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Armend y Liend III (Lectura online, +18 años)

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Ciertamente, estoy tardando mucho en escribir la tercera novela que formará parte de la trilogía sobre la historia de amor de Armend y Liend…Lo siento de veras, porque tengo muchas ganas de mostraros las escenas que ya están más o menos abocetadas y casi coloreadas del todo en mi cabeza. Por razones de Salud, entre otras, voy más lenta de lo que querría…Pero voy a intentar terminar esta larga novela que comencé en el 2006, y ponerle todo mi corazón; por el momento he pensado que ir subiendo lo que tengo escrito poco a poco no es mala idea ^_^;; Espero que así disfrutéis un  poco de este entrelazado de historias, que vosotr@s habéis aceptado y querido tanto, dándome gran satisfacción y mucha alegría…Os debo mucho queridos lectores…

A través de este blog de cuentos, os iré comunicando cuándo subo los párrafos o capítulos, en el blog correspondiente: el que en su día abría sólo para ARMEND Y LIEND.

Aquí os dejo la entrada con los primeros pasos de esta tercera  novela. Esperando que sea de vuestro agrado y ansiosa de leer vuestros comentarios, me despido por el momento con un fuerte abrazo ^0^)

http://armend-y-liend.blogspot.es/1339110000/

😦

 Atención!! Editado!!! El blog ha sido borrado ToT)) no lo entiendo pero bueno…Aquí os dejo el link de descarga y la contraseña,

http://www.4shared.com/folder/wpY2qliY/Novela_Gay_Armend_y_Liend.html

 password: tanpopotohimawari

También podéis acceder a todo desde el nuevo post ecrito hoy, en este mismo blog 😉

https://yreneyuhmi.wordpress.com/2014/02/05/updating-information-important/

Gracias por estar aquí, por vuestro apoyo y cariño!!!!! muchos abrazos a tod@s!!!!

Yrene Yuhmi

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Karasu Tengu y la joven Mirin

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Mirin nunca pensó que algo así fuera a suceder. Porque las cosas que menos se imaginan en la vida, son las que suelen pasar, y cuando menos se las espera.

Ella había sido una niña sin fuerza física, pero con grandes ojos brillantes, que cautivaban a las gentes y amansaban a los animales.

Su familia venía de aristócratas, por lo que había crecido en un ambiente austero, de aprendizaje constante de la lectura y la caligrafía; así como el arte del Ikebana y la ceremonia del Té.
Su madre murió al nacer ella, siendo criada por una la mujer de confianza de la familia, la buena Matsuko obasan*. Ella era la que se encargaba, no sólo de la niña, sino también del
mantenimiento de la casa, los recados, la cocina y los horarios estrictos y puntualísimos de Tetsuya san, el padre de Mirin.

La casa de Mirin, tenía un jardín inmenso con un lago, un puente de madera, y hermosos cerezos hacia el Sur, así como Gingkos en el Norte y Ciruelos en el Este.
En el Oeste, había un enorme sauce llorón, al que consideraban sagrado por ciertos inexplicables sucesos, ocurridos cuando el padre de Mirin era niño.

Mirin se deleitaba cada día con la vista del jardín, sentada en el porche de madera, con sus pies enfundados en inmaculados tabi* y sus geta* de madera lacada cerca, en el suelo cubierto de fino musgo.
Habían camelias, rosas, lirios, violetas y azaleas. En Primavera, los pequeños pajarillos anidaban por doquier, sin temor a los humanos, y armaban un buen escándalo con la preparación de los nidos para sus
polluelos…Era, sin duda, la Primavera, la estación favorita de Mirin*.(実臨)

Se sucedían días de calma, pacíficos e inmersos en una rutina ciertamente hermosa.
Lo único que Mirin echaba en falta era tener amigos con los que hablar…Siempre estaba sola, aunque bien era cierto que Matsuko obasan la mimaba y atendía como una madre, era ante todo la mujer que llevaba
aquella casa, y siempre tenía mucho que hacer.

A Mirin le gustaba ver cómo tendía la ropa en el jardín, sobre unas barras de madera larguísimas en las que dormían al sol futones, ropas y demás colada, que también era tarea de Matsuko.
La buena obasan tenía la cara redonda como una de esas máscaras “ko omote”* de sonrisa infantil sobre blanco inmaculado. Se recogía los lisos cabellos en la nuca, para que no le estorbaran durante el
duro día de tareas, que ella realizaba como si fueran juegos, sin mostrarse jamás agotada o disgustada.

_ ¡Ah, otra vez! Ese cuervo me ha vuelto a manchar la ropa recién lavada…- se quejó una mañana, mientras Mirin leía a los clásicos, sentada sobre las rodillas, en su habitación.
Se movió con delicadeza y abrió la puerta de papel de arroz, asomando la cabeza.
_ Matsuko obasan, ¿qué sucede?
_ Un cuervo querida niña…Sólo los cuervos pueden hacer tantas maldades…Ayer se metió en la cocina, la otra noche robó en la habitación de la difunta señora…Lo revolvió todo, ¡como un ladronzuelo! – suspiró chasqueando la lengua, mientras se daba prisa en recoger las ropas, unas rasgadas, otras manchadas de lodo y heces que
ciertamente parecían ser de ave.

Volvió a llevarse la ropa en el cesto, caminando deprisa, acalorada por la mañana que había nacido fresca y se había ido calentando como un “mochi”* al fuego, volviéndose brillante y lustrosa…
Mirin miró alrededor, y escuchó con atención. Cuando sucedían cosas como aquella, los animales dejaban escapar muchos murmullos, pues eran tremendamente amantes de conversar, especialmente los gatos.
Los gorriones eran bastante cotillas y las mariposas y abejas, muy amantes de cantar. Mirin no perdió detalle de cuánto dijeron aquella mañana, que por cálida, había hecho que soltaran la lengua aún más de lo normal.

_ Dicen que fue el cuervo…¡Es un sinvergüenza!
_ Ya lo creo, ya lo creo…

Decían los gorriones con voz chillona, sobre las hermosas ramas de los cerezos, ya en flor.

_ Eso no es verdad.

Mirin dio un brinco. La voz era rasposa, pero noble. Venía del porche: sobre la fresca madera, se lavaba las patas meticulosamente un gato negro, bastante gordo y especialmente panzón.
La jovencita lo observó como queriendo saber más. El gato supo en seguida que aquella niña le comprendía, porque los felinos saben más de lo que se puede saber a simple vista, así que continuó hablando.

_ Malditos gorriones, ¡escándalosos, embusteros! – les enseñó una uña, que sacó como quien saca una daga, amenazador, y enfurruñado volvió a hablar con tono de queja – Todos le culpan porque es negro y tiene mala fama…
Pero no es él el culpable.
_ ¿Tú sabes quién es? – se atrevió a preguntarle Mirin.
_ Hmmm…Si yo lo he visto, también lo puedes ver tú, niña. No está bien creerse lo primero que se escucha.

El gato se echó y estiró las patitas, abriendo las pezuñas durante unos segundos para relajarse después y comenzar una de sus importantes siestas diarias.

Desde ese momento Mirin se convirtió en una observadora ávida, que no perdía detalle de cuanto sucedía en la casa o el jardín. Supo que había un topo al que le gustaba escuchar las canciones que Matsuko obasan
dedicaba a las noches mientras tejía junto a la lámpara.
También que dos familias gorriones se peleaban por una rama realmente confortable y que no había forma de que se pusieran de acuerdo. Sorprendió al gato hablando en sueños: “Quiero aprender a escribir…” decía moviendo los bigotes,
mascando ligeramente de gusto.
Y por fin conoció al cuervo. Le resultó hermoso: tenía un plumajes tan oscuros como la noche cerrada y los ojos como dos lunas llenas. Era bastante tímido para ser un cuervo…”¿Pero sé yo cómo son los cuervos?” Pensó la muchacha,
algo avergonzada por haberle juzgado sin conocerle.
Le observó tanto de día como de noche, y lo único que hacía, desde la rama más baja y gruesa del Ciruelo más viejo, era observar al Cielo. Nada más. Ni hablaba en sueños, ni conversaba con nadie. Mirin estaba algo decepcionada,
porque esperaba poder hablar con él. Pero aunque intentó preguntarle su nombre varias veces, no recibió respuesta alguna. Aunque tampoco ningún signo de altivez o desprecio.

_ ¡Aah, maldito cuervo! – ésta vez era su padre quien gritaba, saliendo enfurecido de la habitación con papeles manchados de tinta en las manos- Ha destruído mis hermosos trabajos de caligrafía.
Vislumbró al sorprendido cuervo en la rama del Ciruelo y se dirigió a él con furia, armado con una piedra.
_ ¡Espera Otousan*! ¡No le hagas daño! – Mirin se lanzó sobre su padre, abrazando su hakama con ambas delicadas, pequeñas manos.
_ Mirin, ¿por qué me detienes? – se volvió sorprendido Tetsuya san, sin bajar su mano.
_ Él no ha sido, ¡lo sé!
Quiso explicarle que le había estado observando, que había escuchado al señor gato y a los demás animales, y que no podía culpar a un inocente, ¡era demasiado cruel!
Pero su padre hizo caso omiso de sus palabras, y le lanzó una piedra con tal acierto que, aunque el cuervo aleteó para esquivarlo, la piedra le rozó el ala derecha.
_ ¡Aah…! – Mirin sintió una punzada en el pecho, e inconscientemente se tapó la boca con ambas manos, sorprendida y preocupada.
Pero el cuervo logró volar, no demasiado alto, pero lo justo para escapar de la ira de Tetsuya san, que volvía a tener las manos llenas de piedras.

_ ¡Otousan! ¡El cuervo no ha sido! Por favor no sigas…- le rogó ella estirando de sus ropas con la poca fuerza que Dios le había dado.
Sus enormes ojos estaban aguados por las lágrimas. Su padre no pudo resistirse a esa mirada y bajó la mano.
_ Está bien, pero a la próxima diablura que haga, yo mismo terminaré con él.

Mirin tembló, algo encogida dentro de su kimono. Volvió la mirada hacia el ciruelo pero el cuervo no estaba allí. La noche caminaba despacito pero firme, desde las montañas, trayendo consigo una manta
de estrellas y un soplo de frío.

La muchacha no lograba conciliar el sueño, pensando en el pobre cuervo herido. Ni tan siquiera las canciones de Matsuko san habían calmado su inquietud…No sabía dónde estaba, ni si la herida era grave,
si tenía frío o hambre, si sentía rencor hacia su padre…Se preguntaba demasiadas cosas por un ser al que apenas conocía. Al pensar en esta reacción suya, se acaloró y tomando las mejillas con sus blancas manos
trató de calmar el sofoco.

Entonces escuchó un ruido, como un caminar cauteloso a pocos metros de su habitación. Pensó que podría ser el cuervo, por lo que, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta corredera y miró afuera, con el corazón en
la boca de la emoción.
Pero lo que se encontró fue algo sumamente chocante y hasta temible, hasta el punto de encogerse de miedo al verle.
Un youkai tanuki* la miraba con ojos rojos como dos “chochin”* encendidos en la lejanía. Tenía unos afilados dientes y unas zarpas que sujetaban algo. ¿Qué era? Se movía inquieto y hacía un extraño ruido que no lograba
identificar.
_ ¿Qué miras niña? – le preguntó de repente el tanuki, acercándose a ella, con mirada maliciosa- ¿No reconoces a tus propias carpas? Esta noche serán mi cena, jejeje – su risa era realmente horrible e indeseable.
Mirin pudo ver entonces que tenía entre sus manos a los peces de colores que su madre tanto había querido, por ser regalo de Tetsuya san.
_ ¡Qué crueldad! – sollozó la niña dejando escapar lágrimas auténticas, que brillaron como las mismas estrellas.
_ ¡Oh…! Eres realmente una hermosa chiquilla – el tanuki se le había acercado con tal rapidez que Mirin se quedó congelada, sin aire, asustada y asqueada por el aliento del youkai – Quizás debería comerte a tí…

Mirin cerró los ojos con fuerza, “¡se acabó, me devorará!” y pensó en el cuervo por última vez, soltando más y más lágrimas.

_ ¡Suéltame, maldito! – gritó el tanuki con su desagradable voz de cueva y suciedad.

Mirin abrió los ojos deprisa: ¡el cuervo estaba allí! No tenía su aspecto habitual pero era él. Lo reconoció por sus ojos, amables y melancólicos, y por las hermosas alas negras vistiendo sus espaldas. Tenía forma
humana, cosa que le sorprendió, puesto que nunca había visto ser tan bello…Ensimismada, le costó darse cuenta de que el Cuervo sangraba notablemente: el ala derecha estaba decaída y tenía una buena fisura que no debía ser
poco dolorosa.

Sin embargo, no soltaba al tanuki, que parecía realmente enfurecido y forcejeaba asombrado por la fuerza del cuervo.
_ ¿Quién anda ahí? – Tetsuya san salía de su cuarto, a la vuelta de la esquina del largo porche que adornaba las habitaciones de su hija y de Matsuko obasan.

El tanuki no dudó un segundo y desapareció con tal velocidad, que nadie diría que había estado atemorizando a la niña hacía apenas unos segundos.
Sin embargo el cuervo, cabizbajo, sin fuerza en los brazos, parecía no importarle que le descubrieran…Mirin lo estiró cogiéndole de la mano, que estaba muy caliente, y lo metió en su cuarto.

Salió deprisa cerrando tras de sí, para recibir a su padre e intentar devolverlo pronto a la cama.

_ Otousan, ¿qué sucede?
_ ¿No has escuchado nada? – le preguntó seriamente, sujetando un pistolón regalo de un aristócrata amigo suyo, que había viajado a Londres.
_ Yo sólo he oído la pelea de dos gatos en la noche. Otousan, el cuervo te tiene obsesionado…- con ternura, le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la habitación, mientras él rezongaba sobre el cuervo
y demás animales que destorbaban la paz de su casa.

Cuando Mirin regresó a su habitación, no vio al cuervo donde le había dejado, pero sí un camino de sangre que se dirigía al rincón, en donde tenía su escritorio, tapado ahora con un biombo.

Allí estaba él, apostado en la pared, respirando con dificultad, con el ala rota.
Mirin corrió a sentarse a su lado, y con cuidado, comprobó si tenía fiebre, poniendo su palma abierta sobre la frente del herido.
_ ¡Estás ardiendo! – Mirin tenía la prioridad de curarle: estaba sufriendo mucho. El cuervo la miró con aquella febril expresión y su corazón dio un vuelco, como nunca antes lo había dado.
“Espera un momento” Le dijo, y salió con mucha prudencia, sugetando los bajos de su nemaki* con las manos, temblorosas y algo sudadas por la emoción.
Fue a buscar medicina para el resfriado y ungüentos para las heridas, así como vendas y algo de comer.

Aquella noche se ocupó de curarle y cuidarle, hasta que la medicina hizo efecto y el cuervo se quedó profundamente dormido, sin sufrir, respirando con mucha más normalidad.
Mirin suspiró aliviada, observando la bella ala vendada, algo avergonzada por su poca gracia a la hora de hacer ese tipo de trabajos…Aunque la venda estaba puesta de forma torpe, la herida ya no sangraba.
La muchacha, se quedó dormida al poco, a los pies del cuervo, totalmente feliz, como si aquel hubiera sido el día más hermoso de su vida.

Al despertar, no recordaba bien lo que había sucedido la noche anterior, pero escuchando la voz de Matsuko obasan llamándola para el desayuno, dio un brinco y miró al frente, donde se suponía debía de estar
dormido el cuervo…Sí lo estaba, pero en su forma de ave. La miraba de forma apacible, como si le diera las gracias.
_ Mirin, el sol ya está muy alto, ¿te quedaste dormida? – Matsuko obasan abrió la puerta corredera y asomó su cabecita de niña eterna.
Mirin se había sentado delante del cuervo, tapándole la visión a Matsuko, que no se dio cuenta de su presencia.
_ Voy en seguida – le sonrió apartándose algunos cabellos sueltos que le caían traviesos sobre la nariz.

Matsuko obasan hizo un mutis por la derecha, riendo como un cascabel pensando en lo linda que era su pequeña princesa…
Mirin suspiró aliviada, con la mano sobre el pecho, y dándose la vuelta, con una pequeña venia, le habló al cuervo todo cuanto se había guardado en el pecho y tanto debía decirle.
_ Muchas gracias por salvarme, señor Cuervo. Y disculpe usted a mi padre, no es mala persona…Sólo se confundió…Perdónele por favor.

Volvió a agachar la cabeza, cayendo como una cascada su larga cabellera sobre el impoluto tatami. Había limpiado la sangre la noche anterior, después de tratar la herida del señor cuervo.
Tenía las manos enrojecidas, porque jamás había hecho ningún tipo de trabajo físico. El cuervo le miró las manos, y después le dedicó algo que ella interpretó como una venia y que le hizo sonreír,
feliz por poder comunicarse con él, aunque no fuera con palabras.

_ Ahora debo ir a desayunar, pero volveré pronto con comida, usted descanse señor Cuervo. Esa herida debe curarse bien.

El cuervo se quedó muy quieto, parpadeando con sus afables ojos, el ala vendada pegada a su oscuro cuerpo de ave.
Durante los días siguientes, Mirin estuvo bastante atareada cuidando de su huésped y tratando de evitar que lo descubrieran. Ni Matsuko obasan ni Tetsuya san se dieron cuenta de que en la
habitación de la jovencita reposaba el cuervo, que tan mala reputación tenía…

_ Vamos Mirin, déjame hacer mi trabajo, ¡tengo que limpiar su habitación! – se quejó Matsuko, ante la súbita y tozuda negación a que entrara en el cuarto.
_ No te preocupes Matsuko obasan, yo misma estoy haciendo la limpieza, esta mañana aireé el futón, y he comenzado a limpiarlo todo, escritorio y armarios.
_ Oh…¿Y a qué viene ese cambio? No debe esforzarse tanto, mi querida niña – la miró con ternura y preocupación maternal – Mirin tiene el cuerpo de una princesa…No está hecho para
faenas duras.
_ Matsuko obasan, no digas eso – Mirin se sonrojó, sobretodo porque sabía que en el fondo de la habitación, tras el biombo, el señor Cuervo lo escuchaba todo – He estado siendo demasiado mimada
por obasan y por otousan, y eso no puede ser. Ya soy una mujer, debo esforzarme más – concluyó con seguridad y voz firme, aunque poco autoritaria.

Matsuko la miró con cierta sorpresa, pero también con orgullo. Su pequeña estaba creciendo y se volvía responsable. Se retiró satisfecha con el razonamiento que la muchacha le acababa de dar.

Cayó la noche con su canto silencioso de chasquidos misteriosos y su plateada luz de luna de arroz. Y el señor Cuervo regresó a su forma medio humana, con sus ropajes oscuros y su cinturón color escarlata.
Mirin quería escuchar su voz, y además necesitaba saber su nombre. Estaba cansada de llamarle señor Cuervo…
Así que se atrevió por enésima vez, con su afrutada voz de niña, a dirigirle la palabra temerosa de ofenderle, puesto que lo último que deseaba era que desapareciera.

_ ¿Le…Le puedo preguntar su nombre?

La habitación brillaba como una mariposa gracias a la gran lámpara de madera que presidía desde el rincón Norte toda la estancia. El futón ya estaba listo y los libros guardados.
No tenía demasiado sueño, sobretodo porque en las noches tenía la oportunidad de verle en su forma humana, y por ello, su corazón palpitaba como loco y se sentía más viva que nunca.

Iba a desistir una vez más, cuando él le dijo su nombre.
_ Karasu tengu*  – dijo con voz tenor, algo triste, algo desconfiada, alzando sus bellos ojos dorados, de espesas pestañas.
_ ¿Karasu…san*? – Mirin estaba tan contenta que no dio la mínima importancia al hecho de tener ante ella a un tengu*.
_ ¿No me tienes miedo?
_ ¿Por qué iba a tenerlo? Me salvaste la vida… – le respondió ella no poco sorprendida. E inocentemente continuó preguntando, comenzando así una conversación, la primera que tenía desde que nació,
con alguien a quien por fin podía llamar “amigo”.
_ Eres demasiado confiada…-suspiró él bajando los ojos, algo preocupado- De todas formas, soy yo quien debo agradecerte el haberme dado cobijo y comida, y por curar mi ala rota.

Mirin se sonrojó hasta las orejas, argumentando que era responsabilidad suya ocuparse de él, puesto que había sido su padre quien le había tirado la piedra.
Los nervios hicieron que trabara la lengua, se acelerara al hablar y se pusiera todavía más colorada, cosa que hizo sonreír a Karasu.
“Es la primera vez que veo sonreír Karasu san…” Embobada, no podía dejar de mirarle. Y Karasu, que ya conocía bien a la niña y al hechizo de sus grandes ojos, la miró con curiosidad, pensando qué era
lo que la muchacha veía en un ser como él, en un cuervo youkai.

Muy pronto pudo volver a su rama en el Ciruelo, y allí se quedaba durante horas mirando a un punto en el horizonte, en donde no había nada de interés, por lo que Mirin, terminó imitándole, tratando de atisbar
la belleza que se reflejaba en sus ojos de ave. Pero no lograba ver nada…

_ ¿Qué miráis Karasu san? – le preguntó desde abajo, acariciando con su mano la piel del bello ciruelo.
_ A mi Mundo, el mundo de los cuervos youkai.
_ ¿Es bonito?
_ Sí…Mucho.

Su voz sonó meláncolica. Mirin sintió una punzada de dolor por él.

_ ¿Quieres volver?
_ Puedo volver cuando quiera…- se sorprendió él, mirándola interrogativo – Es mi hogar.
_ Entonces…¿Por qué estás aquí, siempre tan triste y solo?

Él la miró durante unos segundos tan fijamente, que Mirin tuvo que apartar los ojos, avergonzada y con el corazón acelerado.
_ Porque aquí perdí una vez a mi amor, y aquí lo he vuelto a encontrar.

Mirin volvió rápidamente la cara hacia Karasu, abriendo mucho los ojos. “Amor…” pensó algo decepcionada. “Así que es por eso por lo que Karasu san siempre se muestra tan triste y solo”.
_ Y…¿quién fue tu amor…? – preguntó con un hilo de voz, las mejillas como manzanas de caramelo.
_ Alguien que se parecía mucho a ti y que adoraba a las carpas de este jardín.

Karasu le estaba sonriendo con la más abierta, tierna y afable de las sonrisas. Ya no se le veía triste, sino divertido. Mirin era sin duda demasiado inocente para comprender que ese amor que había
vuelto a encontrar era “ella”.
Durante un buen tiempo, pensó que Karasu san hablaba de su madre, cosa que era cierta, y que el amor reencontrado no era otro que aquel gran ciruelo en el que pasaba tantas y tantas horas, observando el Mundo al otro lado de
las aguas de cristal que habitaban el Aire.

A la mañana siguiente Mirin despertó asustada por el ruido de disparos en le jardín.
Salió descalza y a toda prisa, los cabellos sin recoger y el nemaki descompuesto por el sueño. Allí de pie estaba su padre con un pájaro oscuro ensangrentado en la mano izquierda y en la derecha el pistolón.

Mirin lanzó tal grito de desesperación que Tetsuya san y Matsuko obasan tuvieron un tremendo susto. Los gorriones salieron volando en todas direcciones y el gato se subió al tejado de un ágil salto, para nada de esperar en
un animal tan barrigón.

_ Hija mía, ¿qué te ocurre? – Tetsuya san intentó acercarse a ella, pero Mirin le apartó con los golpes de sus puños, por primera vez llenos de fuerza y rabia.  El ave cayó al suelo con un sonido seco, mientras Mirin lloraba desesperada.
Se acercó a él y lo tomó en sus brazos apretándolo contra su pecho.
_ Mi pequeña…- susurró sobrecogida Matsuko obasan a pocos metros de ambos.
_ Mirin, ese cuervo era un pequeño demonio…Comprende…- intentó calmarla su padre.

_ ¡Dejadme sola! – gritó con ira, realmente enfadada, dolorida y herida hasta la médula, su carita blanca se había enrojecido por la lluvia de lágrimas, imparable, que la azotaba desde el pecho hasta la garganta…

Y allí se quedó en medio del jardín, llorando sin parar.

_ ¿Qué te ocurre?

Un aleteo sobre su cabeza y aquella voz tenor, afable y firme a la vez, la volvieron en sí.
Allí sobre la rama más baja y gruesa del ciruelo, estaba Karasu san, que la miraba frunciendo el ceño, incapaz de comprender qué hacía con aquel pájaro muerto pegado al pecho.

_ ¡Karasu san! – gritó con los ojos brillantes como dos lagos gemelos – ¡Estáis vivo…!
_ ¿Pensabas que era ese pájaro común? – descendió junto a ella y observó al pobre pajarito muerto- Me tienes por algo muy poco especial…- murmuró dándoselas de decepcionado.
_ ¡Eso no es verdad! ¡Pensé que estabas muerto…¡Y por poco me muero yo! – le reprochó enfadada, sorbiéndose la nariz, toda la cara empapada y las pestañas pizpiretas como semillas de diente de león
al aire.
Karasu san rió con ganas, acariciando sus mejillas, borrando la sal y el agua de ellas con sus manos, suaves por la fina pluma que las cubría.

_ Eres realmente adorable, Mirin.

Se agachó para salvar la altura de tres cabezas que le llevaba, y le dio un pequeño pero cálido, reposado beso en la mejilla derecha.
Mirin se quedó tan sorprendida, que durante un buen rato, no se movió, absorta, feliz y extrañamente inquieta a la vez.

Karasu san mostraba más a menudo su aspecto humano a Mirin, sobretodo cuando sabía con certeza que ni su padre ni Matsuko estaban cerca.
Y pasaban muchas horas juntos, junto al ciruelo, en el porche, o en la habitación de Mirin cuando caía la lluvia sobre las hortensias del bancal cercano al lago.

_ ¿Por qué todo el mundo te trata tan mal, si eres tan bueno? – le preguntó una tarde Mirin, dejando el pincel de caligrafía china a un lado.
_ Porque es más fácil calificar a alguien por interés de uno mismo, que tratar de conocerle.
_ ¿No te importa?
_ Si viniera de ti, me importaría mucho – le dijo sinceramente, apoyado contra el armario de Mirin, que volvía a sonrojarse otra vez.
_ Yo siempre creeré en ti – le dijo bajando los ojos, ocultando su boquita roja tras la manga del kimono.

Karasu san y Mirin se hicieron si cabe, aún más inseparables.
Un atardecer callado, Karasu san seguía mirando al vacío desde su asiento favorito.

_ Karasu san, ¿cómo es el Mundo que ves desde esa rama? – le preguntó Mirin apoyada en el tronco, acariciada por la brisa cálida del fin de la Primavera.

Él miró hacia abajo y tras pensarlo un poco le preguntó si quería verlo con sus propios ojos.

_ ¡¿Puedo?! – se levantó como un pequeño muelle Mirin, con los ojos puestos en él, como si estuviera ante un gran milagro.
_ Claro…- Karasu parecía divertido ante las reacciones de la joven. Bajó con un suave y elegante aleteo y la tomó en brazos con gran agilidad.
_  ¡Uaah! – gritó ella asombrada, aferrándose a las ropas de Karasu san. Le tenía tan cerca, su calidez y su olor a sol eran tan calmantes, tan fuertes, que Mirin creyó explotar
de felicidad.
_ Te sonrojas con mucha facilidad – le dijo serio Karasu, escondiendo la risa con picardía. Sabía que se pondría todavía más colorada y por eso gustaba de jugar un poco con su
inocencia, para después besarla en la frente y sonreír como venia de perdón.

La llevó hasta la rama del ciruelo, y sujetándola fuerte de la cintura, le dijo que mirara fijamente entre las dos ramas que dibujaban arcos frente a ellos.
“No veo nada” Iba a decirle ella, decepcionada, con los ojos muy entornados puestos en el trocito de cielo señalado.
Pero entonces él comenzó a soltar un soplo de aire lentamente, junto a la oreja izquierda de Mirin, y con ese suspiro controlado, largo, intenso, las hojas del árbol, las mariposas y miles
de luces de colores, comenzaron una danza extraña que terminó en torbellino, haciendo que Mirin tomara aire y se aferrara con ambas manos al fuerte brazo de Karasu san.

Ante ella se extendía un bosque del color de las cerezas maduras, un cielo cubierto de arcoiris invadido por seres alados como Karasu san, con inmensas sonrisas y hablar afable.
Había guirnalda de flores por doquier y un riachuelo de aguas tan cristalinas que cegaron a Mirin. Podía ver la noche en una parte del paisaje, con sus estrellas y sus luciérnagas danzando
en el aire como un mar de hadas…Y el día en la otra parte, con el alborozo de una fiesta, con danzas y juegos…
Olía a caramelo y castela*, a olivo fragante y a violetas…

Se quedó tan embriagada, que tardó un buen rato en darse cuenta de que había regresado, o mejor dicho, de que sus ojos volvían a ver el mismo paisaje de siempre.

_ Qué hermoso… – susurró cuando el aire dejó de faltarle.

Pero en ese mismo instante, Tetsuya san apareció como soldado a punto de cargar contra el enemigo, enfurecido y armado, lanzando maldiciones al pobre Karasu san.
Le seguía Matsuko obasan, que se llevó las manos al pecho, asustada al ver a su pequeña en brazos de aquel youkai.

_ ¡Maldito seas, demonio! ¡Sabía que eras tú el culpable de todo! – apuntó hacia él con el pistolón, haciendo caso omiso a lo que Mirin trataba de decirle.
_ ¡¡Otousan, por favor!! – Mirin se colocó delante de Karasu san, con los brazos abiertos a modo de escudo. Karasu san creyó que se le paraba el corazón. Rápidamente, cubrió con sus alas a Mirin, abrazándola
con fuerza.

El disparo sonó tan fuerte y aterrador, que Mirin no pudo moverse durante un largo rato, abrazada a Karasu san.
Pero las fuerzas de Karasu desfallecieron y cayó a tierra con una herida que le atravesaba el omoplato, cubriéndose de sangre el manto de tréboles que adornaba los pies del viejo Ciruelo.

_ ¡Karasu san! – Mirin se lanzó desde la rama sin temor alguno, corriendo a abrazarse a él.

La noche había caído de forma muy súbita y la oscuridad se extendía como la sangre de la terrible herida.

_ ¡¡Ja, ja, ja!! ¡¡Estúpidos humanos, estúpido cuervo!! ¿Creías que podrías burlarte de mí y quedar indemne?

Mirin, sin soltar las ropas de Karasu san, miró hacia su padre. Pero aquel hombre que reía de oreja a oreja, con ojos llenos de malicia, del color de las brasas, no era Tetsuya san…
Matsuko obasan dio varios pasos atrás asustada, incapaz de detener el temblor que sacudía todo su cuerpo.

_ ¡Mirin! – se escuchó una voz quebrada, fatigosa, procedente de la casa.
_ Otousan…

Su verdadero padre caminaba lentamente, cogiéndose la frente con la mano izquierda, mientras trataba de avanzar apoyándose en las paredes del porche. Tenía una buena brecha abierta que no dejaba de sangrar.
Matsuko obasan corrió hacia él, ahogando un grito, y le prestó su hombro, mostrando su redonda cara de luna afligida y dolorosa…

El Tetsuya san falso no era nadie más que el tanuki. Regresó a su forma real en un abrir y cerrar de ojos, ante la vista de todos.

Desde el tejado el gato observaba con sus ojos verdes toda la escena,  las orejas echadas hacia atrás y el rabo tan encrespado que recordaba a una escoba.

_ Todavía respira – dijo el tanuki, de inmesurable tamaño, dando patadas a Karasu.
_ ¡No le toques! – le gritó furiosa Mirin, protegiéndole con su pequeño cuerpo.

Tetsuya san y Matsuko obasan gritaron sobresaltados.

_ ¿Qué puede hacer una pobre e indefensa niña humana contra mí? ¡Qué idiotas sois todos! – rió enseñando su amarilla dentadura, mientras alzaba el arma contra Karasu – Esta vez terminaré con él para siempre.
Y después, te devoraré a ti, niña.

Mirin sintió que la sangre le hervía como nunca antes y que su corazón se afirmaba en cada látido venciendo al miedo. Jamás permitiría que le hicieran más daño a Karasu san.

_ ¿Qué…qué haces? – desconfió el tanuki, sorprendido ante la fiereza de aquellos grandes, brillantes ojos que no mostraban ningún miedo ante él- ¿Qué es esa mirada?

La muchacha no sabía la fuerza que tenía en esos momentos su mirada, pero estaba totalmente segura de que nadie volvería a tocar a Karasu san.
Esa determinación y el amor intenso que le unía al joven cuervo, hicieron retroceder al tanuki, confuso, inseguro, incluso asustado.

_ No…No…¡No me mires más así! No sigas…- el tanuki retrocedía a la par que se llevaba las manos a la cara, encogiéndose por segundos, hasta convertirse en un ser tan pequeño y chillón como un ratón.
Desapareció entre grititos por algún oscuro rincón del jardín y desde ese momento, no volvieron a verle en aquella casa nunca más.

La fuerza del Amor es algo que repele con gran poder a los que no saben más que amarse a sí mismos…

_ Mirin…- susurró Karasu cogiéndole la cálida manita, que tanto le había protegido.

Tetsuya san y Matsuko obasan corrieron a ayudar al herido. Ambos no dejaban de disculparse ante Karasu san, acongojados por haberle juzgado sin conocimiento de la realidad.

Se cuenta que en aquella casa, tomaron matrimonio dos jóvenes de gran belleza. Algunos envidiosos lanzaron calumnias de todas clases, como que los dos eran brujos que comían niños o fantasmas que se
hacían pasar por vivos para alimentarse de almas inocentes…
Pero la verdad, la conocían aquellos que se interesaron por ellos, por sus vidas, sus penas y sus alegrías.

Karasu san y Mirin siguieron amándose, sin escuchar a las gentes. Contaban con la bendición de los Cielos y las de Tetsuya san y Matsuko obasan.

Abrazados, solían mirar a un punto perdido en el horizonte, sentados sobre la rama más vieja y hermosa del gran Ciruelo que presidía la parte Este del hermoso jardín.
El gato panzudo les miraba desde el porche, suspiraba, estiraba el lomo y se echaba a dormir.
Viéndole la felina carita, cualquiera diría que estaba sonriendo de felicidad. Probablemente soñaba que había aprendido a escribir caligrafías como Tetsuya san, mientras el señor topo escuchaba cantar esas nanas
japonesas que Matsuko obasan entonaba al atardecer, mientras tejía, con una aniñada sonrisa en su redonda cara de  “ko omote”, blanca como el papel de arroz, dulce como el azuki.

____________________________________________________________________________FIN

obasanおばさん: tía, señora, mujer de cierta edad.
otousan  お父さん: padre.
tabi足袋 tipo de calcetín para llevar con los geta o sandalias.
geta下駄: tipo de sandalia japonesa.
松子 Matsuko, niña del pino.
哲也 Tetsuya, el filósofo.
Ko Omote:小面 Máscara decorativa Noh del tradicional teatro japonés conocido como Kabuki. Representa a una mujer
más bien jovencita, es muy redonda, con dos puntos negros como ceja y una sonrisa infantil.
餅 mochi: dulce de arroz japonés.
提灯 chouchin: tipo de lámpara de papel rojo.
天狗 tengu: perro o pájaro de los cielos, tipo de criatura sobrenatural que toma forma humana.
烏 karasu: cuervo.
寝間着 nemaki: tipo de yukata sencillo utilizado para dormir.
さん san, sufijo que se añade a los nombres, a modo de honorífico, es muy semejante al “señor” español.
カステラ castela: tipo de bizcocho que los portugueses llevaron en sus viajes a Japón en el sXVII, con Tokugawa Ieyasu.
妖怪 youkai: monstruos-espíritus típicos del folklore japonés.
狸 tanuki: perro mapache.
小豆 azuki tipo de judía roja, empleada en muchos dulces y platos japoneses