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Aniponada cumpleañera

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Un año más…no pensé que llegara a cumplirlos: la esperanza de vida en la fibrosis quística ronda ahora en los 40 años. No lo pienso demasiado, simplemente vivo.

Yo quería nacer el 25 de diciembre pero me adelanté quizás porque ya desde el vientre de mi madre, me sentía unida a Japón y quería celebrar muchas cosas con este mi querido país de los sueños…así que nací el día Nacional de Japón, como un regalito De Dios y Buda para compensar la jugarreta genética.

Para mí, mi cumpleaños dura casi todas las fiestas, desde el día de la lotería del gordo, hasta Año Nuevo y Día de Reyes. Lo vivo con la misma emoción que cuando era niña.

Es como si todo el cosmos estuviera rumiando sorpresas para deleitarme: un cosmos de amig@s que se confabulan para celebrar que nací, ¡a pesar de los pesares! Es de agradecer infinitamente 感謝(〃ω〃)

 

No me importa cumplir años, me importa no cumplirlos.
Me acuerdo de los amig@s que no han podido cumplirlos conmigo, con sus familias, por culpa de la fibrosis quística.

Con mi amiga Lezly Hodge, de Oklahoma, hablamos un día sobre un sueño (un sueño que tiene que ver con los cumpleaños y la familia, un sueño pequeño que creemos muy fácil de cumplir)

_We will get to be grandmothers for sure!
_Yes! We must believe!

Llegar a ser abuelas, así de fácil, así de poco apetecible para la gente de HOY que solo piensa en rejuvenecer, en no tener arrugas, en cumplir siempre los veinte…

Lezly no cumplió los 22.
No cumplirá los 40 como yo. Pero me he comprometido a vivir por ella todo lo que vivo, sencillo o impresionante, emocionante o aburrido. Vivir por todos los que se fueron y cumplir los años con ellos y por ellos.

Cumplir años y perseguir sueños, cumplir sueños y perseguir años.

歳をとると夢が叶える、夢をとると歳が叶える!

Con la gente a la quiero y admiro, mi familia, mis amigos y los genias y genios que llenan mi vida de ilusión, mis ídolos.

Gracias por la vida, gracias por las sonrisas, gracias por las risas, gracias por los deseos.
Os devolveré todo con mucha más vida, muchas más sonrisas, risas y deseos.

Que esa música de la vida se haga bucle y karma, y todo sea un toma y daca de dibujar sonrisas, y recordar a las personas que un día, nos regalaron tantas como ahora podemos sembrar.

Perdonad el batiburrillo de sentimientos y palabras, no sé si será la fiebre, pero bueno, escrito queda.

Muchas arigatou a tod@s!
Yrene Yuhmi

BDAY VIDEO PART 2 💫🎂💫

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Desde Japón con amor

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Cuando se acerca la fecha en la que nací, (a punto estuve de no hacerlo por cierto, pero sobre eso ya escribiré en otra ocasión) empiezan a llegar paquetes y cartas preciosas desde el otro lado del planeta, del país del sol naciente, mi amado Japón.

Siempre me digo con certeza que nunca me enamoraré, lo hice una vez, a los quince años y fue el amor más bello que podría soñar tener. Pero hay personas que nacen para vivir amores imposibles, no correspondidos, truncados por circunstancias nunca imaginadas…una de esas personas soy yo.

Lo cual no quiere decir que no sienta AMOR. Me he enamorado de tantas cosas, que puedo decir que soy persona más que apasionada. Enamorada de personas, historias, amigos-animales, épocas, estaciones, emociones,  sensaciones, culturas, idiomas…y países.

Mi gran amor es Japón.

Un lugar lleno de amig@s de verdad, que a pesar de los muchos quilómetros de distancia, están conmigo las 24 horas, dándome cariño, preocupándose por mi, por mi salud, por la fibrosis quistica, haciéndome reír, empujando mis sueños a ser cumplidos…

La distancia no importa nada en cuestión de amarse. Aunque es cierto que alimenta la nostalgia y sientes esa morriña tan agridulce y punzante, de no poder pisar las calles, de no poder dar un abrazo, de no poder cruzar sonrisas…

Nippon me manda cartas con olor a papel de arroz y flor de cerezo.

La alegría que me da, ¿cómo se la devolveré?

Amando, amando…soñando, soñando.

GRACIAS JAPÓN ARIGATOU NIPPON

AISHITERU YO: te quiero ^_^

PS : cartas y regalos hechos a mano, de Vida Nakazawa y de Imai Yasuko ^_^ 心底からどうも有難う御座います!愛と感謝を込めて!

イレーネ優海より

La maldición de la familia Tanizawa (parte II)

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Le despertó el barullo habitual de la Escuela, el frío suelo bajo su espalda y la sensación de haber olvidado algo muy importante.
Lo primero que acertó a ver fue el techo, con  largos fluorescentes apagados, y algú que otro manchón del paso del tiempo.

_ ¿Estás bien Hiro chan?
_ Yamato…¿Qué ha pasado?
_ ¿No te acuerdas? Te has desmayado antes de empezar a comer. Menudo susto, tío. ¿Estás anémico o algo así?

Algo no parecía cuadrar en su cabeza. Se incorporó, apoyándose en los codos, viendo que a su alrededor, algunas chicas de su clase le miraban con
preocupación.
_ Hemos llamado a un profesor. Debe de estar a punto de llegar.
_ No…No hace falta armar tanto follón…- se levantó y miró alrededor- El comedor estaba lleno. El reloj marcaba las 12:45.
Muchos comían, otros se arremolinaban a su alrededor preguntando cómo estaba.

Tuvo que pedir disculpas al profesor, que llegó despavorido al comedor – probablemente más que preocupado como tutor, asustado por los acontecimientos ya típicos de la Escuela.

_ Estoy bien, en serio. – Insistió a todo y especialmente a Yamato, que insistía en que fuera a echarse a la Enfermería.
_ Si tú lo dices…Entonces, está bien…

Se suponía que tenían que comer, pero algo le decía que aquel lugar no era el que esperaba encontrar…Entonces su mirada se cruzó con la de Shunsuke.
Estaba en pie, en la entrada del comedor, mirándole fijamente, como si le reprobara algo.

Nervioso, decidió hablar con él y dejar las cosas claras. Si tenía algo que ver con la dichosa maldición, sería mejor saberlo que tenerlo siempre a sus espaldas, callado, observándole como un ave de carroña.
Pasó entre las mesas deprisa, ignorando a Yamato. Sus oídos fueron atravesados por un silbido que terminó silenciando todo.
Sin querer golpeó un refresco de cola de una de las mesas.
_ Lo siento. – Se disculpó deprisa y miró al suelo, a la par que se llevaba la mano a uno de los oídos, molesto por aquel extraño acúfeno.

El silencio ahora era absoluto. No supo cuántos minutos duró, pero los justos para ver que la mancha en el suelo se extendía hasta más allá del espacio que dibujaba su sombra entre sus zapatillas.

Una mancha de sangre que también salpicaba sillas y mesas, las piernas de las chicas y los pantalones de los chicos. Miró hacia el fondo: allí seguía, en pie, Shunsuke, tan alto que podría haber tocado el dintel de la puerta corrediza del comedor.
Hiroshi sintió mucho frío, y las pupilas comenzaron a girar lentamente sin control, mientras trataba de apoyarse en algo para no volver a perder el conocimiento.

Shunsuke seguía mirándole, y en ese instante, sacudió la cabeza, negando.
“No tienes nada que hacer” o tal vez “No sigas donde estás”…¿Qué es lo que quiere decirme?

_ Perdona – se disculpó en un hilo de voz, mareado y falto de aire al apoyarse en una de las chicas de la mesa contigua.

Entonces el silbido atravesó sus oídos con un fuerte, ruidoso sonido agudo martilleó incluso los cimientos del edificio.
Miró hacia el lado, a la chica en la que se apoyaba, tratando de buscar un gesto de complicidad, ante aquel horrible sonido que le estaba destrozando los tímpanos.

Una respiración fuerte, caliente y putrefacta le golpeó la piel de la cara, los labios y los ojos.
Sólo logró distinguir algo semejante a una cara bajo los cabellos largos de la chica, completamente rasgada, acuchillada y sin ojos.

Apartándose con un desatinado arrebato y chillando con las pocas fuerzas que le quedaban, estuvo a punto de resbalar sobre el charco de sangre que tenía a sus pies.
Pero logró aterrizar sobre una de las mesas, babeando, con el corazón fuera de control y los dedos hincados entre las bandejas de comida.
No quería levantar la cabeza. No quería ver nada más…

“No, no no”.

Se lo repitió una y otra vez, ya al borde de la locura, trastabillando al intentar avanzar hasta la puerta y salir de aquella pesadilla real.
Sólo lograba ver sus zapatillas llenas de salpicones de sangre, mientras escuchaba un murmullo, no de voces, sino de alientos. Algo que parecía estar vivo sin merecerlo, le estaba rodeando.
Aún así, continuó avanzando hasta llegar al final de comedor. Respiraba como si hubiera corrido durante horas. Miró hacia adelante, en donde se suponía que estaba Shunsuke, controlando toda aquella maldición. Pero ya no estaba allí.

_ ¡Hiro chan!

El grito no le dejó tiempo a dudar, simplemente se dio la vuelta rápido.

_ ¡Yamato!

Shunsuke le tenía retenido, inmovilizado y pegado al suelo, los brazos bien sujetos tras la espalda.

A su alrededor, alumnos, profesores, servicio del comedor…Todos estaban echados sobre los asientos ensangrentados, desmembrados, y, algunos de ellos, aún en ese estado, milagrosamente en pie, los cabellos tapando las caras, o lo que quedaba de ellas.

La luz era tenue y roja. Hiroshi se dio cuenta de que las ventanas estaban también rociadas en sangre.
Sin embargo Yamato estaba bien, y, a pesar de todo el horror, eso alivió profundamente a Hiroshi. Probablemente la situación era excesiva como para lamentarse en ese instante por todos los demás…

_ ¡Suéltale Shunsuke! – le gritó firme, en pie, secándose el sudor frío de la frente con las temblorosas manos- ¿No soy yo a quien quieres? ¿No soy yo el de la maldición? ¡Ven a por mí entonces!

Lo gritó más firme de lo que creía que podría ser en un momento así…Estaba a un paso de la puerta, de escapar…Pero…¿En serio podía escapar de aquello?
No…Era imposible. Dentro o fuera, en su casa, en su posible futuro si es que lo llegaba a tener…Siempre le perseguirían las mismas visiones, las desapariciones y los muertos.

Tenía que regresar, enfrentarse a Shunsuke y ayudar a Yamato.

Volvió a hacer el camino a la inversa, pisando con fuerza, despacio pero sin parar ni por un segundo. La sangre se estaba empezando a coagular.
El sonido de sus pasos sobre aquella ciénaga roja, se mezclaba con su agitada respiración y ese extraño “ras, ras, ras” procedente de los cuerpos que parecían reírse de él desde sus horribles carnes.

_ ¡No me detendrás Hiroshi! – Shunsuke mostraba por fin, una expresión. Algo que leer en su cara. Era la primera vez, seguramente porque le odiaba, como a todos los Tanizawa, y ese era el encuentro definitivo
entre el causante de la maldición y su presa.

Shunsuke apretó más los brazos de Yamato con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba su cabeza por la nuca, agarrándole del cuello.

_ Hiro chan*…Ayúdame por favor…- sollozaba como un niño pequeño, asustado, incapaz de mover un dedo.

Hiroshi avanzó más deprisa, y a la vez, Shunsuke sacó algo de su bolsillo, soltando el cuello del chico, que trataba de escapar a toda costa, forcejeando bajo el fuerte Shunsuke. Hiroshi saltó con un grito sobre él, logrando que se despegara de Yamato.
Shunsuke había perdido el arma o lo que fuera que había utilizado para acabar con todos.
Miraba con desesperación hacia su derecha, al lugar donde había salido despedido el objeto. Era una especie de mechero…Corrió a recuperarlo, pero varios de los cuerpos le habían rodeado.

_ Yamato, ¿estás bien? – Hiroshi trató de ayudarle, puesto que estaba postrado en el suelo, boca abajo, demasiado asustado para moverse. A pesar de todo, le sonrió agradecido.
_ Hiro chan, gracias…

Tomó aire para seguir hablando. Hiroshi le agarraba del brazo con fuerza: tenía que sacarlo de allí antes de que Shunsuke terminara con ellos.

_ Gracias…
_ Vamos, tenemos que salir de aquí…
_ No, en serio…

Su voz sonó muy seria, pausada, extraña.
Shunsuke seguía lidiando contra los cuerpos desmembrados, tratando de alcanzar el mechero color plata, que tenía una extraña forma curvada, y unos kanjis grabados en una de las caras.

Hiroshi miró a Yamato una vez más antes de intentar levantarle para salir de una vez por todas de la Escuela.

_ Gracias Tanizawa, por cumplir con tu contrato, una vez más.
_ ¿Qué..?

Yamato le sujetó con un sólo y rápido movimiento por el cuello con ambas manos, unas fuertes manos de venas sobresalientes y uñas curvadas y negras como garras de ave rapaz.
Sus ojos eran sangre encharcada y su boca una sonrisa esperpéntica, literalmente de oreja a oreja. Como si la hubieran cortado sobre la cara, que no era más que un óvalo salpicado en sangre y rasgado desde el cuello hasta la coronilla.

Hiroshi no podía respirar, su vista se nublaba…Era tarde…Demasiado tarde…

Shunsuke lanzó un grito terrible, un grito de final y muerte.

Todo se volvió oscuro. Se acabó…

“Tanizawa…Has sido realmente delicioso durante siglos…”

La bruja hablaba desde el cuerpo de Yamato, con voz rasposa, y seguía apretando con fuerza el cuello de Hiroshi, ya al borde de la inconsciencia.

_ ¡¡Brujaaaaaa!!

Un golpe feroz – una patada de Shunsuke- la alejó de Hiroshi, que no podía ni toser. Trataba de ver qué estaba pasando entre Shunsuke y aquella especie de ser que se había hecho pasar por Yamato ( O quizás Yamato siempre había sido ese monstruo…)
Shunsuke tenía el mechero en la mano derecha y había agarrado a Yamato de forma que no pudiera moverse pero eso era imposible. La bruja simplemente se deshizo de sus brazos, que cayeron a plomo chorreando sangre, y se escabulló serpenteando, mientras un “ras, ras, ras” continuaba saliendo, como si se tratara de un palpitar, de su interior.

Cuando se quisieron dar cuenta, había desaparecido.

Los cuerpos desmembrados, brazos y cabezas, rodaban y se arrastraban a una velocidad increíble hacia ambos chicos, que se apostaron en uno contra la espalda del otro, sin salida, sin esperanza alguna.

_ Shunsuke…
_ Qué…
_ Siento no haberte escuchado antes.
_ Ya…Yo siento no haber sido más…Normal – la sangre y los miembros les cubrían las piernas, aferrándose a su propia carne, propinándoles un dolor indescriptible.
_ Ojala salgamos de ésta…-deseó con voz entrecortada, consciente de la tontería que acababa de decir.

Shunsuke asintió, tomó aire y alzando la mano llena de rasguños, de entre los cuerpos, encendió el mechero.

Un halo de luz y calor inmenso les hizo cerrar los ojos.

Algo semejante a gritos sin voz, espeluznantes sonidos de ultramundo, les aturdió durante tanto tiempo, que se creyeron muertos.

Cuando despertaron, se encontraron sólos, tirados en el suelo del comedor. No había ni rastro de sangre, ni tampoco quedaba un sólo cuerpo de los muchos que les habían torturado segundos antes…
¿O tal vez habían sido horas? Ninguno de los dos lo supo jamás.

La Escuela estaba vacía. Cuando vino la policia, no daba crédito a lo sucedido: habían desaparecido profesores, limpiadores, alumnos…Excepto aquellos dos chavales, que no lograban articular palabra y estaban llenos de heridas, con las ropas y los cabellos ensangrentados.

_ Vamos, chicos…- les acompañó un agente, que les había proporcionado mantas y algo caliente para beber.

Hiroshi miró hacia atrás una vez más. Entre las mesas y junto a las paredes, bajo las ventanas, ahora relucientes y acariciadas por la luz de la puesta de sol. Mirara donde mirara, no había ni rastro de la bruja. Ni rastro de sangre, ni rastro de NADA.

Suspiró y volvió la cabeza, cansado, caminando junto a Shunsuke, que fruncía el ceño observando el mechero entre sus manos.

“Al menos hemos terminado con la bruja y la maldición…” Pensó Hiroshi, preguntándose que tipo de poder tenía aquel chico enorme llamado Shunsuke, y por qué le había ayudado…

Se cerraron las puertas del comedor tras ellos.

Los gorriones volvían a los nidos, alertados por la noche que ya se acercaba con pasos tiznados de color púrpura.

Si te fijabas en el comedor, te parecía imposible que algo tan horrible hubiera sucedido en un lugar tan calmo y limpio…

Ah…Alguien parece haber olvidado una pequeña bolsa o un monedero…Allí, junto a la última mesa, la que está en la esquina Oeste, junto a las ventanas.

Se mueve un poco, se retuerce y brilla, goteando algo espeso.

Se gira de un golpe, para mostrar una pupila oscura, mientras de su pequeño interior suena, constante y aterrador:

_Ras, ras, ras…

FIN

 

NOTAS:

Detrás de los nombres se añade -chan, cuando se trata de un niño o hay un vínculo muy cercano entre los interlocutores. También es una forma cariñosa de llamar a alguien. De aquí que Yamato llame Hiro chan a Hiroshi.

La maldición de la familia Tanizawa (parte I)

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En pleno siglo XVI, en algún lugar al Norte de Kyuushu, se llevaba a cabo una tremenda batalla, que duraría más de medio año.
Se enfrentaban Shuuji Tanizawa, gran terrateniente y mejor militar, contra Tanabe Mitsuhiko, un joven de gran fuerza física, perseverante y muy fiel a sus hombres y a las gentes que trabajaban en sus tierras.
Ambos eran terratenientes y poderosos pero se diferenciaban en algo que se convirtió en la comidilla de las gentes que gustaban de hablar y dispersar rumores.
Shuuji Tanizawa tenía a su lado a una bruja que utilizaba sus malas artes para ayudarle a vencer las batallas contra Mitsuhiko.

Una noche acampados entre las montañas, los hombres de Shuuji hablaban en un murmuro sobre la bruja, con temor a terminar como tantos hombres y mujeres que habían sido malditos por su retorcida lengua.

_ No comprendó cómo el general confía en ella…- masculló uno de ellos, sentándose a calentarse junto al fuego.
Su turno acababa y uno de sus compañeros le substituía en la vigilancia.
_ Te entiendo. – Asintió otro, tuerto y falto de dos dedos en la mano derecha.- Esa maldita mujer me da mala espina..

Un chasquido tras ellos les alertó. Con las manos sobre las armas, trataron de vislumbrar lo que parecía moverse entre las sombras del follaje.
Pasaron unos eternos segundos: nada sucedió.

_ Te estás volviendo un blando, Akito – rió el hombre tuerto volviendo junto al fuego, como si tratara de romper la tensión que flotaba cortante, en el aire.
_ Cállate…- masculló el otro, bizqueando de tanto observar en la oscuridad a aquellos matojos que formaban sombras fantasmagóricas tras ellos.

En ese momento, un grito horrible atravesó con crueldad, montañas y nubes, tierra y fuego. Un grito como nunca antes aquel fuerte, rudo hombre de guerra,
tuerto y sin dedos, había oído jamás. Se dio la vuelta, realmente asustado, percatándose que temblaba como un conejo antes de ser degollado.

Abriendo mucho los ojos, con la mandíbula desencajada y un temblor creciente, trató de articular algo, pero le fue imposible.
La mujer estaba allí, de pie, con algo amontonado a sus pies. Hacía un peculiar sonido, que no lograba identificar.
La luna salió de entre las nubes de occidente, y entonces, pudo ver la más horrible de las visiones.
La bruja estaba comiendo de la cabeza de su compañero…Y a sus pies, lo amontonado, no eran más que partes de lo que quedaba de su cuerpo.

El tuerto, se echó atrás, cayó torpemente, mudo, con los ojos fuera de las orbitas, con el pecho en locura de latidos y sin aliento.

Tres horas más tarde, al amanecer, el guerrero que hacía el último turno, regresó al puesto.
Se frotó la nuca, aturdido.

_ ¿Qué demonios…?

El fuego estaba apagado y no quedaba ni rastro de sus compañeros.

Shuuji Tanizawa sólo tenía un deseo, una meta en aquella vida: vencer fuera como fuese a  Mitsuhiko. Ya no era cuestión de poder o tierras…Aquel joven, era terco, enérgico y carismático.
La gente le seguía sin razón alguna, no por dinero, ni por favores.
Tanta era la rabia que sentía por él, que cada noche se acostaba maldiciéndole y cada mañana despertaba con el ceño fruncido, deseándole la muerte.

La bruja, siempre oculta en las sombras pero a su lado, le dijo la víspera de la batalla definitiva:

_ Yo puedo hacer que muera sin que tú nombre salga manchado.

Ella tenía un velo negro y púrpura, que cubría la mitad derecha de su cuerpo desde la cabeza, pasando por la frente, la nariz y la boca, hasta la pequeña zona que restaba
entre sus pies. Era como si estuviera partida en dos.
Shuuji le había prometido todo cuánto quisiera a cambio de hacerle las cosas más fáciles tanto en las luchas como en la vida sentimental.
Era gracias a sus artes oscuras por las que estaba casado con la mujer más deseada del Imperio. También gracias a ella no sufría ningún daño físico, ni él ni sus hijos, ni sus padres.
La bruja le había abierto un camino de éxito sin tropiezos… Aún así, al ver como su oponiente se levantaba de cada caída, no importaba lo dolorosa que fuera su situación, se revolvía de envidia y le corroía la rabia.

_ Hazlo. Haz lo que sea – le dijo a la bruja, sentado ante una lumbre en la que se calentaba té, en una pequeña choza de madera oculta entre la foresta – Pero termina con él para siempre.

Su tez estaba amarillenta, sin vida, y sus ojos mostraban una fealdad que le volvía monstruoso, siendo un hombre de aspecto más bien simplón.

_ Lo haré Señor, pero a cambio quiero algo…- La mujer, de pie al fondo de la única estancia, parecía hablar como las serpientes: respiraba silbando, mientras hablaba, como si cada
palabra fuera un puñal.
_ Lo que desees, te lo daré – le suplicó con la mirada Shuuji, alentado por la fuerza equivocada, la del Odio irracional.

Le pareció que ella sonreía, aunque las sombras y luces que la lámpara dibujaba en las paredes de madera, podían hacerle ver lo que no era…Un momento más tarde ella le dijo, con
un tono que incluso a él, le dio escalofríos:

_ Acabo de formular mi deseo…El contrato está hecho.

Año 2002, Prefectura de Fukuoka, Japón. En una escuela del barrio de Jonan, llevan sucediéndose durante tres años desde su apertura, una serie de fenómenos que escapan del
perfecto entramado de teorías de la tan idolatrada Ciencia.

La Escuela Hamasaki, tenía el aspecto de cualquier otra escuela japonesa. Nada podía hacer sospechar que allí, en aquellas aulas, sucedían cosas que podrían hacer desvanecer hasta
al más fanático de las películas de terror de Shimizu Takashi*.

Hiroshi, del tercer año, llegaba como cada mañana, en bicicleta, justo unos segundos antes que el guarda cerrara el portalón de hierro.

_ ¡Por los pelos, Hiro chan! – le gritó un compañero apoyado en la pared, junto a la puerta de la escuela. Era su mejor amigo, Yamato Toudaiji, alto, con cara de chiste, ojos muy pequeños
y cabellos teñidos de castaño.
_ No me llames así, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? -se quejó Hiroshi, aparcando su bicicleta y colgándose la mochila al hombro.
_ Anda, no me seas angustias, ¿qué más te da?

Pasaron por las taquillas a descalzarse y ponerse las zapatillas reglamentarias. Entonces, como de costumbre, cruzó tras ellos, con paso calmo y cara de pocos amigos, el enorme Shunsuke, el
alumno de segundo año que aterraba hasta a los profesores sólo por la forma en que miraba. Hiroshi no se fiaba de él, le parecía un tipo bruto y rudo sin necesidad, que precisaba de modales.
“Debería aprender a socializar un poco…” Pensaba a menudo mirándolo de reojo desde su asiento. Sólo les separaba un pupitre, el de Yamato, que no dejaba de bromear, ni cuando el profesor
estaba presente. A diferencia de aquel cara de piedra de Shunsuke, su mejor amigo Yamato, era un tipo que transmitía vida por doquier, contagiando con su constante sonrisa a todo el mundo.

A la hora de la comida, algo empezaba a cocerse y no olía nada bien-por supuesto no era en las ollas del comedor-.

_ ¿Lo habéis oído?
_ Sí…¡Estoy aterrada! Quiero dejar esta escuela…
_ Yo también, pero no puedo…Ya es tarde para transferirse…
_ ¡Pero es que es demasiado! ¿Y si alguna de nosotras es la próxima?

Las chicas hablaban sin orden, alrededor de sus bandejas con la comida, mientras sorbían sus refrescos o su leche en pack.
Eran tantas las mesas con grupos de alumnos hablando de los mismo, que parecía que un zumbido de abejas había conquistado el mundo del sonido en aquel lugar.

_ ¿Han vuelto a empezar? – Le preguntó Hiroshi a Yamato, sentándose a su lado en una de las mesas.
_ Pues sí…Al parecer anoche volvió a desaparecer una alumna. No salió de la escuela, ni tampoco llegó a su casa…- Yamato sorbía su ramen con avidez -Bueno, eso es lo que se rumorea,
a saber si es cierto…
_ Pero…Desde que estamos en esta escuela, llevan sucediéndose una gran cantidad de desapariciones…¿No es raro?

Yamato se encogió de hombros, como si no fuera con él aquel asunto.

_ ¿Y si algún día nos toca a nosotros? – Hiroshi lo dijo con un hilo de voz, como temiendo la reacción de Yamato. “Se va a reír…Fijo.”
Y sí: Yamato se rió con todas las ganas.
_ ¡Por eso te llamo Hiro chan: eres un miedica!

Hiroshi suspiró, sacudiendo la cabeza. Yamato no parecía tenerle miedo a nada…En cierto modo le envidiaba.

_ ¡Eh, cuidado tío! – exclamó uno de los alumnos tras tropezar con el alto y ancho Shunsuke. Éste no se inmutó, y ni siquiera pidió disculpas.

Yamato le miró despectivo:
_ Menudo personaje…¿Es que no sabe hablar?
Hiroshi asintió: ciertamente, era desagradable tener a alguien como él en su clase…Incluso había llegado a dudar de él, pensando que se trataba del culpable de las innumerables desapariciones.

Ahora que lo pensaba…El colegio había sido investigado cientos de veces, e incluso en Mayo del año pasado, había estado a punto de cerrar. No era de extrañar…Sin embargo, se decía que había
muy buenas conexiones entre los altos cargos de la Escuela y el Gobierno, lo cual había hecho posible que Hamasaki siguiera viva y con más de doscientos estudiantes a su cargo.

Pensando en todo aquello, de camino al gimnasio, la vista le jugó una mala pasada. Por un momento que le pareció eterno, los oídos le silbaron hasta ser incapaz de escuchar nada. Ante él se abría
el pasillo de siempre…Sólo que…Tanto paredes como suelos estaban completamente bañados en sangre. Sudor frío le recorría el cuerpo entero. Trozos…Eran brazos, carne…Cuerpos descuartizados…

Entró en pánico y gritó con todas sus fuerzas.

“¡¡No quiero abrir los ojos, no quiero estar aquí, no quiero verlo!!” Era lo único que podía pensar tras un buen rato tratando de calmar su respiración, con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza,
incapaz de volver a abrirlos.

_ ¡Oye! ¿Estás bien?

Volvió en sí tras sentir una sacudida propinada con fuerza en su hombro derecho. Miró alrededor, confuso. Estaba sentado contra la pared, completamente empapado en sudor, aturdido y aún asustado por
la visión descorcentante de aquella especie de matanza.

_ ¿Estás bien?

Quien la hablaba no era Yamato. Para su sorpresa, y la de los demás alumnos, que habían corrido hasta allá al escuchar el grito de Hiroshi, el enorme y asocial Shunsuke estaba inclinado sobre él,
pregúntandole y tratando de ayudar. Sin expresión alguna, pero intentándolo.

_ Estoy bien. No…No ha sido nada…- Se levantó deprisa, y se alejó de allí lo más rápido que pudo. Sólo se atrevió a mirar atrás una vez: Shunsuke ya no estaba allí.

Su corazón palpitaba muy deprisa, por lo que se agarró el pecho, en un intento de calmarlo. “Tranquilo, no ha sido más que una alucinación…” Se decía repetidamente, como si fuera un cántico protector, una frase
pacíficadora que le hiciera olvidar lo que acababa de ver.

Pero las visiones continuaron repitiéndose en los momentos menos esperados, tanto en su casa, durante los desayunos o las cenas con su familia, como en la Escuela, en medio de la clase o durante las conversaciones
con Yamato y los demás.
Sus padres comenzaron a intercambiar miradas de complicidad y a lanzar profundos suspiros, que denotaban preocupación y miedo.

Una noche su padre, fumaba a solas en el salón, frente al televisor apagado. Hiroshi se había levantado a beber agua cuando vio su figura de espaldas, y el humo danzarín del cigarrillo.

_ Papá, ¿te pasa algo? – se acercó despacio, esperando, por culpa de su comportamiento, un posible rechazo.

Pero su padre se giró a mirarle, y le hizo un gesto para que se sentara a su lado.

_ Sobre lo que te ocurre, Hiroshi…-Su padre dudaba mucho con cada palabra, e incluso hacía gestos de desaprobación para consigo mismo tras terminar una frase. Aún así, continuó hablando:
No es algo nuevo en la familia. – aplastó lo que quedaba de cigarrillo en el cenicero y soltó el último nubarrón de humo con un suspiro sentido.
_ ¿Qué quieres decir?…
Su padre le miró a los ojos, entristecido, de repente envejecido y falto de fuerzas, y le dijo lo siguiente:
_ Yo también he vivido cosas terribles, que no puedo contarte…No es que no puedo, es que no quiero hacerlo…Te…Te destrozaría por dentro. Tu madre me ha apoyado siempre,
cosa que le agradeceré eternamente…Pero ahora te sucede lo mismo a ti…Mira, Hiroshi – está vez su tono y su postura mostraron determinación- No podemos hacer nada. Es el destino que
viene asolando con esta  especie de…maldición, a la familia desde nuestros ancestros. Mi padre, el abuelo, no murió de demencia, como se os ha dicho.

Le miró a los ojos tratando de hacerle entender todo aquel extraño entramado sin necesidad de utilizar palabras.
Hiroshi tragó saliva, sin apartar la mirada.
Comprendió que su padre y su abuelo habían visto cosas como las que él veía a diario. Pero tenía muchas dudas…

_ Padre…¿Son muertos reales?
La pregunta pudo haberle sobresaltado, pero no lo hizo, el hombre se mantuvo inmutable y con un movimiento de cabeza, asintió.

Hiroshi se agarró los brazos con ambas manos, apretando fuerte, hasta dejar la marca de cada dedo en su piel. No podía ser…Todas aquellos alumnos desaparecidos, estaban muertos…Y sólo él podía verlos,
¿Por qué él?, ¿Por qué su familia?…

_ Hiroshi, eres mi hijo, y sé que podrás soportarlo. No hay nada de hacer. Simplemente, mantén tu alma en calma, y no te dejes llevar por el pánico, nunca de dejes llevar por esas imágenes.
_ Pero Padre, esos chicos, toda esa gente, está muerta…¿Quién está matándola? ¿Qué es…?
_ ¡Hiroshi! – Su padre le hizo callar, con una expresión propia del más importante guerrero frente a la más dificil situación en batalla- No hagas preguntas; deja que la polícia haga su trabajo y no intentes nada contra
esta maldición. No está en nuestras manos terminar con ella…

Hiroshi se levantó y tras un “buenas noches” seco y sin entonación alguna, se dirigió a su cuarto. El pasillo estaba oscuro pero podía verse los pies descalzos al dirigirse a su habitación, al fondo del pasillo.
La puerta de la cocina estaba abierta pero no había luz en ella. Sin embargo, un sonido semejante al rozar de un papel contra otro, rascaba lentamente la atmósfera callada de la noche.
Se detuvo con cautela, dio un paso más y puso la mano en la puerta entreabierta, empujando ligeramente. Un golpe de algo al caer, junto a sus pies, le sorprendió, dando un brinco hacia atrás. El corazón le latía
a gran velocidad. Le sudaban las manos. Resistiéndose a mirar, tomó aire tres veces, se armó de valor y observó con detenimiento, los puños apretados, aquel bulto a los pies de la puerta.

“¿Un montón de ropa…?” Confuso se acercó más. Se arrodilló ante aquella silueta indiscernible. El extraño sonido venía de él. Era semejante al papel rasgado de una habitación con corrientes de aire.
Un raro rozar: ras, ras, ras…
Alargó la mano despacio, sintiendo un calor de auténtico de bochorno veraniego y la boca completamente seca.
Entonces el sonido se aceleró y subió de tono a la par que aquello, se levantaba y se abrió ante él como una flor ensangrentada. Un brazo de mujer arrancado por el codo, con la palma abierta tal cual fuera a arañar, se levantaba tratando de
atacarle.

Gritó con tanta fuerza y desgarro que ni tan siquiera se dio cuenta de que su voz, resultó un angustioso chillido que dejó con miedo a todo el barrio hasta el alba.

Despertó en su futón, mareado, con un indeseable sabor a bilis torturándole en la zona de la garganta. Había mucho jaleo en la casa.
Se incorporó. La cabeza le dolía tanto que podía sentir un pulso de gigante martillearle las sienes.
A través del resquicio de la puerta, pudo ver a su padre, frotándose la frente, nervioso, desesperado, hablando con varios hombres, polícias al parecer.
Cuando logró preguntarle a su padre qué era lo que estaba pasando, y escuchó la terrible respuesta, Hiroshi tuvo tal pavor, que se qudó encogido en su futón, sudando, vomitando durante horas,
incapaz de moverse ni un ápice, ni de articular palabra o arrancarse llanto alguno.

Su madre había desaparecido sin dejar rastro.

Yamato había venido a verle. Ambos estaban sentados junto a la cama, frente a la play station, pero sin moverse. Hiroshi estaba pálido y aturdido. No lograba llevar una vida normal desde aquel día,
y ya hacía de ello más de tres semanas.

_ Oye, Hiroshi…Lo siento mucho, pero…No puedes seguir así.
_ ¿Así cómo? – preguntó apagado, con los ojos en algún lugar lejos de allí, o en ninguna parte…
_ ¡Hiro chan! – Yamato perdió la paciencia, le sacudió con ambas manos los hombros e hizo que le mirara a los ojos. – Ya está bien. No sabemos que le pasó a tu madre, pero…Seguramente la policía dará con ella.
Si sigues encerrado aquí, sin hablar con nadie y comiéndote la cabeza, terminarás o enfermo o muerto.

“Tal vez sería lo mejor” Pensó Hiroshi sin ganas de responder. Pero sus ojos decían exactamente lo que pensaba y Yamato se enfadó.

_ Mira Hiro chan, yo soy tu mejor amigo, y haré lo que sea para que salgas de aquí, vuelvas a la escuela y me hables otra vez. ¡Lo que sea! – le dio una palmada en la espalda y una colleja sin malas intenciones, antes de
levantarse. – Te espero mañana en la Escuela. No me puedes dejar tirado, tío. Somos colegas.

Hiroshi sintió un profundo agradecimiento ante aquel Yamato al que no se le daba bien consolar a la gente, pero que torpemente, había intentado con todas sus fuerzas, animarle y darle valor.

_ Gracias Yamato – logró esbozar una mínima sonrisa Hiroshi – Lo haré.

Yamato asintió satisfecho, y asintiendo con un enérgico golpe de cabeza, soltó un “Oou”, afirmativo, con una mueca de satisfacción.
Hiroshi se asomó a la ventana para saludarle por última vez y le vio caminar con grandes zancadas y la cabeza hacia adelante, como las avestruces, hasta que desapareció en la siguiente esquina.
En ese momento pensó que tenía mucha suerte de que Yamato fuera su amigo…

A la mañana siguiente se presentó en la Escuela.
No fue una bienvenida precisamente agradable: tanto profesores como compañeros de clase, o estudiantes de otros cursos, le miraban con recelo para después cuchichear entre ellos, como si Hiroshi fuera ciego o tonto
y no se diera cuenta de qué iba todo…

Se sentó en su pupitre, lanzando un suspiro, echándose hacia atrás en su silla. “No sé para qué he vuelto…” Pensó, dejando la cartera sobre la mesa sin mirar hacia ningún lado. Había adquirido aquella costumbre por culpa
de su constante miedo a ver las visiones. Pero la verdad es que hacia unos días que no las sufría, cosa que le sorprendía y aliviaba a la vez.
_ No les hagas caso, Hiro chan.

Yamato se acaba de sentar, mirándole con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía alegrarse de verdad de su regreso.

_ Sólo tienen miedo, eso es todo.
_ Supongo que es lógico…- asintió Hiroshi no sin incomodidad ante tanta mirada esquiva.
_ Bueno…Ya se irá calmando, dale tiempo.

Las clases se siguieron con normalidad, y Hiroshi parecía ir olvidando todo lo malo acaecido hasta el momento. Sin embargo, no todo podía ir tan bien…A
la hora del almuerzo, se cruzó con Shunsuke. Parecía haber crecido más en aquellos días en que se había ausentado…¿Cómo podía ser tan enorme siendo un año menor que él?
Le dio rabia toparse con él, por lo que optó por girar la cabeza y seguir su camino a la cafetería con paso rápido.

_ Oye – Una voz que había oído sólo una vez en toda su vida le agarró la atención con fuerza. Era la voz firme y algo ronca de Shunsuke.

Hiroshi se detuvo un instante, sin girarse.
_ Tengo nombre ¿sabes? Déjame en paz- hizo amago de seguir su camino cuando sintió que le tiraban del brazo izquierdo con fuerza.
_ Espera un momento – Shunsuke le miraba a los ojos con cierta fiereza, cosa que amilanó a Hiroshi.
_ Suéltame. – se sacudió de un fuerte golpe aquella mano y se echó un paso atrás- ¿Qué es lo que quieres?
_ Sólo avisarte…Sobre la maldición. La maldición que cayó sobre tu familia.

Hiroshi se quedó sin habla. ¿Cómo diablos podía saber aquel tipo, algo que sólo su padre se suponía que sabía?
Algo no iba bien…Su corazón semejaba un gorrión asustado golpeándose en un cuarto sin ventanas.

_ ¿Qué…quieres decir? – logró preguntarle.
_ Tenemos que hablar, si no quieres acabar muerto.

La enorme figura de Shunsuke y sus fijos, negros, rasgados ojos, le sobrecogieron. Le vinieron a la menta las cientos de visiones que había tenido hasta la noche en que su madre desapareció.
Sintió náuseas, dolor en el pecho, temblor en todo el cuerpo…Tenía que huir de él. Yamato, ¿dónde estaba? Debía encontrarle y contárselo todo…¡Debía correr!

_ ¡Espera! – le gritó Shunsuke en vano.

Hiroshi escapó por pasillos extrañamente desiertos, llegó a la cafetería, que a aquellas horas solía estar tan llena que no cabían en las mesas y había que hacer turnos para sentarse a comer.
Pero estaba vacía.
Ni siquiera había habido signos de que se hubiera comido allí ese mediodía.
Confuso, Hiroshi dio vueltas sobre sí mismo, buscando un signo de normalidad. O tal vez eran las paredes las que giraban burlándose de él…No podía saberlo.

Gritos y sollozos se escurrían por entre los resquicios de puertas y ventanas, corrían por los pasillos, burlaban cualquier obstáculo y todo para alcanzarle…Estaba seguro: acabarían con él.
Ese día le matarían…

CONTINUARÁ

Shimizu Takashi 清水崇 (Nacido en Gunma en 1972) famoso director de cine, autor de la saga JU-ON

Tanizawa Shuuji: 谷澤 宗次

Tanabe Mitsuhiko: 田邉 光彦

Hiroshi: 宏史

Yamato:大和

Shunsuke:俊助