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Karasu Tengu y la joven Mirin

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Mirin nunca pensó que algo así fuera a suceder. Porque las cosas que menos se imaginan en la vida, son las que suelen pasar, y cuando menos se las espera.

Ella había sido una niña sin fuerza física, pero con grandes ojos brillantes, que cautivaban a las gentes y amansaban a los animales.

Su familia venía de aristócratas, por lo que había crecido en un ambiente austero, de aprendizaje constante de la lectura y la caligrafía; así como el arte del Ikebana y la ceremonia del Té.
Su madre murió al nacer ella, siendo criada por una la mujer de confianza de la familia, la buena Matsuko obasan*. Ella era la que se encargaba, no sólo de la niña, sino también del
mantenimiento de la casa, los recados, la cocina y los horarios estrictos y puntualísimos de Tetsuya san, el padre de Mirin.

La casa de Mirin, tenía un jardín inmenso con un lago, un puente de madera, y hermosos cerezos hacia el Sur, así como Gingkos en el Norte y Ciruelos en el Este.
En el Oeste, había un enorme sauce llorón, al que consideraban sagrado por ciertos inexplicables sucesos, ocurridos cuando el padre de Mirin era niño.

Mirin se deleitaba cada día con la vista del jardín, sentada en el porche de madera, con sus pies enfundados en inmaculados tabi* y sus geta* de madera lacada cerca, en el suelo cubierto de fino musgo.
Habían camelias, rosas, lirios, violetas y azaleas. En Primavera, los pequeños pajarillos anidaban por doquier, sin temor a los humanos, y armaban un buen escándalo con la preparación de los nidos para sus
polluelos…Era, sin duda, la Primavera, la estación favorita de Mirin*.(実臨)

Se sucedían días de calma, pacíficos e inmersos en una rutina ciertamente hermosa.
Lo único que Mirin echaba en falta era tener amigos con los que hablar…Siempre estaba sola, aunque bien era cierto que Matsuko obasan la mimaba y atendía como una madre, era ante todo la mujer que llevaba
aquella casa, y siempre tenía mucho que hacer.

A Mirin le gustaba ver cómo tendía la ropa en el jardín, sobre unas barras de madera larguísimas en las que dormían al sol futones, ropas y demás colada, que también era tarea de Matsuko.
La buena obasan tenía la cara redonda como una de esas máscaras “ko omote”* de sonrisa infantil sobre blanco inmaculado. Se recogía los lisos cabellos en la nuca, para que no le estorbaran durante el
duro día de tareas, que ella realizaba como si fueran juegos, sin mostrarse jamás agotada o disgustada.

_ ¡Ah, otra vez! Ese cuervo me ha vuelto a manchar la ropa recién lavada…- se quejó una mañana, mientras Mirin leía a los clásicos, sentada sobre las rodillas, en su habitación.
Se movió con delicadeza y abrió la puerta de papel de arroz, asomando la cabeza.
_ Matsuko obasan, ¿qué sucede?
_ Un cuervo querida niña…Sólo los cuervos pueden hacer tantas maldades…Ayer se metió en la cocina, la otra noche robó en la habitación de la difunta señora…Lo revolvió todo, ¡como un ladronzuelo! – suspiró chasqueando la lengua, mientras se daba prisa en recoger las ropas, unas rasgadas, otras manchadas de lodo y heces que
ciertamente parecían ser de ave.

Volvió a llevarse la ropa en el cesto, caminando deprisa, acalorada por la mañana que había nacido fresca y se había ido calentando como un “mochi”* al fuego, volviéndose brillante y lustrosa…
Mirin miró alrededor, y escuchó con atención. Cuando sucedían cosas como aquella, los animales dejaban escapar muchos murmullos, pues eran tremendamente amantes de conversar, especialmente los gatos.
Los gorriones eran bastante cotillas y las mariposas y abejas, muy amantes de cantar. Mirin no perdió detalle de cuánto dijeron aquella mañana, que por cálida, había hecho que soltaran la lengua aún más de lo normal.

_ Dicen que fue el cuervo…¡Es un sinvergüenza!
_ Ya lo creo, ya lo creo…

Decían los gorriones con voz chillona, sobre las hermosas ramas de los cerezos, ya en flor.

_ Eso no es verdad.

Mirin dio un brinco. La voz era rasposa, pero noble. Venía del porche: sobre la fresca madera, se lavaba las patas meticulosamente un gato negro, bastante gordo y especialmente panzón.
La jovencita lo observó como queriendo saber más. El gato supo en seguida que aquella niña le comprendía, porque los felinos saben más de lo que se puede saber a simple vista, así que continuó hablando.

_ Malditos gorriones, ¡escándalosos, embusteros! – les enseñó una uña, que sacó como quien saca una daga, amenazador, y enfurruñado volvió a hablar con tono de queja – Todos le culpan porque es negro y tiene mala fama…
Pero no es él el culpable.
_ ¿Tú sabes quién es? – se atrevió a preguntarle Mirin.
_ Hmmm…Si yo lo he visto, también lo puedes ver tú, niña. No está bien creerse lo primero que se escucha.

El gato se echó y estiró las patitas, abriendo las pezuñas durante unos segundos para relajarse después y comenzar una de sus importantes siestas diarias.

Desde ese momento Mirin se convirtió en una observadora ávida, que no perdía detalle de cuanto sucedía en la casa o el jardín. Supo que había un topo al que le gustaba escuchar las canciones que Matsuko obasan
dedicaba a las noches mientras tejía junto a la lámpara.
También que dos familias gorriones se peleaban por una rama realmente confortable y que no había forma de que se pusieran de acuerdo. Sorprendió al gato hablando en sueños: “Quiero aprender a escribir…” decía moviendo los bigotes,
mascando ligeramente de gusto.
Y por fin conoció al cuervo. Le resultó hermoso: tenía un plumajes tan oscuros como la noche cerrada y los ojos como dos lunas llenas. Era bastante tímido para ser un cuervo…”¿Pero sé yo cómo son los cuervos?” Pensó la muchacha,
algo avergonzada por haberle juzgado sin conocerle.
Le observó tanto de día como de noche, y lo único que hacía, desde la rama más baja y gruesa del Ciruelo más viejo, era observar al Cielo. Nada más. Ni hablaba en sueños, ni conversaba con nadie. Mirin estaba algo decepcionada,
porque esperaba poder hablar con él. Pero aunque intentó preguntarle su nombre varias veces, no recibió respuesta alguna. Aunque tampoco ningún signo de altivez o desprecio.

_ ¡Aah, maldito cuervo! – ésta vez era su padre quien gritaba, saliendo enfurecido de la habitación con papeles manchados de tinta en las manos- Ha destruído mis hermosos trabajos de caligrafía.
Vislumbró al sorprendido cuervo en la rama del Ciruelo y se dirigió a él con furia, armado con una piedra.
_ ¡Espera Otousan*! ¡No le hagas daño! – Mirin se lanzó sobre su padre, abrazando su hakama con ambas delicadas, pequeñas manos.
_ Mirin, ¿por qué me detienes? – se volvió sorprendido Tetsuya san, sin bajar su mano.
_ Él no ha sido, ¡lo sé!
Quiso explicarle que le había estado observando, que había escuchado al señor gato y a los demás animales, y que no podía culpar a un inocente, ¡era demasiado cruel!
Pero su padre hizo caso omiso de sus palabras, y le lanzó una piedra con tal acierto que, aunque el cuervo aleteó para esquivarlo, la piedra le rozó el ala derecha.
_ ¡Aah…! – Mirin sintió una punzada en el pecho, e inconscientemente se tapó la boca con ambas manos, sorprendida y preocupada.
Pero el cuervo logró volar, no demasiado alto, pero lo justo para escapar de la ira de Tetsuya san, que volvía a tener las manos llenas de piedras.

_ ¡Otousan! ¡El cuervo no ha sido! Por favor no sigas…- le rogó ella estirando de sus ropas con la poca fuerza que Dios le había dado.
Sus enormes ojos estaban aguados por las lágrimas. Su padre no pudo resistirse a esa mirada y bajó la mano.
_ Está bien, pero a la próxima diablura que haga, yo mismo terminaré con él.

Mirin tembló, algo encogida dentro de su kimono. Volvió la mirada hacia el ciruelo pero el cuervo no estaba allí. La noche caminaba despacito pero firme, desde las montañas, trayendo consigo una manta
de estrellas y un soplo de frío.

La muchacha no lograba conciliar el sueño, pensando en el pobre cuervo herido. Ni tan siquiera las canciones de Matsuko san habían calmado su inquietud…No sabía dónde estaba, ni si la herida era grave,
si tenía frío o hambre, si sentía rencor hacia su padre…Se preguntaba demasiadas cosas por un ser al que apenas conocía. Al pensar en esta reacción suya, se acaloró y tomando las mejillas con sus blancas manos
trató de calmar el sofoco.

Entonces escuchó un ruido, como un caminar cauteloso a pocos metros de su habitación. Pensó que podría ser el cuervo, por lo que, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta corredera y miró afuera, con el corazón en
la boca de la emoción.
Pero lo que se encontró fue algo sumamente chocante y hasta temible, hasta el punto de encogerse de miedo al verle.
Un youkai tanuki* la miraba con ojos rojos como dos “chochin”* encendidos en la lejanía. Tenía unos afilados dientes y unas zarpas que sujetaban algo. ¿Qué era? Se movía inquieto y hacía un extraño ruido que no lograba
identificar.
_ ¿Qué miras niña? – le preguntó de repente el tanuki, acercándose a ella, con mirada maliciosa- ¿No reconoces a tus propias carpas? Esta noche serán mi cena, jejeje – su risa era realmente horrible e indeseable.
Mirin pudo ver entonces que tenía entre sus manos a los peces de colores que su madre tanto había querido, por ser regalo de Tetsuya san.
_ ¡Qué crueldad! – sollozó la niña dejando escapar lágrimas auténticas, que brillaron como las mismas estrellas.
_ ¡Oh…! Eres realmente una hermosa chiquilla – el tanuki se le había acercado con tal rapidez que Mirin se quedó congelada, sin aire, asustada y asqueada por el aliento del youkai – Quizás debería comerte a tí…

Mirin cerró los ojos con fuerza, “¡se acabó, me devorará!” y pensó en el cuervo por última vez, soltando más y más lágrimas.

_ ¡Suéltame, maldito! – gritó el tanuki con su desagradable voz de cueva y suciedad.

Mirin abrió los ojos deprisa: ¡el cuervo estaba allí! No tenía su aspecto habitual pero era él. Lo reconoció por sus ojos, amables y melancólicos, y por las hermosas alas negras vistiendo sus espaldas. Tenía forma
humana, cosa que le sorprendió, puesto que nunca había visto ser tan bello…Ensimismada, le costó darse cuenta de que el Cuervo sangraba notablemente: el ala derecha estaba decaída y tenía una buena fisura que no debía ser
poco dolorosa.

Sin embargo, no soltaba al tanuki, que parecía realmente enfurecido y forcejeaba asombrado por la fuerza del cuervo.
_ ¿Quién anda ahí? – Tetsuya san salía de su cuarto, a la vuelta de la esquina del largo porche que adornaba las habitaciones de su hija y de Matsuko obasan.

El tanuki no dudó un segundo y desapareció con tal velocidad, que nadie diría que había estado atemorizando a la niña hacía apenas unos segundos.
Sin embargo el cuervo, cabizbajo, sin fuerza en los brazos, parecía no importarle que le descubrieran…Mirin lo estiró cogiéndole de la mano, que estaba muy caliente, y lo metió en su cuarto.

Salió deprisa cerrando tras de sí, para recibir a su padre e intentar devolverlo pronto a la cama.

_ Otousan, ¿qué sucede?
_ ¿No has escuchado nada? – le preguntó seriamente, sujetando un pistolón regalo de un aristócrata amigo suyo, que había viajado a Londres.
_ Yo sólo he oído la pelea de dos gatos en la noche. Otousan, el cuervo te tiene obsesionado…- con ternura, le tomó de la mano y le llevó de vuelta a la habitación, mientras él rezongaba sobre el cuervo
y demás animales que destorbaban la paz de su casa.

Cuando Mirin regresó a su habitación, no vio al cuervo donde le había dejado, pero sí un camino de sangre que se dirigía al rincón, en donde tenía su escritorio, tapado ahora con un biombo.

Allí estaba él, apostado en la pared, respirando con dificultad, con el ala rota.
Mirin corrió a sentarse a su lado, y con cuidado, comprobó si tenía fiebre, poniendo su palma abierta sobre la frente del herido.
_ ¡Estás ardiendo! – Mirin tenía la prioridad de curarle: estaba sufriendo mucho. El cuervo la miró con aquella febril expresión y su corazón dio un vuelco, como nunca antes lo había dado.
“Espera un momento” Le dijo, y salió con mucha prudencia, sugetando los bajos de su nemaki* con las manos, temblorosas y algo sudadas por la emoción.
Fue a buscar medicina para el resfriado y ungüentos para las heridas, así como vendas y algo de comer.

Aquella noche se ocupó de curarle y cuidarle, hasta que la medicina hizo efecto y el cuervo se quedó profundamente dormido, sin sufrir, respirando con mucha más normalidad.
Mirin suspiró aliviada, observando la bella ala vendada, algo avergonzada por su poca gracia a la hora de hacer ese tipo de trabajos…Aunque la venda estaba puesta de forma torpe, la herida ya no sangraba.
La muchacha, se quedó dormida al poco, a los pies del cuervo, totalmente feliz, como si aquel hubiera sido el día más hermoso de su vida.

Al despertar, no recordaba bien lo que había sucedido la noche anterior, pero escuchando la voz de Matsuko obasan llamándola para el desayuno, dio un brinco y miró al frente, donde se suponía debía de estar
dormido el cuervo…Sí lo estaba, pero en su forma de ave. La miraba de forma apacible, como si le diera las gracias.
_ Mirin, el sol ya está muy alto, ¿te quedaste dormida? – Matsuko obasan abrió la puerta corredera y asomó su cabecita de niña eterna.
Mirin se había sentado delante del cuervo, tapándole la visión a Matsuko, que no se dio cuenta de su presencia.
_ Voy en seguida – le sonrió apartándose algunos cabellos sueltos que le caían traviesos sobre la nariz.

Matsuko obasan hizo un mutis por la derecha, riendo como un cascabel pensando en lo linda que era su pequeña princesa…
Mirin suspiró aliviada, con la mano sobre el pecho, y dándose la vuelta, con una pequeña venia, le habló al cuervo todo cuanto se había guardado en el pecho y tanto debía decirle.
_ Muchas gracias por salvarme, señor Cuervo. Y disculpe usted a mi padre, no es mala persona…Sólo se confundió…Perdónele por favor.

Volvió a agachar la cabeza, cayendo como una cascada su larga cabellera sobre el impoluto tatami. Había limpiado la sangre la noche anterior, después de tratar la herida del señor cuervo.
Tenía las manos enrojecidas, porque jamás había hecho ningún tipo de trabajo físico. El cuervo le miró las manos, y después le dedicó algo que ella interpretó como una venia y que le hizo sonreír,
feliz por poder comunicarse con él, aunque no fuera con palabras.

_ Ahora debo ir a desayunar, pero volveré pronto con comida, usted descanse señor Cuervo. Esa herida debe curarse bien.

El cuervo se quedó muy quieto, parpadeando con sus afables ojos, el ala vendada pegada a su oscuro cuerpo de ave.
Durante los días siguientes, Mirin estuvo bastante atareada cuidando de su huésped y tratando de evitar que lo descubrieran. Ni Matsuko obasan ni Tetsuya san se dieron cuenta de que en la
habitación de la jovencita reposaba el cuervo, que tan mala reputación tenía…

_ Vamos Mirin, déjame hacer mi trabajo, ¡tengo que limpiar su habitación! – se quejó Matsuko, ante la súbita y tozuda negación a que entrara en el cuarto.
_ No te preocupes Matsuko obasan, yo misma estoy haciendo la limpieza, esta mañana aireé el futón, y he comenzado a limpiarlo todo, escritorio y armarios.
_ Oh…¿Y a qué viene ese cambio? No debe esforzarse tanto, mi querida niña – la miró con ternura y preocupación maternal – Mirin tiene el cuerpo de una princesa…No está hecho para
faenas duras.
_ Matsuko obasan, no digas eso – Mirin se sonrojó, sobretodo porque sabía que en el fondo de la habitación, tras el biombo, el señor Cuervo lo escuchaba todo – He estado siendo demasiado mimada
por obasan y por otousan, y eso no puede ser. Ya soy una mujer, debo esforzarme más – concluyó con seguridad y voz firme, aunque poco autoritaria.

Matsuko la miró con cierta sorpresa, pero también con orgullo. Su pequeña estaba creciendo y se volvía responsable. Se retiró satisfecha con el razonamiento que la muchacha le acababa de dar.

Cayó la noche con su canto silencioso de chasquidos misteriosos y su plateada luz de luna de arroz. Y el señor Cuervo regresó a su forma medio humana, con sus ropajes oscuros y su cinturón color escarlata.
Mirin quería escuchar su voz, y además necesitaba saber su nombre. Estaba cansada de llamarle señor Cuervo…
Así que se atrevió por enésima vez, con su afrutada voz de niña, a dirigirle la palabra temerosa de ofenderle, puesto que lo último que deseaba era que desapareciera.

_ ¿Le…Le puedo preguntar su nombre?

La habitación brillaba como una mariposa gracias a la gran lámpara de madera que presidía desde el rincón Norte toda la estancia. El futón ya estaba listo y los libros guardados.
No tenía demasiado sueño, sobretodo porque en las noches tenía la oportunidad de verle en su forma humana, y por ello, su corazón palpitaba como loco y se sentía más viva que nunca.

Iba a desistir una vez más, cuando él le dijo su nombre.
_ Karasu tengu*  – dijo con voz tenor, algo triste, algo desconfiada, alzando sus bellos ojos dorados, de espesas pestañas.
_ ¿Karasu…san*? – Mirin estaba tan contenta que no dio la mínima importancia al hecho de tener ante ella a un tengu*.
_ ¿No me tienes miedo?
_ ¿Por qué iba a tenerlo? Me salvaste la vida… – le respondió ella no poco sorprendida. E inocentemente continuó preguntando, comenzando así una conversación, la primera que tenía desde que nació,
con alguien a quien por fin podía llamar “amigo”.
_ Eres demasiado confiada…-suspiró él bajando los ojos, algo preocupado- De todas formas, soy yo quien debo agradecerte el haberme dado cobijo y comida, y por curar mi ala rota.

Mirin se sonrojó hasta las orejas, argumentando que era responsabilidad suya ocuparse de él, puesto que había sido su padre quien le había tirado la piedra.
Los nervios hicieron que trabara la lengua, se acelerara al hablar y se pusiera todavía más colorada, cosa que hizo sonreír a Karasu.
“Es la primera vez que veo sonreír Karasu san…” Embobada, no podía dejar de mirarle. Y Karasu, que ya conocía bien a la niña y al hechizo de sus grandes ojos, la miró con curiosidad, pensando qué era
lo que la muchacha veía en un ser como él, en un cuervo youkai.

Muy pronto pudo volver a su rama en el Ciruelo, y allí se quedaba durante horas mirando a un punto en el horizonte, en donde no había nada de interés, por lo que Mirin, terminó imitándole, tratando de atisbar
la belleza que se reflejaba en sus ojos de ave. Pero no lograba ver nada…

_ ¿Qué miráis Karasu san? – le preguntó desde abajo, acariciando con su mano la piel del bello ciruelo.
_ A mi Mundo, el mundo de los cuervos youkai.
_ ¿Es bonito?
_ Sí…Mucho.

Su voz sonó meláncolica. Mirin sintió una punzada de dolor por él.

_ ¿Quieres volver?
_ Puedo volver cuando quiera…- se sorprendió él, mirándola interrogativo – Es mi hogar.
_ Entonces…¿Por qué estás aquí, siempre tan triste y solo?

Él la miró durante unos segundos tan fijamente, que Mirin tuvo que apartar los ojos, avergonzada y con el corazón acelerado.
_ Porque aquí perdí una vez a mi amor, y aquí lo he vuelto a encontrar.

Mirin volvió rápidamente la cara hacia Karasu, abriendo mucho los ojos. “Amor…” pensó algo decepcionada. “Así que es por eso por lo que Karasu san siempre se muestra tan triste y solo”.
_ Y…¿quién fue tu amor…? – preguntó con un hilo de voz, las mejillas como manzanas de caramelo.
_ Alguien que se parecía mucho a ti y que adoraba a las carpas de este jardín.

Karasu le estaba sonriendo con la más abierta, tierna y afable de las sonrisas. Ya no se le veía triste, sino divertido. Mirin era sin duda demasiado inocente para comprender que ese amor que había
vuelto a encontrar era “ella”.
Durante un buen tiempo, pensó que Karasu san hablaba de su madre, cosa que era cierta, y que el amor reencontrado no era otro que aquel gran ciruelo en el que pasaba tantas y tantas horas, observando el Mundo al otro lado de
las aguas de cristal que habitaban el Aire.

A la mañana siguiente Mirin despertó asustada por el ruido de disparos en le jardín.
Salió descalza y a toda prisa, los cabellos sin recoger y el nemaki descompuesto por el sueño. Allí de pie estaba su padre con un pájaro oscuro ensangrentado en la mano izquierda y en la derecha el pistolón.

Mirin lanzó tal grito de desesperación que Tetsuya san y Matsuko obasan tuvieron un tremendo susto. Los gorriones salieron volando en todas direcciones y el gato se subió al tejado de un ágil salto, para nada de esperar en
un animal tan barrigón.

_ Hija mía, ¿qué te ocurre? – Tetsuya san intentó acercarse a ella, pero Mirin le apartó con los golpes de sus puños, por primera vez llenos de fuerza y rabia.  El ave cayó al suelo con un sonido seco, mientras Mirin lloraba desesperada.
Se acercó a él y lo tomó en sus brazos apretándolo contra su pecho.
_ Mi pequeña…- susurró sobrecogida Matsuko obasan a pocos metros de ambos.
_ Mirin, ese cuervo era un pequeño demonio…Comprende…- intentó calmarla su padre.

_ ¡Dejadme sola! – gritó con ira, realmente enfadada, dolorida y herida hasta la médula, su carita blanca se había enrojecido por la lluvia de lágrimas, imparable, que la azotaba desde el pecho hasta la garganta…

Y allí se quedó en medio del jardín, llorando sin parar.

_ ¿Qué te ocurre?

Un aleteo sobre su cabeza y aquella voz tenor, afable y firme a la vez, la volvieron en sí.
Allí sobre la rama más baja y gruesa del ciruelo, estaba Karasu san, que la miraba frunciendo el ceño, incapaz de comprender qué hacía con aquel pájaro muerto pegado al pecho.

_ ¡Karasu san! – gritó con los ojos brillantes como dos lagos gemelos – ¡Estáis vivo…!
_ ¿Pensabas que era ese pájaro común? – descendió junto a ella y observó al pobre pajarito muerto- Me tienes por algo muy poco especial…- murmuró dándoselas de decepcionado.
_ ¡Eso no es verdad! ¡Pensé que estabas muerto…¡Y por poco me muero yo! – le reprochó enfadada, sorbiéndose la nariz, toda la cara empapada y las pestañas pizpiretas como semillas de diente de león
al aire.
Karasu san rió con ganas, acariciando sus mejillas, borrando la sal y el agua de ellas con sus manos, suaves por la fina pluma que las cubría.

_ Eres realmente adorable, Mirin.

Se agachó para salvar la altura de tres cabezas que le llevaba, y le dio un pequeño pero cálido, reposado beso en la mejilla derecha.
Mirin se quedó tan sorprendida, que durante un buen rato, no se movió, absorta, feliz y extrañamente inquieta a la vez.

Karasu san mostraba más a menudo su aspecto humano a Mirin, sobretodo cuando sabía con certeza que ni su padre ni Matsuko estaban cerca.
Y pasaban muchas horas juntos, junto al ciruelo, en el porche, o en la habitación de Mirin cuando caía la lluvia sobre las hortensias del bancal cercano al lago.

_ ¿Por qué todo el mundo te trata tan mal, si eres tan bueno? – le preguntó una tarde Mirin, dejando el pincel de caligrafía china a un lado.
_ Porque es más fácil calificar a alguien por interés de uno mismo, que tratar de conocerle.
_ ¿No te importa?
_ Si viniera de ti, me importaría mucho – le dijo sinceramente, apoyado contra el armario de Mirin, que volvía a sonrojarse otra vez.
_ Yo siempre creeré en ti – le dijo bajando los ojos, ocultando su boquita roja tras la manga del kimono.

Karasu san y Mirin se hicieron si cabe, aún más inseparables.
Un atardecer callado, Karasu san seguía mirando al vacío desde su asiento favorito.

_ Karasu san, ¿cómo es el Mundo que ves desde esa rama? – le preguntó Mirin apoyada en el tronco, acariciada por la brisa cálida del fin de la Primavera.

Él miró hacia abajo y tras pensarlo un poco le preguntó si quería verlo con sus propios ojos.

_ ¡¿Puedo?! – se levantó como un pequeño muelle Mirin, con los ojos puestos en él, como si estuviera ante un gran milagro.
_ Claro…- Karasu parecía divertido ante las reacciones de la joven. Bajó con un suave y elegante aleteo y la tomó en brazos con gran agilidad.
_  ¡Uaah! – gritó ella asombrada, aferrándose a las ropas de Karasu san. Le tenía tan cerca, su calidez y su olor a sol eran tan calmantes, tan fuertes, que Mirin creyó explotar
de felicidad.
_ Te sonrojas con mucha facilidad – le dijo serio Karasu, escondiendo la risa con picardía. Sabía que se pondría todavía más colorada y por eso gustaba de jugar un poco con su
inocencia, para después besarla en la frente y sonreír como venia de perdón.

La llevó hasta la rama del ciruelo, y sujetándola fuerte de la cintura, le dijo que mirara fijamente entre las dos ramas que dibujaban arcos frente a ellos.
“No veo nada” Iba a decirle ella, decepcionada, con los ojos muy entornados puestos en el trocito de cielo señalado.
Pero entonces él comenzó a soltar un soplo de aire lentamente, junto a la oreja izquierda de Mirin, y con ese suspiro controlado, largo, intenso, las hojas del árbol, las mariposas y miles
de luces de colores, comenzaron una danza extraña que terminó en torbellino, haciendo que Mirin tomara aire y se aferrara con ambas manos al fuerte brazo de Karasu san.

Ante ella se extendía un bosque del color de las cerezas maduras, un cielo cubierto de arcoiris invadido por seres alados como Karasu san, con inmensas sonrisas y hablar afable.
Había guirnalda de flores por doquier y un riachuelo de aguas tan cristalinas que cegaron a Mirin. Podía ver la noche en una parte del paisaje, con sus estrellas y sus luciérnagas danzando
en el aire como un mar de hadas…Y el día en la otra parte, con el alborozo de una fiesta, con danzas y juegos…
Olía a caramelo y castela*, a olivo fragante y a violetas…

Se quedó tan embriagada, que tardó un buen rato en darse cuenta de que había regresado, o mejor dicho, de que sus ojos volvían a ver el mismo paisaje de siempre.

_ Qué hermoso… – susurró cuando el aire dejó de faltarle.

Pero en ese mismo instante, Tetsuya san apareció como soldado a punto de cargar contra el enemigo, enfurecido y armado, lanzando maldiciones al pobre Karasu san.
Le seguía Matsuko obasan, que se llevó las manos al pecho, asustada al ver a su pequeña en brazos de aquel youkai.

_ ¡Maldito seas, demonio! ¡Sabía que eras tú el culpable de todo! – apuntó hacia él con el pistolón, haciendo caso omiso a lo que Mirin trataba de decirle.
_ ¡¡Otousan, por favor!! – Mirin se colocó delante de Karasu san, con los brazos abiertos a modo de escudo. Karasu san creyó que se le paraba el corazón. Rápidamente, cubrió con sus alas a Mirin, abrazándola
con fuerza.

El disparo sonó tan fuerte y aterrador, que Mirin no pudo moverse durante un largo rato, abrazada a Karasu san.
Pero las fuerzas de Karasu desfallecieron y cayó a tierra con una herida que le atravesaba el omoplato, cubriéndose de sangre el manto de tréboles que adornaba los pies del viejo Ciruelo.

_ ¡Karasu san! – Mirin se lanzó desde la rama sin temor alguno, corriendo a abrazarse a él.

La noche había caído de forma muy súbita y la oscuridad se extendía como la sangre de la terrible herida.

_ ¡¡Ja, ja, ja!! ¡¡Estúpidos humanos, estúpido cuervo!! ¿Creías que podrías burlarte de mí y quedar indemne?

Mirin, sin soltar las ropas de Karasu san, miró hacia su padre. Pero aquel hombre que reía de oreja a oreja, con ojos llenos de malicia, del color de las brasas, no era Tetsuya san…
Matsuko obasan dio varios pasos atrás asustada, incapaz de detener el temblor que sacudía todo su cuerpo.

_ ¡Mirin! – se escuchó una voz quebrada, fatigosa, procedente de la casa.
_ Otousan…

Su verdadero padre caminaba lentamente, cogiéndose la frente con la mano izquierda, mientras trataba de avanzar apoyándose en las paredes del porche. Tenía una buena brecha abierta que no dejaba de sangrar.
Matsuko obasan corrió hacia él, ahogando un grito, y le prestó su hombro, mostrando su redonda cara de luna afligida y dolorosa…

El Tetsuya san falso no era nadie más que el tanuki. Regresó a su forma real en un abrir y cerrar de ojos, ante la vista de todos.

Desde el tejado el gato observaba con sus ojos verdes toda la escena,  las orejas echadas hacia atrás y el rabo tan encrespado que recordaba a una escoba.

_ Todavía respira – dijo el tanuki, de inmesurable tamaño, dando patadas a Karasu.
_ ¡No le toques! – le gritó furiosa Mirin, protegiéndole con su pequeño cuerpo.

Tetsuya san y Matsuko obasan gritaron sobresaltados.

_ ¿Qué puede hacer una pobre e indefensa niña humana contra mí? ¡Qué idiotas sois todos! – rió enseñando su amarilla dentadura, mientras alzaba el arma contra Karasu – Esta vez terminaré con él para siempre.
Y después, te devoraré a ti, niña.

Mirin sintió que la sangre le hervía como nunca antes y que su corazón se afirmaba en cada látido venciendo al miedo. Jamás permitiría que le hicieran más daño a Karasu san.

_ ¿Qué…qué haces? – desconfió el tanuki, sorprendido ante la fiereza de aquellos grandes, brillantes ojos que no mostraban ningún miedo ante él- ¿Qué es esa mirada?

La muchacha no sabía la fuerza que tenía en esos momentos su mirada, pero estaba totalmente segura de que nadie volvería a tocar a Karasu san.
Esa determinación y el amor intenso que le unía al joven cuervo, hicieron retroceder al tanuki, confuso, inseguro, incluso asustado.

_ No…No…¡No me mires más así! No sigas…- el tanuki retrocedía a la par que se llevaba las manos a la cara, encogiéndose por segundos, hasta convertirse en un ser tan pequeño y chillón como un ratón.
Desapareció entre grititos por algún oscuro rincón del jardín y desde ese momento, no volvieron a verle en aquella casa nunca más.

La fuerza del Amor es algo que repele con gran poder a los que no saben más que amarse a sí mismos…

_ Mirin…- susurró Karasu cogiéndole la cálida manita, que tanto le había protegido.

Tetsuya san y Matsuko obasan corrieron a ayudar al herido. Ambos no dejaban de disculparse ante Karasu san, acongojados por haberle juzgado sin conocimiento de la realidad.

Se cuenta que en aquella casa, tomaron matrimonio dos jóvenes de gran belleza. Algunos envidiosos lanzaron calumnias de todas clases, como que los dos eran brujos que comían niños o fantasmas que se
hacían pasar por vivos para alimentarse de almas inocentes…
Pero la verdad, la conocían aquellos que se interesaron por ellos, por sus vidas, sus penas y sus alegrías.

Karasu san y Mirin siguieron amándose, sin escuchar a las gentes. Contaban con la bendición de los Cielos y las de Tetsuya san y Matsuko obasan.

Abrazados, solían mirar a un punto perdido en el horizonte, sentados sobre la rama más vieja y hermosa del gran Ciruelo que presidía la parte Este del hermoso jardín.
El gato panzudo les miraba desde el porche, suspiraba, estiraba el lomo y se echaba a dormir.
Viéndole la felina carita, cualquiera diría que estaba sonriendo de felicidad. Probablemente soñaba que había aprendido a escribir caligrafías como Tetsuya san, mientras el señor topo escuchaba cantar esas nanas
japonesas que Matsuko obasan entonaba al atardecer, mientras tejía, con una aniñada sonrisa en su redonda cara de  “ko omote”, blanca como el papel de arroz, dulce como el azuki.

____________________________________________________________________________FIN

obasanおばさん: tía, señora, mujer de cierta edad.
otousan  お父さん: padre.
tabi足袋 tipo de calcetín para llevar con los geta o sandalias.
geta下駄: tipo de sandalia japonesa.
松子 Matsuko, niña del pino.
哲也 Tetsuya, el filósofo.
Ko Omote:小面 Máscara decorativa Noh del tradicional teatro japonés conocido como Kabuki. Representa a una mujer
más bien jovencita, es muy redonda, con dos puntos negros como ceja y una sonrisa infantil.
餅 mochi: dulce de arroz japonés.
提灯 chouchin: tipo de lámpara de papel rojo.
天狗 tengu: perro o pájaro de los cielos, tipo de criatura sobrenatural que toma forma humana.
烏 karasu: cuervo.
寝間着 nemaki: tipo de yukata sencillo utilizado para dormir.
さん san, sufijo que se añade a los nombres, a modo de honorífico, es muy semejante al “señor” español.
カステラ castela: tipo de bizcocho que los portugueses llevaron en sus viajes a Japón en el sXVII, con Tokugawa Ieyasu.
妖怪 youkai: monstruos-espíritus típicos del folklore japonés.
狸 tanuki: perro mapache.
小豆 azuki tipo de judía roja, empleada en muchos dulces y platos japoneses

LAS TRES ESPADAS (cuento escrito en el 2002)

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No recuerdo muy bien para qué escribí este cuento, pero creo que era un script para una película o una serie de tv (yo siempre tan soñadora!!^_^;;)

No lo recuerdo bien porque tras el incidente en vall d’Hebrón en el 2001, padecí de una amnesia extraña. Todavía ahora la sufro. Después de salir de allí, no podía enlazar una palabra con otro para leer una frase, ni tampoco escribir con la claridad de siempre…Tuve que empezar de cero en muchos aspectos de mi vida.

Este cuento es una pequeña prueba de  cómo volví a escribir tras un increíble punto “muerto”.

VOYEUR (2ª Parte, Fin)

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_ ¡Oh, Menuda sorpresa! – Exclamó su hermano con mofa, tirado en el sofá frente al televisor- ¿o a lo mejor estoy viendo visiones?

_ No seas pesado… ¿Qué pasa? ¿No puedo estar en mi casa?

_ Puedes, puedes…-repuso cambiando de canal, frotándose un pie contra el otro- Pero hace como tres meses que pasas menos tiempo aquí que papá…

_ ¿Hay noticias? – preguntó cogiendo una cerveza de la nevera.

_ Qué dices…Creo que hace unas dos semanas estaba en Boston. A saber dónde estará ahora…

Un adulto irresponsable, viajero, trotamundos, que no sabía ser padre ni pretendía aprender.

_ ¿Te has peleado con tu chica?

_ ¿Qué chica?

_ Venga ya…Siempre estás con “alguien” y por la cara que haces, alguien especial…Y son casi veinticuatro horas…Sólo vienes a casa a dormir un poco.

_ No es mi novia…

Ni siquiera es una chica…” pensó fregándose los ojos, apoyado en la pared junto al armario de las galletas y el cacao.

_Pues llámala como quieras…Pero date prisa en hacer las paces…Échale un buen polvo.

_Sólo nos miramos…-dijo con la mirada perdida, más para sí mismo que pasa su hermano pequeño.

_ ¡¿Qué?! – El chico dio un salto, colgándose del respaldo del sofá azul- ¿En todo este tiempo…no lo habéis hecho? ¡Me tomas el pelo!

_ Déjame en paz – exhaló, hastiado, sacando la manos de los bolsillos del pantalón.

Acostarse con Hoshio…Hacerle el amor.

Tocarle por todas partes. Besarle. Acariciarle los cabellos.

No dejaría ni una pequeña porción de su cuerpo sin explorar, aromar, besar, lamer…

Se metió en su habitación, se echó sobre la cama y cerró los ojos.

Sin dormir dejó pasar las horas, la mente llena de Hoshio.

Palpó el bolsillo trasero de sus vaqueros y rescató el móvil. Apretando la tecla de avance, fue pasando por todas las fotografías que se habían hecho, la cabeza sobre el brazo, echado sobre el costado…

La sonrisa y los ojos chispeantes y cariñosos de Hoshio.

Cuando le conoció y supo que le gustaba, no se planteó nada como un problema. Le importaba un comino si con aquellos sentimientos se le podía llamar gay. Lo único que hizo fue investigar sobre cómo lo hacían dos hombres.

Jamás imaginó que fuera a enamorarse de un tío.

Pero me gusta…Le quiero. No sé qué me pasa. No me entiendo.”

No entendía porqué, pero tenía muy claro que le atraía, que le gustaba estar con él, que quería protegerle y…Quería tener sexo con él.

Si no me dejas tocarte, me voy a volver loco…

Se quedó dormido hacia las tres de la madrugada, en la misma postura y con el móvil bien cogido, contra su pecho.

Ansioso de tacto.

                                         * * *

Hoshio y él habían estado mirando, uno por uno, los muchos bocetos y cuadros inacabados que se apilaban de cualquier manera junto a las paredes del pequeño estudio.


_ ¿Y éste? – preguntó “Raro” señalando un boceto muy sencillo, con algunas manchas de color en cabellos y mejillas.

_ Apolo y Dafne…- le explicó Hoshio- Ella es una ninfa – señaló a la hermosa muchacha, que se contorneaba en una extraña danza, con ramos de laurel entre los dedos- Y éste es el dios Apolo. Apolo la ama, pero ella no le corresponde.

_ ¿Por qué?

_ Por las flechas de Cupido. La que disparó a Apolo era de amor y la de Dafne de desamor…

_ Qué triste historia… ¿Te la has inventado?

Hoshio casi se ríe. “Realmente, eres como un niño”

_ No. Es mitología griega.

_ ¿Y ella, la chica, no cambia de idea?

Raro” seguía más interesado en la historia de aquellos personajes que en lo que era la mitología griega.

_ Ella…Es transformada por su padre en un árbol. Para preservar su virginidad.

_ Joder…

Hoshio sonreía espontáneamente, enfrentado por primera vez a su visitante tan enfurruñado, contrariado y pensativo.

_ Pero, ¿sabes? – Dijo de repente, mirando a los ojos de Hoshio- Seguramente Apolo abrazó a Dafne, incluso después de ser transformada en árbol.

_ Puede que tengas razón…

El visitante se quedó pensando un buen rato, mientras Hoshio recogía los bocetos y los colocaba en su lugar, excepto el de Apolo y Dafne, que seguía entre las manos del silencioso observador.

_ Hoshio…Nosotros dos somos como ellos.

El joven pintor se sorprendió. Le miró interrogante, de pie, junto a la pila de dibujos.

_ Yo soy como Apolo, tú como Dafne…

Raro” acarició el boceto, lentamente, con la mirada perdida.

Hoshio se estremeció. Su pecho se volvió aún más cálido ante la visión melancólica de aquel “Apolo” descarado.

                                 * * *

Hoshio se despertó a las ocho y media. El sol ya inundaba todo con una fuerza volcánica.

Después del fresco de la madrugada y con una temperatura corporal tan baja, Hoshio agradecía aquel calor incipiente de un día cualquiera del mes de julio.

Nada más poner el pie en el suelo, se tambaleó. No lograba enfocar la vista en ningún punto fijo, la habitación le daba vueltas. De repente sintió arcadas.

De camino al baño tropezó: estaba demasiado débil.

Como dentro de una nube oscura. Cayó sobre la nube; creyó estar aún dormido, haber soñado aquel despertar.

Tirado sobre la moqueta, entre la cama deshecha y el pequeño cuarto de baño, el cuerpo de Hoshio, largo, esbelto, en su holgado pijama, semejaba una de esas sirenas que hallan los marinos de los cuentas en las arenas de las playas.

Debía de tener alguna pesadilla: una lágrima nació lentamente, siguiendo la línea de la nariz.

¿Por qué sobreviví?… ¿Por qué sigo aquí?…Si nadie me necesita… Es inútil, es estúpido…”

Se abandonaba. No le quedaba voluntad ni para seguir respirando.

                               * * *

Caminaba por las desiertas calles de un lunes festivo. Los jóvenes dormían y el olor de las comidas danzaba por el aire caliente.

Tenía la mano sobre el móvil, en el bolsillo derecho.

Lo acariciaba, con el ceño fruncido, la mandíbula tensa.

Recordaba el rostro de Hoshio, a punto de echarse a llorar, asustado, solo. Quería encogerse, ocultar su presencia.

Alguien como él, tan preciado, hermoso, con tanto talento, quería pasar desapercibido, quedarse a solas con sus pinturas y su silencio. Era algo que su habitual observador no comprendía.

_Mierda…- Maldijo entre dientes, calándose la gorra de visera con un gesto mecánico.

Giró la esquina, al final de la calle, se alzaba el edificio en el que estaba el pequeño estudio de Hoshio.

El sol brincaba de ventana en ventana. Sintió un dolor en el pecho.

¿Y si…Todo lo ocurrido hasta ahora hubiera sido sólo un sueño? Si Hoshio, no existiera…

Si era de verdad un ángel, un ser venido de otro mundo, una creación de su mente…

Hoshio…Un Mundo, una Vida, un Pensamiento, un Corazón sin Hoshio.

Comenzó a correr. Como si le persiguiera el diablo, los golpes de sus zapatillas sobre el asfalto seco, duro, eran como alertas de batalla. Un ruido aterrador que acompañaba las imágenes de Hoshio dentro de su teléfono móvil y las de un estudio lleno de acuarelas y retratos, un lugar vacío.

Por lo que corría con más ganas, perdiendo el resuello, con el corazón en la boca, sudando, ardiendo.

Cuando abrió la puerta, gritó. Pensaba que seguramente le asustaría. Que estaría allí, frente a la ventana, abocetando sobre el papel. Se daría la vuelta y le sonreiría algo extrañado.

Pero no estaba allí.

Vacío.

Silencioso.

Sólo él y su desesperación, falto de aire, con la gorra en la mano y los cabellos revueltos, el pecho exaltado.

_Hoshio…

El terror se apoderó de él. Miró alrededor. Sólo esos malditos cuadros. Los odió en aquel momento, hasta el punto de querer destrozarlos. ¿Por qué llenaban ellos el espacio cuando Hoshio no estaba?

En un par de zancadas llegó hasta la cocina. Dio varios pasos, respirando sonoramente, corrió las cortinas que separaban la cama del resto del lugar.

_ ¡Hoshio! ¿Qué te pasa? ¡No me asustes joder! ¡Hoshio!

Agachado junto a él, golpeó con cuidado las mejillas, palpó la frente, lo sacudió, llamándole repetidas veces, temblando.

Se inclinó para comprobar si respiraba. Estaba muy frío, su aliento era débil igual que su pulso.

_ Gracias a Dios…- dejó escapar como un suspiro alargado por la ansiedad.

Tenía que reanimarle cuanto antes, y llamar a una ambulancia…Con las manos trémulas, sujetó su barbilla e insufló varias veces aire contando los segundos en voz baja. Poco a poco, Hoshio comenzó a reaccionar. Se quejó débilmente.

_ ¿Hoshio? – preguntó esperando con ansiedad a que abriera los ojos.

Le tomó las manos. Helado. Estaba frío aún en medio de aquel caluroso ambiente.

Lo cogió en brazos y lo llevó a la cama, cubriéndolo con las sábanas. Frotó el pecho y los brazos, procurando calmarse.

Aquel deseado cuerpo, que hasta el momento sólo había podido acariciar con la mirada, estaba ahora a su disposición.

La vida más importante, el ser al que adoraba, la imagen y la palabra que daba sentido a todo…Se escapa, se desvanecía.

_Ni hablar… ¡No me dejes Hoshio! – lloraba de rabia, acariciando los cabellos, el rostro. Sus propias lágrimas lloraban en las mejillas de Hoshio, que comenzaba a recobrar la consciencia.

Esa es la voz de Raro…”

¿Raro?

Creyó que lo decía en voz alta. Le estaba mirando a los ojos. El moreno y despreocupado chico de siempre, el desconocido simpático escudriñaba en su interior a través de las niñas de los ojos, muerto de preocupación.

_ ¿Qué haces…?

_ ¿Qué? ¡Me has dado un susto de muerte! – le riñó arropándolo más, colgando las lágrimas de su roja nariz.

_ Perdona…No es nada…

_ ¡No digas que no es nada! ¡Joder!

_ ¿Por qué te enfadas? – a Hoshio le costaba hablar, tenía sueño. Se sentía muy bien allí, junto a Raro. Era cálido y agradable.

_ Preguntas cosas muy tontas a alguien que te ha dicho que le gustas…

Que le gusto…”

Sonrió para sí, cerrando los ojos. Aquel tipo era un tonto…Un loco. Mucho más que él.

En cierto modo resultaba divertido. Un loco encontraba a otro loco y los dos se volvían cuerdos. “Tengo que vivir…” se dijo antes de quedarse dormido.

Porque aún tengo que descubrir qué quieres…Y quién eres.”

Raro apoyó la cabeza sobre el hombro de un Hoshio durmiente. Aliviado, no soltó aquellas manos, ya cálidas.

El tacto, el abrazo, el olor…Quiero quedarme así hasta que despiertes.

                        * * *

_No sabía que estuvieras enfermo…

Observaba como se vestía aún sentado sobre la camilla de una estrecha habitación en la planta de urgencias del hospital.

Los armarios de metal aplastaban las viejas paredes en desorden, decoración perfecta para un lugar que apestaba a desinfectante y yodo.

_ Si no se me nota es que no lo estoy. Es sólo una mala jugada de la genética- añadió sonriendo- Como un sello personal.

Raro se quedó muy pensativo, jugando con los dedos gordos de las manos de forma inconsciente.

_ ¿Creías que si me lo decías dejaría de ir a verte?

Hoshio hubiera reído de buena gana a no ser por la seria expresión de Raro.

Es como un niño. Dice las cosas sin pensar, con la lógica más plana”

_ ¿Hubieras dejado de venir?

_ No. Ni aunque hubiera sido algo contagioso.

_ Mentiroso – rió sutilmente Hoshio, calzándose.

_Lo digo en serio.

Su mirada franca y su calmada compostura no cuadraban con aquella juvenil aura suya ni con sus ojos de niño travieso.

_Pues gracias –musitó, no sin cierta vergüenza.

Pero estaba aliviado.

Después de mucho tiempo solo, a la deriva en medio de una multitud que le despreciaba y le daba la espalda, que se le burlaba o le despreciaba, malinterpretaba y humillaba, alguien le estiraba de entre la barahúnda, cogiéndole de la mano, rescatándole de la humillación y del dolor de no ser querido.

Le aceptaba, le dirigía la palabra.

Le era sincero.

No le ponía las cosas difíciles.

De manera que junto a él, le era la vida apetecible. Todo dejaba de girar entorno a sí mismo para dar vueltas, zambullidos y aleteos por doquier. Especialmente por donde pisaba él. Podía ver el mundo a través de los ojos vivos color del aceite de oliva de aquel extraño: confortable, amigable, cálido extraño.

De vuelta a casa, hechas las analíticas y administrado suero durante cuarenta y ocho horas, Hoshio respiró la paz de aquel cuadradito en el que vivía, y al que le había tomado cariño por la fuerza de la costumbre.

El sol salía dorado, yema espesa sobre la nata de la niebla.

Era una de las mil vistas que le ofrecía aquella ventana suya.

Parpadeó, débil pero animado, sonriendo al nuevo día. A punto de decir algo importante, algo de lo que podía arrepentirse si lo seguía callando.

Pero él se le adelantó, robándole si no las palabras, el sentimiento.

_ Me dan ganas de abrazarte.

Abrió mucho los ojos, temeroso, conmovido, confuso, aturdidamente feliz.

Temblaba de emoción, el corazón le latía haciéndose eco en la garganta. Vibraban unas lágrimas en sus ojos.

Tragó saliva.

_ Adelante.

_ ¿Seguro? ¿No saldrás huyendo?

_ No – se dio la vuelta, quedando frente a él, con una expresión calma y agradecida, muy tierna.

Raro tenía miedo de romper el milagro: de que Hoshio se echara atrás. Era demasiado bueno para ser cierto.

_Si te abrazo, no podré contenerme…

_ ¿Quién te pide que te contengas?

Con aquellas palabras susurradas, se decidió a dar el paso, a caminar hacia Hoshio. Le rodeó con los brazos, calentándole con una presión tierna pero firme.

El tacto, la piel, la ropa caliente sobre la piel, el aroma de la piel… Las manos de Hoshio indecisas, detenidas en el aire.

Temblaba.

Su cara contra el pecho de él.

Sólo a base de miradas, Hoshio no se había percatado de que Raro era una cabeza más alto que él.

_Cógete a mi – le pidió su visitante quedo, gentilmente, al oído – No tengas miedo.

Hoshio levantó entonces las manos poco a poco, cerrando los ojos, abatido por la angustia y el temor a ser tocado y, al mismo tiempo, excitado por lo bien que se sentía.

Cuánto he ansiado esto…” Sin saberlo, había estado hambriento de un abrazo durante, probablemente toda su vida.

Se agarró a la camiseta y lanzó un suspiró pleno, agotado, ya libre de la tensión. Liberado.

Olía a él.

Le recordaba a algo…A menta, a una de esas colonias deportivas, a lata y sal dulce.

Hoshio no hizo ningún ruido, ningún sonido provino de su boca. Sólo dejó las lágrimas fluir pródigamente, en silencio.

El que hasta ahora había observado al solitario pintor, tenía los ojos cerrados.

Las manos tras la espalda de Hoshio, la respiración ora inquieta ora suspensa, el calor en la mejillas, la vida de aquellos segundos cautivados por la eternidad se aceleró, extasiándole.

No quería esperar más. En el siguiente fotograma, bajó la cabeza hasta alcanzar la boca trémula de Hoshio, entreabierta aún por los suspiros liberados. Con la lengua hizo paso entre los labios calientes. Se hundió en Hoshio como lluvia sobre el mar.

Ardían los vientres y los párpados.

Ojos cerrados.

Frente a un lienzo inacabado: un cuerpo joven abocetado con sanguinas.

Enmarcados ambos por la ventana sin cortinas, observadora de observadores.

Cayeron al suelo las camisetas, rozando los pies.

Rodilla contra muslo, agitación, temblor, gemido.

Raro

Desde mi cuerpo, abandonando los ojos al sueño.

Desde mis sueños y a través de tu cuerpo.

Mirarte no era suficiente. Y aún así, me conformé.

Pero ahora que te he dejado de mirar, ahora que puedo fundirme en ti sobre la cama, húmedos ombligos, costados y muslos; ahora que puedo besarte por todas partes, sin olvidar ni un solo centímetro de tu hermoso cuerpo…Ahora.

Ahora no me conformo con nada..

Me volví egoísta y avaro. Posesivo.

Quiero más y más.

Hoshio

Si todo comenzó simplemente mirándote, abocetando tu cuerpo, ¿por qué has cambiado mi vida de una forma tan radical?

Ya no puedo vivir sin ti. Sin que me toques.

No sólo te quiero a mis espaldas, sentado en aquella silla, mirándome.

Tu olor y tus manos, tus brazos y tu sonrisa. El cabello sobre mi pecho, la risa que en ti suena diferente, cálida y contagiosa. Cosas que no era capaz de aceptar antes de conocerte.

Son ahora lo que más necesito y ansío con una presión que me asusta.

¿Cómo es posible…?

Ya no puedo vivir sin ti.

Cómo has podido hacerme esto…

                                  * * *

_ ¿No me dirás tu nombre?

_ ¿Tanto te importa? (¿quieres gritarlo cuando llegas al orgasmo?) – añadió en un susurro, sonriendo con picardía.

Hoshio se puso rojo hasta las sienes; remugó algo avergonzado, ocultando la cara en la almohada.

Ambos estaban echados boca abajo, entre las sábanas revueltas, y jugueteaban pies con pies, como dos niños.

Definitivamente, eres muy raro…”

Hoshio sintió un cosquilleo cerca de la oreja. Él se había acercado dejando que sus cabellos le hicieran cosquillas a Hoshio en la mejilla.

Creyó que no lo sabría nunca, que no respondería. Le besaría, tal vez y volvería a reírse, feliz como un niño mimado.

El verano era la estación favorita de ambos.

Las cigarras cantaban y la nevera estaba llena de helado de limón y cervezas.

Boca abajo, muy juntos, en silencio.

Se inclinó y en un susurro, me dijo su nombre”

Hoshio le miró a los ojos, sonriendo. Por iniciativa propia le besó.

Era la primera vez que lo hacía: el tímido, el callado y sensible Hoshio.

 Me sonrió y repitió mi nombre. Creí que me moría. “Quiero hacerte el amor” le dije. Sé que fue poco romántico. Pero yo soy así. No sé cómo decirle con palabras lo que me pasa cuando estoy con él.

Ahora que es él quien dice mi nombre, abrazado a mí, tierno y caliente, me siento el más afortunado de los mortales.

Sí, ahora me he dado cuenta, porque lo pronuncias tú: mi nombre es el mejor.”

FIN

VOYEUR (1ª parte)

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Se preguntaba por qué la gente seguía sonriendo, siendo la vida tan triste.

Se podían derramar lágrimas hasta que los párpados enrojecieran, dolieran y escocieran. Tantas cosas perdidas, no logradas, tanta vergüenza y tantos esfuerzos en un trabajo presente que a nadie interesa.

Como las acuarelas que pintaba, día tras día, sentado cerca de una gran ventana sin cortinas.

Vivía sólo en un pequeño estudio en el centro de la ciudad más fea del mundo. Pero aún así, desde aquel sexto piso, podía ver cosas muy interesantes, bonitas y con muchos colores.

Hoshio tenía una enfermedad crónica, difícil de llevar (como todas las enfermedades crónicas), molesta (como todas las enfermedades crónicas).

Supuestamente el azar le había regalado el “ser un enfermo”.

No se veía como tal, a pesar de la gran cantidad de medicación que debía tomar cada día y de las dietas estrictas y constantes. Físicamente se veía bien, saludable. Tal vez un ligero atisbo de tristeza y soledad podía describir la luz de sus ojos negros.

Fue al cuarto de baño a por agua para sus pinceles. Evadió mirarse al espejo, como de costumbre. Pero era peor aquella tímida visión de soslayo que mirarse directamente y sin miedo. Porque la imagen borrosa y veloz del vidrio esquivado le parecía la misma horrenda versión de sí mismo años atrás, en los peores momentos de su enfermedad.

Odiaba los espejos y las fotografías. Incluso ahora que había recobrado su aspecto normal.

Volvió con sus pinceles, frente al lienzo, manchado con gracia y frescura de púrpuras y violetas, amarillos y grises.

Su alta figura esbelta parecía esconder unas magníficas alas de ángel.

Y a pesar de que yo se lo decía muy en serio, Hoshio replicaba que era imposible que él tuviera algo de ángel. Sin mirarme, añadía: “…pero sería bonito tener alas…”

Hoshio me gustaba. Iba a su casa cada día y me sentaba a verle pintar. Sus espaldas eran hermosas. Aún puedo visualizarlas.

Y puedo sentir las mismas ansias de levantarme y abrazarme a ellas.

Porque la mayor de las veces, me daba la sensación de que Hoshio estaba a punto de desaparecer. Tanto negaba su existencia y su valor que por momentos se volvía casi invisible. Se disolvían sus colores con el aire, igual que sus aguadas.

El día en que le abracé, ahogando un suspiro, aliviado por tan larga espera, él se quedó quieto y tenso.

_No vuelvas más.

Fue lo único que dijo. Con aquella voz de pluma de ave, de nube que acariciaba el alma.

Me resultó la frase más insufrible, triste y desgarradora jamás expresada.

Supongo que fui un cobarde, porque le hice caso.

Y no regresé.

                                                                                                          *  *  *

Hoshio, sentado en el suelo, se dio cuenta del vacío dejado por aquel visitante asiduo.

Del silencio y la gran cantidad de cuadros, la mayoría acuarelas, otros tantos óleos, también tintas y bocetos. Todo a su alrededor le miraba con la dolorosa quietud de la inexistencia.

El arte que nadie conocía. El arte no observado.

_Absurdo…Estúpido…Patético.

Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la fría pared pintada de blanco.

¿Por qué seguir pintando?

La última vez que salió de aquel su diminuto mundo, fue cuando su hermana pequeña se casó.

Pudo verse a sí mismo, en medio de la gente, como un poste añadido. Pero esa era una descripción injusta. Porque todos le querían. Todos le mimaban. No le dejaban sólo.

Lo único que no tenía, era una línea de vida como el resto.

No tenía amigos.

La enfermedad le obligó a quedarse atrás, mientras el mundo seguía girando. Miraba a su alrededor, vestido de etiqueta por vez primera, y no reconocía a nadie.

Los rostros de sus amigos eran infantiles y le sonreían desde el fondo de sus memorias. No sabía dónde estaban. Y nadie sabía dónde estaba él.

Nadie sabía quién era.

Cuando regresó al estudio, la luz del atardecer bañaba el ambiente con ternura vacilante.

Se quitó la chaqueta, se acercó a la ventana.

Nadie sabe que estoy aquí.

Nadie sabe que existo.

Nadie sabe qué estoy haciendo.

Nadie…

Las lágrimas cayeron gruesas sobre las mejillas, corriendo barbilla abajo.

Se las limpió deprisa con las manos. Sus manos, hacia muy poco, eran muy huesudas. Daban miedo.

Las miró bien. Con aquellas manos había pintado tanto…Y había enjugado muchas veces sus propias lágrimas.

No puedo dejar de pintar… ¿verdad?

_ Hoshio.

Sorprendido, se dio la vuelta.

_Has…vuelto.

_Claro.

_ ¿Por qué?

Se acercó a Hoshio con una sonrisa calma.

_ Porque sí.

_ ¿Qué razón es esa? – Hoshio tragó saliva, aún salados los labios por las lágrimas, los ojos rojos y brillantes.

_ Es razón suficiente.

El segundo abrazo.

Hoshio estaba quieto y cálido. Receptivo, tierno, generoso. Se aferró a mí.

Sólo hace falta que te reconozca una persona para existir.

Y para mí, Hoshio es la única persona que existe.

                                                                                          *   *   *

Continué observando las espaldas de Hoshio, que frente a la ventana abocetaba con soltura. No me interesaba tanto lo que dibujaba como él mismo. Me fascinaba ver la facilidad y rapidez con que trazaba, el movimiento de sus manos, y la seriedad hermosa de su mirada.

Yo me colgaba literalmente de la silla, puesta al revés, los codos sobre el filo superior del respaldo.

Y me quedaba en silencio, embelesado.

Aquel silencio compartido era para mí un preciado tesoro, algo que me apetecía siempre, que necesitaba y añoraba.

Aún así, estaba esperando el momento del tercer abrazo.

Porque el tacto de su cuerpo me había vuelto más impaciente y sucio, más pervertido.

Le deseaba físicamente.

Lo que al principio era un simple “gustar” se había transformado en un peligroso “desear”.

Y crecía a cada segundo de forma alarmante.

Masajeaba mis dedos, notaba mi frente sudada, se estrechaba mi garganta…

Hoshio dejó los lápices suspirando. Me sorprendió.

_Tengo sed… ¿Quieres tomar algo? Voy a por bebidas…

_ Ah…No te preocupes, ya voy yo. Estaba…pensando lo mismo.

Me levanté y apartando las cortinas de estampado hindú que separaban el estudio de la pequeña cocina, aproveché para respirar hondo, en silencio. En la nevera había refrescos de limón. Los preferidos de Hoshio, “Nada de alcohol…” Solía decir.

Cerró la puerta del mini refrigerador con el pie, ambas manos ocupadas con las latas y un par de vasos.

Podría haberle puesto a tono con un poco de alcohol…”

Apartó las cortinas.

Allí estaba él, sentado en un viejo sofá forrado con trozos de telas de colores. La mirada perdida, abatido, traslúcido. Era… un ser de otro mundo.

Cómo atreverse a ponerle las manos encima…Cómo no atreverse a probarlo, a poseerlo.

Qué contradicción…

Se dio cuenta de que al final, siempre acababa siendo un observador. Alguien que sólo podía mirar a Hoshio. Como si se tratara de una estrella distante. En el espacio y en el tiempo.

Ridículo…Está ahí mismo, a unos pocos pasos de mí…”

_ ¿Qué pasa?

Hoshio se había vuelto hacia él, fregando una mano contra la otra, un gesto muy suyo. “Probablemente tiene las manos heladas…” pensó, dando unos pasos y ofreciéndole una de las bebidas.

_ Perdona, estaba distraído… ¿Tienes…tienes las manos frías?

_ ¿Eh?

Hoshio bebía de la lata, mirándole distraído. “¿Por qué no puedo hacerlo? Tomar tus manos entre las mías, acariciarlas, calentarlas…Hoshio está a unos centímetros de mí. Pero yo sólo puedo mirarle”

_Te sueles fregar las manos, como si tuvieras frío…

_ Ah…Tal vez…– comenzó a explicar, tímido y con cierto pudor- tal vez sea una especie de tic- dudó unos segundos, dejando la lata entre los potes de acrílicos y agua coloreada- O algo así…

Su voz parecía perder fuerza a la par que terminaba la indecisa respuesta.

Su huésped sonrió. Realmente, era una persona especial, dulce, adorable.

Volvió a sentarse, dispuesto a seguir deleitándose con aquella visión que sólo él podía disfrutar.

Y el hecho de ser el único, el privilegiado que conocía el lugar en el que se ocultaba el ser más increíble y misterioso, sencillo y tierno, le hacía sentir entre nubes, afortunado y feliz.

Pero…Sólo podía mirarle…

                                                                                                      *   *   *

Aquel chico es bastante raro. Mucho más que yo, que ya es decir…

Viene todos los días, se sienta en esa silla y me mira.

Observa como dibujo, como pinto. Me pregunto si es uno de esos amantes del arte o si lo hace por puro aburrimiento.

¿Cuándo comenzó a venir?

Estoy tan acostumbrado a él, que me siento cómodo. A diferencia de con el resto de la gente.

Antes de conocerle, no permitía a nadie invadir mi espacio. Ni siquiera un poco. Porque simple y sinceramente, quiero estar solo.

No quiero ver a nadie, no quiero hablar con nadie.

Entonces, ¿por qué? Por qué tú no me molestas…

_ ¿Cómo te llamas?

_ No me gusta mi nombre, prefiero no decirlo.

_ Eres muy raro…

_ Lo sé- sonrió como si tal cosa.

_ Entonces, ¿cómo me dirijo a ti?

_ Ponme un nombre…Me harías muy feliz.

Hoshio rió ante tamaña sorprendente estupidez. Era de lo más extraño.

_ Eres muy raro – sonrió abiertamente, y su cara pareció iluminarse, abrirse al aire como una flor nueva. Su visitante quedó prendado de nuevo- Realmente raro…

_ Raro…Me gusta como suena.

_ ¿Cómo quieres que te llame así? – sonrió irónico.

_ ¿Por qué no? El mundo es un absurdo, todos hacen lo que quieren, todo parece normal. Y lo que a ellos les parece normal, a mi me parece ilógico. Falso e incomprensible.

Escuchándole, Hoshio se sintió aliviado. Porque eran aquellas, palabras que creía suyas. Un tabú que debía ocultar del resto del mundo. No quería ser humillado nunca más.

_ ¿Hoshio? –preguntó el observador desde su asiento habitual, preocupado por el silencio que guardaba aquel pensativo artista solitario.

Hoshio le miró bien. Sentado en aquella silla, con unos vaqueros gastados, y varias gomas del pelo en la muñeca, mandíbula marcada, ojos grandes e inquietos, cabello largo hasta la nuca, manos sanas y morenas…Era un muchacho peculiar, muy viril. La forma de sentarse, con las piernas muy abiertas, como si montara a caballo; la mirada algo agresiva, las pocas palabras, la honestidad…Hoshio podía sentir cómo atraía. A él, al Mundo, a la Vida, al Éxito. Todo lo contrario a lo que era él.

_Raro… ¿Por qué vienes aquí cada día?

_ Porque me gusta.

Siguió pintando. Pincelada tras pincelada, copiando lo que veía a través de los dedos de su corazón.

Miraba y era mirado.

Aquella situación se convirtió en la rutina de ambos.

Se tocaban con los ojos…Esperando que algún día se observaran con las manos.

                                                                                                               *  *  *

_ ¿No piensas ir al médico?

Su madre le riñó por enésima vez, mientras revisaba toda su ropa.

Hoshio disfrutaba viéndola ir de acá para allá, arreglando las cosas. O simplemente cambiándolas de sitio.

Limpiaba, fregaba los suelos y se empeñaba en poner orden también en su mesa de dibujo. Hasta que se daba por vencida, persuadida por las palabras de Hoshio: “Cocíname algo mamá”

_ No tengo ganas de ir, sabes que odio a los médicos.

_ Odiar, odiar…Gracias a ellos sigues vivo. Me tienes muy preocupada, ¿y si empeoras? No quiero ni pensar en verte otra vez como antes…No podría soportarlo…

Todo olía a sopa de pollo con hierbabuena. Hoshio no supo qué responderle. Porque si le decía la verdad, sabía que le sermonearía. Y la verdad era que no pensaba ir al médico. Si ella no quería pasar por lo mismo, él tampoco.

Su vida en el hospital, tratado como un pellejo, como algo inútil y repugnante…Aquella vida la quería olvidar. Y aún a sabiendas de que le sería imposible, su deseo de olvidar le daba una mínima satisfacción. Más que suficiente.

No podía escuchar ya las palabras que tanto daño le hicieron entonces, cuando los médicos no sabían qué enfermedad padecía, cuando le dijeron de plano, sin reparos: tú vas a morir.

No podía escucharlas pero seguían teniendo su propia fuerza intensa y aguda dentro de sí. Por eso evitaba el dolor odiando a los quienes las habían pronunciado. Alejándose del mundo en el que ellos reinaban. Obligándose con gusto a no verles.

Él.

El único que compartía su pequeño mundo oculto y seguro, pacífico y suave era el habitual visitante que había acabado por bautizar con un adjetivo de lo más estúpido.

_Hoshio, estás pálido – le dijo una tarde, sentado en su silla, con una camiseta sin mangas, los hombros morenos, sugestivos.

_ Ah… ¿sí?

_ Deberías descansar un poco…

_ Descansar…- Pareció que iba a bromear, pero sus ojos estaban algo apagados- ¿De qué?

_ De qué…- se extrañó el muchacho, alzando la barbilla, que hasta el momento había estado apoyando sobre los brazos, contra el respaldo de la silla puesta del revés- Siempre estás trabajando. Comparado contigo, yo soy el más grande de los gandules.

_ Si intentas animarme, déjalo…

Suspiró el visitante, frunciendo el ceño.

_ Nunca sé lo que estás pensando…Tampoco sé qué te preocupa. Por qué pintas, cual es tu plato favorito…

_ ¿Para qué quieres saber esas cosas?

_ Es normal. Me gustas.

Hoshio se quedó clavado en el sitio, casi a punto de dejar caer el pincel. Cuando reaccionó, tuvo miedo de darse la vuelta y enfrentarse a su mirada.

_ Raro… Definitivamente.

Le daba la espalda, completamente rojo por el sofoco.

E incapaz de dar ni una sola pincelada más.

                                                                                                      *  *  *

Hoshio parecía cansado. Pálido y más delgado, suspiraba constantemente. Se frotaba los ojos como un niño somnoliento.

Su visitante comenzaba a preocuparse: no en vano era quién más conocía su apariencia, pasando las horas analizando cada uno de sus mil gestos, algunos indescriptibles, apenas perceptibles. La debilitación de aquel cuerpo, semejante a un lirio inclinado, era cada día más patente.

Le preguntaba en vano: si se sentía bien, si dormía suficiente, si comía como debía…. Pero Hoshio era como una almeja. Contra más querías abrirla, con más fuerza se cerraba, escondiendo todo muy adentro, peligrosamente.

Porque quería ayudar a Hoshio, protegerle y mimarle. Pero las distancias entre ambos estaban muy bien marcadas y ninguno de los dos pasaba de ser un observador.

_ Me estaba preguntando…-comenzó a decir el huésped, mientras sorbía café de una pequeña taza cuadrangular- Si podría serte útil…Ser tu modelo.

_ ¿Qué…?

_ ¿Te sorprende tanto?

_ No…Bueno, un poco. No es algo que la gente quiera hacer.

_ Pues yo quiero…Debe de ser aburrido pintar siempre lo mismo.

_ Pues sí – rió Hoshio, alegre ante la honestidad del chico.

_ ¿Me harías un desnudo?

Hoshio enmudeció, y aunque no podía verle la cara – siempre enfrentada a la obra de arte – el visitante intuía que estaba ruborizado.

Hoshio no sabía cómo reaccionar, de la misma forma en que no supo cuando aquel chico, franco y desenfadado, le confesó que le gustaba.

Le gustaba y ahora le pedía que le dibujara…desnudo.

Se moría de vergüenza.

_ Perdona, era broma – el chico se levantó de la silla y dio dos pasos.

_ ¿Cómo me pongo?

Hoshio le miró de soslayo y en voz baja, tímidamente, le dijo que se pusiera cómodo:

_Como tú quieras…No importa.

_ Podrías aprovechar y ser más mandón – bromeó de nuevo.

_ Entonces…deja que te pida que no hables mientras hago el boceto…

Y Raro se mantuvo quieto y callado mientras yo dibujaba, con un pedazo de carboncillo, la mano aún temblando y el corazón aleteando dentro de mí como un pájaro encerrado.

Sólo habló una vez, para de nuevo quitarme las palabras de la boca:

_ Esta es la primera vez que nos miramos de frente, el uno al otro…

Sí. Porque hasta ahora, tú siempre me habías mirado desde ahí detrás. Y yo siempre te había percibido, desde aquí, detrás del papel. Detrás de la ventana. Detrás del mundo.

Ahora podía mirarte abiertamente, intentando no delatar con mi expresión cuánto me fascinas. Hasta que el genio mágico de mis dedos me hipnotizaron, como tú misma visión. Entonces ya no pensé en nada, sólo dibujé. Y cuando finalmente di el último trazo, tomé aire, satisfecho y te miré.

Me sonreías.

_ Te has debido cansar…Tendríamos que haber parado para que te estiraras un poco…-se justificaba limpiándose las manos en un trapo que tenía colgado en el caballete- Pero es que estaba absorto…

_ Yo también – le interrumpió, con ojos radiantes, confidentes- Me ha parecido un segundo…Es una lástima…

_ ¿Quieres ver…cómo ha quedado? No es muy bueno…- Hoshio evitaba encontrarse con los vivos ojos de azor de su asiduo visitante.

_ ¿Por qué te valoras tan poco? Eres increíblemente bueno…- Se acercó al dibujo: una boceto tan perfecto que parecía estar a punto de saltar del papel…Podía verse a sí mismo a través de los ojos de la persona a la que amaba.

_ Soy muy feliz…- dijo sin pensar, dejando a Hoshio estupefacto – ¿Puedo quedármelo?

_ Ah…nnn…claro…- titubeó Hoshio, experimentando un cosquilleo extraño en el estómago.

Fue entonces, cuando de repente Raro le tocó la cara. Dio un salto, apartándose, como un animal asustado.

_ Tienes un poco de carboncillo en la mejilla…también en la nariz…

_ ¡Ah! Sí, vaya…voy a lavarme…

Raro parecía triste. Me miró como si fuera a llorar. ¿Por qué me pongo a la defensiva? Debería haberme disculpado…”

Hoshio dejó que el agua corriera sobre su cara, inclinado bajo el grifo.

Estaba ardiendo, nervioso y desapacible.

Pero…aquella tarde, habiendo retratado a Raro, había logrado recuperar la ansiosa y satisfactoria pasión por el arte. Y su corazón se había sentido libre y sano por primera vez en mucho tiempo.

_ ¿Volverás a posar para mi?

_ ¿Tienes que preguntar? Será un placer.

Raro se fue aquella tarde con el gran rollo de papel bajo el brazo. Ni un atisbo de aquel triste tinte del rechazo al tacto. Sonriente y lleno de luz.

Cuando sales por esa puerta, desaparece la luz de mi vida…

Bajé las escaleras de tres en tres, con mi preciado retrato bajo el brazo y unas ganas locas gritar, reír, correr.

Y al pisar la calle, me di cuenta de que, cuando salgo y cierro tras de mí aquella puerta, desaparece la luz de mi vida…

                                                                                                  *  *  *

Raro jugaba con el móvil, está vez sentado en el suelo, los pies descalzos. La tarde era terriblemente calurosa, el cielo estaba pálido y una calma pesada tornaba letárgico al mundo. Inanimado y animado, todo era como un teatro de títeres abandonado.

En el patio de al lado, entre las malas hierbas, las chicharras cantaban con sus desafinadas alas.

Hoshio se sentía mal. Nauseabundo, mareado…Había perdido el apetito. Sólo le apetecía beber.

A su visitante le costaba apartar la mirada de los labios de Hoshio, de los que resbalaba el agua fresca, mientras tragaba de la botella de plástico con avidez.

Las gotas de agua corrían por la piel, pura, del color de la pulpa del albaricoque, mojándole el largo cuello.

El agua debe de colarse ahora mismo por debajo de la camiseta, pasando por el pecho, hasta el ombligo…y más abajo”

_ ¿Qué pasa? – preguntó Hoshio, extrañado ante la expresión de su huésped, totalmente nueva.

_ Ah…Nada…

Por supuesto, aquella expresión que había visto en Raro no era otra que la del deseo.

_ ¿Puedo hacerte una foto? – le pidió sacudiendo sutilmente su móvil.

_ ¿Eh…? Una foto…- sonrió, siguiendo con el proyecto que tenía entre manos- No me gustan las fotografías…Hace siglos que no me hago ninguna.

Coloreaba las zonas de piel del retrato de Raro, mientras recordaba las fotografías de su viejo yo, el de hacía apenas unos años, seco como una caña, cadavérico y triste.

_ Por favor…Hoshio.

Le sonreía con cara de pillo. Después de todo era un astuto buen chico. Eso pensaba Hoshio.

Asintió con la cabeza, un tanto avergonzado.

Raro le tomó fotografías, hasta que Hoshio comenzó a perder la compostura, a reírse. Se divertía.

_ Hagamos una juntos – resolvió Raro poniéndole el brazo alrededor de los hombros.

Hoshio se acaloró, tan apretado contra el cuerpo de Raro, que sujetaba el móvil delante de sus caras.

No se atrevía a decir nada, estaba muy nervioso. Y aunque le daba vergüenza estar tan pegado a Raro, en el fondo, no quería separarse de él. La calidez de aquel cuerpo fuerte y vibrante, inquieto, hacía que su cuerpo reaccionara como a una caricia deliciosa.

_ Ha quedado perfecta – anunció Raro mostrándosela.

_ Ah…

_ Por supuesto Hoshio está genial…

_ ¿Qué dices? Siempre salgo fatal…

Bajó la cabeza.

_ Esto…Tu brazo…

Raro no le soltaba. Hoshio comenzó a ponerse muy nervioso…Se estaba asustando.

Pero al poco le soltó, silencioso, guardándose el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

Aún no puedo tocarle…”

_ Esta foto, será mi tesoro. Mi amuleto – le dijo sentándose de nuevo.

_ Siempre me haces sentir incómodo.

Se hizo un ligero silencio.

Raro se estaba perdiendo, le ardía algo semejante a la furia.

_ ¿Por qué? – preguntó secamente.

_ Estás enfadado…

_ No lo estoy.

_ ¡Lo estás! – Hoshio tenía los ojos aguosos y le temblaban las manos, manchadas de verde y ocre.

Así, enfrentados, tensos y a punto de estallar. Así fue como otra faceta de los dos nació en el pequeño estudio.

Frustración.

Incomprensión.

Confusión.

Raro se levantó, apretando los dientes, cogió sus sandalias del rincón y salió, sin decir ni una palabra.

Hoshio respiró hondamente, arrodillándose de golpe, sin respiración. Lloró como solía hacer antes, cuando la enfermedad le corroía y desesperaba.

Otra vez solo…Soy un idiota…Un maldito imbécil que lo estropea todo…”

Se quedó llorando en medio de su centenar de obras, sobre el suelo cubierto con papel de periódico, con miedo a levantar la vista y encontrarse con aquella silla sin su raro observador.

                                                                                                                    *  *  *

Glosario:

Voyeur: mirón.

Hoshio 星追 ほしお el que persigue a una estrella (de nuevo inventando nombres, aunque quizás exista, no sé si será con estos kanji que escojí para mi personaje ^^)

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 3 FINAL (+18 años)

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CORBAN, JARA Y SAMUEL

Jara entró brusca, haciendo que la puerta golpeara las perchas de hierro que colgaban detrás.

_ Samuel.

No gritó pero el tono resultó más hiriente que si hubiera gritado.

Estaba furiosa. O más bien dolida. Samuel conocía bien a su hermana. Era una de esas personas que se hacen las fuertes cuando en realidad, no lo son. Reconocía aquella expresión: estaba al borde del llanto, pero no lloraría.

Llevaba, como siempre al llegar a casa, los zapatos en la mano, colgando de las tiras que solía atarse a los tobillos.

Femenina, hermosa, caprichosa, tierna, temperamental… ¿Cómo no sentirse frustrada? Él, que era un hombre, se había acostado con su novio.

Aunque Samuel no podía arrepentirse. Y volvería a hacerlo, sin importarle cuánto sufriera su hermana.

Jara respiraba cada vez con más dificultad, los ojos ardían, los labios temblaban.

Aquel Samuel conforme y dispuesto, le enfurecía.

_ ¡Maldita sea!- gritó lanzándole los zapatos con todas sus fuerzas.

Samuel escudó su rostro con ambos brazos, instintivamente.

Los tacones golpearon el hombro y una de sus manos, rebotando después, estampándose contra la estantería. Un par de libros cayeron boca abajo, dobladas las hojas como una baraja de cartas.

_ Lárgate de mi casa… ¡No quiero ver tu cara en mi vida! – tomó aire, el silencio de Samuel dolía- ¡Que te largues de una vez!

Ahora era Samuel quien quería llorar.

Al poner los pies en el suelo, dejando la cama revuelta a su espalda, vio las tapas de los libros caídos.

Eran libros infantiles, aquellos que solían leer juntos hacía apenas una década.

Algo tan tonto como un par de libros, hizo que un millón de sensaciones y recuerdos, revivieran en la mente de Samuel.

Jara siguió la mirada de Samuel, vio los libros, apretó los puños y dio media vuelta.

_ Voy a dar un paseo…Cuando vuelva no quiero verte aquí.

Samuel se quedó de pie junto a los libros hasta que escuchó la puerta de la calle cerrarse de un fuerte golpe.

* * *

Samuel se pasó la tarde caminando junto a la playa, en aquella larga avenida de grecas rosadas y beiges, de altísimas palmeras.

Sandalias y pantalones de bajos gastados, el cuello tostado por el sol y las manos en los bolsillos.

No tenía a dónde ir.

Era un hecho y no una de sus intuiciones, que de niño profetizaba medio en broma, dejando estupefactos a los mayores.

_ De mayor creo que seré indigente.

_ ¿Qué dices niño?

Se reían y todo quedaba en nada.

Recordando aquellas palabras, aquel Samuel pequeño, siempre pegado a su hermana, poco hablador, pero risueño…Le dio por sonreír tristemente, sin importarle cómo le miraba la gente al cruzarse con él. ¿Se acordaría Jara de sus predicciones infantiles?

Samuel estuvo mirando como anochecía, el viento se levantó, la piel se le enfrió.

No había casi nadie en las calles. Pensando, se le habían ido las horas. Y como tenía la costumbre de no llevar reloj, no tenía ni idea de en qué hora estaba.

Ni siquiera podía mirar a las estrellas: estaba muy nublado.

Sentado en uno de los bancos de piedra que miraban al mar, fijó sus ojos doloridos, frotados y secos, en el solitario, inmenso, terrorífico océano.

“¿Te da miedo el mar?” le preguntaba Jara cuando eran niños.

“Sí…Pero me gusta mucho. Es raro ¿verdad?” le respondía él.

“No es raro: lo que amas, lo que admiras, lo que deseas, suele asustar”

Nunca había entendido aquellas palabras.

Hasta ahora.

Hasta que Corban apareció, tomando el corazón de ambos, transformándolo todo.

Podía entender lo mucho que Corban se parecía al mar. Era un terrorífico, indescifrable, fuerte dios de pensamientos ocultos, como lo son las aguas más profundas, los abismos…

Le atraía y quería caminar hacia él, tocarle y ser tocado, a sabiendas de que aquello significaría su perdición.

Grandes gotas de lluvia cayeron aquí y allá: clap clap clap…Cada vez más fuerte, más deprisa, más espeso y violento el aguacero.

Samuel caminó sin prisas, dejando que la lluvia le empapara. Ya le importaba todo muy poco.

Los pies bailaban dentro de las sandalias. Resbaló y cayó sobre los codos en la empapada acera desierta.

_ Qué gilipollas…No sé si hay alguien más patético…- dijo en voz alta, arropada la voz por el rugido amable de las lluvias.

En la oscuridad, escuchó el sonido de unos pasos. Levantó la cara, llena de rasguños.

Corban, la cabeza cubierta con la capucha de la sudadera, las manos en los bolsillos, le miraba seriamente, casi inexpresivo. “O tal vez soy yo, que no acierto a ver con claridad…”

Samuel estaba calado hasta los huesos. No le dolía nada, pero notaba cómo se le entumecían los dedos de las manos y de los pies.

“Más patético imposible…” Intentó levantarse, chorreando, los cabellos pegados a la cara y los labios goteando agua de cielo.

La mano de Corban le sorprendió.

Se había inclinado, acariciándole la mejilla:

_ Qué piel más fría…

Samuel, a medio incorporar, se quedó inmóvil, en trance, con los ojos muy abiertos, mirando aquellos labios de los que siempre surgían palabras que terminaban confundiéndole.

_ Aún recuerdo lo caliente que estaba tu cuerpo aquella noche…

Le cogió del brazo y lo levantó.

Samuel suspiró, enjugando su cara en vano, con el brazo desnudo. Había salido en camiseta de manga corta y sandalias, sin un duro, sin bolsa ni pertenencias.

_ ¿Con las manos vacías?

_ Sí…Es que no necesito nada.

_ A no ser que te consideres muerto.

_ Podría ser.

Corban apartó los cabellos de la frente de Samuel. Estaba extraño. Aquella noche Corban parecía otra persona.

Como el cambiante mar, mostraba mil facetas.

_ ¿No preferirías…considerarte vivo por mí?

_ Y porqué iba a hacerlo por ti… -susurró levantando la mano lentamente hasta tocar los dedos de Corban.

_ Porque yo siempre consigo lo que quiero. Porque me da la gana.

_ Eres un egoísta.

_ Todos deberíais serlo.

Samuel temblaba, aunque no se daba cuenta. Sólo tenía ojos para Corban y su sensual voz, viril y deliciosamente adictiva.

Corban le atrajo hacia sí con un gesto ágil, tomándolo por la cintura.

Lo apretó contra sí, mirándole a los ojos, honesto:

_ Acuéstate conmigo, te calentaré…

_ ¿No tengo alternativa?

_ No la tienes…

Le besó, tomándose su tiempo, despacio al principio, apasionado, determinado, caliente al final, perdiendo los dos el ritmo de la respiración, debajo de la lluvia que ya cesaba.

_ ¡Eh! ¡Esos dos idiotas de ahí!

Jara les observaba a pocos metros, los brazos cruzados, el cabello mojado, muy rizado, echado hacia atrás.

Se acercó, con paso decidido.

Corban y Samuel estaban más que sorprendidos: no podían reaccionar. Aquello no se lo esperaban.

Corban la miró expectante y Samuel se pasó la mano por el pelo empapado, nervioso.

_ Dios los cría y ellos se juntan…- les dijo, los labios frambuesa y los ojos negros febriles, como salpicados por la lluvia apenas caída.

Alargó las manos, blancas, de largos dedos de pianista, sin anillos.

Tomó el brazo de uno y del otro y estiró de ellos.

_ Tres idiotas sin remedio… ¿serán menos idiotas si se juntan?

Corban la miraba con cierto orgullo, sonriendo pícaramente.

Samuel se agarró bien a la mano cálida de su hermana.

_ ¿Hacemos un trío? – le preguntó Corban.

_ Vete a la mierda, cerdo…Me has hecho una putada, págame unas copas…al menos.

Jara se puso en el medio de los dos y comenzó a caminar obligándoles a seguir su paso.

Faltaban todavía tres horas para el amanecer.

Aquellos tres idiotas desaparecieron avenida arriba: empapados, de manos vacías, pisando sobre los charcos.

Probablemente no lo sabía ninguno de los tres, ni lo creerían si se lo dijéramos. Que la historia que habían comenzado a escribir juntos, era una historia de amor.

EPÍLOGO

LA VOZ

Jara y Samuel convivían, pero la barrera entre ambos era impenetrable, irrompible.

Samuel iba y venía, a las clases, a la playa, a los pubs…Ella iba y venía, al trabajo, a la comprar, a los pubs.

Locales de música alta, humo y calor: la noche de verano en una ciudad de playa.

Los hermanos se cruzaban como se cruzan dos desconocidos. Jara seguía recordando la escena del instituto, a pesar de los años pasados. Era como si hubieran pasado apenas dos horas.

Una imagen vívida, un reflejo pertinaz en la niña de sus ojos.

Una madrugada de domingo Jara y Samuel llegaron al apartamento a la vez.

Subieron juntos en el ascensor.

Jara se miraba los dedos de los pies, incómoda.

Samuel se frotó los ojos y suspiró.

_ Me muero de sueño.

Jara le miró, recelosa. Podía ver en sus rasgos al hermano que tanto había admirado y querido. Por unos segundos, su ser volvió diez años atrás y con ella, la figura de su hermano de quince años.

La forma de llevar los pantalones, en la cadera, y las sandalias gastadas, le recordaron al Samuel de los veranos. Casi sonrió.

_ ¿Tú no tienes sueño? – le preguntó a Jara, con los ojos medio cerrados, enrojecidos.

_ Claro…Me voy a pasar el día durmiendo.

_ Pero primero desayunamos.

El ascensor dio una sacudida y se detuvo.

Entraron en el apartamento.

La luz lo invadía todo, los muebles blancos les daban la bienvenida, el olor a pan de molde y café adornaba la pequeña cocina. Lo último que habían comido la tarde anterior.

Así que…Las tensiones se rompen a pesar de los traumas, si se trataba de hermanos….” – pensó Jara dejando el bolso sobre el sofá.

Se tomaron el café juntos y Samuel se llevó la bolsa de magdalenas a la habitación, deshaciéndose de las sandalias mientras iba caminando, haciendo zigzag, somnoliento.

Jara se quedó un rato más, sentada en el alto taburete, mirando al vacío.

De repente, escuchó la puerta del ascensor y el tintineo de unas llaves.

El dueño de la voz” estaba allí.

Hablaba probablemente con alguien por el teléfono móvil.

Jara se levantó decidida.

No iba a quedarse toda la vida dudando, huyendo de aquella persona…Después de todo le atraía, aunque solo fuera una voz.

Abrió la puerta y la cerró tras de sí, dejando a Samuel durmiendo en su cuarto.

En el rellano de la escalera se encontró cara a cara con él.

_ Hace tiempo que escucho tu voz…Me gusta – le dijo Jara con una sonrisa.

_ Gracias…

_ ¿Tiene nombre…tu voz?

Él rió, divertido. Tenía un aire de impertinente, de vividor.

_ Corban…Corban es mi nombre.

Se acercó a ella, inclinándose lentamente.

Le besó muy cerca de los labios, en la comisura derecha.

Olía a mar, a olas y a arena.

Intimidaba, asustaba, ocultaba…Como las aguas de los océanos.

Como los mares de las sirenas, despertaba grandes deseos y alimentaba pasiones.

Jara creyó ver en aquellos ojos oscuros, el mismísimo rostro de la traición.

Pero se dejó llevar…Encantada por la voz de las náyades.

FIN

Yrene Yuhmi

2007 Junio

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 2 (+18 años)

Estándar

CORBAN Y SAMUEL

_ Quiero ser tu error, estaré dispuesto a asumir las consecuencias. Equivócate conmigo.

_ Me arrepentiré yo – dijo Corban aplastando el cigarrillo en la panza del cenicero- Pero eso no me preocupa tanto como… – se detuvo, vacilante, sin apartar la vista de sus ojos.

_ ¿Cómo qué?

_ Como el hecho de que te arrepientas tú.

_ ¿No quieres que me arrepienta?

Se incorporó, acercándose a él.

Le tomó de la barbilla e hizo el amago de besarle. Pero se paró a medio milímetro.

El aliento de ambos acarició la punta de la nariz y jugueteó en las mejillas.

_ Sabes que no te quiero.

_ Lo sé…

Los gritos y el jaleo de la fiesta llegaban molestos, desde la habitación de al lado. Como si fuera aquel otro un mundo ajeno, extraño; imposible poner el pie en él.

Corban tiró de su mano, arrastrándole hacia el porche.

Bajaron corriendo las escaleras de madera gastada por el aire y la sal, y descalzos, casi corrieron, aguzados por la excitación, sobre la arena ya fría, un tanto húmeda.

El mar estaba calmo y la luna manchaba de plata el negro de las aguas.

Dejaron atrás la casa, los amigos, la realidad.

Aquella noche de luna, eran cazadores de una fantasía.

Aun las manos cogidas, miraron el mar.

El silencio, la brisa salada y el hipnótico ir y venir de las aguas tenían la fuerza de una afrodisíaco.

Él soltó su mano de repente, empujándole, echándole sobre la blanca arena, muy cerca de la puntilla del mar, espuma de agua.

_ Dilo, dime que no. Apártame – le pidió Corban.

Samuel calló, el corazón alborozado, sintiendo el lecho de arena debajo de sus espaldas, aprisionadas por el golpeteo frenético de su corazón. Sus caras estaban tan cerca que creía iban a fundirse en una sola persona.

_ Es ahora o nunca – le dijo mientras separaba con el pie las rodillas del joven – Una vez empiece, por mucho que me digas que pare, no me detendré – su voz le dejaba en trance. Sólo podía mirarle los labios.

Levantó los brazos abarcando las anchas espaldas, sus dedos arrugando la camiseta.

Esa fue su única respuesta.

El agua se acercó un poco más, curiosa, mojándoles los pies. Pero la temperatura de los cuerpos era tan elevada que la frescura del mar no les molestó.

Al tiempo que el agua les empapaba, se besaron sin escrúpulos, sin esperas, sin miedos, desinhibidos, salvajes.

Lengua con lengua, comiéndose la boca, sonoramente, lamiendo, mordiendo, chupando. Los corazones latiendo a toda prisa, aferrándose al beso como la luna a la noche.

Sus labios eran como narcótico, su cuerpo una droga de efectos eternos.

Se tomaron un respiro tras aquel beso hambriento, cargado de lujuria.

Samuel rió, mirándole a los ojos, respirando a bocanadas.

_ ¿De qué te ríes?

_ Estoy nervioso…

_ Pues aún no hemos hecho nada… – susurró pícaro, los labios muy cerca de la oreja.

_ ¿Y mi hermana? …- murmuró esforzándose por no deshacerse en gemidos antes de tiempo, la cabeza echada hacia atrás, sin resuello, sintiendo como los dedos de él recorrían su pecho.

_ ¿Hmm? – él se concentraba en besar aquel cuello, largo y suave, ligeramente salado- ¿Por qué hablas de Jara ahora? ¿No es estúpido…a estas alturas? – le metió la mano en la entrepierna, bajando la goma de los pantalones.

_ Sí…es estúpido…- se pegó más a él, deseando perder todo raciocinio, olvidarlo todo, centrarse sólo en ellos dos y en aquel preciso momento.

Apurando el aire que restaba entre los dos, Corban lamió la línea que bajaba desde el lóbulo de la oreja hasta dónde reposaba la cadena de plata de la que colgaba una pequeña cruz.

_ Hazme olvidar…por favor hazme olvidar…

Sin darse cuenta, la angustia de los últimos días, la tonta sensación de felicidad que ahora le embargaba, tocando, palpando y besando…Todo terminó transformándose en lágrimas descontroladas.

Caliente su llanto, helados los cabellos, Samuel sollozaba metiendo la cara en el pecho de Corban.

_ ¿Qué pasa…?

_…

Samuel tragó saliva, cerrando los dedos sobre la camiseta, a ambos costados del torso de Corban.

_ Nada…- gimió Samuel, respirando hondo -…Nada…

_ Si lloras ahora… ¿qué harás después? – le dijo lamiendo el camino abierto por las lágrimas, mejillas abajo.

Las olas parecían querer unirse a ellos. Se crecían y hacían más ruido. La brisa levantaba bolsas en las camisetas.

Corban le había bajado el pantalón. Apretaba a manos llenas, la parte interna de los muslos. El tacto de la carne cálida, algo húmeda y vibrante, trémula, tierna, le puso a cien.

_ Corban…Te quiero…- Samuel buscaba sus ojos, su boca. Las manos se le iban solas acariciando aquel rostro de mandíbulas ligeramente anchas y ojos oscuros.

_ No digas eso…me cortas el rollo…- mordió en el hueco entre la clavícula y el hombro, ansioso. Podía sentir la sangre y el fuego agolparse abajo, en su entrepierna.

Su respiración jadeante asustaba a Samuel. Era como si estuviera en manos de una bestia presta a devorarlo.

Corban bajaba desde el pecho de Samuel hasta más abajo del ombligo, besando y mordiendo con cuidado, cada pequeño rincón de aquel cuerpo que no dejaba de estremecerse.

¿Cómo podía ser tan sensitivo, un cuerpo tan poco femenino, tan plano y recto?… El pulso seguía acelerándose. El calor subía.

Los cabellos de Corban le hacían cosquillas en el vientre. Corban besaba y palpaba con ternura los testículos, atento a las reacciones de Samuel.

Era más fácil de lo que pensaba, sabía perfectamente cómo hacer que sintiera placer.

Samuel podía ver el solemne cielo estrellado por encima de los hombros de Corban.

Los labios abiertos al aire del mar, Samuel cerraba los ojos de vez en cuando, soltando suspiros y gemidos, mientras Corban usaba su boca hasta hacer que se corriera.

Mirando al cielo, el pecho agitado, las manos calientes sujetándose a los hombros de Corban, no dejaba de repetirse, más desesperanzado que nunca:

“Qué alguien me lo de…Por favor. Que alguien lo haga mío. Ya que yo nunca seré capaz de lograrlo por mí mismo…”

Corban levantó las caderas de Samuel. El sonido de la cremallera bajando, los sonoros suspiros -casi gruñidos-, las manos grandes, bruscas, avisaban a Samuel de lo que iba a ocurrir en pocos segundos: el corazón se detuvo incierto, asfixiado durante un par de segundos.

Los dedos de Corban abriendo las tiernas paredes internas entre las nalgas, hicieron que Samuel diera un brinco, asustado. Forcejeó instintivamente.

Corban le sujetó con un violento movimiento, ansioso, mirando a ninguna parte con furia, concentrado en tomarle por la fuerza y satisfacerse.

_ ¡Corban…!

El mundo entero, la noche, la luna: eran latidos de su corazón. El único sonido, fuerte, omnipresente, terrorífico.

Respiraba como si estuviera ahogándose, gritaba sin saberlo, apartando a Corban con todas sus fuerzas.

Pero era en vano, no supo cuánto tiempo estuvo intentando rechazarle: sólo supo que el instante en que Corban le penetró, llegó por sorpresa, demasiado tarde, porque la expectación le pareció eterna; demasiado pronto, porque no podía creerse que aquello estuviera pasando de verdad…

Por mucho que lo hubiera imaginado, deseado…aquel Corban haciéndole el amor, las fuertes, dolorosas penetraciones, el agitado resuello, el sudor, el movimiento rítmico, sobre un caos de arena revuelta y mojada: todo era un mundo extraño, impredecible, algo inconcebible y raro.

El miembro duro de Corban le llenaba el cuerpo de calor, le abrasaba.

No tenía dónde cogerse, mas creyendo que acabaría partido, roto por el dolor, se aferraba al cuerpo de aquel que lo estaba destruyendo.

Su mente estaba en blanco, pensó que iba a perder el conocimiento. Entonces Corban lo obligó a montarle: de un rápido giro, sin retirar el pene, colocó a Samuel sobre sus caderas.

Samuel sintió una sacudida y gritó.

Corban sonrió endiabladamente, corriéndose dentro de aquel cuerpo fibroso y moreno por el sol de agosto.

Porque aquel último grito no había sido de dolor, sino de puro, loco, exagerado placer.

Samuel notaba como el miembro de Corban tocaba alguna extraña, desconocida fibra vibrante, deliciosa, dentro de sí.

Sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, el cuerpo se abandonaba a un movimiento de balanceado demente, imparable.

Le montó mientras Corban apretaba con ambas manos las caderas del joven hacia abajo, apurando todo espacio entre los dos.

Arqueó la espalda Samuel, gimiendo, sudando, corriéndose sobre el vientre de Corban.

La imagen se recortaba sobre el mar, entre luces y sombras, por culpa de la luna curiosa.

Ninguno de los dos sabía que había alguien más en aquel pedazo de playa que ocultaba a duras penas su secreto sexo al anochecer.

Jara se dio la vuelta y regresó a la casa, a su supuesta fiesta de principio de vida en pareja…

Aquella escena se le quedó grabada a fuego. Repugnancia, odio y dolor marcaron la noche de su vida. De nuevo…

Por segunda vez, Samuel, le había vuelto a hacer daño.

SAMUEL

_Me pones mucho más que tu hermana.

Eso es lo que le había dicho Corban, aquella tarde en que coincidieron en el apartamento de Jara.

Hacía ya tres meses que Jara y Corban salían juntos.

Samuel no podía negar que le gustaba Corban, aunque claro, tampoco podía confesarlo.

Se limitaba a observarle, disimuladamente, no poco celoso de su hermana.

“Soy de lo peor…” solía pensar, acongojado por la culpabilidad.

Cada vez que descubría a Corban abrazando a Jara, las manos grandes, de dedos largos, bordando la espalda de ella, los besos largos, las risas compartidas…Se le rompía el alma.

Él era sólo un patético observador…

¿Cómo iba a imaginar nunca que de hecho estaba siendo observado?

_ Voy a cambiarme, ¿quieres café? – Jara cogía los zapatos por las tiras, y corría descalza hasta la habitación. Samuel leía una revista sentado en cuclillas sobre el sofá – Samuel, ponle un café con hielo, está preparado.

Su hermano no contestó. Se había puesto rojo hasta las orejas. Se lo pensó mucho antes de levantarse para servirle en café. “¿No podía hacerlo él solito?”

Corban fumaba sentado en un taburete alto, cerca del balcón. Era un tipo pagado de sí mismo, pero con razones. Uno de esos tíos que parecen tenerlo todo, envidiables, determinados, sin complejos. Su mirada ausente parecía decir “el mundo me aburre, porque estoy por encima de todo ésto…”

Samuel dejó caer los cubitos de hielo en el aromado líquido oscuro.

Le sudaban las manos.

No sabía que desde su taburete, Corban le estaba mirando las espaldas y el trasero, dejando colgar el cigarrillo de su labio inferior.

Los cabellos castaños de Samuel, se arremolinaban traviesos en la nuca.

Cuando se dio la vuelta, le sorprendió enormemente la expresión libidinosa de Corban. Le estaba desnudando con la mirada. Los ojos le brillaban como nunca.

Se reparó un tanto, con el rabillo del ojo buscó a su hermana, que debía de ser la única dueña de aquella mirada.

Pero podía escuchar a Jara cantando en voz baja en su habitación, probablemente, probándose ropa.

Estaban los dos solos.

La cucharilla osciló en el platito, que sujetaba a duras penas con sus entorpecidos dedos.

Tragó saliva, asustado de sí mismo. De meter la pata, derramar el café, hacer el ridículo… ¿Desde cuando actuaba como un adolescente inseguro? Ya tenía veinticinco años…

Corban sonrió por lo bajo. Samuel frunció el ceño. “Vaya actitud… ¿se ríe de mi?”

Le tendió la taza de café:

_ Aquí tienes…

Corban estiró de aquella mano, de muñeca demasiado pequeña, fácil de quebrar. Se derramó el café y la taza rodó dos pasos más allá, hasta chocar contra las patas de una silla.

_ ¿Qué coño haces?

Corban sujetaba la muñeca, atrayendo hacia él al nervioso joven.

_ Ya lo limpiarás después…Ahora hazme un poco de compañía.

Samuel estaba paralizado. Unos centímetros más y podría haber tocado el pecho ancho, fuerte, de Corban.

_ Estás loco… – dijo evitando mirar hacia aquellos ojos grandes y almendrados, de lobo hambriento.

_ ¿Tienes miedo?

Se reía de él.

A pesar de lo mucho que le atraía, aquello era humillante.

Enfurecido, le apartó de un manotazo y se marchó, cruzándose con Jara camino de su habitación.

_ ¿Qué ha pasado? – preguntó ella, ocupada en ponerse uno de los pendientes.

_ Nada…Le he tomado el pelo y se me ha enfadado. ¿Nos vamos?

Jara, por un segundo, le miró seria, amargamente. Echó una ojeada rápida a la mancha de café y a la taza. Los cubitos de hielo se habían derretido ya, formando un par de charquitos aquí y allá.

Sin decir nada se dirigió hacia la puerta, cogiendo las llaves del coche de la mesilla del recibidor.

Corban la cogió por detrás, sujetándola por la cintura.

_ ¿Algo por lo que te sientas culpable, Corban?

Su voz sonó dolida y seca.

_ Nada. Nada en absoluto.

Pasó la mano por la nalga, prieta y vestida con aquella falda corta de tela viscosa.

Por supuesto que Jara lo sabía. Todo: sobre su hermano y sobre su novio.

Pero no tenía opción: o le exigía y le perdía, o se conformaba y le tenía.

Todo para él, era cuestión de placer, carne y sexo.

Nada que ver con el amor.

…Probablemente…

Pero a ella, le bastaba y sobraba.

LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 1 (+18 años)

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 JARA Y SAMUEL

Le reconocía por la voz.

A la persona que vivía al lado, en aquel bloque de apartamentos que parecían hechos de papel de arroz. Podía escuchar incluso el pequeño ruido del tapón del bote de champú al abrirse y cerrarse.

O el gemido del sofá cada vez que se sentaba.

Sonidos tontos, rutinarios, que se repetían en cada apartamento y no tenían nada de especial.

 Pero para ella, todos los sonidos relacionados con “aquella voz” tenían enorme sentido.

Lo que en un principio fue mera curiosidad, se convirtió en poco tiempo y de forma gradual, en lo más importante de su existencia.

Ni siquiera sabía el nombre del dueño de la voz, tampoco podía asociarla con un rostro, con una postura, con unos gestos…

Era cierto que tenía curiosidad.

Pero las circunstancias habían hecho imposible su encuentro hasta el momento y, de todas formas, ella se resistía a conocerle en persona, puesto que, aquella voz era ya un mito de sus fantasías. Tal vez encontrarle un rostro y una vida, haría que se rompiera el encantamiento.

Podía ponerle mil caras y darle mil existencias apasionantes. No se cansaba nunca. Sólo temía una cosa: que un día aquella voz desapareciera de su vida. O que sus oídos se negaran a seguir escuchándola.

Jara se acomodó en el sofá envuelta en su albornoz, recién salida de la ducha.

EL cabello le rozaba los hombros, ondulado, color tarta, espeso.

Sorbía de su lata una cerveza sin alcohol, mientras miraba fijamente sus gafas, sobre la mesa negra y baja de su pequeñísimo salón.

Aquellos apartamentos eran casi diminutos, pero confortables. Perfectos para personas solas.

Arrebujó los pies debajo del albornoz, apretando los dedos gordos contra el cuero blanco del sofá de anchas espaldas.

Esperaba que el silencio se rompiera cuanto antes, por supuesto, con aquella voz, la voz de la persona que vivía al lado.

Llegó Samuel, su hermano, de la playa. Con una toalla sobre el hombro y un palo de helado en la boca.

Aquel verano lo pasaba con ella, puesto que debía atender a unos cursos de interpretación para conseguir más créditos de libre elección en su expediente universitario.

_ No entiendo cómo puedes levantarte tan temprano…- pensó en voz alta Jara, observando la piel morena, brillante de su hermano.

_ No tengo mucho sueño…- repuso él, preparándose leche fresca chocolateada.

Callaron los dos, mientras Samuel removía con la cucharilla la leche en un vaso alto.

Jara recordaba en esos momentos, muchas cosas de cuando empezaron a hacerse mayores, cuando eran apenas adolescentes.

Aquel era un tema tabú para los dos. Una caja cerrada con mil candados, bien oculta, maldita por un conjuro hecho a base de silencios e incomprensión.

 Jara se quitó el albornoz y lo tiró sobre el sofá. Desnuda, fue a la cocina, pasó junto a su hermano y se sirvió un zumo de naranja.

 Lo hacía a propósito, una estúpida venganza por todas las cosas que no se podían decir en voz alta. Se vengaba de los dos: de Samuel por callar, comportándose como el mejor de los hermanos.

Se vengaba de ella misma, por no ser capaz de preguntar, hablar sin tapujos sobre “aquello”.

Samuel no se sentía molesto porque su hermana anduviera desnuda por la casa, sino porque sabía lo mucho que le reprochaba ella, desde aquel día en el instituto…Ya habían pasado diez años.

Jara y Samuel no iban al mismo instituto. Samuel quería hacer Bachillerato Artístico en la ciudad vecina.

Quiso ir allí de todas todas, a pesar de lo complicado que era para él, sobretodo porque debía pasar el día entero fuera y estar pendiente de los autobuses o los trenes e cercanías.

Jara le echaba de menos, se colgaba de él los fines de semana, no le dejaba un segundo… Hablaban mucho antes de dormir, en aquellas literas de la casa de sus padres: Jara arriba, Samuel, el mayor, abajo.

_ Podría ir a verte…Tengo libres los miércoles…- le sugirió Jara, jugando con su rizado pelo, mirando al techo.

_ Pero si no hay nada que ver – le respondió, poniéndose de lado, acomodando la cabeza en la almohada, frotando pie con pie.

_ Parece como si no quisieras que fuera a verte…

_ No es eso…Pero es mejor que no vengas, mamá se enfadará si vas sola. Ya la conoces.

– Hmm…- Jara sintió aún más ganas de ir.

Tenía el presentimiento de que su hermano ocultaba algo. Probablemente ya tenía novia…Quería saber quién era, si era guapa, si tenía un nombre bonito…

Se asomó, mirándole desde su litera, los cabellos colgando como hiedra enredada.

_ ¿Me ocultas algo? – preguntó muy seriamente, puesta en juego la confianza que se tenían.

_ No.

La respuesta fue rotunda, lo suficiente como para que Jara se acomodara y cerrara los ojos, feliz, pensando en lo tonta que era por dudar de Samuel.

Siempre habían estado juntos, se lo habían contado todo, eran uña y carne. Imposible que su hermano no le contara algo tan importante como que ya salía con alguien….Ella en su lugar, lo haría.

El siguiente miércoles cogió el autobús. Sin uniforme, con sus vaqueros preferidos y la bolsa llena de bollos de chocolate y hojaldres, miraba por la ventanilla, ilusionada con la idea de sorprender a Samuel y poder conocer a sus compañeros de clase.

Era la hora de la comida. Los estudiantes que no podían ir a casa solían comer en el bar del instituto. Jara creyó que encontraría fácilmente a su hermano. Pero no tenía ni idea de cómo era aquel sitio…El bar estaba lleno hasta los topes y el humo del tabaco era insoportable.

Jara, con la bolsa cogida contra su pecho, intentaba hacerse paso entre el tumulto: jóvenes que se pasaban bebidas y bocadillos desde la barra hasta las manos ávidas, que pasaban el dinero y gritaban de forma ensordecedora.

Más al fondo, detrás de unos altos biombos, el comedor de los profesores. Al centro siguiendo la hilera de ventanales bajos, las mesas de fórmica en donde los privilegiados comían de sus fiambreras o mataban el gusanillo con sándwiches y bollería.

Jara se sentía cohibida: sólo tenía trece años y aún no había tenido la oportunidad de ir si quiera a una discoteca. Aquello era bastante caótico, los chicos la miraban, las chicas parecían muy seguras y mayores…

_ ¡Hey!

Un chico acababa de metérsele casi en las narices. Se echó atrás, encogida, temiéndose haber hecho algo malo.

_ Eres hermana de Samuel ¿verdad? – le dijo sonriente.

Jara se fijó en los piercings que llevaba y asintió con un rápido movimiento de la cabeza.

_ Te conozco por fotos, soy amigo de tu hermano, ¿qué haces aquí? – hablaba y saludaba aquí y allá a la gente que pasaba, todo a la vez.

Jara se preguntaba cómo lo hacía para no confundirse o mejor dicho, para no terminar agotado.

Era un tipo extraño, preguntaba y se respondía a las preguntas sin esperar que lo hiciera ella.

_ Si le estás buscando, le acabo de ver ir al paseo que hay detrás del bar – le dio un par de besos, uno por mejilla, dejándola pasmada, y se despidió con la misma velocidad con la que había aparecido.

Los empujones de la gente se hacían cada vez más pujantes y fuertes, el humo del tabaco se le aferraba a la garganta. Salió de allí como quien sale de una atracción de parque abarrotado.

El agradable silencio de los chopos y del cielo calmo cruzado de nubes le alivió enormemente.

Con la bolsa de escudo delante de su pecho, siguió el camino que llevaba a la parte trasera del bar.

La casa del conserje estaba allí, pequeña y sencilla, con un par de macetas de geranios en cada ventana.

Empezaba a arrepentirse de haber cogido el autobús aquella mañana. Caminó decidida por el estrecho pasaje lateral, que le llevó hasta la parte trasera del enorme instituto. Se detuvo de golpe: había algo detrás de la pared de la siguiente esquina.

Se podía oír algo…

Al principio, no supo definir qué eran aquellos sonidos. Jadeos, suspiros…No…era más bien una pelea, un forcejeo, tal vez un juego.

Pegó su trémula espalda a la pared, aguantando la respiración, el corazón latiéndole muy deprisa.

Apretó contra sí su bolsa, incapaz de creer la verdad de lo que estaba escuchando.

Levantó la vista, tragando saliva.

Los gemidos continuaban, como el peor de los martirios para su confusa mente.

Era Samuel. Era la voz de su hermano. Otra voz le seguía el ritmo:

_ Más… ¡Más!

Jara se encontró con un inoportuno espejo al levantar los ojos: una ventana de la casa del conserje, le daba el perfecto reflejo de un chico desconocido que apretaba las nalgas de Samuel contra su cadera. Samuel se sacudía ahogando lo que podían ser tremendos gritos. El otro joven cerraba los ojos, jadeando, resbalando el sudor por la frente hasta la nariz, totalmente extasiado.

Samuel, con las rodillas a la altura de los brazos del otro, aferrado a su cuello, temblaba y vibraba con lasciva fuerza.

Jara no podía respirar, ni moverse.

Cerró los ojos, apretando los párpados con todas sus fuerzas, al borde del llanto.

Cuando se dio cuenta, ya se había acabado todo, y los dos jóvenes hablaban con naturalidad, subiéndose los pantalones.

 Entonces entró en pánico. Decidió correr.

Corrió sin mirar atrás, tan deprisa como le permitieron sus piernas, blandas como si fueran de mantequilla.

Corrió hasta la parada del autobús y no empezó a llorar hasta llegar a casa, en la cama de arriba de las literas, en la habitación que hasta entonces había sido de un par de niños sin más preocupaciones que poder comer chocolate en la merienda.

Desde aquel día, Jara y Samuel se distanciaron. Y aunque Samuel no sabía el porqué de la frialdad de Jara, su sentido de culpabilidad por ser homosexual, le hacía comprenderla y permitirle que fuera todo lo cruel que quisiera ser con él.

Porque era él el sucio, el culpable…Y no había vuelta de hoja.

(continuará)

La maldición de la familia Tanizawa (parte II)

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Le despertó el barullo habitual de la Escuela, el frío suelo bajo su espalda y la sensación de haber olvidado algo muy importante.
Lo primero que acertó a ver fue el techo, con  largos fluorescentes apagados, y algú que otro manchón del paso del tiempo.

_ ¿Estás bien Hiro chan?
_ Yamato…¿Qué ha pasado?
_ ¿No te acuerdas? Te has desmayado antes de empezar a comer. Menudo susto, tío. ¿Estás anémico o algo así?

Algo no parecía cuadrar en su cabeza. Se incorporó, apoyándose en los codos, viendo que a su alrededor, algunas chicas de su clase le miraban con
preocupación.
_ Hemos llamado a un profesor. Debe de estar a punto de llegar.
_ No…No hace falta armar tanto follón…- se levantó y miró alrededor- El comedor estaba lleno. El reloj marcaba las 12:45.
Muchos comían, otros se arremolinaban a su alrededor preguntando cómo estaba.

Tuvo que pedir disculpas al profesor, que llegó despavorido al comedor – probablemente más que preocupado como tutor, asustado por los acontecimientos ya típicos de la Escuela.

_ Estoy bien, en serio. – Insistió a todo y especialmente a Yamato, que insistía en que fuera a echarse a la Enfermería.
_ Si tú lo dices…Entonces, está bien…

Se suponía que tenían que comer, pero algo le decía que aquel lugar no era el que esperaba encontrar…Entonces su mirada se cruzó con la de Shunsuke.
Estaba en pie, en la entrada del comedor, mirándole fijamente, como si le reprobara algo.

Nervioso, decidió hablar con él y dejar las cosas claras. Si tenía algo que ver con la dichosa maldición, sería mejor saberlo que tenerlo siempre a sus espaldas, callado, observándole como un ave de carroña.
Pasó entre las mesas deprisa, ignorando a Yamato. Sus oídos fueron atravesados por un silbido que terminó silenciando todo.
Sin querer golpeó un refresco de cola de una de las mesas.
_ Lo siento. – Se disculpó deprisa y miró al suelo, a la par que se llevaba la mano a uno de los oídos, molesto por aquel extraño acúfeno.

El silencio ahora era absoluto. No supo cuántos minutos duró, pero los justos para ver que la mancha en el suelo se extendía hasta más allá del espacio que dibujaba su sombra entre sus zapatillas.

Una mancha de sangre que también salpicaba sillas y mesas, las piernas de las chicas y los pantalones de los chicos. Miró hacia el fondo: allí seguía, en pie, Shunsuke, tan alto que podría haber tocado el dintel de la puerta corrediza del comedor.
Hiroshi sintió mucho frío, y las pupilas comenzaron a girar lentamente sin control, mientras trataba de apoyarse en algo para no volver a perder el conocimiento.

Shunsuke seguía mirándole, y en ese instante, sacudió la cabeza, negando.
“No tienes nada que hacer” o tal vez “No sigas donde estás”…¿Qué es lo que quiere decirme?

_ Perdona – se disculpó en un hilo de voz, mareado y falto de aire al apoyarse en una de las chicas de la mesa contigua.

Entonces el silbido atravesó sus oídos con un fuerte, ruidoso sonido agudo martilleó incluso los cimientos del edificio.
Miró hacia el lado, a la chica en la que se apoyaba, tratando de buscar un gesto de complicidad, ante aquel horrible sonido que le estaba destrozando los tímpanos.

Una respiración fuerte, caliente y putrefacta le golpeó la piel de la cara, los labios y los ojos.
Sólo logró distinguir algo semejante a una cara bajo los cabellos largos de la chica, completamente rasgada, acuchillada y sin ojos.

Apartándose con un desatinado arrebato y chillando con las pocas fuerzas que le quedaban, estuvo a punto de resbalar sobre el charco de sangre que tenía a sus pies.
Pero logró aterrizar sobre una de las mesas, babeando, con el corazón fuera de control y los dedos hincados entre las bandejas de comida.
No quería levantar la cabeza. No quería ver nada más…

“No, no no”.

Se lo repitió una y otra vez, ya al borde de la locura, trastabillando al intentar avanzar hasta la puerta y salir de aquella pesadilla real.
Sólo lograba ver sus zapatillas llenas de salpicones de sangre, mientras escuchaba un murmullo, no de voces, sino de alientos. Algo que parecía estar vivo sin merecerlo, le estaba rodeando.
Aún así, continuó avanzando hasta llegar al final de comedor. Respiraba como si hubiera corrido durante horas. Miró hacia adelante, en donde se suponía que estaba Shunsuke, controlando toda aquella maldición. Pero ya no estaba allí.

_ ¡Hiro chan!

El grito no le dejó tiempo a dudar, simplemente se dio la vuelta rápido.

_ ¡Yamato!

Shunsuke le tenía retenido, inmovilizado y pegado al suelo, los brazos bien sujetos tras la espalda.

A su alrededor, alumnos, profesores, servicio del comedor…Todos estaban echados sobre los asientos ensangrentados, desmembrados, y, algunos de ellos, aún en ese estado, milagrosamente en pie, los cabellos tapando las caras, o lo que quedaba de ellas.

La luz era tenue y roja. Hiroshi se dio cuenta de que las ventanas estaban también rociadas en sangre.
Sin embargo Yamato estaba bien, y, a pesar de todo el horror, eso alivió profundamente a Hiroshi. Probablemente la situación era excesiva como para lamentarse en ese instante por todos los demás…

_ ¡Suéltale Shunsuke! – le gritó firme, en pie, secándose el sudor frío de la frente con las temblorosas manos- ¿No soy yo a quien quieres? ¿No soy yo el de la maldición? ¡Ven a por mí entonces!

Lo gritó más firme de lo que creía que podría ser en un momento así…Estaba a un paso de la puerta, de escapar…Pero…¿En serio podía escapar de aquello?
No…Era imposible. Dentro o fuera, en su casa, en su posible futuro si es que lo llegaba a tener…Siempre le perseguirían las mismas visiones, las desapariciones y los muertos.

Tenía que regresar, enfrentarse a Shunsuke y ayudar a Yamato.

Volvió a hacer el camino a la inversa, pisando con fuerza, despacio pero sin parar ni por un segundo. La sangre se estaba empezando a coagular.
El sonido de sus pasos sobre aquella ciénaga roja, se mezclaba con su agitada respiración y ese extraño “ras, ras, ras” procedente de los cuerpos que parecían reírse de él desde sus horribles carnes.

_ ¡No me detendrás Hiroshi! – Shunsuke mostraba por fin, una expresión. Algo que leer en su cara. Era la primera vez, seguramente porque le odiaba, como a todos los Tanizawa, y ese era el encuentro definitivo
entre el causante de la maldición y su presa.

Shunsuke apretó más los brazos de Yamato con una de sus manos, mientras con la otra sujetaba su cabeza por la nuca, agarrándole del cuello.

_ Hiro chan*…Ayúdame por favor…- sollozaba como un niño pequeño, asustado, incapaz de mover un dedo.

Hiroshi avanzó más deprisa, y a la vez, Shunsuke sacó algo de su bolsillo, soltando el cuello del chico, que trataba de escapar a toda costa, forcejeando bajo el fuerte Shunsuke. Hiroshi saltó con un grito sobre él, logrando que se despegara de Yamato.
Shunsuke había perdido el arma o lo que fuera que había utilizado para acabar con todos.
Miraba con desesperación hacia su derecha, al lugar donde había salido despedido el objeto. Era una especie de mechero…Corrió a recuperarlo, pero varios de los cuerpos le habían rodeado.

_ Yamato, ¿estás bien? – Hiroshi trató de ayudarle, puesto que estaba postrado en el suelo, boca abajo, demasiado asustado para moverse. A pesar de todo, le sonrió agradecido.
_ Hiro chan, gracias…

Tomó aire para seguir hablando. Hiroshi le agarraba del brazo con fuerza: tenía que sacarlo de allí antes de que Shunsuke terminara con ellos.

_ Gracias…
_ Vamos, tenemos que salir de aquí…
_ No, en serio…

Su voz sonó muy seria, pausada, extraña.
Shunsuke seguía lidiando contra los cuerpos desmembrados, tratando de alcanzar el mechero color plata, que tenía una extraña forma curvada, y unos kanjis grabados en una de las caras.

Hiroshi miró a Yamato una vez más antes de intentar levantarle para salir de una vez por todas de la Escuela.

_ Gracias Tanizawa, por cumplir con tu contrato, una vez más.
_ ¿Qué..?

Yamato le sujetó con un sólo y rápido movimiento por el cuello con ambas manos, unas fuertes manos de venas sobresalientes y uñas curvadas y negras como garras de ave rapaz.
Sus ojos eran sangre encharcada y su boca una sonrisa esperpéntica, literalmente de oreja a oreja. Como si la hubieran cortado sobre la cara, que no era más que un óvalo salpicado en sangre y rasgado desde el cuello hasta la coronilla.

Hiroshi no podía respirar, su vista se nublaba…Era tarde…Demasiado tarde…

Shunsuke lanzó un grito terrible, un grito de final y muerte.

Todo se volvió oscuro. Se acabó…

“Tanizawa…Has sido realmente delicioso durante siglos…”

La bruja hablaba desde el cuerpo de Yamato, con voz rasposa, y seguía apretando con fuerza el cuello de Hiroshi, ya al borde de la inconsciencia.

_ ¡¡Brujaaaaaa!!

Un golpe feroz – una patada de Shunsuke- la alejó de Hiroshi, que no podía ni toser. Trataba de ver qué estaba pasando entre Shunsuke y aquella especie de ser que se había hecho pasar por Yamato ( O quizás Yamato siempre había sido ese monstruo…)
Shunsuke tenía el mechero en la mano derecha y había agarrado a Yamato de forma que no pudiera moverse pero eso era imposible. La bruja simplemente se deshizo de sus brazos, que cayeron a plomo chorreando sangre, y se escabulló serpenteando, mientras un “ras, ras, ras” continuaba saliendo, como si se tratara de un palpitar, de su interior.

Cuando se quisieron dar cuenta, había desaparecido.

Los cuerpos desmembrados, brazos y cabezas, rodaban y se arrastraban a una velocidad increíble hacia ambos chicos, que se apostaron en uno contra la espalda del otro, sin salida, sin esperanza alguna.

_ Shunsuke…
_ Qué…
_ Siento no haberte escuchado antes.
_ Ya…Yo siento no haber sido más…Normal – la sangre y los miembros les cubrían las piernas, aferrándose a su propia carne, propinándoles un dolor indescriptible.
_ Ojala salgamos de ésta…-deseó con voz entrecortada, consciente de la tontería que acababa de decir.

Shunsuke asintió, tomó aire y alzando la mano llena de rasguños, de entre los cuerpos, encendió el mechero.

Un halo de luz y calor inmenso les hizo cerrar los ojos.

Algo semejante a gritos sin voz, espeluznantes sonidos de ultramundo, les aturdió durante tanto tiempo, que se creyeron muertos.

Cuando despertaron, se encontraron sólos, tirados en el suelo del comedor. No había ni rastro de sangre, ni tampoco quedaba un sólo cuerpo de los muchos que les habían torturado segundos antes…
¿O tal vez habían sido horas? Ninguno de los dos lo supo jamás.

La Escuela estaba vacía. Cuando vino la policia, no daba crédito a lo sucedido: habían desaparecido profesores, limpiadores, alumnos…Excepto aquellos dos chavales, que no lograban articular palabra y estaban llenos de heridas, con las ropas y los cabellos ensangrentados.

_ Vamos, chicos…- les acompañó un agente, que les había proporcionado mantas y algo caliente para beber.

Hiroshi miró hacia atrás una vez más. Entre las mesas y junto a las paredes, bajo las ventanas, ahora relucientes y acariciadas por la luz de la puesta de sol. Mirara donde mirara, no había ni rastro de la bruja. Ni rastro de sangre, ni rastro de NADA.

Suspiró y volvió la cabeza, cansado, caminando junto a Shunsuke, que fruncía el ceño observando el mechero entre sus manos.

“Al menos hemos terminado con la bruja y la maldición…” Pensó Hiroshi, preguntándose que tipo de poder tenía aquel chico enorme llamado Shunsuke, y por qué le había ayudado…

Se cerraron las puertas del comedor tras ellos.

Los gorriones volvían a los nidos, alertados por la noche que ya se acercaba con pasos tiznados de color púrpura.

Si te fijabas en el comedor, te parecía imposible que algo tan horrible hubiera sucedido en un lugar tan calmo y limpio…

Ah…Alguien parece haber olvidado una pequeña bolsa o un monedero…Allí, junto a la última mesa, la que está en la esquina Oeste, junto a las ventanas.

Se mueve un poco, se retuerce y brilla, goteando algo espeso.

Se gira de un golpe, para mostrar una pupila oscura, mientras de su pequeño interior suena, constante y aterrador:

_Ras, ras, ras…

FIN

 

NOTAS:

Detrás de los nombres se añade -chan, cuando se trata de un niño o hay un vínculo muy cercano entre los interlocutores. También es una forma cariñosa de llamar a alguien. De aquí que Yamato llame Hiro chan a Hiroshi.

La maldición de la familia Tanizawa (parte I)

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En pleno siglo XVI, en algún lugar al Norte de Kyuushu, se llevaba a cabo una tremenda batalla, que duraría más de medio año.
Se enfrentaban Shuuji Tanizawa, gran terrateniente y mejor militar, contra Tanabe Mitsuhiko, un joven de gran fuerza física, perseverante y muy fiel a sus hombres y a las gentes que trabajaban en sus tierras.
Ambos eran terratenientes y poderosos pero se diferenciaban en algo que se convirtió en la comidilla de las gentes que gustaban de hablar y dispersar rumores.
Shuuji Tanizawa tenía a su lado a una bruja que utilizaba sus malas artes para ayudarle a vencer las batallas contra Mitsuhiko.

Una noche acampados entre las montañas, los hombres de Shuuji hablaban en un murmuro sobre la bruja, con temor a terminar como tantos hombres y mujeres que habían sido malditos por su retorcida lengua.

_ No comprendó cómo el general confía en ella…- masculló uno de ellos, sentándose a calentarse junto al fuego.
Su turno acababa y uno de sus compañeros le substituía en la vigilancia.
_ Te entiendo. – Asintió otro, tuerto y falto de dos dedos en la mano derecha.- Esa maldita mujer me da mala espina..

Un chasquido tras ellos les alertó. Con las manos sobre las armas, trataron de vislumbrar lo que parecía moverse entre las sombras del follaje.
Pasaron unos eternos segundos: nada sucedió.

_ Te estás volviendo un blando, Akito – rió el hombre tuerto volviendo junto al fuego, como si tratara de romper la tensión que flotaba cortante, en el aire.
_ Cállate…- masculló el otro, bizqueando de tanto observar en la oscuridad a aquellos matojos que formaban sombras fantasmagóricas tras ellos.

En ese momento, un grito horrible atravesó con crueldad, montañas y nubes, tierra y fuego. Un grito como nunca antes aquel fuerte, rudo hombre de guerra,
tuerto y sin dedos, había oído jamás. Se dio la vuelta, realmente asustado, percatándose que temblaba como un conejo antes de ser degollado.

Abriendo mucho los ojos, con la mandíbula desencajada y un temblor creciente, trató de articular algo, pero le fue imposible.
La mujer estaba allí, de pie, con algo amontonado a sus pies. Hacía un peculiar sonido, que no lograba identificar.
La luna salió de entre las nubes de occidente, y entonces, pudo ver la más horrible de las visiones.
La bruja estaba comiendo de la cabeza de su compañero…Y a sus pies, lo amontonado, no eran más que partes de lo que quedaba de su cuerpo.

El tuerto, se echó atrás, cayó torpemente, mudo, con los ojos fuera de las orbitas, con el pecho en locura de latidos y sin aliento.

Tres horas más tarde, al amanecer, el guerrero que hacía el último turno, regresó al puesto.
Se frotó la nuca, aturdido.

_ ¿Qué demonios…?

El fuego estaba apagado y no quedaba ni rastro de sus compañeros.

Shuuji Tanizawa sólo tenía un deseo, una meta en aquella vida: vencer fuera como fuese a  Mitsuhiko. Ya no era cuestión de poder o tierras…Aquel joven, era terco, enérgico y carismático.
La gente le seguía sin razón alguna, no por dinero, ni por favores.
Tanta era la rabia que sentía por él, que cada noche se acostaba maldiciéndole y cada mañana despertaba con el ceño fruncido, deseándole la muerte.

La bruja, siempre oculta en las sombras pero a su lado, le dijo la víspera de la batalla definitiva:

_ Yo puedo hacer que muera sin que tú nombre salga manchado.

Ella tenía un velo negro y púrpura, que cubría la mitad derecha de su cuerpo desde la cabeza, pasando por la frente, la nariz y la boca, hasta la pequeña zona que restaba
entre sus pies. Era como si estuviera partida en dos.
Shuuji le había prometido todo cuánto quisiera a cambio de hacerle las cosas más fáciles tanto en las luchas como en la vida sentimental.
Era gracias a sus artes oscuras por las que estaba casado con la mujer más deseada del Imperio. También gracias a ella no sufría ningún daño físico, ni él ni sus hijos, ni sus padres.
La bruja le había abierto un camino de éxito sin tropiezos… Aún así, al ver como su oponiente se levantaba de cada caída, no importaba lo dolorosa que fuera su situación, se revolvía de envidia y le corroía la rabia.

_ Hazlo. Haz lo que sea – le dijo a la bruja, sentado ante una lumbre en la que se calentaba té, en una pequeña choza de madera oculta entre la foresta – Pero termina con él para siempre.

Su tez estaba amarillenta, sin vida, y sus ojos mostraban una fealdad que le volvía monstruoso, siendo un hombre de aspecto más bien simplón.

_ Lo haré Señor, pero a cambio quiero algo…- La mujer, de pie al fondo de la única estancia, parecía hablar como las serpientes: respiraba silbando, mientras hablaba, como si cada
palabra fuera un puñal.
_ Lo que desees, te lo daré – le suplicó con la mirada Shuuji, alentado por la fuerza equivocada, la del Odio irracional.

Le pareció que ella sonreía, aunque las sombras y luces que la lámpara dibujaba en las paredes de madera, podían hacerle ver lo que no era…Un momento más tarde ella le dijo, con
un tono que incluso a él, le dio escalofríos:

_ Acabo de formular mi deseo…El contrato está hecho.

Año 2002, Prefectura de Fukuoka, Japón. En una escuela del barrio de Jonan, llevan sucediéndose durante tres años desde su apertura, una serie de fenómenos que escapan del
perfecto entramado de teorías de la tan idolatrada Ciencia.

La Escuela Hamasaki, tenía el aspecto de cualquier otra escuela japonesa. Nada podía hacer sospechar que allí, en aquellas aulas, sucedían cosas que podrían hacer desvanecer hasta
al más fanático de las películas de terror de Shimizu Takashi*.

Hiroshi, del tercer año, llegaba como cada mañana, en bicicleta, justo unos segundos antes que el guarda cerrara el portalón de hierro.

_ ¡Por los pelos, Hiro chan! – le gritó un compañero apoyado en la pared, junto a la puerta de la escuela. Era su mejor amigo, Yamato Toudaiji, alto, con cara de chiste, ojos muy pequeños
y cabellos teñidos de castaño.
_ No me llames así, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? -se quejó Hiroshi, aparcando su bicicleta y colgándose la mochila al hombro.
_ Anda, no me seas angustias, ¿qué más te da?

Pasaron por las taquillas a descalzarse y ponerse las zapatillas reglamentarias. Entonces, como de costumbre, cruzó tras ellos, con paso calmo y cara de pocos amigos, el enorme Shunsuke, el
alumno de segundo año que aterraba hasta a los profesores sólo por la forma en que miraba. Hiroshi no se fiaba de él, le parecía un tipo bruto y rudo sin necesidad, que precisaba de modales.
“Debería aprender a socializar un poco…” Pensaba a menudo mirándolo de reojo desde su asiento. Sólo les separaba un pupitre, el de Yamato, que no dejaba de bromear, ni cuando el profesor
estaba presente. A diferencia de aquel cara de piedra de Shunsuke, su mejor amigo Yamato, era un tipo que transmitía vida por doquier, contagiando con su constante sonrisa a todo el mundo.

A la hora de la comida, algo empezaba a cocerse y no olía nada bien-por supuesto no era en las ollas del comedor-.

_ ¿Lo habéis oído?
_ Sí…¡Estoy aterrada! Quiero dejar esta escuela…
_ Yo también, pero no puedo…Ya es tarde para transferirse…
_ ¡Pero es que es demasiado! ¿Y si alguna de nosotras es la próxima?

Las chicas hablaban sin orden, alrededor de sus bandejas con la comida, mientras sorbían sus refrescos o su leche en pack.
Eran tantas las mesas con grupos de alumnos hablando de los mismo, que parecía que un zumbido de abejas había conquistado el mundo del sonido en aquel lugar.

_ ¿Han vuelto a empezar? – Le preguntó Hiroshi a Yamato, sentándose a su lado en una de las mesas.
_ Pues sí…Al parecer anoche volvió a desaparecer una alumna. No salió de la escuela, ni tampoco llegó a su casa…- Yamato sorbía su ramen con avidez -Bueno, eso es lo que se rumorea,
a saber si es cierto…
_ Pero…Desde que estamos en esta escuela, llevan sucediéndose una gran cantidad de desapariciones…¿No es raro?

Yamato se encogió de hombros, como si no fuera con él aquel asunto.

_ ¿Y si algún día nos toca a nosotros? – Hiroshi lo dijo con un hilo de voz, como temiendo la reacción de Yamato. “Se va a reír…Fijo.”
Y sí: Yamato se rió con todas las ganas.
_ ¡Por eso te llamo Hiro chan: eres un miedica!

Hiroshi suspiró, sacudiendo la cabeza. Yamato no parecía tenerle miedo a nada…En cierto modo le envidiaba.

_ ¡Eh, cuidado tío! – exclamó uno de los alumnos tras tropezar con el alto y ancho Shunsuke. Éste no se inmutó, y ni siquiera pidió disculpas.

Yamato le miró despectivo:
_ Menudo personaje…¿Es que no sabe hablar?
Hiroshi asintió: ciertamente, era desagradable tener a alguien como él en su clase…Incluso había llegado a dudar de él, pensando que se trataba del culpable de las innumerables desapariciones.

Ahora que lo pensaba…El colegio había sido investigado cientos de veces, e incluso en Mayo del año pasado, había estado a punto de cerrar. No era de extrañar…Sin embargo, se decía que había
muy buenas conexiones entre los altos cargos de la Escuela y el Gobierno, lo cual había hecho posible que Hamasaki siguiera viva y con más de doscientos estudiantes a su cargo.

Pensando en todo aquello, de camino al gimnasio, la vista le jugó una mala pasada. Por un momento que le pareció eterno, los oídos le silbaron hasta ser incapaz de escuchar nada. Ante él se abría
el pasillo de siempre…Sólo que…Tanto paredes como suelos estaban completamente bañados en sangre. Sudor frío le recorría el cuerpo entero. Trozos…Eran brazos, carne…Cuerpos descuartizados…

Entró en pánico y gritó con todas sus fuerzas.

“¡¡No quiero abrir los ojos, no quiero estar aquí, no quiero verlo!!” Era lo único que podía pensar tras un buen rato tratando de calmar su respiración, con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza,
incapaz de volver a abrirlos.

_ ¡Oye! ¿Estás bien?

Volvió en sí tras sentir una sacudida propinada con fuerza en su hombro derecho. Miró alrededor, confuso. Estaba sentado contra la pared, completamente empapado en sudor, aturdido y aún asustado por
la visión descorcentante de aquella especie de matanza.

_ ¿Estás bien?

Quien la hablaba no era Yamato. Para su sorpresa, y la de los demás alumnos, que habían corrido hasta allá al escuchar el grito de Hiroshi, el enorme y asocial Shunsuke estaba inclinado sobre él,
pregúntandole y tratando de ayudar. Sin expresión alguna, pero intentándolo.

_ Estoy bien. No…No ha sido nada…- Se levantó deprisa, y se alejó de allí lo más rápido que pudo. Sólo se atrevió a mirar atrás una vez: Shunsuke ya no estaba allí.

Su corazón palpitaba muy deprisa, por lo que se agarró el pecho, en un intento de calmarlo. “Tranquilo, no ha sido más que una alucinación…” Se decía repetidamente, como si fuera un cántico protector, una frase
pacíficadora que le hiciera olvidar lo que acababa de ver.

Pero las visiones continuaron repitiéndose en los momentos menos esperados, tanto en su casa, durante los desayunos o las cenas con su familia, como en la Escuela, en medio de la clase o durante las conversaciones
con Yamato y los demás.
Sus padres comenzaron a intercambiar miradas de complicidad y a lanzar profundos suspiros, que denotaban preocupación y miedo.

Una noche su padre, fumaba a solas en el salón, frente al televisor apagado. Hiroshi se había levantado a beber agua cuando vio su figura de espaldas, y el humo danzarín del cigarrillo.

_ Papá, ¿te pasa algo? – se acercó despacio, esperando, por culpa de su comportamiento, un posible rechazo.

Pero su padre se giró a mirarle, y le hizo un gesto para que se sentara a su lado.

_ Sobre lo que te ocurre, Hiroshi…-Su padre dudaba mucho con cada palabra, e incluso hacía gestos de desaprobación para consigo mismo tras terminar una frase. Aún así, continuó hablando:
No es algo nuevo en la familia. – aplastó lo que quedaba de cigarrillo en el cenicero y soltó el último nubarrón de humo con un suspiro sentido.
_ ¿Qué quieres decir?…
Su padre le miró a los ojos, entristecido, de repente envejecido y falto de fuerzas, y le dijo lo siguiente:
_ Yo también he vivido cosas terribles, que no puedo contarte…No es que no puedo, es que no quiero hacerlo…Te…Te destrozaría por dentro. Tu madre me ha apoyado siempre,
cosa que le agradeceré eternamente…Pero ahora te sucede lo mismo a ti…Mira, Hiroshi – está vez su tono y su postura mostraron determinación- No podemos hacer nada. Es el destino que
viene asolando con esta  especie de…maldición, a la familia desde nuestros ancestros. Mi padre, el abuelo, no murió de demencia, como se os ha dicho.

Le miró a los ojos tratando de hacerle entender todo aquel extraño entramado sin necesidad de utilizar palabras.
Hiroshi tragó saliva, sin apartar la mirada.
Comprendió que su padre y su abuelo habían visto cosas como las que él veía a diario. Pero tenía muchas dudas…

_ Padre…¿Son muertos reales?
La pregunta pudo haberle sobresaltado, pero no lo hizo, el hombre se mantuvo inmutable y con un movimiento de cabeza, asintió.

Hiroshi se agarró los brazos con ambas manos, apretando fuerte, hasta dejar la marca de cada dedo en su piel. No podía ser…Todas aquellos alumnos desaparecidos, estaban muertos…Y sólo él podía verlos,
¿Por qué él?, ¿Por qué su familia?…

_ Hiroshi, eres mi hijo, y sé que podrás soportarlo. No hay nada de hacer. Simplemente, mantén tu alma en calma, y no te dejes llevar por el pánico, nunca de dejes llevar por esas imágenes.
_ Pero Padre, esos chicos, toda esa gente, está muerta…¿Quién está matándola? ¿Qué es…?
_ ¡Hiroshi! – Su padre le hizo callar, con una expresión propia del más importante guerrero frente a la más dificil situación en batalla- No hagas preguntas; deja que la polícia haga su trabajo y no intentes nada contra
esta maldición. No está en nuestras manos terminar con ella…

Hiroshi se levantó y tras un “buenas noches” seco y sin entonación alguna, se dirigió a su cuarto. El pasillo estaba oscuro pero podía verse los pies descalzos al dirigirse a su habitación, al fondo del pasillo.
La puerta de la cocina estaba abierta pero no había luz en ella. Sin embargo, un sonido semejante al rozar de un papel contra otro, rascaba lentamente la atmósfera callada de la noche.
Se detuvo con cautela, dio un paso más y puso la mano en la puerta entreabierta, empujando ligeramente. Un golpe de algo al caer, junto a sus pies, le sorprendió, dando un brinco hacia atrás. El corazón le latía
a gran velocidad. Le sudaban las manos. Resistiéndose a mirar, tomó aire tres veces, se armó de valor y observó con detenimiento, los puños apretados, aquel bulto a los pies de la puerta.

“¿Un montón de ropa…?” Confuso se acercó más. Se arrodilló ante aquella silueta indiscernible. El extraño sonido venía de él. Era semejante al papel rasgado de una habitación con corrientes de aire.
Un raro rozar: ras, ras, ras…
Alargó la mano despacio, sintiendo un calor de auténtico de bochorno veraniego y la boca completamente seca.
Entonces el sonido se aceleró y subió de tono a la par que aquello, se levantaba y se abrió ante él como una flor ensangrentada. Un brazo de mujer arrancado por el codo, con la palma abierta tal cual fuera a arañar, se levantaba tratando de
atacarle.

Gritó con tanta fuerza y desgarro que ni tan siquiera se dio cuenta de que su voz, resultó un angustioso chillido que dejó con miedo a todo el barrio hasta el alba.

Despertó en su futón, mareado, con un indeseable sabor a bilis torturándole en la zona de la garganta. Había mucho jaleo en la casa.
Se incorporó. La cabeza le dolía tanto que podía sentir un pulso de gigante martillearle las sienes.
A través del resquicio de la puerta, pudo ver a su padre, frotándose la frente, nervioso, desesperado, hablando con varios hombres, polícias al parecer.
Cuando logró preguntarle a su padre qué era lo que estaba pasando, y escuchó la terrible respuesta, Hiroshi tuvo tal pavor, que se qudó encogido en su futón, sudando, vomitando durante horas,
incapaz de moverse ni un ápice, ni de articular palabra o arrancarse llanto alguno.

Su madre había desaparecido sin dejar rastro.

Yamato había venido a verle. Ambos estaban sentados junto a la cama, frente a la play station, pero sin moverse. Hiroshi estaba pálido y aturdido. No lograba llevar una vida normal desde aquel día,
y ya hacía de ello más de tres semanas.

_ Oye, Hiroshi…Lo siento mucho, pero…No puedes seguir así.
_ ¿Así cómo? – preguntó apagado, con los ojos en algún lugar lejos de allí, o en ninguna parte…
_ ¡Hiro chan! – Yamato perdió la paciencia, le sacudió con ambas manos los hombros e hizo que le mirara a los ojos. – Ya está bien. No sabemos que le pasó a tu madre, pero…Seguramente la policía dará con ella.
Si sigues encerrado aquí, sin hablar con nadie y comiéndote la cabeza, terminarás o enfermo o muerto.

“Tal vez sería lo mejor” Pensó Hiroshi sin ganas de responder. Pero sus ojos decían exactamente lo que pensaba y Yamato se enfadó.

_ Mira Hiro chan, yo soy tu mejor amigo, y haré lo que sea para que salgas de aquí, vuelvas a la escuela y me hables otra vez. ¡Lo que sea! – le dio una palmada en la espalda y una colleja sin malas intenciones, antes de
levantarse. – Te espero mañana en la Escuela. No me puedes dejar tirado, tío. Somos colegas.

Hiroshi sintió un profundo agradecimiento ante aquel Yamato al que no se le daba bien consolar a la gente, pero que torpemente, había intentado con todas sus fuerzas, animarle y darle valor.

_ Gracias Yamato – logró esbozar una mínima sonrisa Hiroshi – Lo haré.

Yamato asintió satisfecho, y asintiendo con un enérgico golpe de cabeza, soltó un “Oou”, afirmativo, con una mueca de satisfacción.
Hiroshi se asomó a la ventana para saludarle por última vez y le vio caminar con grandes zancadas y la cabeza hacia adelante, como las avestruces, hasta que desapareció en la siguiente esquina.
En ese momento pensó que tenía mucha suerte de que Yamato fuera su amigo…

A la mañana siguiente se presentó en la Escuela.
No fue una bienvenida precisamente agradable: tanto profesores como compañeros de clase, o estudiantes de otros cursos, le miraban con recelo para después cuchichear entre ellos, como si Hiroshi fuera ciego o tonto
y no se diera cuenta de qué iba todo…

Se sentó en su pupitre, lanzando un suspiro, echándose hacia atrás en su silla. “No sé para qué he vuelto…” Pensó, dejando la cartera sobre la mesa sin mirar hacia ningún lado. Había adquirido aquella costumbre por culpa
de su constante miedo a ver las visiones. Pero la verdad es que hacia unos días que no las sufría, cosa que le sorprendía y aliviaba a la vez.
_ No les hagas caso, Hiro chan.

Yamato se acaba de sentar, mirándole con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía alegrarse de verdad de su regreso.

_ Sólo tienen miedo, eso es todo.
_ Supongo que es lógico…- asintió Hiroshi no sin incomodidad ante tanta mirada esquiva.
_ Bueno…Ya se irá calmando, dale tiempo.

Las clases se siguieron con normalidad, y Hiroshi parecía ir olvidando todo lo malo acaecido hasta el momento. Sin embargo, no todo podía ir tan bien…A
la hora del almuerzo, se cruzó con Shunsuke. Parecía haber crecido más en aquellos días en que se había ausentado…¿Cómo podía ser tan enorme siendo un año menor que él?
Le dio rabia toparse con él, por lo que optó por girar la cabeza y seguir su camino a la cafetería con paso rápido.

_ Oye – Una voz que había oído sólo una vez en toda su vida le agarró la atención con fuerza. Era la voz firme y algo ronca de Shunsuke.

Hiroshi se detuvo un instante, sin girarse.
_ Tengo nombre ¿sabes? Déjame en paz- hizo amago de seguir su camino cuando sintió que le tiraban del brazo izquierdo con fuerza.
_ Espera un momento – Shunsuke le miraba a los ojos con cierta fiereza, cosa que amilanó a Hiroshi.
_ Suéltame. – se sacudió de un fuerte golpe aquella mano y se echó un paso atrás- ¿Qué es lo que quieres?
_ Sólo avisarte…Sobre la maldición. La maldición que cayó sobre tu familia.

Hiroshi se quedó sin habla. ¿Cómo diablos podía saber aquel tipo, algo que sólo su padre se suponía que sabía?
Algo no iba bien…Su corazón semejaba un gorrión asustado golpeándose en un cuarto sin ventanas.

_ ¿Qué…quieres decir? – logró preguntarle.
_ Tenemos que hablar, si no quieres acabar muerto.

La enorme figura de Shunsuke y sus fijos, negros, rasgados ojos, le sobrecogieron. Le vinieron a la menta las cientos de visiones que había tenido hasta la noche en que su madre desapareció.
Sintió náuseas, dolor en el pecho, temblor en todo el cuerpo…Tenía que huir de él. Yamato, ¿dónde estaba? Debía encontrarle y contárselo todo…¡Debía correr!

_ ¡Espera! – le gritó Shunsuke en vano.

Hiroshi escapó por pasillos extrañamente desiertos, llegó a la cafetería, que a aquellas horas solía estar tan llena que no cabían en las mesas y había que hacer turnos para sentarse a comer.
Pero estaba vacía.
Ni siquiera había habido signos de que se hubiera comido allí ese mediodía.
Confuso, Hiroshi dio vueltas sobre sí mismo, buscando un signo de normalidad. O tal vez eran las paredes las que giraban burlándose de él…No podía saberlo.

Gritos y sollozos se escurrían por entre los resquicios de puertas y ventanas, corrían por los pasillos, burlaban cualquier obstáculo y todo para alcanzarle…Estaba seguro: acabarían con él.
Ese día le matarían…

CONTINUARÁ

Shimizu Takashi 清水崇 (Nacido en Gunma en 1972) famoso director de cine, autor de la saga JU-ON

Tanizawa Shuuji: 谷澤 宗次

Tanabe Mitsuhiko: 田邉 光彦

Hiroshi: 宏史

Yamato:大和

Shunsuke:俊助

Hiroaki y la mariposa duende

Estándar

 

Érase una vez un niño de doce años llamado Tomoi, que tenía un gran problema: siempre estaba cansado. No importaba cuánto durmiera, siempre tenía sueño. Por mucho que comiera, las fuerzas le fallaban y los párpados le pesaban. Cada día para él, era un día más lleno de aburrimiento y desolación.
Sus padres, preocupados, pagaban al doctor lo poco que ganaban cultivando su pequeña parcela de tierra,
en las faldas del Monte Fuji, pero por muchas medicinas que le recetara, Tomoi seguía exhausto, sin poder levantarse de la cama.

_ ¡Tomoi! ¡Vamos a jugar! – le gritaban sus amigos desde el camino que cruzaba frente a la vieja casita destartalada.
_ Lo siento niños – les decía su madre, ocupada en recoger los espárragos del huerto – Tomoi no puede jugar todavía…

Los niños, con un profundo gesto de decepción, se marchaban dando patadas a las piedrecitas del camino, hablando a gritos, enérgicos, alegres…Todo lo contrario a Tomoi.

Aquel día era exactamente igual a todos los anteriores desde que Tomoi nació.

La madre de Tomoi miró hacia la casa suspirando hondamente. ¿Qué habían hecho mal, para merecer aquello?
Por supuesto que Tomoi, no era tonto, y sabía perfectamente todo cuanto sus padres hablaban, ya fuera entre ellos por las noches, angustiados por la situación, como con el médico del pueblo, que sólo les podía animar diciéndoles aquello de “El buen tiempo hará que se ponga mejor.”

Pero ni la Primavera, ni el Verano, ni el calor del fuego en Invierno, ni la buena comida del Otoño…Nada le hacía sentirse menos cansado.
Tomoi sin embargo, no se desesperaba, quería creer que algún día estaría corriendo junto a sus amigos y ayudando a sus padres en el campo. Cada día que pasaba veía a su padre más encogido y a su madre más agotada…Querría hacer algo por ellos, pero siempre siempre siempre, estaba cansado.

Un Domingo por la mañana, el viento cambio de repente, soplando del sur, tan caliente, que parecía que un enorme ogro respiraba sobre la pequeña villa agrícola.
Un forastero entraba por la parte norte de la villa, con una bolsa de viaje a la espalda y un fuerte bastón de madera.
Sus cabellos negros, largos hasta media espalda, y su rostro de piel oscura, sin afeitar, se vislumbraban bajo el sombrero de forma cónica, el takuhatsugasa* .

Sus tabi* y sus ropajes, semejantes a los de un monje, estaban muy empolvados y llenos de lodo, lo cual hacía pensar que hacía mucho que aquel hombre caminaba sin reposo. Además sus pasos eran como los de un anciano…
Apenas podía más, cuando se desplomó frente al padre de Tomoi, que estaba vendiendo verduras en el mercadillo.

_ ¡Oh Dios mío! – exclamaron algunos de los transeúntes y vendedores, echándose hacia atrás. Se tapaban las bocas con la mangas,  temiendo que se tratara de un leproso o un maldito.

Sin embargo, el padre de Tomoi no pudo ignorarle, tuvo piedad de él y lo llevó a su casa, en donde su mujer se ocupó de cuidarle con lo poco que tenían.
_ Sólo está falto de comida, agua y reposo. Se pondrá bien – le dijo a Tomoi la madre, al ver al niño parpadear curioso ante su nuevo compañero de  habitación.

Cuando el hombre despertó, palpó el viejo futón* en donde estaba acostado y miró alrededor algo confuso. Se vio en aquella pequeña y humilde habitación, con un niño recostado sobre otro futón, al lado del suyo. Las cosas que le pertenecían, sombrero, bolsa y sandalias, estaban colocados con minuciosidad sobre una caja de bambú que hacía de mesita.

_ Lo siento muchacho, he invadido tu casa…- su voz sonó ronca pero fue volviéndose más amable al carraspear, probablemente llevaba mucho tiempo sin pronunciar palabra. ¿De dónde venía?, ¿Cuántos lugares había visitado?, ¿Por qué viajaba?. Tomoi tenía muchas cosas que preguntar pero no se atrevía.

_ Mi nombre es Hiroaki – se presentó, sentándose sobre sus rodillas y agachando un poco la cabeza. Sus cabellos eran tan lisos que resbalaron por los hombros hasta tocar el futón. Tomoi estaba absorto en la observación de aquel personaje que acababa de aparecer en su anodina vida.

_ Yo me llamo Tomoi…- al hablar, se dio cuenta de lo infantil que era su voz y se sintió algo avergonzado. Bajó un poco la cabeza también, como venia de presentación, para después mirarle a los ojos fijamente. Por fin se atrevió a seguir hablando:
_Mi padre te trajo a casa. Te desmayaste en medio del pueblo hace como tres días. Madre dice que estás agotado por un largo viaje…

El hombre asintió, tras escuchar al chico, suspiró algo aturdido, y dijo:

_ Qué vergüenza…Perder el sentido así…Bueno…- se frotó la nuca con su gran mano tiznada por el sol- Tengo que darle las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por mí.

Tomoi sacudió la cabeza, expresando que no era en absoluto necesario que lo hiciera. Sus padres siempre le habían enseñado que no se podía ignorar al prójimo en su desgracia e infortunio, porque la vida podía ponerte en su piel y, entonces, no encontrar ayuda en ninguna mano amiga.

_ Vaya, ya está despierto señor – la madre de Tomoi entró en el cuarto con sopa caliente para los dos- No es gran cosa, pero calienta el cuerpo y da algo de vigor.
_ Muchas gracias señora, es de agradecer…- tomó el cuenco y la bebió sin pausa, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano izquierda al terminar – Realmente deliciosa…Hacía mucho que no tomaba una sopa tan buena. Gracias.

Tomoi, imitándole, se bebió su sopa deprisa, mientras observaba los gestos y características de Hiroaki.

_ Y dime chico, ¿estás enfermo? Es extraño ver a un muchacho de tu edad en cama…
_ Sí, está enfermo…- afirmó la madre, mostrándose decaída y algo más enjuta al mirar a su hijo – Pero nadie sabe qué le pasa, ni cómo curarle…

Desolada, salió del cuarto con los cuencos vacíos, como el remanso de esperanza de su alma.

_ En realidad no estoy enfermo – Tomoi le miraba a los ojos. Hiroaki le daba confianza. Tenía ganas de hablar con él, a pesar de haber pasado mucho tiempo a solas, era como si le conociera de siempre- Sólo estoy cansado, siempre cansado.

Tomoi arrugó el ceño, enfadado de nuevo consigo mismo. “Probablemente nací sin fuerzas y sólo soy un inútil…” Pensó cerrando los puños sobre sus piernas, cubiertas por una vieja manta zurcida.

Hiroaki se levantó y fue a rebuscar entre sus cosas, en su gran bolsa de viaje. Sacó una pequeña lámpara y la colocó junto a Tomoi.
El chico observaba atento, y no poco sorprendido ante lo que se podía proponer Hiroaki.

_ No tienes la culpa de lo que te pasa – Le dijo encendiendo la lámpara- Al mirarte a los ojos he podido ver que eres un niño con una luz inmensa en tu interior.
Por esa razón una mariposa duende se ha metido en tu pecho, absorviendo todo la fuerza que tienes. Y la mariposa crece y se hace cada vez más hermosa y poderosa…Hasta que te devora, lo cual significa, que mueres.

Se hizo un silencio absoluto. Un par de gorriones volaron parlanchines cerca de la ventana. Dos segundos más y volvió la calma, las montañas y los campos dormitaban en la siesta.

_ ¿Cómo sabe todo eso?
_ Porque he viajado mucho.
_ ¿Por qué?
_ Porque no quería morir joven. Como tú, tenía que huir de mi realidad para buscar otra realidad mejor. Por eso me puse a viajar. Y conocí a muchas personas,
aprendí muchas cosas y también viví muchas tristezas. Pero lo bueno de los viajes, lo compensa todo.

Hiroaki sonrió. Tenía una mirada amable, que decía mucho de su buen corazón. Tomoi se sentía seguro y en paz, no tenía miedo a lo que acababa de contarle sobre la mariposa duende. Simplemente quería saber más y más. Por lo que pasaron mucho tiempo hablando junto a la lámpara que había encendido Hiroaki.
Hablaron sobre pueblos y ciudades muy lejanas, seres ávidos de poder, seres nobles y santos, seres hermosos y seres terribles. La voz de Hiroaki comenzó a hilarse y enredarse con la luz de la lámpara, que a cada segundo tenía un color distinto, como si gemas de colores fueran reemplazadas en su interior.

Tomoi sintió algo cosquilleandole en el esternón. Primero lo confundió con la inquietud y curiosidad que las historias de Hiroaki le contaba. Pero fue creciendo hasta convertirse en algo palpable, que parecía topar con fuerza contra su corazón, contra sus pulmones, contra su espalda…Sintió una angustia que le asustó y con ambas manos se agarró las ropas sobre su pecho.

_ Ya está aquí – dijo Hiroaki sin ningún cambio en el tono de su voz.

Se acercó más a la lámpara y con ambas manos sugirió la forma de un cuenco a pocos centímetros del pecho del chico.
Subió las manos lentamente desde el esternón hasta la traquea, y de la traque a la boca. Tomoi creyó que algo iba a rasgarle la garganta, soltó unas lágrimas, cerró los ojos y esperó lo peor.

La llama de la lámpara bailó bruscamente cuando una enorme mariposa púrpurea, salió de un sólo golpe de la garganta de Tomoi.

El muchacho tosió mucho, hasta vomitar la sopa que había tomado con Hiroaki unas horas antes. Entre lágrimas, pudo ver como la mariposa se posaba en las manos de Hiroaki, que la observó con  detenimiento durante cerca de medio minuto. Era realmente hermosa y muy grande…
Hiroaki le dirigió a Tomoi una sonrisa y acercando las manos a la llama, murmuró algo semejante a una oración.

La mariposa ardió en la llama encendida menos de un segundo, con un chisporroteo fugaz, y desapareció.
Hiroaki apagó la lámpara.

_ Ya está. La llama de mi lámpara la ha seducido y yo he podido cazarla – le acarició la cabeza al soprendido Tomoi- Ya puedes salir afuera y disfrutar de la vida.

Tomoi no estaba del todo seguro de lo que había ocurrido. Se palpó el pecho y la garganta, respirando aún sonoramente pero cada vez con más facilidad.
Se levantó y dio unos pasos. Estaba extraño…No necesitaba dormir más, y el peso enorme que tenía encima había desaparecido. No podía creerlo…Pero era cierto. Salió corriendo de la casa, descalzo, poniendo a prueba su capacidad pulmonar y la fuerza de sus extremidades.

_ ¡Estoy curado, estoy curado! – gritaba correteando alrededor de los surcos en dónde crecían las verduras de la temporada.

Hiroaki, apoyado en el dintel de la puerta, le observaba con una pacífica sonrisa, asintiendo para sí.
Tomoi no podía ser más feliz: en ese momento, la vida había cobrado sentido de nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Era como descubrir felicidad en cualquier cosa y en cualquier situación.

_ ¡¡Hiroaki san, muchas gracias!! – corrió hacia él e hizo una venia.
_ No hay de qué. Debes decirle a tus padres que tienen las mejores verduras que he probado jamás. Esa sopa era especial…
_ Lo sé, mis padres se esfuerzan mucho cada día – asintió Tomoi, tratando de contener a sus inquietos pies.

Hiroaki rió, comprendiendo las ansias del muchacho por usar aquella energía tan natural, que había perdido durante tanto tiempo.

_ Anda, ve a jugar. Eso es lo que debe hacer un niño – le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Tomoi salió corriendo, primero a darles la noticia a sus padres, que estaban vendiendo en el mercadillo, y después a buscar a sus amigos para jugar tanto como le permitiera lo que quedaba de Sol.

Hiroaki cogió sus cosas, se calzó las sandalias y se colocó su sombrero de peón.
No sin antes observar con calma aquella vieja casa y el plantío de verduras, brillante por el sol de la tarde, comenzó a caminar, sin prisa, calmado, hacia el siguiente pueblo, y así, constantamente, siguiendo la dirección del viento del Sur.

Porque no hay Mundo sin enfermedad ni desgracia, su trabajo no terminaría nunca. Sin embargo era sin duda el mejor trabajo, puesto que le pagaban con mucha vida, con muchas sonrisas como la de Tomoi.
Un paso, otro paso, otro paso más…Las sandalias de Hiroaki se iban llenando de tierra, y su alma de conocimientos y emociones.

El viento del Norte comenzó a soplar, pequeño y tímido, en el pueblo de Tomoi.
Cuando regresaron a casa, Hiroaki no estaba. Le buscaron por todas partes, pero en vano. Tomoi, aquella noche, apenas podía dormir por todo lo acaecido durante el día.
Se dio la vuelta en el futón, cansado de mirar a las estrellas, y allí vio la marca. Un especie de mancha color púrpura en el suelo, en donde la lámpara de Hiroaki se había comido a la mariposa duende.

Sonrió, dio las gracias a Dios por haber traído a Hiroaki a su casa y al poco, se quedó profundamente dormido.

FIN

朋忌 ともい Tomoi

托鉢笠 たくはつがさ Takuhatsugasa tipo de sombrero cónico utilizado mucho en la época Edo.

足袋 たび calcetín japonés para llevar geta o sandalias.

弘安芸 ひろあき Hiroaki

布団 ふとん Futón  (tipo de colchón, cama japonesa que se coloca directamente sobre el suelo)

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