciera. Sus padres siempre le habían enseñado que no se podía ignorar al prójimo en su desgracia e infortunio, porque la vida podía ponerte en su piel y, entonces, no encontrar ayuda en ninguna mano amiga.

_ Vaya, ya está despierto señor – la madre de Tomoi entró en el cuarto con sopa caliente para los dos- No es gran cosa, pero calienta el cuerpo y da algo de vigor.
_ Muchas gracias señora, es de agradecer…- tomó el cuenco y la bebió sin pausa, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano izquierda al terminar – Realmente deliciosa…Hacía mucho que no tomaba una sopa tan buena. Gracias.

Tomoi, imitándole, se bebió su sopa deprisa, mientras observaba los gestos y características de Hiroaki.

_ Y dime chico, ¿estás enfermo? Es extraño ver a un muchacho de tu edad en cama…
_ Sí, está enfermo…- afirmó la madre, mostrándose decaída y algo más enjuta al mirar a su hijo – Pero nadie sabe qué le pasa, ni cómo curarle…

Desolada, salió del cuarto con los cuencos vacíos, como el remanso de esperanza de su alma.

_ En realidad no estoy enfermo – Tomoi le miraba a los ojos. Hiroaki le daba confianza. Tenía ganas de hablar con él, a pesar de haber pasado mucho tiempo a solas, era como si le conociera de siempre- Sólo estoy cansado, siempre cansado.

Tomoi arrugó el ceño, enfadado de nuevo consigo mismo. “Probablemente nací sin fuerzas y sólo soy un inútil…” Pensó cerrando los puños sobre sus piernas, cubiertas por una vieja manta zurcida.

Hiroaki se levantó y fue a rebuscar entre sus cosas, en su gran bolsa de viaje. Sacó una pequeña lámpara y la colocó junto a Tomoi.
El chico observaba atento, y no poco sorprendido ante lo que se podía proponer Hiroaki.

_ No tienes la culpa de lo que te pasa – Le dijo encendiendo la lámpara- Al mirarte a los ojos he podido ver que eres un niño con una luz inmensa en tu interior.
Por esa razón una mariposa duende se ha metido en tu pecho, absorviendo todo la fuerza que tienes. Y la mariposa crece y se hace cada vez más hermosa y poderosa…Hasta que te devora, lo cual significa, que mueres.

Se hizo un silencio absoluto. Un par de gorriones volaron parlanchines cerca de la ventana. Dos segundos más y volvió la calma, las montañas y los campos dormitaban en la siesta.

_ ¿Cómo sabe todo eso?
_ Porque he viajado mucho.
_ ¿Por qué?
_ Porque no quería morir joven. Como tú, tenía que huir de mi realidad para buscar otra realidad mejor. Por eso me puse a viajar. Y conocí a muchas personas,
aprendí muchas cosas y también viví muchas tristezas. Pero lo bueno de los viajes, lo compensa todo.

Hiroaki sonrió. Tenía una mirada amable, que decía mucho de su buen corazón. Tomoi se sentía seguro y en paz, no tenía miedo a lo que acababa de contarle sobre la mariposa duende. Simplemente quería saber más y más. Por lo que pasaron mucho tiempo hablando junto a la lámpara que había encendido Hiroaki.
Hablaron sobre pueblos y ciudades muy lejanas, seres ávidos de poder, seres nobles y santos, seres hermosos y seres terribles. La voz de Hiroaki comenzó a hilarse y enredarse con la luz de la lámpara, que a cada segundo tenía un color distinto, como si gemas de colores fueran reemplazadas en su interior.

Tomoi sintió algo cosquilleandole en el esternón. Primero lo confundió con la inquietud y curiosidad que las historias de Hiroaki le contaba. Pero fue creciendo hasta convertirse en algo palpable, que parecía topar con fuerza contra su corazón, contra sus pulmones, contra su espalda…Sintió una angustia que le asustó y con ambas manos se agarró las ropas sobre su pecho.

_ Ya está aquí – dijo Hiroaki sin ningún cambio en el tono de su voz.

Se acercó más a la lámpara y con ambas manos sugirió la forma de un cuenco a pocos centímetros del pecho del chico.
Subió las manos lentamente desde el esternón hasta la traquea, y de la traque a la boca. Tomoi creyó que algo iba a rasgarle la garganta, soltó unas lágrimas, cerró los ojos y esperó lo peor.

La llama de la lámpara bailó bruscamente cuando una enorme mariposa púrpurea, salió de un sólo golpe de la garganta de Tomoi.

El muchacho tosió mucho, hasta vomitar la sopa que había tomado con Hiroaki unas horas antes. Entre lágrimas, pudo ver como la mariposa se posaba en las manos de Hiroaki, que la observó con  detenimiento durante cerca de medio minuto. Era realmente hermosa y muy grande…
Hiroaki le dirigió a Tomoi una sonrisa y acercando las manos a la llama, murmuró algo semejante a una oración.

La mariposa ardió en la llama encendida menos de un segundo, con un chisporroteo fugaz, y desapareció.
Hiroaki apagó la lámpara.

_ Ya está. La llama de mi lámpara la ha seducido y yo he podido cazarla – le acarició la cabeza al soprendido Tomoi- Ya puedes salir afuera y disfrutar de la vida.

Tomoi no estaba del todo seguro de lo que había ocurrido. Se palpó el pecho y la garganta, respirando aún sonoramente pero cada vez con más facilidad.
Se levantó y dio unos pasos. Estaba extraño…No necesitaba dormir más, y el peso enorme que tenía encima había desaparecido. No podía creerlo…Pero era cierto. Salió corriendo de la casa, descalzo, poniendo a prueba su capacidad pulmonar y la fuerza de sus extremidades.

_ ¡Estoy curado, estoy curado! – gritaba correteando alrededor de los surcos en dónde crecían las verduras de la temporada.

Hiroaki, apoyado en el dintel de la puerta, le observaba con una pacífica sonrisa, asintiendo para sí.
Tomoi no podía ser más feliz: en ese momento, la vida había cobrado sentido de nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Era como descubrir felicidad en cualquier cosa y en cualquier situación.

_ ¡¡Hiroaki san, muchas gracias!! – corrió hacia él e hizo una venia.
_ No hay de qué. Debes decirle a tus padres que tienen las mejores verduras que he probado jamás. Esa sopa era especial…
_ Lo sé, mis padres se esfuerzan mucho cada día – asintió Tomoi, tratando de contener a sus inquietos pies.

Hiroaki rió, comprendiendo las ansias del muchacho por usar aquella energía tan natural, que había perdido durante tanto tiempo.

_ Anda, ve a jugar. Eso es lo que debe hacer un niño – le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Tomoi salió corriendo, primero a darles la noticia a sus padres, que estaban vendiendo en el mercadillo, y después a buscar a sus amigos para jugar tanto como le permitiera lo que quedaba de Sol.

Hiroaki cogió sus cosas, se calzó las sandalias y se colocó su sombrero de peón.
No sin antes observar con calma aquella vieja casa y el plantío de verduras, brillante por el sol de la tarde, comenzó a caminar, sin prisa, calmado, hacia el siguiente pueblo, y así, constantamente, siguiendo la dirección del viento del Sur.

Porque no hay Mundo sin enfermedad ni desgracia, su trabajo no terminaría nunca. Sin embargo era sin duda el mejor trabajo, puesto que le pagaban con mucha vida, con muchas sonrisas como la de Tomoi.
Un paso, otro paso, otro paso más…Las sandalias de Hiroaki se iban llenando de tierra, y su alma de conocimientos y emociones.

El viento del Norte comenzó a soplar, pequeño y tímido, en el pueblo de Tomoi.
Cuando regresaron a casa, Hiroaki no estaba. Le buscaron por todas partes, pero en vano. Tomoi, aquella noche, apenas podía dormir por todo lo acaecido durante el día.
Se dio la vuelta en el futón, cansado de mirar a las estrellas, y allí vio la marca. Un especie de mancha color púrpura en el suelo, en donde la lámpara de Hiroaki se había comido a la mariposa duende.

Sonrió, dio las gracias a Dios por haber traído a Hiroaki a su casa y al poco, se quedó profundamente dormido.

FIN

朋忌 ともい Tomoi

托鉢笠 たくはつがさ Takuhatsugasa tipo de sombrero cónico utilizado mucho en la época Edo.

足袋 たび calcetín japonés para llevar geta o sandalias.

弘安芸 ひろあき Hiroaki

布団 ふとん Futón  (tipo de colchón, cama japonesa que se coloca directamente sobre el suelo)

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El refugio de Carpófora

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Era una noche de mucho viento. Tan fuerte y despiadado soplaba, que los árboles gemían de dolor y las estrellas se tambaleaban desde sus alturas.
Las hadas y otros seres pequeños, dormían a salvo en lo más hondo de los árboles.

El bosque estaba sumido en la más absoluta oscuridad. La luna menguante semejaba una cuna, pero apenas se podía ver desde las matas de la zarzaparrilla y los alisos blancos que alfombraban los pies de la arboleda.

En una casa rectangular, con un porche de tablas y un jardín escueto, vivía un joven escritor y su gato Sui.
El joven llevaba tres meses allí, a solas con la naturaleza y consigo mismo, intentando escribir todas las ideas,
sueños y demás entretejidos de la imaginación que le impedían descansar.
Era como tener metidos en su cabeza, cientos de duendes traviesos que terminaban por agotarle físicamente.

En la ciudad, le había sido imposible apaciguar a los duendes, por lo que cogió un petate con dos mudas y su portátil, un par de libros de Haruki Murakami y otro par de Goethe y de Lorca.

La casa era de sus abuelos maternos, que murieron cuando él era añun demasiado pequeño como para sentir pena o añoranza.
Cuando llegó estaba en tan mal estado que se pasó un par de semanas limpiando y arreglando el tejado, la madera del porche y el jardín, cubierto de dientes de león y mala hierba.

El gato apareció su primer sábado en el Bosque, por la mañana, cuando se tostaba pan junto al fuego.
Simplemente se acercó ronroneando, alzando el lomo, acariciándose contra sus piernas, como si le conociera de toda la vida.

_ Hola bonito…¿De dónde sales? – le ofreció un poco de mantequilla, que lamió gustoso para después lavarse con esmero toda la cara, mitad amarilla, mitad blanca.
Tenía los ojos grises y bizqueaba. Su pelaje era más bien amarillo, a excepción de una mancha blanca que recorría parte del rabo y todo el flanco derecho.

Le llamo Sui*, en un impulso, como cuando ponía nombre a los personajes de sus novelas.

Cada mañana daba un largo paseo por el bosque. Caminar le ayudaba a ordenar las ideas: a poner en fila a los duendes de la imaginación y mandarles callar. De ese modo, al volver a casa, lograba pasar al papel con éxito las ideas, tramas y diálogos que su mente cuajaba durante las caminatas.
Sui sólo le acompañaba un tramo, nunca se alejaba completamente de la casa. Perezoso, se volvía al porche y dormitaba el resto de la mañana, hasta la hora de la comida.

La casa disponía de pozo con agua potable, un trastero inmenso, un pasillo central y cuatro habitaciónes: dos dormitorios, un baño y la cocina.
En el trastero, muy ordenado y sin demasiadas cosas acumuladas, estaba a su vez la despensa, que había hecho llenar antes de llegar.
El señor Nakayama tenía las llaves – era un viejo amigo de la familia y vivía a sólo cinco quilómetros de allí-.
Tenía latas de comida, pan, galletas, leche condensada, cecina, verduras y frutas enlatadas, atún, anchoas y cervezas. Suficientes reservas para medio año aproximadamente.

Al principio pensaba que no soportaría la soledad y que terminaría regresando, con el rabo entre las piernas, a la semana como mucho.
Pero, inesperadamente, no fue así…Cada día que pasaba, más a gusto se sentía y poco a poco, la ciudad y sus recuerdos, fueron quedándose en la parte más oculta de los
cajones de la memoria. Ni siquiera echaba de menos hablar con la gente o coger el coche.

Su lugar favorito para escribir, era la cocina. Era demasiado luminosa para su gusto, pero acogedora. Sólo tenía una mesa pequeña para dos comensales, de madera, con sus dos sillas y su mantel viejo, empobrecido como
las cortinas, por la luz del sol.
Los fogones eran antiguos, la nevera era vieja y los suelos de madera estaban desgastados y pobres.
Aún así, algo le hacía sentir tan cómodo, que una inmensa sensación de felicidad le recorría el cuerpo desde las yemas de los dedos hasta la punta de los cabellos. Sobre le mesa, con su café cargado, escribía en el portátil,
con una facilidad que hacía años que no podía paladear.

Una mañana, el canto de una lluvia fina pero abundante le despertó. Sintió frío en los pies y agarrando el gastado edredón de una de las puntas, se cubrió hasta la cabeza.
Se había acostado tarde leyendo y tomando notas y aquella lluvia repentina le daba una somnolencia muy bienvenida.

De repente unos golpes fuertes, como si algo de metal se derrumbara, le hizo saltar de la cama.
“Viene del trastero” Se dijo mientras se calzaba. Se puso la chaqueta y fue al trastero. El porche estaba empapado por la lluvia y las acacias que adornaban
los laterales de la casa parecían damas mojadas.

El olor a lluvia y a hojas secas, a hierba y a tierra, era fuerte y tonificante. A pesar del frío de la mañana se sintió enérgico y listo para escribir.
En todo ello pensaba cuando llegó a la puerta del trastero, ligeramente abierto. “Qué extraño” Pensó entrando, tratando de ver qué era lo que había producido tal barullo
en la mañana.

Unas cajas de madera a la izquierda,  un armario ropero a la derecha y al fondo varios lienzos enrollados. Exactamente igual que el día en que llegó e hizo un chequeo de cada una de
las habitaciones de la casa. Nada estaba fuera de lugar.
Sin embargo, había algo detrás del armario. Como la única fuente de luz era una bombilla que pendía del techo sin más adorno, y encima estaba fundida, tuvo que abrir más la puerta para que la tenue luz de la mañana le ayudara a ver mejor dentro de aquellos 20 metros cuadrados.

_ ¿Sui?

El gato, empapado, estaba lavándose minuciosamente las patitas, entre un montón de papeles viejos, recortes de periódico y libros.

_ Pero bueno, si estás empapado…¿Dónde has andado? – suspiró, cogiéndolo en brazos. Sui lanzó un maullido cariñoso, dispuesto a mostrarse dulzón a
cambio de un buen tazón de leche o una lata de atún.
_ Tendremos que ir a por una toalla…- se levantó y al primer paso, algo hizo un ruido sordo a sus pies.

Parecía ser un libro. Lo recogió y con Sui en brazos, regresó a la casa principal, a la cocina.
Dejó el libro sobre la mesa y preparó café.
La lluvia comenzó a amainar.
Sui seguía secándose el pelaje con mucha calma, mientras su dueño se tomaba el café solo, rebuscando en la bolsa del pan de molde un par de rebanadas del fondo.

Después del frugal desayuno, fue a por una toalla vieja y secó al gato a conciencia, mientras miraba las tapas del libro, de color beige, con más de un rasguño y algunas manchas viejas.
Sui comenzó a resistirse a la ceremonia de secado, hasta que, ya harto, saltó del regazo de su amo y se fue al porche, en donde las gotas de lluvia del tejado se estampaban con un “plim”
agudo y dulce.

Entonces el escritor, sin demasiadas ganas de volver a la escritura, decidió dedicarse a hojear aquel libro, el cual parecía estar seduciéndolo, llamándolo, invitándolo a saber de sus líneas…
En la primera página estaba escrito, con tinta negra y caligrafía meticulosa, la siguiente frase:

“Recuerdos de Carpófora D. W. Mes de Septiembre, Año 1940”

Era una especia de diario de su abuela paterna. Lo único que conocía de ella, era su nombre y el hecho de que había vivido en aquella casa con su marido, durante los últimos años de su vida. Ni su padre ni su madre le habían hablado de sus abuelos, probablemente por falta de interés más que por querer ocultar algo en particular de sus ancestros…

Las rugosas y gastadas hojas del diario le llamaban con voz impaciente y traviesa. “Quién sabe, tal vez me sirva de inspiración para mis escritos…”
Pensó acomodándose en la parte seca del suelo del porche, bajo la atenta mirada de un sol, que tras  el aguacero, se abría paso entre las nubes y las altas copas de los árboles.

“Mi tío me ha vuelto a traer libros de su viaje a la capital. Ya me había terminado de leer los que me dio el mes pasado. Si no fuera por él, me moriría de aburrimiento. Esta vida es insoportable para cualquier mujer…
Si hubiera nacido varón, sería escritor. Y viviría solo, con mis libros y mis mil historias sin que nadie dirigiera mi vida ni mandara sobre mí.

Madre está, como de costumbre, asqueada conmigo, me ha obligado a coser sentada junto a ella,
y cuando he terminado con la labor, me ha mirado con odio diciéndome “No sirves para nada, qué desastre de niña”
Padre no vuelve hasta tarde de trabajar en la carpintería.
Como está delgadito siempre le sirvo más comida que a nosotras, pero en cuanto madre lo ve, cambia su plato por el de papa. Me saca de quicio, pero es mi madre. No puedo hacer ni decir nada en su contra.

…Esta tarde madre se ha enfadado conmigo porque he derramado la leche sin querer.
“Ojala tu padre no te hubiera recogido cuando te tiré de la cuna” farfulló sin mirarme, marchándose a su habitación.
Limpié la leche sin poder contener las lágrimas. Arrodillada en el suelo, pensé que quizás yo no merecía estar viva.

…Le he preguntado a padre si es verdad que madre me tiró de la cuna. Él me ha mirado con ternura infinita y cierta tristeza, antes de decirme: “¿Y eso quién te lo ha dicho?” “Madre” – le respondí. Suspiró y me acarició la cabeza.
“No pienses en ello, ya pasó, y bien que estás aquí, tan bonita, mi niña querida.”
No entiendo nada…¿Puede una madre odiar tanto a su propia hija? Si yo no recuerdo haber hecho nada en su contra…Muy pronto cumpliré catorce años. Me gustaría tanto poder irme a trabajar a la capital…Sólo que echaré de menos a padre.  No puedo dejarle sólo. Y menos con esa mujer.

…¿Cómo debe de vivir un escritor? Seguro que son los seres más libres del Mundo. Muchas veces fantaseo y me convierto en un escritor que vive solo, escribo cuentos a escondidas de madre, pero siempre termina descubriéndome: “¡Otra vez con esa locura de escribir! Una buena mujer no tiene tantos pájaros en la cabeza, pero tú eres tan idiota…No hay nada que hacer contigo” Me ha dicho arrebatándome los papeles y tirándolos al fuego.
Me he pasado llorando el resto de la tarde y me he negado a cenar. A ella le ha dado igual, pero padre ha venido a mi cuarto en seguida, con una bandeja. “Toma Carpófora, sopa y pan tierno. Este pan lo he traído a escondidas de tu madre.” Era pan de leche. Está muy caro y no todo el mundo puede comerlo…La guerra dejó al país con más hambre que una camada de lobos.
Nunca olvidó el sabor de las cosas que a veces padre me trae…Aunque no vuelva a comerlo nunca más, ese bollo de leche de hoy permanecerá en mi memoria para siempre.

…Padre ha enfermado. El doctor viene dos días a la semana a verle, dice que es el corazón.
Madre no deja de quejarse, porque padre no puede trabajar y no entra dinero en casa. Anda haciendo ver que tiene mucho que hacer, pero en realidad se pasa el tiempo sentada cosiendo pañuelos y haciendo labores mientras canturrea por lo bajo.
He encontrado un sitio perfecto para esconderme de madre y para escribir tranquila.
Está en lo profundo del bosque, una casita de piedra muy vieja, medio derruída por las bombas.
Pero tiene un pajar que siempre está calentito. Hay un agujero justo encima de la paja, y como ha hecho mucho sol, todo huele a pan horneado.
Me imagino que vivo en una gran mansión en la ciudad, y que escribo sentada en una bonita mesa de madera oscura, con mi tintero y mis papeles nuevos, inmaculados…Mi mayordomo me trae panes de leche y café caliente en una bandeja de plata y yo me detengo a degustarlo mientras observó mi
gran librería, que ocupa todas las paredes sin dejar ni un sólo hueco sin cubrir, excepto la puerta, una puerta de ricos, grande y solemne.

…Cada tarde me escapo a la casa del bosque. Le digo a madre que voy a coser con unas amigas. A ella le importa muy poco si voy o vengo. Y prefiere no tenerme cerca así que remugando un “Otra vez dando tumbos por ahí, niña inútil…” Sigue con sus labores mientras padre sigue postrado en su cama.
Yo le leo antes de irme durante una hora, uno de los libros que me trajo el tío la última vez: Viento del Este, Viento del Oeste de Pearl S. Buck. Padre y yo disfrutamos mucho de esta historia…Un occidental y una oriental se casan, venciendo el enorme abismo de culturas…”Pearl es nombre de mujer” Me dijo padre una tarde, cuando terminé de leer.
“¿Quieres decir que este libro lo ha escrito una mujer?” Le pregunté asombradísima. Él sabía lo mucho que me gustaba leer. Sonrió asintiendo. “Si te gusta escribir, no dejes nunca de hacerlo. Que nadie te detenga. Ya verás como todo saldrá bien. El destino te llevará a encontrarte con tu vocación tarde o temprano.”
Durante los días posteriores a aquella conversación con padre, he escrito mucho oculta en la casita del bosque.
Y he ido guardando todos los papeles en una caja metálica de galletas danesas, con la esperanza de que algún día pueda llevarlo a una editorial de la capital.
Mi tío sabe de libros, se lo preguntaré el próximo viernes que ya vuelve con más libros para matar mi soledad.
Además, ya sabe por un telegrama que le mandamos, que su hermano está enfermo…Me preguntó que pensara al verlo…Está tan delgadito y débil…

…Hoy me topé con un joven de mi edad, de camino a la casa del bosque.
Es un chico muy guapo. Me ha sonreído. Llevaba un haz de leña a cuestas y caminaba presto, pero cuando me ha visto ha aminorado el paso. Me pregunto si mañana volverle a verle…
El tío ha venido a casa, pero no ha traído libros. Tenía una expresión muy triste en su rostro. Hasta su bigote parecía triste. Se ha pasado horas sentado junto a padre.
Cuando ya se ha marchado me ha acariciado la cabeza y a suspirado con fuerza, como si con ese aire dejara escapar mil dolores y penas calladas.
Padre no está bien…Y sólo de pensar en que me deje sola con madre, me desespero.

…He hablado con el chico del bosque. De camino a la casita he vuelto a cruzarme con él.
“Buenas tardes. ¿Disfrutando de un paseo?”
“Buenas tardes…” Sólo acerté a devolverle el saludo en un hilito de voz.
Yo llevaba mis escritos en la caja metálica, metida en mi cesta, junto con un poco de pan negro y
membrillo.

El joven aprovechó para atar bien el haz de leña, y siguió hablando:
“La verdad es que este bosque es tan agradable que las horas pasan volando cuando estás aquí.”
Yo asentí totalmente de acuerdo. Quería hablarle más pero no se me ocurría nada, sólo notaba que
mis mejillas ardían como dos brasas y que mi corazón se aceleraba más y más.
“¿Vienes a por leña todos los días?”
“Sí. Trabajo para el Médico. Le llevó la casa y cuido de sus caballos.”
“Ya veo…” respondí yo apretando mi cesto con fuerza contra la cadera.
“Yo…Voy a esa casita que hay más haya de la encina…A escribir…” No sé cómo tuve valor de decirle que hacía algo tan estúpido…Madre se habría reído de mí si me hubiera escuchado…Bajé la mirada avergonzada, puesto que pensé que al joven no le haría ninguna gracia que una mujer se entretuviera en cosas inútiles…
“¿Es cierto eso?, ¿Eres escritora?” Él parecía entusiasmado. Se acercó más a mí y me dijo su nombre,
Martín Hunoy. Me dio la mano, llena de callos, seca y muy caliente. Una mano que ofrecía mucha seguridad
y fortaleza. Siempre risueño, me preguntó si podría leer mis escritos.
Yo casi no podía creerlo. Le dije que por supuesto, pero que me daba vergüenza…A lo que él respondió:
“¿De qué? Escribir es algo tan bonito…Estoy deseando leer algo escrito por ti.”
No creo qeu está noche pueda dormir. Por primera vez me siento llena de energía y con un ilusión nueva.
Mañana se lo contaré todo a padre…

…Padre ha muerto. Esta tarde a las seis y media. No puedo creer que ya no pueda volver a verle nunca más…
No puedo escribir…Me siento vacía, estúpida, impotente, sola. Tremendamente sola.
El tío ha mandado un telegrama: mañana viene para preparar el sepelio y poner en orden todos los papeles.
A mi ya no me importa nada, ni madre, ni los papeles, ni leer, ni escribir, ni el bosque, ni Martín…
Tengo muchas horas por delante, ni pizca de sueño ni hambre y la noche se presenta larguísima
Madre no deja de lloriquear cuando la gente se presenta a dar el pésame pero yo sé que en realidad se siente aliviada, y que padre le importa muy poco…Algo que no me resulta nada nuevo.
Me siento tan mal por no quererla…Debe de haber algo extraño en mí…O tal vez me esté volviendo loca.

…Después del entierro no pude soportar más la presión y me fui a la casita del bosque. Me pasé dos días llorando, sin volver a casa. Sobre la paja, boca abajo, observaba la caja de mis escritos pensando en padre.
Mis dedos parecían inquietos, quería escribir, necesitaba expresar todo lo que tenía dentro, porque sabía que la única forma de sentirme mejor era pasándolo todo al papel.
Sigo escribiendo sin parar desde hace aproximadamente una semana.
Mañana viene el Tío…Me dijo que quería llevarme con él a la ciudad…Yo, no sé si es eso lo que realmente quiero…

…Martín y yo quedamos todos los días en la casita del bosque y hablamos mucho. Es como si estuviera de nuevo con padre. Aunque Martín es totalmente diferente y en muchos aspectos…Es sólo que…Su cariño me recuerda a padre…Le he leído algunas de mis historias cortas. Martín dice que tengo talento, que debería dedicarme a ello.
“Irte con tu tío es una gran oportunidad para ti…” Me dijo seriamente.
Yo asentí, pero en el fondo, no quiero dejar a Martín.
Esta noche me cuesta ordenar mis pensamientos…Creo que he dormido muy poco desde que padre se marchó…Mañana le diré al tío que no me voy con él.

…Hoy Martín y yo hemos encontrado a un gato muy curioso en la casita. Estaba durmiendo entre la paja, con un rayo de sol sobre la panza. Se le veía tan feliz que le dejamos allí, y nosotros nos sentamos con cuidado a su lado, para que no se asustara.
Todavía no no conoce como para acercarse a nosotros pero estoy segura que es bastante cariñoso.
Le hemos puesto nombre, se llamará Tolstoi.
Madre está insoportable conmigo últimamente. Mucho más de lo normal…Ha descubierto mi caja de los escritos cuando estaba revisando mi cuarto y mi cama.
Se la he logrado arrebatar a tiempo. “¡No vas a hacer conmigo lo mismo que con padre!” le he gritado llena de rabia.
Últimamente no dejo de pensar que padre murió por culpa de la maldad de madre y que si hubiera tenido otra vida, no habría sufrido tanto. Es todo tan injusto…
Por el momento me llevo los escritos a la casita del bosque. La voy a guardar entre la paja.
Tolstoi se ha quedado a vivir allí. Yo le llamo el guardián de mi refugio.
Martín se queda conmigo tanto tiempo como le permite el trabajo, me escucha y me alienta a seguir escribiendo…Junto a él, todo es tan diferente…Siento como si a su lado, pudiera lograr todo lo que me propusiera.
Algún día escribiré un libro, como hizo Pearl S. Buck. Entonces me compraré la casa vieja; el pedazo de terreno en el bosque será de Martín, de Tolstoi y mío…Y plantaré jacarandas y mimosas…A padre le gustaban tanto.

Las siguientes páginas estaban en blanco. Se le había la tarde encima leyendo el pequeño diario de su abuela.
Cerró el malgastado librito, acariciando sus tapas.
Sui maulló. Estaba a sus pies, ronroneando, acariciando el bajo de los pantalones con su cabecita.

_ Tienes hambre, ¿verdad? – Su dueño se levantó y fue a por una lata de atún.

Había salido el sol por completo. Ni un solo rastro de las nubes de la mañana.
Mientras Sui comía, él miraba al cielo desde la ventana de la cocina.

Unas briznas de algo le entraron en los ojos. “¿Qué es ésto?” Se pasó la mano por los cabellos.
Restos de paja muy seca se quedaron pegados a la palma de su mano. Por unos instantes,  quedó aturdido,
anonadado.

_  Sui, creo que tu verdadero nombre es Tolstoi – le dijo al felino.

Corroboró, mirando a su alrededor, que la casa que había substituido al refugio de Carpófora, era perfecta para escribir.
Seguiría buscando, porque si él había salido a su abuela, debían haber muchos más escritos
ocultos en aquella casa. Pero aquel pequeño diario sería a partir de ese día, su libro de cabecera.
Tenía que darle las gracias a la Abuela por haber sido fuerte y haberse mantenido firme y fiel a sus sueños
y a su espíritu artista.

“Ojala la hubiera conocido…” Se dijo observando el libro, cerrado sobre la mesa de la cocina.
Las palabras de Carpórfora y su historia le habían hecho sentir algo que ni tan siquiera sentía por lo más cercano:
a él, su rutina, la ciudad o su familia. Ahora añoraba a un ser con el que no había hablado jamás…Simpatizaba con ella, quería hablarle y darle ánimos, compartir su tiempo y sus pensamientos.

El libro le miraba desde su pequeño mundo de papel y tapas viejas, como si sonriera, y le ofreciera esperanzas.
No supo si fueron los duendes de su mente, su loca imginación o la vida en soledad y la lectura de aquellas hojas, las causantes de la visión que perturbo la realidad de aquella cocina que olía a romero y a polvo…Pero en ese momento, pudo ver a una joven con una trenza ligada en la nuca en forma de panecillo, descalza, con un vestido de algodón blanco, tirada sobre mucha paja brillante.
Estaba escribiendo sobre una pequeña tabla, en papeles de cuartilla, completamente absorta y sonriente.
Tolstoi dormitaba a su lado, tumbado panza arriba.
Entonces, su mano se detuvo y le dijo a alguien que tenía en frente: “¿Te lo leo?… Pero no te rías de mí…” Algo nerviosa, se sentó más cómoda y comenzó con voz aún aniñada, pero firme, a leer en voz alta su pequeño cuento:

“_…Y el escritor, tras terminarse el último sorbo de café, se resolvió a visitar a la joven que tanto le había impresionado la pasada tarde del viernes, durante el paseo por los jardines de Santa Eulália…Se preguntaba si era ella la mujer que le había estado hablando en sueños…”

Quiso seguir escuchando a Carpófora más, mucho más, allí apoyado en la nevera, junto a la ventana que daba a las acacias aún mojadas por la lluvia de la mañana.
Pero la visión se fue esfumando, y la voz femenina fue desvaneciéndose hasta que sólo quedó la silenciosa respiración del bosque, pululando como polen entre el Sol y el Aire.

FIN  

Sui 翠 すい、 かわせみ、 みどり、 あきら : Verde

Los héroes de Suzume

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La villa Murasaki* estaba emplazada junto a un caudaloso río llamado Suzume*. Desde muy antiguo se decía que este río era una diosa que dormía apaciblemente, ofreciendo Salud y prosperidad a los que vivían cercanos a su cauce.

La villa había sido un pequeño emplazamiento de guerreros hacía unos dos siglos. Pero el paso del tiempo y la bonanza en agricultura y comercio la había convertido en una urbe con bellas calles, avenidas adornadas con cerezos y hermosos bancales de pensamientos, sistema de alcantarillado y magníficos templos.

Una vez al año se celebraba por todo lo alto, la festividad en honor a Suzume, con danzas, ofrendas, desfiles y rituales especiales en los todos los templos.
La estatua de la diosa Suzume, se erigía en la plaza central de la ciudad, a la que se llegaba desde cualquiera de las cuatro calles principales: Kita, Minami, Higashi y Nishi*.

Suzume era representada como una doncella de cabellos cortos hasta los hombros, que sentada sobre un manto de aguas, alzaba sus manos a pequeños gorriones que se posaban en sus manos, con las alas abiertas.

En Murasaki vivían dos niños, Daikichi y Shoutaro. Nacieron el mismo día: el día de la diosa Suzume. Los niños que nacían en el día de la diosa, eran considerados especiales por lo que se les destinaba a dedicar su vida a las necesidades de la deidad, apaciguando a su espíritu y cuidando de sus templos.

Pero los padres de Daikichi no creían en la Diosa.

_ Jamás permitiremos que nuestro hijo arruine su vida convirtiéndose en monje – espetó sin reparo alguno el padre de Daikichi, con el niño en brazos.
La madre, a su lado, asentía, entristecida por el hecho de haber dado a luz en aquel día.
Ambos eran forasteros en aquel lugar, por lo que no entendían a los nativos y su veneración absurda hacia aquel río con nombre de ave.

Los monjes lo reprobaron y la gente les rechazó durante bastante tiempo.
Sin embargo, los vecinos, los padres de Shoutaro, no le dieron mayor importancia a lo sucedido y respetaron la decisión de la pareja para con el futuro de su pequeño.
La amistad continuo y se hizo fuerte, a la par que los dos niños crecieron como dos amigos inseparables y fortalecieron sus lazos hasta el punto de considerarse hermanos.

_ ¡Shoutaro! ¿Todavía no has terminado? ¡Vamos a jugar ya!

Daikichi acababa de llegar al Templo de Kita, en donde Shoutaro barría desde muy temprano, las hojas secas de los ginkgo y los arces.

_ En poco termino con ésto – le respondió Shoutaro vestido con el tradicional traje de monje aprendiz.- ¿Cómo te ha ido con el entrenamiento?
_ ¡Estupendo! – Daikichi hizo muestra de sus capacidades como guerrero- El maestro dice que tengo que esforzarme más pero en el fondo sé que está sorprendido.
_ No seas tan engreído – sonrió Shoutaro, acostumbrado la personalidad apabullante y abierto de su amigo.

_ Vamos a jugar junto al río – sugirió Daikichi cuando Shoutaro hubo guardado la escoba y el mandil.

El apacible carácter de Shoutaro contrastaba enormemente con el de Daikichi. Pero juntos el mundo parecía estar en su lugar, y cada cual se sentía completo y auténtico.
Incluso sin hablar eran capaz de comprenderse.

Pasaron muchas estaciones juntos, otoños de rojos y ocres, veranos de azules y tormentas, inviernos de nieves y escarcha y primaveras de trinos y flores. Cada cual preparándose para su futuro: Daikichi como guerrero, Shoutaro como monje.

Un desafortunado día de finales de Primavera, los aires del Oeste trajeron a demonios de las ciénagas a la villa. Muchos habitantes cayeron enfermos, otros tuvieron extraños accidentes; las flores se marchitaron y los animales se consumieron, muriendo en masa.

Los monjes no tenían ni un respiro entre los rezos y las exorcizaciones de las casas y los templos. Junto al río, hermosamente flanqueado por centenarios cerezos aún en flor, se realizaban cánticos en honor a la diosa Suzume, orando y suplicando que limpiara el lugar de aquellos Oni* que estaban desolando a todos los lugareños sin excepción.

Las gentes comenzaron a mirar con rabia y desprecio a Daikichi y a su familia.

_ Es culpa vuestra, por no haber ofrecido a Daikichi a la gran Suzume, la diosa se ha enfadado y nos ha mandado a los demonios – les reprocharon un grupo de hombres de campo que ya habían enterrado a mujeres, padres e hijos.

Los padres de Daikichi no sabían que decir. No se veían con derecho alguno a decir lo que pensaban, cuando aquellas familias estaban sufriendo tanto.
Pero Daikichi se reveló y les espetó:
_ ¡No culpéis a inocentes por algo inevitable!
_ ¡¿Inevitable?! Si tú hubieras hecho lo que hizo Shoutaro, nada de ésto habría ocurrido.
El grupo comenzó a envalentonarse, alimentada su ira por el dolor y la rabia.
Comenzaron a tirarles piedras y a maldecirles. A cada segundo se iban uniendo más lugareños, creándose un pequeño pelotón contra la familia de Daikichi.
El joven protegía a sus padres de los golpes de palos y piedras pero poco a poco se vio impotente e incapaz de levantarse, su cuerpo, a modo de escudo, sobre los de sus padres.

_ ¡Ya basta!

El grito de Shoutaro, vestido con el traje ceremonial y con el rosario en la mano, detuvo a la muchedumbre.

_ ¿Desde cuándo nuestro pueblo se ha convertido en bárbaro e irracional?
Detened la violencia y ocupaos como Dios manda de los sepelios de vuestros seres queridos.

El amable y calmado Shoutaro mostraba ahora una mirada firme y a la par entristecida. No podía creer que las gentes hubieran sido capaces de levantar las manos contra sus vecinos.

El pequeño tumulto se dispersó, entre rumores, con las cabezas bajas y las miradas turbias.

_ ¿Estáis bien? – se apresuró Shoutaro a ayudar a Daikichi y a sus padres.
_ Más o menos – respondió el joven, lleno de golpes y rasguños.
_ Muchas gracias Shoutaro – los padres de Daikichi le tomaron de las manos, agradeciéndoles una y otra vez lo que había hecho por ellos.
_ No he hecho nada que merezca ser agradecido – les sonrió el joven. Se percató que el matrimonio no tenía ni un solo rasguño. Al parecer Daikichi había parado cada golpe por ellos. Sonrió para sí. No había persona más noble en el pueblo que Daikichi, lo había demostrado muchas veces desde muy niño. Era el único que no había temido resultar herido por proteger a alguien.

Daikichi se los llevó a casa. Se lavó las heridas rápidamente y caminó presto hacia el templo de Kita, en donde debía de haber regresado Shoutaro para seguir con las oraciones.

Shoutaro y los demás monjes, estaban reunidos frente al templo con expresión de enorme sorpresa y preocupación.

_ ¿Qué sucede? – se apresuró Daikichi uniéndose al grupo.
_ Daikichi…Verás, el río ha bajado, casi no quedan aguas en su cauce…
_ ¿Cómo es posible..? – Daikichi no daba crédito a aquellas palabras.

Se echó a correr hacia Suzume, seguido de Shoutaro y los demás monjes.
Era cierto, el río estaba casi seco. Daikichi caminó hasta su cauce y comprobó que las aguas le lllegaban hasta la pantorrilla.
En ese mismo instante, Shoutaro sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, allí había algo…¿Un Oni?
_ ¡Daikichi sal de ahí! – gritó sacudiendo la mano en la que llevaba el rosario.

Daikichi miró hacia sus pies: algo se movía entre las aguas, cual anguilas de color carbón.

Saltó rápidamente y ensartó la daga en aquel ser que estaba a punto de cogerle la pierna, sintiendo al instante como si una corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo.

Shoutaro se acercó corriendo, comenzando a cantar sutras, con el rosario entre las manos. Daikichi aún aturdido, de rodillas sobre las aguas, sólo conseguía escuchar la voz de su amigo, la vista golpeada y enturbiada, mientras que a su alrededor aquellos largos cuerpos se movían como reptiles sin cabeza.
Entre las aguas, vislumbró algo que le pareció familiar….Eran pétalos de las flores del cerezo.

En ese instante, en el que intentaba comprender por qué aquellos pétalos le estaban pareciendo tan extraños, sus compañeros guerreros llegaron al río y le sacaron, mientras los monjes seguían cantando sutras de protección y exorcización bajo los cerezos, ya casi sin flor, que adornaban todo el Paseo hasta el final de la Villa.

Los demonios se iban haciendo más poderosos y fuertes a cada segundo. Se colaban por el sistema de alcantarillado, se arrastraban por las calles y se metían en las casas, consumiendo a todo el que se encontraba en su paso.

Las gentes enloquecieron y comenzaron a dejarlo todo, huyendo de la villa Murasaki, hacia las montañas del Norte.
Los guerreros luchaban contra los demonios tanto en la ciudad como en el río, en donde caían muertos bajo terribles dolores, causados por el veneno de aquellos Oni de las ciénagas.

Mientras los monjes se ocupaban de exorcizar a los demonios en casas y comercios, en calles y plazas, Shoutaro curaba la herida en la pierna de Daikichi.

_ Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? – le preguntó Daikichi a su amigo, que terminaba de vendarle la larga raja que cruzaba la línea del tobillo a la rodilla izquierda.
_ Sí…- sin levantar la vista, fruncido el ceño, guardó vendas, ungüentos y demás en una caja de bambú y se sentó a su lado.

Estaban en las escaleras que ascendían al templo de Kita. Los grandes arces, a ambos lados de la escalinata de piedra antigua, ofrecían una sombra agradable, filtrándose los rayos de sol entre las hojas: semejaba que bailaban pequeñas mariposas de luz sobre las sombras de los jóvenes.

_ Los demonios han venido atraídos por los cerezos en flor…La belleza es causante de muchos males o trae tristezas y desgracias…- Shoutaro parecía lamentarse profundamente. Él adoraba los cerezos. No podía creer que algo tan bello y dulce fuera el causante de tanta muerte y desolación.
_ No Shoutaro. No es la belleza la malvada, sino el corazón del que la observa. Los demonios la han utilizado para alimentarse y hacernos daño…Pero nosotros no nos dejaremos vencer.

Daikichi, a pesar de todo sonreía. Shoutaro estaba realmente sorprendido ante la fortaleza y sabiduría de su amigo. Pero…¿No es acaso propio de él, dar coraje cuando todo parece haber terminado?

Daikichi le ofreció la mano. Ambos se prometieron con un apretón sincero que terminarían con los Oni del río Suzume.

Aunque fueron muchos los muertos en aquella terrible batalla del río Suzume, se cuenta que gracias a la afiliación y cooperación de monjes y guerreros, liderados por dos niños Suzume, Shoutaro y Daikichi, se logró acabar con los demonios en menos de tres días.

Los cerezos fueron exorcizados y las aguas del río volvieron, poco a poco, a tener su cauce habitual.

Aún ahora, pasados más de cuatrocientos años, se recuerda a los dos hermanos de la vida, Shoutaro el monje y Daikichi el guerrero, tanto por los libros de historia como por las citas, refranes y creencias populares.

Junto a los cerezos del río Suzume, se alzan dos estatuas en piedra de ambos jóvenes, y cada primavera, los niños juegan y comen dulces bajo los cerezos, ofreciendo a los héroes Shoutaro y Daikichi grandes cestas de pétalos de flores de cerezo: bellas y hermosas motas rosadas que son la bendición de la villa Murasaki.

                                                              FIN

紫 むらさき Murasaki : Púrpura

雀すずめ  Suzume : Gorrión

北 南 東 西 Kita, Minami, Higashi, Nishi : Norte, Sur, Este, Oeste

鬼 おに Oni : Demonio

Cuento Primero: “La Dama Blanca y el Hombre de la Cicatriz”

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Se dice que en un pequeño pueblo del sureste del país, una mujer de piel color de la magnolia y cabellos largos hasta los tobillos, aparecía sobre el puente de madera entre el bosque de Akashima* y el jardín de la Casa Imperial.

Justo cuando se ponía el sol ella aparecía, bañada por la tenue y rosada luz del crepúsculo, vestida con un kimono del color de la flor del cerezo y siempre descalza. Tanto los aristócratas como los campesinos, fueran hombres o mujeres, niños o ancianas, todos intentaban cada atardecer acercarse a la bellísima dama blanca. Pero en el mismo segundo en el que daban un paso hacía ella, su silueta tintineaba, se encogía levemente y desaparecía caminando con cierta prisa, en las entrañas del bosque de Akashima.

_ ¿Quién será esa dama? – se preguntaba el viejo que vendía dulces de arroz arrugando las cejas en una forma tal, que sus pequeños ojillos quedaban sumergidos entre mil arrugas – Jamás en mi vida vi algo tan hermoso…
_ Nadie lo sabe – apuntó un hombre de mediana edad, sentado sobre el banco de madera, degustando un té mientras observaba el barullo de las calles en pleno mediodía

– Pero se rumorean muchas cosas sobre ella.
_ ¿Como que se trata de un demonio? – murmuró eñ anciano inclinándose hacia su cliente, como si no quisiera que nadie más que aquel, escuchara su atrevida suposición.
_ Entre otras, esa es una posibilidad – sorbió lo poco que quedaba del pequeño chawan*. Tras unos segundos de meditación, el hombre, de cejas espesas y cabello atado a las espalda en una cola de caballo, continuó con sus pesquisas

– Lo cierto es que de todas las cosas que se escuchan sobre ella acá y allá, la que más me inquieta es la siguiente…En ese punto se detuvo: el anciano, absolutamente atento a las palabras de aquel hombre, se dio cuenta que por la vestimenta y la forma de sujetar el pequeño cuenco, podría tratarse de un guerrero sin señor.

_ No soy tal cosa, le dijo como si acabara de leer su pensamiento. El anciano dio un ligero brinco atrás. Sus pequeños ojos se abrieron por primera vez en muchos años.

El hombre le miró a los ojos fijamente: fue entonces cuando el anciano se percató de la cicatriz que cruzaba la cara del hombre, desde la comisura de la boca hasta la oreja derecha.

_ Hay cosas que parecen ser lo que no son, y cosas que son lo que no parecen.

Se lo dijo con su voz fuerte y tenor, pero sin alzarla en ningún momento. Con una media sonrisa que no podía ser descrita como risueña o triste. Tal vez porque era una mezcla de ambas.

_ ¿Quién es usted? – preguntó arisco el anciano, no sin atenuarse su  curiosidad.

El hombre no respondió a la pregunta, pero continuó hablando. Esta vez se tocó la cicatriz de la mejilla derecha con una ternura sin igual…

_ En algún lugar, descansa y espera…A que nos volvamos a encontrar. Justo terminó la frase, vaciando su mirada al infinito de las calles, se levantó, pagó con las monedas de su bolsa al anciano y desapareció, hacia el sur de la ciudad. Al parecer cambió de opinión y no quiso decirle nada más al vendedor de dulces.

El anciano, desde ese día, explicaba a todos sus clientes su encuentro con el misterioso hombre de la cicatriz que leía la mente, junto con el rumor de la dama blanca. Las gentes comenzaron a atar cabos e inventaron nuevos rumores, que corrieron entre callejas, tiendas y pequeños hostales, hasta convertirlo todo en una sola historia:

Un atardecer cualquiera, unos niños se acercaron al anciano de los dulces de arroz, corriendo en tropel, llenos de energía, despeinados y descalzos pero felices:
_ ¡Anciano, cuéntenos la historia de la Dama y el viajero de la cicatriz!
_ ¿Otra vez? ¿No os cansáis nunca de escucharla?

Todos gritaron al unísono un “No” risueño como sus propias caritas.

_ Todos sabéis que al atardecer, una dama de piel blanca como la nieve y hermosos cabellos color azabache, aparece sobre el puente entre Akashima y el jardín de los príncipes.

Los niños asintieron, ocupados en escucharle y en comerse con avidez los dulces de arroz que les había ofrecido el anciano.

“Hace ya algunos años, antes de que vosotros hubiérais nacido siquiera, dos enamorados se instalaron a vivir en un punto alejado del pueblo, justo entre los árboles sagrados del bosque de Akashima, famoso por sus pequeñas y traviesas ardillas rojas.

Él era ardiente como el sol, ella lánguida y callada como la luna. Ambos de lugares muy distintos y de culturas casi opuestas.
Pero se amaban como nadie lo ha hecho o hará jamás…La mujer cayó enferma, y el hombre se desesperó. Buscó a los médicos del pueblo, pagó grandes cantitades por consultas y curas que de nada sirvieron. Incluso fue a ver al Emperador, suplicándole de rodillas, con la frente pegada al suelo, para que le ayudara a salvar a su mujer. El Emperador no le dejó desamparado – sobretodo gracias a las palabras de su consejero mayor, que parecía tener mucho mejor corazón que él – con lo que mandó a su médico, uno de los sabios más conocidos en el país, a curar a la mujer de aquel plebeyo. Pero tampoco sirvió de nada…

_ Comprendó por qué estáis tan desesperado por querer salvarla – le dijo el médico, arrodillado junto a la mujer, que agonizaba entre fiebres bajo el futón.
_ Sí, lo es todo para mí…
_ No me refiero a eso…Es la mujer más bella del mundo, jamás vi a alguien tan hermoso.

El médico estaba realmente conmovido por aquella hermosura incomparable. Incluso marchitándose por causa de la enfermedad estaba bonita como un flor al sol.

Sin embargo, el hombre se enfadó:

_ Usted no conoce a mi mujer, no es sólo lo que se ve lo que yo amo. Ella es todo, mi vida y mi mundo, sin ella, yo no podré seguir viviendo.

Y bajando la cabeza, sin dejar de mirarla, volvió a repetir: “Lo es todo para mí…”

El médico se marchó la tercera tarde en que visitó aquella casita entre los árboles sagrados, habiéndose dado por vencido en la curación de la mujer más bella del mundo. El hombre se quedó arrodillado junto a ella, sin fuerzas, sin ánimos, completamente destrozado. La llamaba pero ella ya no le respondía: se estaba helando poco a poco. Le estaba abandonando para irse a la otra vida. Se arrastró hacia los árboles y se apoyó en uno de los árboles sagrados que guardaban la casa cual lo harían dos esfinges de la Antigüedad.

_ ¿Por qué? Por qué tenía que pasarle a ella…Por qué no me escogistéis a mí…Sollozó con la cara pegada a la corteza del centenario árbol.

Entonces una voz resonó en su cabeza, como si fluyera desde la corteza hasta su piel, metiéndose en sus venas. las palabras latieron con su corazón, al unísono: subitamente comprendió que le estaba hablando una deidad.

“Hombre, ¿qué quieres que haga por ella? Pídelo y te lo concederé” Las ardilla se detuvieron todas entre las ramas y miraron fijamente al que lloraba allí abajo, con la mano izquierda sobre el gran Árbol.

_ Déjala vivir, en mi lugar, haz que ella viva y yo muera. Haz lo que sea pero no dejes que muera…

“No puedes pedirme que quite la vida a alguien; pero hay una forma de no matarte y al mismo tiempo, dejarla vivir”

El hombre no daba crédito a lo que le estaba sucediendo, pero su desesperación era tal, que no vaciló ni temió.

_ Dime qué debo hacer, y haré cuanto me mandes.

” Sólo tienes que darme de ti para que ella no muera. Y sé que la parte de tu cuerpo que más quieres, es la mejilla derecha.”

Ciertamente, pensó el hombre, su mejilla derecha era el lugar en el que ella le daba un beso y tras éste una caricia larga y tierna. Cada día desde que se

conocieron hasta el momento presente: cuando se despedían y cuando se encontraban nuevo al anochecer, tras un largo día de trabajo.

Él, tocándose la mejilla, tomó aire, miró al gran Árbol y asintió.

_ Te la ofrezco.

“Que le de la vida no quiere decir que podáis estar juntos”

A el hombre el corazón se le encerró en un puño de dolor, pero determinadoa hacer lo que fuera por ella, volvió a asentir.

“No os podréis encontrar en esta vida, aunque sí lo haréis en la siguiente. Ella no pasará más allá del puente, y tú no podrás acceder al bosque jamás. Me quedó con la semilla de amor que yace en tu mejilla derecha.”

“Como veo que eres un hombre fiel y honrado, te ofrezco algo que te dará cierto alivio en el paso de tus días. En el atardecer, si cubres tu mejilla izquierda con tu mano o la escondas contra el futón, serás capaz de escucharla y verla, aunque sólo en tu pensamiento. Será real, pero nadie la verá entonces, como la verás tú.”

Como el hombre había aceptado todas las condiciones, la deidad arrancó de su mejilla la parte más querida del amor de ambos.
El hombre sufrió de un dolor mucho más fuerte que el físico.

No supo nunca ni cómo ni en qué momento fue llevado al pueblo, en el que trataron su aparatosa herida. Cuando, convaleciente, un atardecer de primavera, apretó su mejilla derecha sobre la almohada de un viejo futón, se produjo lo que la deidad del Árbol le había prometido.

Se dice que los que ocupaban aquella casa en la que estuvo acogido durante unos meses, lo escucharon llorar y hablar con alguien durante la noche.

Y las noches siguientes fueron igual, hasta que ya curada la herida y sin rastros de fiebre, haciendo una venia de profundo agradecimiento, dejó la casa dispuesto a viajar por muchos  lugares del país, para sanar a su corazón y poder comenzar de cero con su nueva vida.Antes de que desapareciera, con su saca al hombro y su sombrero de paja, en aquel camino de tierra que llevaba al Este, uno de los muchachos, hijo de sus benefactores , se le acercó y respetuosamente, le hizo una pregunta:

_ Señor, ¿con quién habláis por las noches, si no hay nadie en su habitación?

El hombre le miró mostrando tintas de tristeza y resignación en sus ojos:

_ Con quien lo es todo para mí…Aunque no podemos estar juntos, nadie jamás podrá separarnos.

El muchacho aceptó la respuesta, subyugado a aquella voz tenor que no temblaba ni rompía la paz ni de la Tierra ni de los Cielos.

La herida estaba aún un poco enrojecida pero bastante curada. El hombre sonrió, le dio una palmada sobre el hombro y comenzó a caminar. Sus sandalias golpearon el suelo de tierra con cada paso que daba camino al Este. Sobre el puente, la dama blanca, lloraba como las flores del cerezo lloran cada año pétalos rosas sobre la madera del puente entre Akashima y la Casa Imperial.

FIN

Espero que volváis mañana, porque tengo muchos cuentos que contaros…

*Akashima, 赤しま Ardilla roja
*chawan 茶わん tipo de taza japonesa para el té