LAS TRES ESPADAS (cuento escrito en el 2002)

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No recuerdo muy bien para qué escribí este cuento, pero creo que era un script para una película o una serie de tv (yo siempre tan soñadora!!^_^;;)

No lo recuerdo bien porque tras el incidente en vall d’Hebrón en el 2001, padecí de una amnesia extraña. Todavía ahora la sufro. Después de salir de allí, no podía enlazar una palabra con otro para leer una frase, ni tampoco escribir con la claridad de siempre…Tuve que empezar de cero en muchos aspectos de mi vida.

Este cuento es una pequeña prueba de  cómo volví a escribir tras un increíble punto “muerto”.

La maldición de la familia Tanizawa (parte I)

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En pleno siglo XVI, en algún lugar al Norte de Kyuushu, se llevaba a cabo una tremenda batalla, que duraría más de medio año.
Se enfrentaban Shuuji Tanizawa, gran terrateniente y mejor militar, contra Tanabe Mitsuhiko, un joven de gran fuerza física, perseverante y muy fiel a sus hombres y a las gentes que trabajaban en sus tierras.
Ambos eran terratenientes y poderosos pero se diferenciaban en algo que se convirtió en la comidilla de las gentes que gustaban de hablar y dispersar rumores.
Shuuji Tanizawa tenía a su lado a una bruja que utilizaba sus malas artes para ayudarle a vencer las batallas contra Mitsuhiko.

Una noche acampados entre las montañas, los hombres de Shuuji hablaban en un murmuro sobre la bruja, con temor a terminar como tantos hombres y mujeres que habían sido malditos por su retorcida lengua.

_ No comprendó cómo el general confía en ella…- masculló uno de ellos, sentándose a calentarse junto al fuego.
Su turno acababa y uno de sus compañeros le substituía en la vigilancia.
_ Te entiendo. – Asintió otro, tuerto y falto de dos dedos en la mano derecha.- Esa maldita mujer me da mala espina..

Un chasquido tras ellos les alertó. Con las manos sobre las armas, trataron de vislumbrar lo que parecía moverse entre las sombras del follaje.
Pasaron unos eternos segundos: nada sucedió.

_ Te estás volviendo un blando, Akito – rió el hombre tuerto volviendo junto al fuego, como si tratara de romper la tensión que flotaba cortante, en el aire.
_ Cállate…- masculló el otro, bizqueando de tanto observar en la oscuridad a aquellos matojos que formaban sombras fantasmagóricas tras ellos.

En ese momento, un grito horrible atravesó con crueldad, montañas y nubes, tierra y fuego. Un grito como nunca antes aquel fuerte, rudo hombre de guerra,
tuerto y sin dedos, había oído jamás. Se dio la vuelta, realmente asustado, percatándose que temblaba como un conejo antes de ser degollado.

Abriendo mucho los ojos, con la mandíbula desencajada y un temblor creciente, trató de articular algo, pero le fue imposible.
La mujer estaba allí, de pie, con algo amontonado a sus pies. Hacía un peculiar sonido, que no lograba identificar.
La luna salió de entre las nubes de occidente, y entonces, pudo ver la más horrible de las visiones.
La bruja estaba comiendo de la cabeza de su compañero…Y a sus pies, lo amontonado, no eran más que partes de lo que quedaba de su cuerpo.

El tuerto, se echó atrás, cayó torpemente, mudo, con los ojos fuera de las orbitas, con el pecho en locura de latidos y sin aliento.

Tres horas más tarde, al amanecer, el guerrero que hacía el último turno, regresó al puesto.
Se frotó la nuca, aturdido.

_ ¿Qué demonios…?

El fuego estaba apagado y no quedaba ni rastro de sus compañeros.

Shuuji Tanizawa sólo tenía un deseo, una meta en aquella vida: vencer fuera como fuese a  Mitsuhiko. Ya no era cuestión de poder o tierras…Aquel joven, era terco, enérgico y carismático.
La gente le seguía sin razón alguna, no por dinero, ni por favores.
Tanta era la rabia que sentía por él, que cada noche se acostaba maldiciéndole y cada mañana despertaba con el ceño fruncido, deseándole la muerte.

La bruja, siempre oculta en las sombras pero a su lado, le dijo la víspera de la batalla definitiva:

_ Yo puedo hacer que muera sin que tú nombre salga manchado.

Ella tenía un velo negro y púrpura, que cubría la mitad derecha de su cuerpo desde la cabeza, pasando por la frente, la nariz y la boca, hasta la pequeña zona que restaba
entre sus pies. Era como si estuviera partida en dos.
Shuuji le había prometido todo cuánto quisiera a cambio de hacerle las cosas más fáciles tanto en las luchas como en la vida sentimental.
Era gracias a sus artes oscuras por las que estaba casado con la mujer más deseada del Imperio. También gracias a ella no sufría ningún daño físico, ni él ni sus hijos, ni sus padres.
La bruja le había abierto un camino de éxito sin tropiezos… Aún así, al ver como su oponiente se levantaba de cada caída, no importaba lo dolorosa que fuera su situación, se revolvía de envidia y le corroía la rabia.

_ Hazlo. Haz lo que sea – le dijo a la bruja, sentado ante una lumbre en la que se calentaba té, en una pequeña choza de madera oculta entre la foresta – Pero termina con él para siempre.

Su tez estaba amarillenta, sin vida, y sus ojos mostraban una fealdad que le volvía monstruoso, siendo un hombre de aspecto más bien simplón.

_ Lo haré Señor, pero a cambio quiero algo…- La mujer, de pie al fondo de la única estancia, parecía hablar como las serpientes: respiraba silbando, mientras hablaba, como si cada
palabra fuera un puñal.
_ Lo que desees, te lo daré – le suplicó con la mirada Shuuji, alentado por la fuerza equivocada, la del Odio irracional.

Le pareció que ella sonreía, aunque las sombras y luces que la lámpara dibujaba en las paredes de madera, podían hacerle ver lo que no era…Un momento más tarde ella le dijo, con
un tono que incluso a él, le dio escalofríos:

_ Acabo de formular mi deseo…El contrato está hecho.

Año 2002, Prefectura de Fukuoka, Japón. En una escuela del barrio de Jonan, llevan sucediéndose durante tres años desde su apertura, una serie de fenómenos que escapan del
perfecto entramado de teorías de la tan idolatrada Ciencia.

La Escuela Hamasaki, tenía el aspecto de cualquier otra escuela japonesa. Nada podía hacer sospechar que allí, en aquellas aulas, sucedían cosas que podrían hacer desvanecer hasta
al más fanático de las películas de terror de Shimizu Takashi*.

Hiroshi, del tercer año, llegaba como cada mañana, en bicicleta, justo unos segundos antes que el guarda cerrara el portalón de hierro.

_ ¡Por los pelos, Hiro chan! – le gritó un compañero apoyado en la pared, junto a la puerta de la escuela. Era su mejor amigo, Yamato Toudaiji, alto, con cara de chiste, ojos muy pequeños
y cabellos teñidos de castaño.
_ No me llames así, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? -se quejó Hiroshi, aparcando su bicicleta y colgándose la mochila al hombro.
_ Anda, no me seas angustias, ¿qué más te da?

Pasaron por las taquillas a descalzarse y ponerse las zapatillas reglamentarias. Entonces, como de costumbre, cruzó tras ellos, con paso calmo y cara de pocos amigos, el enorme Shunsuke, el
alumno de segundo año que aterraba hasta a los profesores sólo por la forma en que miraba. Hiroshi no se fiaba de él, le parecía un tipo bruto y rudo sin necesidad, que precisaba de modales.
“Debería aprender a socializar un poco…” Pensaba a menudo mirándolo de reojo desde su asiento. Sólo les separaba un pupitre, el de Yamato, que no dejaba de bromear, ni cuando el profesor
estaba presente. A diferencia de aquel cara de piedra de Shunsuke, su mejor amigo Yamato, era un tipo que transmitía vida por doquier, contagiando con su constante sonrisa a todo el mundo.

A la hora de la comida, algo empezaba a cocerse y no olía nada bien-por supuesto no era en las ollas del comedor-.

_ ¿Lo habéis oído?
_ Sí…¡Estoy aterrada! Quiero dejar esta escuela…
_ Yo también, pero no puedo…Ya es tarde para transferirse…
_ ¡Pero es que es demasiado! ¿Y si alguna de nosotras es la próxima?

Las chicas hablaban sin orden, alrededor de sus bandejas con la comida, mientras sorbían sus refrescos o su leche en pack.
Eran tantas las mesas con grupos de alumnos hablando de los mismo, que parecía que un zumbido de abejas había conquistado el mundo del sonido en aquel lugar.

_ ¿Han vuelto a empezar? – Le preguntó Hiroshi a Yamato, sentándose a su lado en una de las mesas.
_ Pues sí…Al parecer anoche volvió a desaparecer una alumna. No salió de la escuela, ni tampoco llegó a su casa…- Yamato sorbía su ramen con avidez -Bueno, eso es lo que se rumorea,
a saber si es cierto…
_ Pero…Desde que estamos en esta escuela, llevan sucediéndose una gran cantidad de desapariciones…¿No es raro?

Yamato se encogió de hombros, como si no fuera con él aquel asunto.

_ ¿Y si algún día nos toca a nosotros? – Hiroshi lo dijo con un hilo de voz, como temiendo la reacción de Yamato. “Se va a reír…Fijo.”
Y sí: Yamato se rió con todas las ganas.
_ ¡Por eso te llamo Hiro chan: eres un miedica!

Hiroshi suspiró, sacudiendo la cabeza. Yamato no parecía tenerle miedo a nada…En cierto modo le envidiaba.

_ ¡Eh, cuidado tío! – exclamó uno de los alumnos tras tropezar con el alto y ancho Shunsuke. Éste no se inmutó, y ni siquiera pidió disculpas.

Yamato le miró despectivo:
_ Menudo personaje…¿Es que no sabe hablar?
Hiroshi asintió: ciertamente, era desagradable tener a alguien como él en su clase…Incluso había llegado a dudar de él, pensando que se trataba del culpable de las innumerables desapariciones.

Ahora que lo pensaba…El colegio había sido investigado cientos de veces, e incluso en Mayo del año pasado, había estado a punto de cerrar. No era de extrañar…Sin embargo, se decía que había
muy buenas conexiones entre los altos cargos de la Escuela y el Gobierno, lo cual había hecho posible que Hamasaki siguiera viva y con más de doscientos estudiantes a su cargo.

Pensando en todo aquello, de camino al gimnasio, la vista le jugó una mala pasada. Por un momento que le pareció eterno, los oídos le silbaron hasta ser incapaz de escuchar nada. Ante él se abría
el pasillo de siempre…Sólo que…Tanto paredes como suelos estaban completamente bañados en sangre. Sudor frío le recorría el cuerpo entero. Trozos…Eran brazos, carne…Cuerpos descuartizados…

Entró en pánico y gritó con todas sus fuerzas.

“¡¡No quiero abrir los ojos, no quiero estar aquí, no quiero verlo!!” Era lo único que podía pensar tras un buen rato tratando de calmar su respiración, con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza,
incapaz de volver a abrirlos.

_ ¡Oye! ¿Estás bien?

Volvió en sí tras sentir una sacudida propinada con fuerza en su hombro derecho. Miró alrededor, confuso. Estaba sentado contra la pared, completamente empapado en sudor, aturdido y aún asustado por
la visión descorcentante de aquella especie de matanza.

_ ¿Estás bien?

Quien la hablaba no era Yamato. Para su sorpresa, y la de los demás alumnos, que habían corrido hasta allá al escuchar el grito de Hiroshi, el enorme y asocial Shunsuke estaba inclinado sobre él,
pregúntandole y tratando de ayudar. Sin expresión alguna, pero intentándolo.

_ Estoy bien. No…No ha sido nada…- Se levantó deprisa, y se alejó de allí lo más rápido que pudo. Sólo se atrevió a mirar atrás una vez: Shunsuke ya no estaba allí.

Su corazón palpitaba muy deprisa, por lo que se agarró el pecho, en un intento de calmarlo. “Tranquilo, no ha sido más que una alucinación…” Se decía repetidamente, como si fuera un cántico protector, una frase
pacíficadora que le hiciera olvidar lo que acababa de ver.

Pero las visiones continuaron repitiéndose en los momentos menos esperados, tanto en su casa, durante los desayunos o las cenas con su familia, como en la Escuela, en medio de la clase o durante las conversaciones
con Yamato y los demás.
Sus padres comenzaron a intercambiar miradas de complicidad y a lanzar profundos suspiros, que denotaban preocupación y miedo.

Una noche su padre, fumaba a solas en el salón, frente al televisor apagado. Hiroshi se había levantado a beber agua cuando vio su figura de espaldas, y el humo danzarín del cigarrillo.

_ Papá, ¿te pasa algo? – se acercó despacio, esperando, por culpa de su comportamiento, un posible rechazo.

Pero su padre se giró a mirarle, y le hizo un gesto para que se sentara a su lado.

_ Sobre lo que te ocurre, Hiroshi…-Su padre dudaba mucho con cada palabra, e incluso hacía gestos de desaprobación para consigo mismo tras terminar una frase. Aún así, continuó hablando:
No es algo nuevo en la familia. – aplastó lo que quedaba de cigarrillo en el cenicero y soltó el último nubarrón de humo con un suspiro sentido.
_ ¿Qué quieres decir?…
Su padre le miró a los ojos, entristecido, de repente envejecido y falto de fuerzas, y le dijo lo siguiente:
_ Yo también he vivido cosas terribles, que no puedo contarte…No es que no puedo, es que no quiero hacerlo…Te…Te destrozaría por dentro. Tu madre me ha apoyado siempre,
cosa que le agradeceré eternamente…Pero ahora te sucede lo mismo a ti…Mira, Hiroshi – está vez su tono y su postura mostraron determinación- No podemos hacer nada. Es el destino que
viene asolando con esta  especie de…maldición, a la familia desde nuestros ancestros. Mi padre, el abuelo, no murió de demencia, como se os ha dicho.

Le miró a los ojos tratando de hacerle entender todo aquel extraño entramado sin necesidad de utilizar palabras.
Hiroshi tragó saliva, sin apartar la mirada.
Comprendió que su padre y su abuelo habían visto cosas como las que él veía a diario. Pero tenía muchas dudas…

_ Padre…¿Son muertos reales?
La pregunta pudo haberle sobresaltado, pero no lo hizo, el hombre se mantuvo inmutable y con un movimiento de cabeza, asintió.

Hiroshi se agarró los brazos con ambas manos, apretando fuerte, hasta dejar la marca de cada dedo en su piel. No podía ser…Todas aquellos alumnos desaparecidos, estaban muertos…Y sólo él podía verlos,
¿Por qué él?, ¿Por qué su familia?…

_ Hiroshi, eres mi hijo, y sé que podrás soportarlo. No hay nada de hacer. Simplemente, mantén tu alma en calma, y no te dejes llevar por el pánico, nunca de dejes llevar por esas imágenes.
_ Pero Padre, esos chicos, toda esa gente, está muerta…¿Quién está matándola? ¿Qué es…?
_ ¡Hiroshi! – Su padre le hizo callar, con una expresión propia del más importante guerrero frente a la más dificil situación en batalla- No hagas preguntas; deja que la polícia haga su trabajo y no intentes nada contra
esta maldición. No está en nuestras manos terminar con ella…

Hiroshi se levantó y tras un “buenas noches” seco y sin entonación alguna, se dirigió a su cuarto. El pasillo estaba oscuro pero podía verse los pies descalzos al dirigirse a su habitación, al fondo del pasillo.
La puerta de la cocina estaba abierta pero no había luz en ella. Sin embargo, un sonido semejante al rozar de un papel contra otro, rascaba lentamente la atmósfera callada de la noche.
Se detuvo con cautela, dio un paso más y puso la mano en la puerta entreabierta, empujando ligeramente. Un golpe de algo al caer, junto a sus pies, le sorprendió, dando un brinco hacia atrás. El corazón le latía
a gran velocidad. Le sudaban las manos. Resistiéndose a mirar, tomó aire tres veces, se armó de valor y observó con detenimiento, los puños apretados, aquel bulto a los pies de la puerta.

“¿Un montón de ropa…?” Confuso se acercó más. Se arrodilló ante aquella silueta indiscernible. El extraño sonido venía de él. Era semejante al papel rasgado de una habitación con corrientes de aire.
Un raro rozar: ras, ras, ras…
Alargó la mano despacio, sintiendo un calor de auténtico de bochorno veraniego y la boca completamente seca.
Entonces el sonido se aceleró y subió de tono a la par que aquello, se levantaba y se abrió ante él como una flor ensangrentada. Un brazo de mujer arrancado por el codo, con la palma abierta tal cual fuera a arañar, se levantaba tratando de
atacarle.

Gritó con tanta fuerza y desgarro que ni tan siquiera se dio cuenta de que su voz, resultó un angustioso chillido que dejó con miedo a todo el barrio hasta el alba.

Despertó en su futón, mareado, con un indeseable sabor a bilis torturándole en la zona de la garganta. Había mucho jaleo en la casa.
Se incorporó. La cabeza le dolía tanto que podía sentir un pulso de gigante martillearle las sienes.
A través del resquicio de la puerta, pudo ver a su padre, frotándose la frente, nervioso, desesperado, hablando con varios hombres, polícias al parecer.
Cuando logró preguntarle a su padre qué era lo que estaba pasando, y escuchó la terrible respuesta, Hiroshi tuvo tal pavor, que se qudó encogido en su futón, sudando, vomitando durante horas,
incapaz de moverse ni un ápice, ni de articular palabra o arrancarse llanto alguno.

Su madre había desaparecido sin dejar rastro.

Yamato había venido a verle. Ambos estaban sentados junto a la cama, frente a la play station, pero sin moverse. Hiroshi estaba pálido y aturdido. No lograba llevar una vida normal desde aquel día,
y ya hacía de ello más de tres semanas.

_ Oye, Hiroshi…Lo siento mucho, pero…No puedes seguir así.
_ ¿Así cómo? – preguntó apagado, con los ojos en algún lugar lejos de allí, o en ninguna parte…
_ ¡Hiro chan! – Yamato perdió la paciencia, le sacudió con ambas manos los hombros e hizo que le mirara a los ojos. – Ya está bien. No sabemos que le pasó a tu madre, pero…Seguramente la policía dará con ella.
Si sigues encerrado aquí, sin hablar con nadie y comiéndote la cabeza, terminarás o enfermo o muerto.

“Tal vez sería lo mejor” Pensó Hiroshi sin ganas de responder. Pero sus ojos decían exactamente lo que pensaba y Yamato se enfadó.

_ Mira Hiro chan, yo soy tu mejor amigo, y haré lo que sea para que salgas de aquí, vuelvas a la escuela y me hables otra vez. ¡Lo que sea! – le dio una palmada en la espalda y una colleja sin malas intenciones, antes de
levantarse. – Te espero mañana en la Escuela. No me puedes dejar tirado, tío. Somos colegas.

Hiroshi sintió un profundo agradecimiento ante aquel Yamato al que no se le daba bien consolar a la gente, pero que torpemente, había intentado con todas sus fuerzas, animarle y darle valor.

_ Gracias Yamato – logró esbozar una mínima sonrisa Hiroshi – Lo haré.

Yamato asintió satisfecho, y asintiendo con un enérgico golpe de cabeza, soltó un “Oou”, afirmativo, con una mueca de satisfacción.
Hiroshi se asomó a la ventana para saludarle por última vez y le vio caminar con grandes zancadas y la cabeza hacia adelante, como las avestruces, hasta que desapareció en la siguiente esquina.
En ese momento pensó que tenía mucha suerte de que Yamato fuera su amigo…

A la mañana siguiente se presentó en la Escuela.
No fue una bienvenida precisamente agradable: tanto profesores como compañeros de clase, o estudiantes de otros cursos, le miraban con recelo para después cuchichear entre ellos, como si Hiroshi fuera ciego o tonto
y no se diera cuenta de qué iba todo…

Se sentó en su pupitre, lanzando un suspiro, echándose hacia atrás en su silla. “No sé para qué he vuelto…” Pensó, dejando la cartera sobre la mesa sin mirar hacia ningún lado. Había adquirido aquella costumbre por culpa
de su constante miedo a ver las visiones. Pero la verdad es que hacia unos días que no las sufría, cosa que le sorprendía y aliviaba a la vez.
_ No les hagas caso, Hiro chan.

Yamato se acaba de sentar, mirándole con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía alegrarse de verdad de su regreso.

_ Sólo tienen miedo, eso es todo.
_ Supongo que es lógico…- asintió Hiroshi no sin incomodidad ante tanta mirada esquiva.
_ Bueno…Ya se irá calmando, dale tiempo.

Las clases se siguieron con normalidad, y Hiroshi parecía ir olvidando todo lo malo acaecido hasta el momento. Sin embargo, no todo podía ir tan bien…A
la hora del almuerzo, se cruzó con Shunsuke. Parecía haber crecido más en aquellos días en que se había ausentado…¿Cómo podía ser tan enorme siendo un año menor que él?
Le dio rabia toparse con él, por lo que optó por girar la cabeza y seguir su camino a la cafetería con paso rápido.

_ Oye – Una voz que había oído sólo una vez en toda su vida le agarró la atención con fuerza. Era la voz firme y algo ronca de Shunsuke.

Hiroshi se detuvo un instante, sin girarse.
_ Tengo nombre ¿sabes? Déjame en paz- hizo amago de seguir su camino cuando sintió que le tiraban del brazo izquierdo con fuerza.
_ Espera un momento – Shunsuke le miraba a los ojos con cierta fiereza, cosa que amilanó a Hiroshi.
_ Suéltame. – se sacudió de un fuerte golpe aquella mano y se echó un paso atrás- ¿Qué es lo que quieres?
_ Sólo avisarte…Sobre la maldición. La maldición que cayó sobre tu familia.

Hiroshi se quedó sin habla. ¿Cómo diablos podía saber aquel tipo, algo que sólo su padre se suponía que sabía?
Algo no iba bien…Su corazón semejaba un gorrión asustado golpeándose en un cuarto sin ventanas.

_ ¿Qué…quieres decir? – logró preguntarle.
_ Tenemos que hablar, si no quieres acabar muerto.

La enorme figura de Shunsuke y sus fijos, negros, rasgados ojos, le sobrecogieron. Le vinieron a la menta las cientos de visiones que había tenido hasta la noche en que su madre desapareció.
Sintió náuseas, dolor en el pecho, temblor en todo el cuerpo…Tenía que huir de él. Yamato, ¿dónde estaba? Debía encontrarle y contárselo todo…¡Debía correr!

_ ¡Espera! – le gritó Shunsuke en vano.

Hiroshi escapó por pasillos extrañamente desiertos, llegó a la cafetería, que a aquellas horas solía estar tan llena que no cabían en las mesas y había que hacer turnos para sentarse a comer.
Pero estaba vacía.
Ni siquiera había habido signos de que se hubiera comido allí ese mediodía.
Confuso, Hiroshi dio vueltas sobre sí mismo, buscando un signo de normalidad. O tal vez eran las paredes las que giraban burlándose de él…No podía saberlo.

Gritos y sollozos se escurrían por entre los resquicios de puertas y ventanas, corrían por los pasillos, burlaban cualquier obstáculo y todo para alcanzarle…Estaba seguro: acabarían con él.
Ese día le matarían…

CONTINUARÁ

Shimizu Takashi 清水崇 (Nacido en Gunma en 1972) famoso director de cine, autor de la saga JU-ON

Tanizawa Shuuji: 谷澤 宗次

Tanabe Mitsuhiko: 田邉 光彦

Hiroshi: 宏史

Yamato:大和

Shunsuke:俊助

Hiroaki y la mariposa duende

 

Érase una vez un niño de doce años llamado Tomoi, que tenía un gran problema: siempre estaba cansado. No importaba cuánto durmiera, siempre tenía sueño. Por mucho que comiera, las fuerzas le fallaban y los párpados le pesaban. Cada día para él, era un día más lleno de aburrimiento y desolación.
Sus padres, preocupados, pagaban al doctor lo poco que ganaban cultivando su pequeña parcela de tierra,
en las faldas del Monte Fuji, pero por muchas medicinas que le recetara, Tomoi seguía exhausto, sin poder levantarse de la cama.

_ ¡Tomoi! ¡Vamos a jugar! – le gritaban sus amigos desde el camino que cruzaba frente a la vieja casita destartalada.
_ Lo siento niños – les decía su madre, ocupada en recoger los espárragos del huerto – Tomoi no puede jugar todavía…

Los niños, con un profundo gesto de decepción, se marchaban dando patadas a las piedrecitas del camino, hablando a gritos, enérgicos, alegres…Todo lo contrario a Tomoi.

Aquel día era exactamente igual a todos los anteriores desde que Tomoi nació.

La madre de Tomoi miró hacia la casa suspirando hondamente. ¿Qué habían hecho mal, para merecer aquello?
Por supuesto que Tomoi, no era tonto, y sabía perfectamente todo cuanto sus padres hablaban, ya fuera entre ellos por las noches, angustiados por la situación, como con el médico del pueblo, que sólo les podía animar diciéndoles aquello de “El buen tiempo hará que se ponga mejor.”

Pero ni la Primavera, ni el Verano, ni el calor del fuego en Invierno, ni la buena comida del Otoño…Nada le hacía sentirse menos cansado.
Tomoi sin embargo, no se desesperaba, quería creer que algún día estaría corriendo junto a sus amigos y ayudando a sus padres en el campo. Cada día que pasaba veía a su padre más encogido y a su madre más agotada…Querría hacer algo por ellos, pero siempre siempre siempre, estaba cansado.

Un Domingo por la mañana, el viento cambio de repente, soplando del sur, tan caliente, que parecía que un enorme ogro respiraba sobre la pequeña villa agrícola.
Un forastero entraba por la parte norte de la villa, con una bolsa de viaje a la espalda y un fuerte bastón de madera.
Sus cabellos negros, largos hasta media espalda, y su rostro de piel oscura, sin afeitar, se vislumbraban bajo el sombrero de forma cónica, el takuhatsugasa* .

Sus tabi* y sus ropajes, semejantes a los de un monje, estaban muy empolvados y llenos de lodo, lo cual hacía pensar que hacía mucho que aquel hombre caminaba sin reposo. Además sus pasos eran como los de un anciano…
Apenas podía más, cuando se desplomó frente al padre de Tomoi, que estaba vendiendo verduras en el mercadillo.

_ ¡Oh Dios mío! – exclamaron algunos de los transeúntes y vendedores, echándose hacia atrás. Se tapaban las bocas con la mangas,  temiendo que se tratara de un leproso o un maldito.

Sin embargo, el padre de Tomoi no pudo ignorarle, tuvo piedad de él y lo llevó a su casa, en donde su mujer se ocupó de cuidarle con lo poco que tenían.
_ Sólo está falto de comida, agua y reposo. Se pondrá bien – le dijo a Tomoi la madre, al ver al niño parpadear curioso ante su nuevo compañero de  habitación.

Cuando el hombre despertó, palpó el viejo futón* en donde estaba acostado y miró alrededor algo confuso. Se vio en aquella pequeña y humilde habitación, con un niño recostado sobre otro futón, al lado del suyo. Las cosas que le pertenecían, sombrero, bolsa y sandalias, estaban colocados con minuciosidad sobre una caja de bambú que hacía de mesita.

_ Lo siento muchacho, he invadido tu casa…- su voz sonó ronca pero fue volviéndose más amable al carraspear, probablemente llevaba mucho tiempo sin pronunciar palabra. ¿De dónde venía?, ¿Cuántos lugares había visitado?, ¿Por qué viajaba?. Tomoi tenía muchas cosas que preguntar pero no se atrevía.

_ Mi nombre es Hiroaki – se presentó, sentándose sobre sus rodillas y agachando un poco la cabeza. Sus cabellos eran tan lisos que resbalaron por los hombros hasta tocar el futón. Tomoi estaba absorto en la observación de aquel personaje que acababa de aparecer en su anodina vida.

_ Yo me llamo Tomoi…- al hablar, se dio cuenta de lo infantil que era su voz y se sintió algo avergonzado. Bajó un poco la cabeza también, como venia de presentación, para después mirarle a los ojos fijamente. Por fin se atrevió a seguir hablando:
_Mi padre te trajo a casa. Te desmayaste en medio del pueblo hace como tres días. Madre dice que estás agotado por un largo viaje…

El hombre asintió, tras escuchar al chico, suspiró algo aturdido, y dijo:

_ Qué vergüenza…Perder el sentido así…Bueno…- se frotó la nuca con su gran mano tiznada por el sol- Tengo que darle las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por mí.

Tomoi sacudió la cabeza, expresando que no era en absoluto necesario que lo hiciera. Sus padres siempre le habían enseñado que no se podía ignorar al prójimo en su desgracia e infortunio, porque la vida podía ponerte en su piel y, entonces, no encontrar ayuda en ninguna mano amiga.

_ Vaya, ya está despierto señor – la madre de Tomoi entró en el cuarto con sopa caliente para los dos- No es gran cosa, pero calienta el cuerpo y da algo de vigor.
_ Muchas gracias señora, es de agradecer…- tomó el cuenco y la bebió sin pausa, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano izquierda al terminar – Realmente deliciosa…Hacía mucho que no tomaba una sopa tan buena. Gracias.

Tomoi, imitándole, se bebió su sopa deprisa, mientras observaba los gestos y características de Hiroaki.

_ Y dime chico, ¿estás enfermo? Es extraño ver a un muchacho de tu edad en cama…
_ Sí, está enfermo…- afirmó la madre, mostrándose decaída y algo más enjuta al mirar a su hijo – Pero nadie sabe qué le pasa, ni cómo curarle…

Desolada, salió del cuarto con los cuencos vacíos, como el remanso de esperanza de su alma.

_ En realidad no estoy enfermo – Tomoi le miraba a los ojos. Hiroaki le daba confianza. Tenía ganas de hablar con él, a pesar de haber pasado mucho tiempo a solas, era como si le conociera de siempre- Sólo estoy cansado, siempre cansado.

Tomoi arrugó el ceño, enfadado de nuevo consigo mismo. “Probablemente nací sin fuerzas y sólo soy un inútil…” Pensó cerrando los puños sobre sus piernas, cubiertas por una vieja manta zurcida.

Hiroaki se levantó y fue a rebuscar entre sus cosas, en su gran bolsa de viaje. Sacó una pequeña lámpara y la colocó junto a Tomoi.
El chico observaba atento, y no poco sorprendido ante lo que se podía proponer Hiroaki.

_ No tienes la culpa de lo que te pasa – Le dijo encendiendo la lámpara- Al mirarte a los ojos he podido ver que eres un niño con una luz inmensa en tu interior.
Por esa razón una mariposa duende se ha metido en tu pecho, absorviendo todo la fuerza que tienes. Y la mariposa crece y se hace cada vez más hermosa y poderosa…Hasta que te devora, lo cual significa, que mueres.

Se hizo un silencio absoluto. Un par de gorriones volaron parlanchines cerca de la ventana. Dos segundos más y volvió la calma, las montañas y los campos dormitaban en la siesta.

_ ¿Cómo sabe todo eso?
_ Porque he viajado mucho.
_ ¿Por qué?
_ Porque no quería morir joven. Como tú, tenía que huir de mi realidad para buscar otra realidad mejor. Por eso me puse a viajar. Y conocí a muchas personas,
aprendí muchas cosas y también viví muchas tristezas. Pero lo bueno de los viajes, lo compensa todo.

Hiroaki sonrió. Tenía una mirada amable, que decía mucho de su buen corazón. Tomoi se sentía seguro y en paz, no tenía miedo a lo que acababa de contarle sobre la mariposa duende. Simplemente quería saber más y más. Por lo que pasaron mucho tiempo hablando junto a la lámpara que había encendido Hiroaki.
Hablaron sobre pueblos y ciudades muy lejanas, seres ávidos de poder, seres nobles y santos, seres hermosos y seres terribles. La voz de Hiroaki comenzó a hilarse y enredarse con la luz de la lámpara, que a cada segundo tenía un color distinto, como si gemas de colores fueran reemplazadas en su interior.

Tomoi sintió algo cosquilleandole en el esternón. Primero lo confundió con la inquietud y curiosidad que las historias de Hiroaki le contaba. Pero fue creciendo hasta convertirse en algo palpable, que parecía topar con fuerza contra su corazón, contra sus pulmones, contra su espalda…Sintió una angustia que le asustó y con ambas manos se agarró las ropas sobre su pecho.

_ Ya está aquí – dijo Hiroaki sin ningún cambio en el tono de su voz.

Se acercó más a la lámpara y con ambas manos sugirió la forma de un cuenco a pocos centímetros del pecho del chico.
Subió las manos lentamente desde el esternón hasta la traquea, y de la traque a la boca. Tomoi creyó que algo iba a rasgarle la garganta, soltó unas lágrimas, cerró los ojos y esperó lo peor.

La llama de la lámpara bailó bruscamente cuando una enorme mariposa púrpurea, salió de un sólo golpe de la garganta de Tomoi.

El muchacho tosió mucho, hasta vomitar la sopa que había tomado con Hiroaki unas horas antes. Entre lágrimas, pudo ver como la mariposa se posaba en las manos de Hiroaki, que la observó con  detenimiento durante cerca de medio minuto. Era realmente hermosa y muy grande…
Hiroaki le dirigió a Tomoi una sonrisa y acercando las manos a la llama, murmuró algo semejante a una oración.

La mariposa ardió en la llama encendida menos de un segundo, con un chisporroteo fugaz, y desapareció.
Hiroaki apagó la lámpara.

_ Ya está. La llama de mi lámpara la ha seducido y yo he podido cazarla – le acarició la cabeza al soprendido Tomoi- Ya puedes salir afuera y disfrutar de la vida.

Tomoi no estaba del todo seguro de lo que había ocurrido. Se palpó el pecho y la garganta, respirando aún sonoramente pero cada vez con más facilidad.
Se levantó y dio unos pasos. Estaba extraño…No necesitaba dormir más, y el peso enorme que tenía encima había desaparecido. No podía creerlo…Pero era cierto. Salió corriendo de la casa, descalzo, poniendo a prueba su capacidad pulmonar y la fuerza de sus extremidades.

_ ¡Estoy curado, estoy curado! – gritaba correteando alrededor de los surcos en dónde crecían las verduras de la temporada.

Hiroaki, apoyado en el dintel de la puerta, le observaba con una pacífica sonrisa, asintiendo para sí.
Tomoi no podía ser más feliz: en ese momento, la vida había cobrado sentido de nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Era como descubrir felicidad en cualquier cosa y en cualquier situación.

_ ¡¡Hiroaki san, muchas gracias!! – corrió hacia él e hizo una venia.
_ No hay de qué. Debes decirle a tus padres que tienen las mejores verduras que he probado jamás. Esa sopa era especial…
_ Lo sé, mis padres se esfuerzan mucho cada día – asintió Tomoi, tratando de contener a sus inquietos pies.

Hiroaki rió, comprendiendo las ansias del muchacho por usar aquella energía tan natural, que había perdido durante tanto tiempo.

_ Anda, ve a jugar. Eso es lo que debe hacer un niño – le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Tomoi salió corriendo, primero a darles la noticia a sus padres, que estaban vendiendo en el mercadillo, y después a buscar a sus amigos para jugar tanto como le permitiera lo que quedaba de Sol.

Hiroaki cogió sus cosas, se calzó las sandalias y se colocó su sombrero de peón.
No sin antes observar con calma aquella vieja casa y el plantío de verduras, brillante por el sol de la tarde, comenzó a caminar, sin prisa, calmado, hacia el siguiente pueblo, y así, constantamente, siguiendo la dirección del viento del Sur.

Porque no hay Mundo sin enfermedad ni desgracia, su trabajo no terminaría nunca. Sin embargo era sin duda el mejor trabajo, puesto que le pagaban con mucha vida, con muchas sonrisas como la de Tomoi.
Un paso, otro paso, otro paso más…Las sandalias de Hiroaki se iban llenando de tierra, y su alma de conocimientos y emociones.

El viento del Norte comenzó a soplar, pequeño y tímido, en el pueblo de Tomoi.
Cuando regresaron a casa, Hiroaki no estaba. Le buscaron por todas partes, pero en vano. Tomoi, aquella noche, apenas podía dormir por todo lo acaecido durante el día.
Se dio la vuelta en el futón, cansado de mirar a las estrellas, y allí vio la marca. Un especie de mancha color púrpura en el suelo, en donde la lámpara de Hiroaki se había comido a la mariposa duende.

Sonrió, dio las gracias a Dios por haber traído a Hiroaki a su casa y al poco, se quedó profundamente dormido.

FIN

朋忌 ともい Tomoi

托鉢笠 たくはつがさ Takuhatsugasa tipo de sombrero cónico utilizado mucho en la época Edo.

足袋 たび calcetín japonés para llevar geta o sandalias.

弘安芸 ひろあき Hiroaki

布団 ふとん Futón  (tipo de colchón, cama japonesa que se coloca directamente sobre el suelo)

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Los héroes de Suzume

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La villa Murasaki* estaba emplazada junto a un caudaloso río llamado Suzume*. Desde muy antiguo se decía que este río era una diosa que dormía apaciblemente, ofreciendo Salud y prosperidad a los que vivían cercanos a su cauce.

La villa había sido un pequeño emplazamiento de guerreros hacía unos dos siglos. Pero el paso del tiempo y la bonanza en agricultura y comercio la había convertido en una urbe con bellas calles, avenidas adornadas con cerezos y hermosos bancales de pensamientos, sistema de alcantarillado y magníficos templos.

Una vez al año se celebraba por todo lo alto, la festividad en honor a Suzume, con danzas, ofrendas, desfiles y rituales especiales en los todos los templos.
La estatua de la diosa Suzume, se erigía en la plaza central de la ciudad, a la que se llegaba desde cualquiera de las cuatro calles principales: Kita, Minami, Higashi y Nishi*.

Suzume era representada como una doncella de cabellos cortos hasta los hombros, que sentada sobre un manto de aguas, alzaba sus manos a pequeños gorriones que se posaban en sus manos, con las alas abiertas.

En Murasaki vivían dos niños, Daikichi y Shoutaro. Nacieron el mismo día: el día de la diosa Suzume. Los niños que nacían en el día de la diosa, eran considerados especiales por lo que se les destinaba a dedicar su vida a las necesidades de la deidad, apaciguando a su espíritu y cuidando de sus templos.

Pero los padres de Daikichi no creían en la Diosa.

_ Jamás permitiremos que nuestro hijo arruine su vida convirtiéndose en monje – espetó sin reparo alguno el padre de Daikichi, con el niño en brazos.
La madre, a su lado, asentía, entristecida por el hecho de haber dado a luz en aquel día.
Ambos eran forasteros en aquel lugar, por lo que no entendían a los nativos y su veneración absurda hacia aquel río con nombre de ave.

Los monjes lo reprobaron y la gente les rechazó durante bastante tiempo.
Sin embargo, los vecinos, los padres de Shoutaro, no le dieron mayor importancia a lo sucedido y respetaron la decisión de la pareja para con el futuro de su pequeño.
La amistad continuo y se hizo fuerte, a la par que los dos niños crecieron como dos amigos inseparables y fortalecieron sus lazos hasta el punto de considerarse hermanos.

_ ¡Shoutaro! ¿Todavía no has terminado? ¡Vamos a jugar ya!

Daikichi acababa de llegar al Templo de Kita, en donde Shoutaro barría desde muy temprano, las hojas secas de los ginkgo y los arces.

_ En poco termino con ésto – le respondió Shoutaro vestido con el tradicional traje de monje aprendiz.- ¿Cómo te ha ido con el entrenamiento?
_ ¡Estupendo! – Daikichi hizo muestra de sus capacidades como guerrero- El maestro dice que tengo que esforzarme más pero en el fondo sé que está sorprendido.
_ No seas tan engreído – sonrió Shoutaro, acostumbrado la personalidad apabullante y abierto de su amigo.

_ Vamos a jugar junto al río – sugirió Daikichi cuando Shoutaro hubo guardado la escoba y el mandil.

El apacible carácter de Shoutaro contrastaba enormemente con el de Daikichi. Pero juntos el mundo parecía estar en su lugar, y cada cual se sentía completo y auténtico.
Incluso sin hablar eran capaz de comprenderse.

Pasaron muchas estaciones juntos, otoños de rojos y ocres, veranos de azules y tormentas, inviernos de nieves y escarcha y primaveras de trinos y flores. Cada cual preparándose para su futuro: Daikichi como guerrero, Shoutaro como monje.

Un desafortunado día de finales de Primavera, los aires del Oeste trajeron a demonios de las ciénagas a la villa. Muchos habitantes cayeron enfermos, otros tuvieron extraños accidentes; las flores se marchitaron y los animales se consumieron, muriendo en masa.

Los monjes no tenían ni un respiro entre los rezos y las exorcizaciones de las casas y los templos. Junto al río, hermosamente flanqueado por centenarios cerezos aún en flor, se realizaban cánticos en honor a la diosa Suzume, orando y suplicando que limpiara el lugar de aquellos Oni* que estaban desolando a todos los lugareños sin excepción.

Las gentes comenzaron a mirar con rabia y desprecio a Daikichi y a su familia.

_ Es culpa vuestra, por no haber ofrecido a Daikichi a la gran Suzume, la diosa se ha enfadado y nos ha mandado a los demonios – les reprocharon un grupo de hombres de campo que ya habían enterrado a mujeres, padres e hijos.

Los padres de Daikichi no sabían que decir. No se veían con derecho alguno a decir lo que pensaban, cuando aquellas familias estaban sufriendo tanto.
Pero Daikichi se reveló y les espetó:
_ ¡No culpéis a inocentes por algo inevitable!
_ ¡¿Inevitable?! Si tú hubieras hecho lo que hizo Shoutaro, nada de ésto habría ocurrido.
El grupo comenzó a envalentonarse, alimentada su ira por el dolor y la rabia.
Comenzaron a tirarles piedras y a maldecirles. A cada segundo se iban uniendo más lugareños, creándose un pequeño pelotón contra la familia de Daikichi.
El joven protegía a sus padres de los golpes de palos y piedras pero poco a poco se vio impotente e incapaz de levantarse, su cuerpo, a modo de escudo, sobre los de sus padres.

_ ¡Ya basta!

El grito de Shoutaro, vestido con el traje ceremonial y con el rosario en la mano, detuvo a la muchedumbre.

_ ¿Desde cuándo nuestro pueblo se ha convertido en bárbaro e irracional?
Detened la violencia y ocupaos como Dios manda de los sepelios de vuestros seres queridos.

El amable y calmado Shoutaro mostraba ahora una mirada firme y a la par entristecida. No podía creer que las gentes hubieran sido capaces de levantar las manos contra sus vecinos.

El pequeño tumulto se dispersó, entre rumores, con las cabezas bajas y las miradas turbias.

_ ¿Estáis bien? – se apresuró Shoutaro a ayudar a Daikichi y a sus padres.
_ Más o menos – respondió el joven, lleno de golpes y rasguños.
_ Muchas gracias Shoutaro – los padres de Daikichi le tomaron de las manos, agradeciéndoles una y otra vez lo que había hecho por ellos.
_ No he hecho nada que merezca ser agradecido – les sonrió el joven. Se percató que el matrimonio no tenía ni un solo rasguño. Al parecer Daikichi había parado cada golpe por ellos. Sonrió para sí. No había persona más noble en el pueblo que Daikichi, lo había demostrado muchas veces desde muy niño. Era el único que no había temido resultar herido por proteger a alguien.

Daikichi se los llevó a casa. Se lavó las heridas rápidamente y caminó presto hacia el templo de Kita, en donde debía de haber regresado Shoutaro para seguir con las oraciones.

Shoutaro y los demás monjes, estaban reunidos frente al templo con expresión de enorme sorpresa y preocupación.

_ ¿Qué sucede? – se apresuró Daikichi uniéndose al grupo.
_ Daikichi…Verás, el río ha bajado, casi no quedan aguas en su cauce…
_ ¿Cómo es posible..? – Daikichi no daba crédito a aquellas palabras.

Se echó a correr hacia Suzume, seguido de Shoutaro y los demás monjes.
Era cierto, el río estaba casi seco. Daikichi caminó hasta su cauce y comprobó que las aguas le lllegaban hasta la pantorrilla.
En ese mismo instante, Shoutaro sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, allí había algo…¿Un Oni?
_ ¡Daikichi sal de ahí! – gritó sacudiendo la mano en la que llevaba el rosario.

Daikichi miró hacia sus pies: algo se movía entre las aguas, cual anguilas de color carbón.

Saltó rápidamente y ensartó la daga en aquel ser que estaba a punto de cogerle la pierna, sintiendo al instante como si una corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo.

Shoutaro se acercó corriendo, comenzando a cantar sutras, con el rosario entre las manos. Daikichi aún aturdido, de rodillas sobre las aguas, sólo conseguía escuchar la voz de su amigo, la vista golpeada y enturbiada, mientras que a su alrededor aquellos largos cuerpos se movían como reptiles sin cabeza.
Entre las aguas, vislumbró algo que le pareció familiar….Eran pétalos de las flores del cerezo.

En ese instante, en el que intentaba comprender por qué aquellos pétalos le estaban pareciendo tan extraños, sus compañeros guerreros llegaron al río y le sacaron, mientras los monjes seguían cantando sutras de protección y exorcización bajo los cerezos, ya casi sin flor, que adornaban todo el Paseo hasta el final de la Villa.

Los demonios se iban haciendo más poderosos y fuertes a cada segundo. Se colaban por el sistema de alcantarillado, se arrastraban por las calles y se metían en las casas, consumiendo a todo el que se encontraba en su paso.

Las gentes enloquecieron y comenzaron a dejarlo todo, huyendo de la villa Murasaki, hacia las montañas del Norte.
Los guerreros luchaban contra los demonios tanto en la ciudad como en el río, en donde caían muertos bajo terribles dolores, causados por el veneno de aquellos Oni de las ciénagas.

Mientras los monjes se ocupaban de exorcizar a los demonios en casas y comercios, en calles y plazas, Shoutaro curaba la herida en la pierna de Daikichi.

_ Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? – le preguntó Daikichi a su amigo, que terminaba de vendarle la larga raja que cruzaba la línea del tobillo a la rodilla izquierda.
_ Sí…- sin levantar la vista, fruncido el ceño, guardó vendas, ungüentos y demás en una caja de bambú y se sentó a su lado.

Estaban en las escaleras que ascendían al templo de Kita. Los grandes arces, a ambos lados de la escalinata de piedra antigua, ofrecían una sombra agradable, filtrándose los rayos de sol entre las hojas: semejaba que bailaban pequeñas mariposas de luz sobre las sombras de los jóvenes.

_ Los demonios han venido atraídos por los cerezos en flor…La belleza es causante de muchos males o trae tristezas y desgracias…- Shoutaro parecía lamentarse profundamente. Él adoraba los cerezos. No podía creer que algo tan bello y dulce fuera el causante de tanta muerte y desolación.
_ No Shoutaro. No es la belleza la malvada, sino el corazón del que la observa. Los demonios la han utilizado para alimentarse y hacernos daño…Pero nosotros no nos dejaremos vencer.

Daikichi, a pesar de todo sonreía. Shoutaro estaba realmente sorprendido ante la fortaleza y sabiduría de su amigo. Pero…¿No es acaso propio de él, dar coraje cuando todo parece haber terminado?

Daikichi le ofreció la mano. Ambos se prometieron con un apretón sincero que terminarían con los Oni del río Suzume.

Aunque fueron muchos los muertos en aquella terrible batalla del río Suzume, se cuenta que gracias a la afiliación y cooperación de monjes y guerreros, liderados por dos niños Suzume, Shoutaro y Daikichi, se logró acabar con los demonios en menos de tres días.

Los cerezos fueron exorcizados y las aguas del río volvieron, poco a poco, a tener su cauce habitual.

Aún ahora, pasados más de cuatrocientos años, se recuerda a los dos hermanos de la vida, Shoutaro el monje y Daikichi el guerrero, tanto por los libros de historia como por las citas, refranes y creencias populares.

Junto a los cerezos del río Suzume, se alzan dos estatuas en piedra de ambos jóvenes, y cada primavera, los niños juegan y comen dulces bajo los cerezos, ofreciendo a los héroes Shoutaro y Daikichi grandes cestas de pétalos de flores de cerezo: bellas y hermosas motas rosadas que son la bendición de la villa Murasaki.

                                                              FIN

紫 むらさき Murasaki : Púrpura

雀すずめ  Suzume : Gorrión

北 南 東 西 Kita, Minami, Higashi, Nishi : Norte, Sur, Este, Oeste

鬼 おに Oni : Demonio

Cuento Primero: “La Dama Blanca y el Hombre de la Cicatriz”

Se dice que en un pequeño pueblo del sureste del país, una mujer de piel color de la magnolia y cabellos largos hasta los tobillos, aparecía sobre el puente de madera entre el bosque de Akashima* y el jardín de la Casa Imperial.

Justo cuando se ponía el sol ella aparecía, bañada por la tenue y rosada luz del crepúsculo, vestida con un kimono del color de la flor del cerezo y siempre descalza. Tanto los aristócratas como los campesinos, fueran hombres o mujeres, niños o ancianas, todos intentaban cada atardecer acercarse a la bellísima dama blanca. Pero en el mismo segundo en el que daban un paso hacía ella, su silueta tintineaba, se encogía levemente y desaparecía caminando con cierta prisa, en las entrañas del bosque de Akashima.

_ ¿Quién será esa dama? – se preguntaba el viejo que vendía dulces de arroz arrugando las cejas en una forma tal, que sus pequeños ojillos quedaban sumergidos entre mil arrugas – Jamás en mi vida vi algo tan hermoso…
_ Nadie lo sabe – apuntó un hombre de mediana edad, sentado sobre el banco de madera, degustando un té mientras observaba el barullo de las calles en pleno mediodía

– Pero se rumorean muchas cosas sobre ella.
_ ¿Como que se trata de un demonio? – murmuró eñ anciano inclinándose hacia su cliente, como si no quisiera que nadie más que aquel, escuchara su atrevida suposición.
_ Entre otras, esa es una posibilidad – sorbió lo poco que quedaba del pequeño chawan*. Tras unos segundos de meditación, el hombre, de cejas espesas y cabello atado a las espalda en una cola de caballo, continuó con sus pesquisas

– Lo cierto es que de todas las cosas que se escuchan sobre ella acá y allá, la que más me inquieta es la siguiente…En ese punto se detuvo: el anciano, absolutamente atento a las palabras de aquel hombre, se dio cuenta que por la vestimenta y la forma de sujetar el pequeño cuenco, podría tratarse de un guerrero sin señor.

_ No soy tal cosa, le dijo como si acabara de leer su pensamiento. El anciano dio un ligero brinco atrás. Sus pequeños ojos se abrieron por primera vez en muchos años.

El hombre le miró a los ojos fijamente: fue entonces cuando el anciano se percató de la cicatriz que cruzaba la cara del hombre, desde la comisura de la boca hasta la oreja derecha.

_ Hay cosas que parecen ser lo que no son, y cosas que son lo que no parecen.

Se lo dijo con su voz fuerte y tenor, pero sin alzarla en ningún momento. Con una media sonrisa que no podía ser descrita como risueña o triste. Tal vez porque era una mezcla de ambas.

_ ¿Quién es usted? – preguntó arisco el anciano, no sin atenuarse su  curiosidad.

El hombre no respondió a la pregunta, pero continuó hablando. Esta vez se tocó la cicatriz de la mejilla derecha con una ternura sin igual…

_ En algún lugar, descansa y espera…A que nos volvamos a encontrar. Justo terminó la frase, vaciando su mirada al infinito de las calles, se levantó, pagó con las monedas de su bolsa al anciano y desapareció, hacia el sur de la ciudad. Al parecer cambió de opinión y no quiso decirle nada más al vendedor de dulces.

El anciano, desde ese día, explicaba a todos sus clientes su encuentro con el misterioso hombre de la cicatriz que leía la mente, junto con el rumor de la dama blanca. Las gentes comenzaron a atar cabos e inventaron nuevos rumores, que corrieron entre callejas, tiendas y pequeños hostales, hasta convertirlo todo en una sola historia:

Un atardecer cualquiera, unos niños se acercaron al anciano de los dulces de arroz, corriendo en tropel, llenos de energía, despeinados y descalzos pero felices:
_ ¡Anciano, cuéntenos la historia de la Dama y el viajero de la cicatriz!
_ ¿Otra vez? ¿No os cansáis nunca de escucharla?

Todos gritaron al unísono un “No” risueño como sus propias caritas.

_ Todos sabéis que al atardecer, una dama de piel blanca como la nieve y hermosos cabellos color azabache, aparece sobre el puente entre Akashima y el jardín de los príncipes.

Los niños asintieron, ocupados en escucharle y en comerse con avidez los dulces de arroz que les había ofrecido el anciano.

“Hace ya algunos años, antes de que vosotros hubiérais nacido siquiera, dos enamorados se instalaron a vivir en un punto alejado del pueblo, justo entre los árboles sagrados del bosque de Akashima, famoso por sus pequeñas y traviesas ardillas rojas.

Él era ardiente como el sol, ella lánguida y callada como la luna. Ambos de lugares muy distintos y de culturas casi opuestas.
Pero se amaban como nadie lo ha hecho o hará jamás…La mujer cayó enferma, y el hombre se desesperó. Buscó a los médicos del pueblo, pagó grandes cantitades por consultas y curas que de nada sirvieron. Incluso fue a ver al Emperador, suplicándole de rodillas, con la frente pegada al suelo, para que le ayudara a salvar a su mujer. El Emperador no le dejó desamparado – sobretodo gracias a las palabras de su consejero mayor, que parecía tener mucho mejor corazón que él – con lo que mandó a su médico, uno de los sabios más conocidos en el país, a curar a la mujer de aquel plebeyo. Pero tampoco sirvió de nada…

_ Comprendó por qué estáis tan desesperado por querer salvarla – le dijo el médico, arrodillado junto a la mujer, que agonizaba entre fiebres bajo el futón.
_ Sí, lo es todo para mí…
_ No me refiero a eso…Es la mujer más bella del mundo, jamás vi a alguien tan hermoso.

El médico estaba realmente conmovido por aquella hermosura incomparable. Incluso marchitándose por causa de la enfermedad estaba bonita como un flor al sol.

Sin embargo, el hombre se enfadó:

_ Usted no conoce a mi mujer, no es sólo lo que se ve lo que yo amo. Ella es todo, mi vida y mi mundo, sin ella, yo no podré seguir viviendo.

Y bajando la cabeza, sin dejar de mirarla, volvió a repetir: “Lo es todo para mí…”

El médico se marchó la tercera tarde en que visitó aquella casita entre los árboles sagrados, habiéndose dado por vencido en la curación de la mujer más bella del mundo. El hombre se quedó arrodillado junto a ella, sin fuerzas, sin ánimos, completamente destrozado. La llamaba pero ella ya no le respondía: se estaba helando poco a poco. Le estaba abandonando para irse a la otra vida. Se arrastró hacia los árboles y se apoyó en uno de los árboles sagrados que guardaban la casa cual lo harían dos esfinges de la Antigüedad.

_ ¿Por qué? Por qué tenía que pasarle a ella…Por qué no me escogistéis a mí…Sollozó con la cara pegada a la corteza del centenario árbol.

Entonces una voz resonó en su cabeza, como si fluyera desde la corteza hasta su piel, metiéndose en sus venas. las palabras latieron con su corazón, al unísono: subitamente comprendió que le estaba hablando una deidad.

“Hombre, ¿qué quieres que haga por ella? Pídelo y te lo concederé” Las ardilla se detuvieron todas entre las ramas y miraron fijamente al que lloraba allí abajo, con la mano izquierda sobre el gran Árbol.

_ Déjala vivir, en mi lugar, haz que ella viva y yo muera. Haz lo que sea pero no dejes que muera…

“No puedes pedirme que quite la vida a alguien; pero hay una forma de no matarte y al mismo tiempo, dejarla vivir”

El hombre no daba crédito a lo que le estaba sucediendo, pero su desesperación era tal, que no vaciló ni temió.

_ Dime qué debo hacer, y haré cuanto me mandes.

” Sólo tienes que darme de ti para que ella no muera. Y sé que la parte de tu cuerpo que más quieres, es la mejilla derecha.”

Ciertamente, pensó el hombre, su mejilla derecha era el lugar en el que ella le daba un beso y tras éste una caricia larga y tierna. Cada día desde que se

conocieron hasta el momento presente: cuando se despedían y cuando se encontraban nuevo al anochecer, tras un largo día de trabajo.

Él, tocándose la mejilla, tomó aire, miró al gran Árbol y asintió.

_ Te la ofrezco.

“Que le de la vida no quiere decir que podáis estar juntos”

A el hombre el corazón se le encerró en un puño de dolor, pero determinadoa hacer lo que fuera por ella, volvió a asentir.

“No os podréis encontrar en esta vida, aunque sí lo haréis en la siguiente. Ella no pasará más allá del puente, y tú no podrás acceder al bosque jamás. Me quedó con la semilla de amor que yace en tu mejilla derecha.”

“Como veo que eres un hombre fiel y honrado, te ofrezco algo que te dará cierto alivio en el paso de tus días. En el atardecer, si cubres tu mejilla izquierda con tu mano o la escondas contra el futón, serás capaz de escucharla y verla, aunque sólo en tu pensamiento. Será real, pero nadie la verá entonces, como la verás tú.”

Como el hombre había aceptado todas las condiciones, la deidad arrancó de su mejilla la parte más querida del amor de ambos.
El hombre sufrió de un dolor mucho más fuerte que el físico.

No supo nunca ni cómo ni en qué momento fue llevado al pueblo, en el que trataron su aparatosa herida. Cuando, convaleciente, un atardecer de primavera, apretó su mejilla derecha sobre la almohada de un viejo futón, se produjo lo que la deidad del Árbol le había prometido.

Se dice que los que ocupaban aquella casa en la que estuvo acogido durante unos meses, lo escucharon llorar y hablar con alguien durante la noche.

Y las noches siguientes fueron igual, hasta que ya curada la herida y sin rastros de fiebre, haciendo una venia de profundo agradecimiento, dejó la casa dispuesto a viajar por muchos  lugares del país, para sanar a su corazón y poder comenzar de cero con su nueva vida.Antes de que desapareciera, con su saca al hombro y su sombrero de paja, en aquel camino de tierra que llevaba al Este, uno de los muchachos, hijo de sus benefactores , se le acercó y respetuosamente, le hizo una pregunta:

_ Señor, ¿con quién habláis por las noches, si no hay nadie en su habitación?

El hombre le miró mostrando tintas de tristeza y resignación en sus ojos:

_ Con quien lo es todo para mí…Aunque no podemos estar juntos, nadie jamás podrá separarnos.

El muchacho aceptó la respuesta, subyugado a aquella voz tenor que no temblaba ni rompía la paz ni de la Tierra ni de los Cielos.

La herida estaba aún un poco enrojecida pero bastante curada. El hombre sonrió, le dio una palmada sobre el hombro y comenzó a caminar. Sus sandalias golpearon el suelo de tierra con cada paso que daba camino al Este. Sobre el puente, la dama blanca, lloraba como las flores del cerezo lloran cada año pétalos rosas sobre la madera del puente entre Akashima y la Casa Imperial.

FIN

Espero que volváis mañana, porque tengo muchos cuentos que contaros…

*Akashima, 赤しま Ardilla roja
*chawan 茶わん tipo de taza japonesa para el té

Azul, azul…

El lugar en el que vivo, está cerca de las montañas.

_¿Por qué las pintas azules? – Me preguntó una vez una niña, un año mayor que yo, sobrina de una tía política.

_Porque son azules – le respondí yo.

_ No lo son. Ese no es su color. Son marrones.

Me lo dijo con cierta altivez y mucha seguridad, lo cual me hizo sentir mal, por las montañas más que por mí. Porque las montañas siempre me han mostrado su bello color azulado, con grises de acantilados y sus ocultos verdes de árboles y arbustos, de zarzas y de musgos. Me mostraba esos azules, como un regalo que mi Alma agradecía.

Si observas estas montañas un día de Sol, sin una sola nube que lo enturbie,  parecen una inmensa estatua de una mujer echada sobre moras, flores y raíces profundas.

El murmullo de las aguas que brotan, brincan y juegan, cual hadas de cristal, se confunde con el silencio que los pájaros hilan de cantos en esta Primavera recién nacida.

Tal vez aquella niña tuviera razón, pero mis manos están por siempre empapadas en Azules. Los Azules del Cielo y los de los Mares, los de la Flor y los del Árbol.

Los azules de las Almas brillantes y bondadosas que sobreviven al Mundo.

La Triste Humanidad Bella

Hay días como hoy, en los que el peso del Mundo parece demasiado para mí.

Mi ventana (a la que bauticé “Bárbara” -la extranjera- cuando la pusieron mi padre y Mohamed, hace ya una década como mínimo) me muestra un cielo de nubes gruesas y dantescas. que oscurecen por momentos el Terreno, nuestra casa y los cobijos de los gatos…Los campos de alrededor, yermos, están llenos de alisos este año. Hace ya mucho que no crecen amapolas aquí. Recuerdo de niña, los campos llenos de amapolas, tan frágiles y brillantes, como manchas de óleo sobre el verde de los campos.

El aliso blanco es pequeño y tierno, dulce como una muñequita entre ángeles. Parece que invite a echarse a dormir entre ellos, como los gatos.

Esta mañana fui a mi cita con la doctora tras unas cuantas pruebas. El hospital nunca jamás se me ha ofrecido como un lugar agradable. Supongo que hay gente que no lo ve así, siempre habrá alguien que guste del ambiente de un hospital.

El caso es que durante la espera, junto con mi madre, escuché la historia de un señor asmático, que al parecer estaba solo, viviendo en 20 metros cuadrados y rememorando cada noche cuantas cosas le habían acaecido en su vida. “Me paso las noches llorando”

Era un hombre que había tenido una vida muy dura, que había sido traicionado por los suyos, que había sufrido muchas cosas…Como tantas y tantas personas en el Mundo.

El murmurllo de mercadillo de todos los pasillos, el de en frente, los laterales, los rincones y demás entresijos de la primera planta, era tan bochornosamente insoportable que un fuerte dolor de cabeza comenzó a minar mis fuerzas.

Sin embargo, la voz de aquel señor, no me molestaba. Era una voz asmática y torpe pero buena, agradable a la par que triste y amable.

De repente un joven aparece del fondo de otro pasillo, se le planta delante al señor,  y le sermonea porque no deja de escuchar su voz. “Sí, te entiendo, sí, tienes razón, sí” Le decía el hombre entre sorprendido y decaído.

En un par de segundos la enfermera llamó al joven para una prueba u otra y éste desapareció tras una puerta, sin más, ajeno a que había herido los sentimientos de varias personas (me incluyo).

En un lugar en donde hablaban cincuenta, se le llama la atención al asmático señor, con peculiar voz, y vida tremenda que sólo buscaba un poco de consuelo entre aquellos amigos que había encontrado en aquel pasillo de hospital.

Ya sea en Internet como en el mundo tangible, el de las calles y pasos, puedes encontrarte con gente que está sufriendo por vejez, por abandono, por dolor físico, por incomprensión, por maltrato, por discriminación, por odio, por envidia, por pobreza material o espiritual…Por pérdida de un ser querido, sea cual sea el tipo de despedida.

Y puedo escuchar el rumor eterno y doloroso de mil llantos a solas, de mil soledades no buscadas, y a sabiendas que no soy capaz de aliviar ni a uno solo de estos corazones, me siento infinitamente triste.

Aunque yo siempre sonrío y vivo lo más feliz que puedo cualquier situación más o menos soportable, esa tristeza del Mundo, de la Más que triste Humanidad triste, pesa demasiado.

Las cosas bellas siempre animan y endulzan, ¡y se agradece que haya tantas!

Si algún día el Señor me permite llegar ni que sea a los pies de lo más bajo de su manto, querría ser Ángel de la Guarda de la persona más necesitada del Mundo. Y esforzarme por proteger y amar, como sólo un ángel puede hacer.

Mientras tanto, tengo que luchar por ayudar y amar tanto como pueda, en esta Humanidad triste, que tiene tantas bellezas y bonanzas para todos…Espero que nadie se las pierda. Espero saber agradecerlas a todas.