LA AVENIDA DE LOS TRES IDIOTAS capítulo 2 (+18 años)

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CORBAN Y SAMUEL

_ Quiero ser tu error, estaré dispuesto a asumir las consecuencias. Equivócate conmigo.

_ Me arrepentiré yo – dijo Corban aplastando el cigarrillo en la panza del cenicero- Pero eso no me preocupa tanto como… – se detuvo, vacilante, sin apartar la vista de sus ojos.

_ ¿Cómo qué?

_ Como el hecho de que te arrepientas tú.

_ ¿No quieres que me arrepienta?

Se incorporó, acercándose a él.

Le tomó de la barbilla e hizo el amago de besarle. Pero se paró a medio milímetro.

El aliento de ambos acarició la punta de la nariz y jugueteó en las mejillas.

_ Sabes que no te quiero.

_ Lo sé…

Los gritos y el jaleo de la fiesta llegaban molestos, desde la habitación de al lado. Como si fuera aquel otro un mundo ajeno, extraño; imposible poner el pie en él.

Corban tiró de su mano, arrastrándole hacia el porche.

Bajaron corriendo las escaleras de madera gastada por el aire y la sal, y descalzos, casi corrieron, aguzados por la excitación, sobre la arena ya fría, un tanto húmeda.

El mar estaba calmo y la luna manchaba de plata el negro de las aguas.

Dejaron atrás la casa, los amigos, la realidad.

Aquella noche de luna, eran cazadores de una fantasía.

Aun las manos cogidas, miraron el mar.

El silencio, la brisa salada y el hipnótico ir y venir de las aguas tenían la fuerza de una afrodisíaco.

Él soltó su mano de repente, empujándole, echándole sobre la blanca arena, muy cerca de la puntilla del mar, espuma de agua.

_ Dilo, dime que no. Apártame – le pidió Corban.

Samuel calló, el corazón alborozado, sintiendo el lecho de arena debajo de sus espaldas, aprisionadas por el golpeteo frenético de su corazón. Sus caras estaban tan cerca que creía iban a fundirse en una sola persona.

_ Es ahora o nunca – le dijo mientras separaba con el pie las rodillas del joven – Una vez empiece, por mucho que me digas que pare, no me detendré – su voz le dejaba en trance. Sólo podía mirarle los labios.

Levantó los brazos abarcando las anchas espaldas, sus dedos arrugando la camiseta.

Esa fue su única respuesta.

El agua se acercó un poco más, curiosa, mojándoles los pies. Pero la temperatura de los cuerpos era tan elevada que la frescura del mar no les molestó.

Al tiempo que el agua les empapaba, se besaron sin escrúpulos, sin esperas, sin miedos, desinhibidos, salvajes.

Lengua con lengua, comiéndose la boca, sonoramente, lamiendo, mordiendo, chupando. Los corazones latiendo a toda prisa, aferrándose al beso como la luna a la noche.

Sus labios eran como narcótico, su cuerpo una droga de efectos eternos.

Se tomaron un respiro tras aquel beso hambriento, cargado de lujuria.

Samuel rió, mirándole a los ojos, respirando a bocanadas.

_ ¿De qué te ríes?

_ Estoy nervioso…

_ Pues aún no hemos hecho nada… – susurró pícaro, los labios muy cerca de la oreja.

_ ¿Y mi hermana? …- murmuró esforzándose por no deshacerse en gemidos antes de tiempo, la cabeza echada hacia atrás, sin resuello, sintiendo como los dedos de él recorrían su pecho.

_ ¿Hmm? – él se concentraba en besar aquel cuello, largo y suave, ligeramente salado- ¿Por qué hablas de Jara ahora? ¿No es estúpido…a estas alturas? – le metió la mano en la entrepierna, bajando la goma de los pantalones.

_ Sí…es estúpido…- se pegó más a él, deseando perder todo raciocinio, olvidarlo todo, centrarse sólo en ellos dos y en aquel preciso momento.

Apurando el aire que restaba entre los dos, Corban lamió la línea que bajaba desde el lóbulo de la oreja hasta dónde reposaba la cadena de plata de la que colgaba una pequeña cruz.

_ Hazme olvidar…por favor hazme olvidar…

Sin darse cuenta, la angustia de los últimos días, la tonta sensación de felicidad que ahora le embargaba, tocando, palpando y besando…Todo terminó transformándose en lágrimas descontroladas.

Caliente su llanto, helados los cabellos, Samuel sollozaba metiendo la cara en el pecho de Corban.

_ ¿Qué pasa…?

_…

Samuel tragó saliva, cerrando los dedos sobre la camiseta, a ambos costados del torso de Corban.

_ Nada…- gimió Samuel, respirando hondo -…Nada…

_ Si lloras ahora… ¿qué harás después? – le dijo lamiendo el camino abierto por las lágrimas, mejillas abajo.

Las olas parecían querer unirse a ellos. Se crecían y hacían más ruido. La brisa levantaba bolsas en las camisetas.

Corban le había bajado el pantalón. Apretaba a manos llenas, la parte interna de los muslos. El tacto de la carne cálida, algo húmeda y vibrante, trémula, tierna, le puso a cien.

_ Corban…Te quiero…- Samuel buscaba sus ojos, su boca. Las manos se le iban solas acariciando aquel rostro de mandíbulas ligeramente anchas y ojos oscuros.

_ No digas eso…me cortas el rollo…- mordió en el hueco entre la clavícula y el hombro, ansioso. Podía sentir la sangre y el fuego agolparse abajo, en su entrepierna.

Su respiración jadeante asustaba a Samuel. Era como si estuviera en manos de una bestia presta a devorarlo.

Corban bajaba desde el pecho de Samuel hasta más abajo del ombligo, besando y mordiendo con cuidado, cada pequeño rincón de aquel cuerpo que no dejaba de estremecerse.

¿Cómo podía ser tan sensitivo, un cuerpo tan poco femenino, tan plano y recto?… El pulso seguía acelerándose. El calor subía.

Los cabellos de Corban le hacían cosquillas en el vientre. Corban besaba y palpaba con ternura los testículos, atento a las reacciones de Samuel.

Era más fácil de lo que pensaba, sabía perfectamente cómo hacer que sintiera placer.

Samuel podía ver el solemne cielo estrellado por encima de los hombros de Corban.

Los labios abiertos al aire del mar, Samuel cerraba los ojos de vez en cuando, soltando suspiros y gemidos, mientras Corban usaba su boca hasta hacer que se corriera.

Mirando al cielo, el pecho agitado, las manos calientes sujetándose a los hombros de Corban, no dejaba de repetirse, más desesperanzado que nunca:

“Qué alguien me lo de…Por favor. Que alguien lo haga mío. Ya que yo nunca seré capaz de lograrlo por mí mismo…”

Corban levantó las caderas de Samuel. El sonido de la cremallera bajando, los sonoros suspiros -casi gruñidos-, las manos grandes, bruscas, avisaban a Samuel de lo que iba a ocurrir en pocos segundos: el corazón se detuvo incierto, asfixiado durante un par de segundos.

Los dedos de Corban abriendo las tiernas paredes internas entre las nalgas, hicieron que Samuel diera un brinco, asustado. Forcejeó instintivamente.

Corban le sujetó con un violento movimiento, ansioso, mirando a ninguna parte con furia, concentrado en tomarle por la fuerza y satisfacerse.

_ ¡Corban…!

El mundo entero, la noche, la luna: eran latidos de su corazón. El único sonido, fuerte, omnipresente, terrorífico.

Respiraba como si estuviera ahogándose, gritaba sin saberlo, apartando a Corban con todas sus fuerzas.

Pero era en vano, no supo cuánto tiempo estuvo intentando rechazarle: sólo supo que el instante en que Corban le penetró, llegó por sorpresa, demasiado tarde, porque la expectación le pareció eterna; demasiado pronto, porque no podía creerse que aquello estuviera pasando de verdad…

Por mucho que lo hubiera imaginado, deseado…aquel Corban haciéndole el amor, las fuertes, dolorosas penetraciones, el agitado resuello, el sudor, el movimiento rítmico, sobre un caos de arena revuelta y mojada: todo era un mundo extraño, impredecible, algo inconcebible y raro.

El miembro duro de Corban le llenaba el cuerpo de calor, le abrasaba.

No tenía dónde cogerse, mas creyendo que acabaría partido, roto por el dolor, se aferraba al cuerpo de aquel que lo estaba destruyendo.

Su mente estaba en blanco, pensó que iba a perder el conocimiento. Entonces Corban lo obligó a montarle: de un rápido giro, sin retirar el pene, colocó a Samuel sobre sus caderas.

Samuel sintió una sacudida y gritó.

Corban sonrió endiabladamente, corriéndose dentro de aquel cuerpo fibroso y moreno por el sol de agosto.

Porque aquel último grito no había sido de dolor, sino de puro, loco, exagerado placer.

Samuel notaba como el miembro de Corban tocaba alguna extraña, desconocida fibra vibrante, deliciosa, dentro de sí.

Sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, el cuerpo se abandonaba a un movimiento de balanceado demente, imparable.

Le montó mientras Corban apretaba con ambas manos las caderas del joven hacia abajo, apurando todo espacio entre los dos.

Arqueó la espalda Samuel, gimiendo, sudando, corriéndose sobre el vientre de Corban.

La imagen se recortaba sobre el mar, entre luces y sombras, por culpa de la luna curiosa.

Ninguno de los dos sabía que había alguien más en aquel pedazo de playa que ocultaba a duras penas su secreto sexo al anochecer.

Jara se dio la vuelta y regresó a la casa, a su supuesta fiesta de principio de vida en pareja…

Aquella escena se le quedó grabada a fuego. Repugnancia, odio y dolor marcaron la noche de su vida. De nuevo…

Por segunda vez, Samuel, le había vuelto a hacer daño.

SAMUEL

_Me pones mucho más que tu hermana.

Eso es lo que le había dicho Corban, aquella tarde en que coincidieron en el apartamento de Jara.

Hacía ya tres meses que Jara y Corban salían juntos.

Samuel no podía negar que le gustaba Corban, aunque claro, tampoco podía confesarlo.

Se limitaba a observarle, disimuladamente, no poco celoso de su hermana.

“Soy de lo peor…” solía pensar, acongojado por la culpabilidad.

Cada vez que descubría a Corban abrazando a Jara, las manos grandes, de dedos largos, bordando la espalda de ella, los besos largos, las risas compartidas…Se le rompía el alma.

Él era sólo un patético observador…

¿Cómo iba a imaginar nunca que de hecho estaba siendo observado?

_ Voy a cambiarme, ¿quieres café? – Jara cogía los zapatos por las tiras, y corría descalza hasta la habitación. Samuel leía una revista sentado en cuclillas sobre el sofá – Samuel, ponle un café con hielo, está preparado.

Su hermano no contestó. Se había puesto rojo hasta las orejas. Se lo pensó mucho antes de levantarse para servirle en café. “¿No podía hacerlo él solito?”

Corban fumaba sentado en un taburete alto, cerca del balcón. Era un tipo pagado de sí mismo, pero con razones. Uno de esos tíos que parecen tenerlo todo, envidiables, determinados, sin complejos. Su mirada ausente parecía decir “el mundo me aburre, porque estoy por encima de todo ésto…”

Samuel dejó caer los cubitos de hielo en el aromado líquido oscuro.

Le sudaban las manos.

No sabía que desde su taburete, Corban le estaba mirando las espaldas y el trasero, dejando colgar el cigarrillo de su labio inferior.

Los cabellos castaños de Samuel, se arremolinaban traviesos en la nuca.

Cuando se dio la vuelta, le sorprendió enormemente la expresión libidinosa de Corban. Le estaba desnudando con la mirada. Los ojos le brillaban como nunca.

Se reparó un tanto, con el rabillo del ojo buscó a su hermana, que debía de ser la única dueña de aquella mirada.

Pero podía escuchar a Jara cantando en voz baja en su habitación, probablemente, probándose ropa.

Estaban los dos solos.

La cucharilla osciló en el platito, que sujetaba a duras penas con sus entorpecidos dedos.

Tragó saliva, asustado de sí mismo. De meter la pata, derramar el café, hacer el ridículo… ¿Desde cuando actuaba como un adolescente inseguro? Ya tenía veinticinco años…

Corban sonrió por lo bajo. Samuel frunció el ceño. “Vaya actitud… ¿se ríe de mi?”

Le tendió la taza de café:

_ Aquí tienes…

Corban estiró de aquella mano, de muñeca demasiado pequeña, fácil de quebrar. Se derramó el café y la taza rodó dos pasos más allá, hasta chocar contra las patas de una silla.

_ ¿Qué coño haces?

Corban sujetaba la muñeca, atrayendo hacia él al nervioso joven.

_ Ya lo limpiarás después…Ahora hazme un poco de compañía.

Samuel estaba paralizado. Unos centímetros más y podría haber tocado el pecho ancho, fuerte, de Corban.

_ Estás loco… – dijo evitando mirar hacia aquellos ojos grandes y almendrados, de lobo hambriento.

_ ¿Tienes miedo?

Se reía de él.

A pesar de lo mucho que le atraía, aquello era humillante.

Enfurecido, le apartó de un manotazo y se marchó, cruzándose con Jara camino de su habitación.

_ ¿Qué ha pasado? – preguntó ella, ocupada en ponerse uno de los pendientes.

_ Nada…Le he tomado el pelo y se me ha enfadado. ¿Nos vamos?

Jara, por un segundo, le miró seria, amargamente. Echó una ojeada rápida a la mancha de café y a la taza. Los cubitos de hielo se habían derretido ya, formando un par de charquitos aquí y allá.

Sin decir nada se dirigió hacia la puerta, cogiendo las llaves del coche de la mesilla del recibidor.

Corban la cogió por detrás, sujetándola por la cintura.

_ ¿Algo por lo que te sientas culpable, Corban?

Su voz sonó dolida y seca.

_ Nada. Nada en absoluto.

Pasó la mano por la nalga, prieta y vestida con aquella falda corta de tela viscosa.

Por supuesto que Jara lo sabía. Todo: sobre su hermano y sobre su novio.

Pero no tenía opción: o le exigía y le perdía, o se conformaba y le tenía.

Todo para él, era cuestión de placer, carne y sexo.

Nada que ver con el amor.

…Probablemente…

Pero a ella, le bastaba y sobraba.

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Acerca de yreneyuhmi

Escritora, dibujante, lectora, eterna estudiante, aprendiz de la vida. Adoro a los gatos, a los libros, me encantan los refrescos con gas y los dulces. Me gusta mucho Japón...De hecho creo que mi corazón es japonés al 100% ^__-) 小説家、イラストレータ、漫画家、読者、永遠に学生、人生の見習いです!猫、本、ラムネと和菓子、洋菓子も大好きですよ。ニッポン愛していますよ!実は私の心が100%日本人です!^^

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