COMO POLVO DE ARROZ

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Como polvo de arroz

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_Llevo dos años buscándole.

Dijo el joven de largos cabellos negros, recogidos con una cinta púrpura en la nuca.

El monje, impasible y calmo, le miraba con seriedad. Un tinte de tristeza aguó sus pequeños ojos cansados.

Estaba el humilde templo rodeado de montañas, en algún lugar al norte de Honshu, en Japón.

_ No puedo ayudarte…- El monje hizo una leve venia, inclinando la rasurada cabeza, haciendo tintinear el rosario que colgaba de su cuello.

Regresó a sus quehaceres sin más.

Una hoja de castaño cruzó el aire en un gracioso zigzag, frente a la nariz del joven, que suspiró resignado – y por alguna razón ciertamente aliviado- cerrando los ojos por un instante.

El otoño le había alcanzado.

Sus pies, fuertemente vendados con tiras de algodón, calzados con rústicas sandalias, habían pisado mil veces cien, todo tipo de caminos, aldeas y puentes.

Había visto a las bellas geishas caminando con paso pequeño sobre sus sandalias de madera lacada llamadas Zori, en las calles de Gion.

Compró una campanilla en una de las paradas de la feria del viento y comió Mitarashi dango y manju relleno de pasta de alubias rojas, sentado en un banco de madera frente a una tienda de kimonos.

Observó cómo los niños aprendían a leer y a escribir, en las escuelas llamadas Terakoya, empuñando pinceles que empapaban en tinta oscura como la brea.

Se había cruzado con algún que otro samurai y había visto salir de puertos, barcos hacia Occidente.

Algún día, probablemente, terminaría en uno de ellos…

Ahora seguía caminando, con su bolsa al hombro y un largo bastón de madera de sauce, atravesando los verdes ejércitos de bambúes de Kyushu.

Los pies le ardían: pronto tendría que parar a descansar.

Un par de Gorriones de Java acompañaron sus sueños durante la siesta. Los blancos Bunchou se besaban el pico entre las zarzas, sin miedo al durmiente.

***

Despertó de repente, sorprendido por el ruido del follaje al ser removido, justo a su derecha.

_ ¿Quién es…? – preguntó tras esperar unos segundos la aparición de algún animalillo curioso- … ¡Un niño!

_ ¡No soy un niño! – replicó frunciendo el ceño un muchachito de unos ocho años, armado con arco y flechas.

El joven viajero sonrió, volviendo a apoyar sus cansadas espaldas contra el tronco de un árbol.

_ ¡Tu nombre! – le gritó arrogante el chiquillo, apuntándole con el dedo.

El viajero no veía ninguna malicia en los ojos del pequeño arquero. Era un niño franco, honesto y directo.

Le dijo su nombre y le ofreció un taiyaki que había comprado hacía dos días en una casa de té.

_ Ya no me queda dinero…

_ Pues caza – resolvió el niño masticando con avidez el delicioso dulce – ¿O es que quieres morir de hambre?

_ No me voy a morir de hambre – repuso con absoluta seguridad.

_ ¿Tienes más de ésto? –preguntó limpiándose la boca con un presto manotazo.

_ No, lo siento.

_ Pues te vas a morir…

_ Ya te dije que no moriré de eso…

_ ¿Por qué?

_ Porque estoy buscando a alguien. No puedo morir sin haberle encontrado…

Sus ojos negros brillaron como dos gotas de leche sobre pizarra.

El pequeño arquero quedó fascinado por la determinación de aquel joven.

Semejaba el polvo de arroz que se escurre de entre las manos de quien amasa.

Blanca arena que deja huella.

Se despidieron al alba.

Cada uno de ellos tomó un camino.

Dos vidas, dos historias, acababan de cruzarse en aquel claro de bosque, entre sauces y castaños.

Pero para el viajero, aquella persona, aquella vida, aquella historia, era tal vez la penúltima de muchas otras que había ido encontrando a lo largo de su viaje durante dos años, con sus cuatro estaciones dos veces vividas, en el país del sol naciente.

***

Alcanzó finalmente una inmensa extensión de arrozales, salpicados aquí y allá por casas de madera, humildes, pequeñas y de aspecto tan quebradizo como el de las espigas secas en Agosto.

Una mujer, el kimono arremangado y las manos metidas entre las aguas enturbiadas por el fango, le miró sonriente, convirtiendo su rostro con tal gesto, en una red de mil arrugas, ocultándose los ojitos, como lunas menguantes, entre las cejas blancas y los marcados pómulos tostados por el sol.

La anciana, caminó deprisa, encorvada, aún las manos empapadas, hacia la casa que aromaba el lugar con el olor a pescado asado, soja fermentada y arroz hervido con col.

Le ofreció de comer, como si se tratase de su propio nieto, sin hacer preguntas, sin buscar razones.

Cuando el joven dejó los palillos sobre el tosco pocillo bien arrebañado, la buena mujer le indicó cómo llegar hasta el templo más cercano.

_ Muchas gracias abuelita – inclinó la cabeza el muchacho, aguantándose las ganas de abrazar a la tierna madrecita trabajadora.

El camino serpenteaba, giraba y torcía a derecha e izquierda, franqueado por centenarios árboles de hoja caduca y matorrales abrazados por zarzaparrillas y esparragueras.

Olía a setas y moras.

El sol comenzaba a dormitar, rosado y pálido.

Aquella señora de los campos de arroz… ¿sería la penúltima persona de su largo viaje? ¿O tal vez lo fue el arquero de los bosques de Kyushu?

Quizás ahora encontraré a la penúltima persona de mi viaje…” Pensó hincando el bastón en la tierra, removida por otros viajeros, otros pasos y otros bastones.

En el templo le esperaba otro monje, calzado con sus waraji, unas sandalias de paja entrelazada que rodeaban los tobillos y los pies.

Esta vez se trataba de un hombre joven, alto y solemne, que le recibió con curiosidad, hablando bastante y haciendo preguntas, acompañándole a una sala en la que le sirvió té, para seguir preguntándole sobre un sinfín de cosas, en una conversación inconexa pero amena que relajó la mente del joven peregrino.

_ ¿Y qué es lo que andáis buscando, muchacho? – preguntó, frente a frente con el chico, sentados ambos sobre sus rodillas frente a los vasos, cuencos y utensilios típicos de la ceremonia del té.

El trotamundos suspiró, deseando que tampoco aquella persona supiera contestarle.

Porque él quería seguir viajando.

Ya hacía tiempo que había olvidado la auténtica razón por la que comenzó a caminar, dejando su casa atrás.

Así que no hacía más que preguntarles a todos los que se iban cruzando en su interminable marchar:

_Estoy buscando a la persona que dé fin a mi viaje. ¿Eres tú?

Por supuesto, nadie sabía responder a tal pregunta.

La persona que dé fin a mi caminar…

Hasta que la encuentre, las manos que se me ofrezcan, serán para mí siempre la penúltima persona.

El auténtico sentido de mi viaje.

FIN

Yrene Yuhmi 2007-06-30

GLOSARIO:

Mitarashi dango: Bolas de arroz endulzadas con jarabe de soja, azúcar y almidón; suelen tener tres colores distintos, siendo más populares entre los niños y las mujeres.

Manju: dulces de arroz redondos, generalmente rellenos de pasta de alubia roja.

Bunchou: Gorriones de Java

Terakoya (寺子屋, literalmente “escuelas templo”) Instituciones educacionales privadas en las que se enseñaba a los niños de los japoneses plebeyos a leer y escribir durante el período de Edo.

Taiyaki (鯛焼き, Taiyaki), literalmente “brema de mar horneada,” Es un pastel japonés en forma de pez. Normalmente está relleno de pasta dulce de alubia roja.

Waraji: sandalias que suelen calzar los monjes budistas japoneses.

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Acerca de yreneyuhmi

Escritora, dibujante, lectora, eterna estudiante, aprendiz de la vida. Adoro a los gatos, a los libros, me encantan los refrescos con gas y los dulces. Me gusta mucho Japón...De hecho creo que mi corazón es japonés al 100% ^__-) 小説家、イラストレータ、漫画家、読者、永遠に学生、人生の見習いです!猫、本、ラムネと和菓子、洋菓子も大好きですよ。ニッポン愛していますよ!実は私の心が100%日本人です!^^

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  1. bonita historia hermana, tal vez es la de mucha gente que pasamos la vida buscando…esa ultima persona, hay que segir la vida es eso un largo camino en busca de la verdad y nunca termina.

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