LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 3 FINAL (+18 años)

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CORBAN, JARA Y SAMUEL

Jara entró brusca, haciendo que la puerta golpeara las perchas de hierro que colgaban detrás.

_ Samuel.

No gritó pero el tono resultó más hiriente que si hubiera gritado.

Estaba furiosa. O más bien dolida. Samuel conocía bien a su hermana. Era una de esas personas que se hacen las fuertes cuando en realidad, no lo son. Reconocía aquella expresión: estaba al borde del llanto, pero no lloraría.

Llevaba, como siempre al llegar a casa, los zapatos en la mano, colgando de las tiras que solía atarse a los tobillos.

Femenina, hermosa, caprichosa, tierna, temperamental… ¿Cómo no sentirse frustrada? Él, que era un hombre, se había acostado con su novio.

Aunque Samuel no podía arrepentirse. Y volvería a hacerlo, sin importarle cuánto sufriera su hermana.

Jara respiraba cada vez con más dificultad, los ojos ardían, los labios temblaban.

Aquel Samuel conforme y dispuesto, le enfurecía.

_ ¡Maldita sea!- gritó lanzándole los zapatos con todas sus fuerzas.

Samuel escudó su rostro con ambos brazos, instintivamente.

Los tacones golpearon el hombro y una de sus manos, rebotando después, estampándose contra la estantería. Un par de libros cayeron boca abajo, dobladas las hojas como una baraja de cartas.

_ Lárgate de mi casa… ¡No quiero ver tu cara en mi vida! – tomó aire, el silencio de Samuel dolía- ¡Que te largues de una vez!

Ahora era Samuel quien quería llorar.

Al poner los pies en el suelo, dejando la cama revuelta a su espalda, vio las tapas de los libros caídos.

Eran libros infantiles, aquellos que solían leer juntos hacía apenas una década.

Algo tan tonto como un par de libros, hizo que un millón de sensaciones y recuerdos, revivieran en la mente de Samuel.

Jara siguió la mirada de Samuel, vio los libros, apretó los puños y dio media vuelta.

_ Voy a dar un paseo…Cuando vuelva no quiero verte aquí.

Samuel se quedó de pie junto a los libros hasta que escuchó la puerta de la calle cerrarse de un fuerte golpe.

* * *

Samuel se pasó la tarde caminando junto a la playa, en aquella larga avenida de grecas rosadas y beiges, de altísimas palmeras.

Sandalias y pantalones de bajos gastados, el cuello tostado por el sol y las manos en los bolsillos.

No tenía a dónde ir.

Era un hecho y no una de sus intuiciones, que de niño profetizaba medio en broma, dejando estupefactos a los mayores.

_ De mayor creo que seré indigente.

_ ¿Qué dices niño?

Se reían y todo quedaba en nada.

Recordando aquellas palabras, aquel Samuel pequeño, siempre pegado a su hermana, poco hablador, pero risueño…Le dio por sonreír tristemente, sin importarle cómo le miraba la gente al cruzarse con él. ¿Se acordaría Jara de sus predicciones infantiles?

Samuel estuvo mirando como anochecía, el viento se levantó, la piel se le enfrió.

No había casi nadie en las calles. Pensando, se le habían ido las horas. Y como tenía la costumbre de no llevar reloj, no tenía ni idea de en qué hora estaba.

Ni siquiera podía mirar a las estrellas: estaba muy nublado.

Sentado en uno de los bancos de piedra que miraban al mar, fijó sus ojos doloridos, frotados y secos, en el solitario, inmenso, terrorífico océano.

“¿Te da miedo el mar?” le preguntaba Jara cuando eran niños.

“Sí…Pero me gusta mucho. Es raro ¿verdad?” le respondía él.

“No es raro: lo que amas, lo que admiras, lo que deseas, suele asustar”

Nunca había entendido aquellas palabras.

Hasta ahora.

Hasta que Corban apareció, tomando el corazón de ambos, transformándolo todo.

Podía entender lo mucho que Corban se parecía al mar. Era un terrorífico, indescifrable, fuerte dios de pensamientos ocultos, como lo son las aguas más profundas, los abismos…

Le atraía y quería caminar hacia él, tocarle y ser tocado, a sabiendas de que aquello significaría su perdición.

Grandes gotas de lluvia cayeron aquí y allá: clap clap clap…Cada vez más fuerte, más deprisa, más espeso y violento el aguacero.

Samuel caminó sin prisas, dejando que la lluvia le empapara. Ya le importaba todo muy poco.

Los pies bailaban dentro de las sandalias. Resbaló y cayó sobre los codos en la empapada acera desierta.

_ Qué gilipollas…No sé si hay alguien más patético…- dijo en voz alta, arropada la voz por el rugido amable de las lluvias.

En la oscuridad, escuchó el sonido de unos pasos. Levantó la cara, llena de rasguños.

Corban, la cabeza cubierta con la capucha de la sudadera, las manos en los bolsillos, le miraba seriamente, casi inexpresivo. “O tal vez soy yo, que no acierto a ver con claridad…”

Samuel estaba calado hasta los huesos. No le dolía nada, pero notaba cómo se le entumecían los dedos de las manos y de los pies.

“Más patético imposible…” Intentó levantarse, chorreando, los cabellos pegados a la cara y los labios goteando agua de cielo.

La mano de Corban le sorprendió.

Se había inclinado, acariciándole la mejilla:

_ Qué piel más fría…

Samuel, a medio incorporar, se quedó inmóvil, en trance, con los ojos muy abiertos, mirando aquellos labios de los que siempre surgían palabras que terminaban confundiéndole.

_ Aún recuerdo lo caliente que estaba tu cuerpo aquella noche…

Le cogió del brazo y lo levantó.

Samuel suspiró, enjugando su cara en vano, con el brazo desnudo. Había salido en camiseta de manga corta y sandalias, sin un duro, sin bolsa ni pertenencias.

_ ¿Con las manos vacías?

_ Sí…Es que no necesito nada.

_ A no ser que te consideres muerto.

_ Podría ser.

Corban apartó los cabellos de la frente de Samuel. Estaba extraño. Aquella noche Corban parecía otra persona.

Como el cambiante mar, mostraba mil facetas.

_ ¿No preferirías…considerarte vivo por mí?

_ Y porqué iba a hacerlo por ti… -susurró levantando la mano lentamente hasta tocar los dedos de Corban.

_ Porque yo siempre consigo lo que quiero. Porque me da la gana.

_ Eres un egoísta.

_ Todos deberíais serlo.

Samuel temblaba, aunque no se daba cuenta. Sólo tenía ojos para Corban y su sensual voz, viril y deliciosamente adictiva.

Corban le atrajo hacia sí con un gesto ágil, tomándolo por la cintura.

Lo apretó contra sí, mirándole a los ojos, honesto:

_ Acuéstate conmigo, te calentaré…

_ ¿No tengo alternativa?

_ No la tienes…

Le besó, tomándose su tiempo, despacio al principio, apasionado, determinado, caliente al final, perdiendo los dos el ritmo de la respiración, debajo de la lluvia que ya cesaba.

_ ¡Eh! ¡Esos dos idiotas de ahí!

Jara les observaba a pocos metros, los brazos cruzados, el cabello mojado, muy rizado, echado hacia atrás.

Se acercó, con paso decidido.

Corban y Samuel estaban más que sorprendidos: no podían reaccionar. Aquello no se lo esperaban.

Corban la miró expectante y Samuel se pasó la mano por el pelo empapado, nervioso.

_ Dios los cría y ellos se juntan…- les dijo, los labios frambuesa y los ojos negros febriles, como salpicados por la lluvia apenas caída.

Alargó las manos, blancas, de largos dedos de pianista, sin anillos.

Tomó el brazo de uno y del otro y estiró de ellos.

_ Tres idiotas sin remedio… ¿serán menos idiotas si se juntan?

Corban la miraba con cierto orgullo, sonriendo pícaramente.

Samuel se agarró bien a la mano cálida de su hermana.

_ ¿Hacemos un trío? – le preguntó Corban.

_ Vete a la mierda, cerdo…Me has hecho una putada, págame unas copas…al menos.

Jara se puso en el medio de los dos y comenzó a caminar obligándoles a seguir su paso.

Faltaban todavía tres horas para el amanecer.

Aquellos tres idiotas desaparecieron avenida arriba: empapados, de manos vacías, pisando sobre los charcos.

Probablemente no lo sabía ninguno de los tres, ni lo creerían si se lo dijéramos. Que la historia que habían comenzado a escribir juntos, era una historia de amor.

EPÍLOGO

LA VOZ

Jara y Samuel convivían, pero la barrera entre ambos era impenetrable, irrompible.

Samuel iba y venía, a las clases, a la playa, a los pubs…Ella iba y venía, al trabajo, a la comprar, a los pubs.

Locales de música alta, humo y calor: la noche de verano en una ciudad de playa.

Los hermanos se cruzaban como se cruzan dos desconocidos. Jara seguía recordando la escena del instituto, a pesar de los años pasados. Era como si hubieran pasado apenas dos horas.

Una imagen vívida, un reflejo pertinaz en la niña de sus ojos.

Una madrugada de domingo Jara y Samuel llegaron al apartamento a la vez.

Subieron juntos en el ascensor.

Jara se miraba los dedos de los pies, incómoda.

Samuel se frotó los ojos y suspiró.

_ Me muero de sueño.

Jara le miró, recelosa. Podía ver en sus rasgos al hermano que tanto había admirado y querido. Por unos segundos, su ser volvió diez años atrás y con ella, la figura de su hermano de quince años.

La forma de llevar los pantalones, en la cadera, y las sandalias gastadas, le recordaron al Samuel de los veranos. Casi sonrió.

_ ¿Tú no tienes sueño? – le preguntó a Jara, con los ojos medio cerrados, enrojecidos.

_ Claro…Me voy a pasar el día durmiendo.

_ Pero primero desayunamos.

El ascensor dio una sacudida y se detuvo.

Entraron en el apartamento.

La luz lo invadía todo, los muebles blancos les daban la bienvenida, el olor a pan de molde y café adornaba la pequeña cocina. Lo último que habían comido la tarde anterior.

Así que…Las tensiones se rompen a pesar de los traumas, si se trataba de hermanos….” – pensó Jara dejando el bolso sobre el sofá.

Se tomaron el café juntos y Samuel se llevó la bolsa de magdalenas a la habitación, deshaciéndose de las sandalias mientras iba caminando, haciendo zigzag, somnoliento.

Jara se quedó un rato más, sentada en el alto taburete, mirando al vacío.

De repente, escuchó la puerta del ascensor y el tintineo de unas llaves.

El dueño de la voz” estaba allí.

Hablaba probablemente con alguien por el teléfono móvil.

Jara se levantó decidida.

No iba a quedarse toda la vida dudando, huyendo de aquella persona…Después de todo le atraía, aunque solo fuera una voz.

Abrió la puerta y la cerró tras de sí, dejando a Samuel durmiendo en su cuarto.

En el rellano de la escalera se encontró cara a cara con él.

_ Hace tiempo que escucho tu voz…Me gusta – le dijo Jara con una sonrisa.

_ Gracias…

_ ¿Tiene nombre…tu voz?

Él rió, divertido. Tenía un aire de impertinente, de vividor.

_ Corban…Corban es mi nombre.

Se acercó a ella, inclinándose lentamente.

Le besó muy cerca de los labios, en la comisura derecha.

Olía a mar, a olas y a arena.

Intimidaba, asustaba, ocultaba…Como las aguas de los océanos.

Como los mares de las sirenas, despertaba grandes deseos y alimentaba pasiones.

Jara creyó ver en aquellos ojos oscuros, el mismísimo rostro de la traición.

Pero se dejó llevar…Encantada por la voz de las náyades.

FIN

Yrene Yuhmi

2007 Junio

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Acerca de yreneyuhmi

Escritora, dibujante, lectora, eterna estudiante, aprendiz de la vida. Adoro a los gatos, a los libros, me encantan los refrescos con gas y los dulces. Me gusta mucho Japón...De hecho creo que mi corazón es japonés al 100% ^__-) 小説家、イラストレータ、漫画家、読者、永遠に学生、人生の見習いです!猫、本、ラムネと和菓子、洋菓子も大好きですよ。ニッポン愛していますよ!実は私の心が100%日本人です!^^

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