Hiroaki y la mariposa duende

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Érase una vez un niño de doce años llamado Tomoi, que tenía un gran problema: siempre estaba cansado. No importaba cuánto durmiera, siempre tenía sueño. Por mucho que comiera, las fuerzas le fallaban y los párpados le pesaban. Cada día para él, era un día más lleno de aburrimiento y desolación.
Sus padres, preocupados, pagaban al doctor lo poco que ganaban cultivando su pequeña parcela de tierra,
en las faldas del Monte Fuji, pero por muchas medicinas que le recetara, Tomoi seguía exhausto, sin poder levantarse de la cama.

_ ¡Tomoi! ¡Vamos a jugar! – le gritaban sus amigos desde el camino que cruzaba frente a la vieja casita destartalada.
_ Lo siento niños – les decía su madre, ocupada en recoger los espárragos del huerto – Tomoi no puede jugar todavía…

Los niños, con un profundo gesto de decepción, se marchaban dando patadas a las piedrecitas del camino, hablando a gritos, enérgicos, alegres…Todo lo contrario a Tomoi.

Aquel día era exactamente igual a todos los anteriores desde que Tomoi nació.

La madre de Tomoi miró hacia la casa suspirando hondamente. ¿Qué habían hecho mal, para merecer aquello?
Por supuesto que Tomoi, no era tonto, y sabía perfectamente todo cuanto sus padres hablaban, ya fuera entre ellos por las noches, angustiados por la situación, como con el médico del pueblo, que sólo les podía animar diciéndoles aquello de “El buen tiempo hará que se ponga mejor.”

Pero ni la Primavera, ni el Verano, ni el calor del fuego en Invierno, ni la buena comida del Otoño…Nada le hacía sentirse menos cansado.
Tomoi sin embargo, no se desesperaba, quería creer que algún día estaría corriendo junto a sus amigos y ayudando a sus padres en el campo. Cada día que pasaba veía a su padre más encogido y a su madre más agotada…Querría hacer algo por ellos, pero siempre siempre siempre, estaba cansado.

Un Domingo por la mañana, el viento cambio de repente, soplando del sur, tan caliente, que parecía que un enorme ogro respiraba sobre la pequeña villa agrícola.
Un forastero entraba por la parte norte de la villa, con una bolsa de viaje a la espalda y un fuerte bastón de madera.
Sus cabellos negros, largos hasta media espalda, y su rostro de piel oscura, sin afeitar, se vislumbraban bajo el sombrero de forma cónica, el takuhatsugasa* .

Sus tabi* y sus ropajes, semejantes a los de un monje, estaban muy empolvados y llenos de lodo, lo cual hacía pensar que hacía mucho que aquel hombre caminaba sin reposo. Además sus pasos eran como los de un anciano…
Apenas podía más, cuando se desplomó frente al padre de Tomoi, que estaba vendiendo verduras en el mercadillo.

_ ¡Oh Dios mío! – exclamaron algunos de los transeúntes y vendedores, echándose hacia atrás. Se tapaban las bocas con la mangas,  temiendo que se tratara de un leproso o un maldito.

Sin embargo, el padre de Tomoi no pudo ignorarle, tuvo piedad de él y lo llevó a su casa, en donde su mujer se ocupó de cuidarle con lo poco que tenían.
_ Sólo está falto de comida, agua y reposo. Se pondrá bien – le dijo a Tomoi la madre, al ver al niño parpadear curioso ante su nuevo compañero de  habitación.

Cuando el hombre despertó, palpó el viejo futón* en donde estaba acostado y miró alrededor algo confuso. Se vio en aquella pequeña y humilde habitación, con un niño recostado sobre otro futón, al lado del suyo. Las cosas que le pertenecían, sombrero, bolsa y sandalias, estaban colocados con minuciosidad sobre una caja de bambú que hacía de mesita.

_ Lo siento muchacho, he invadido tu casa…- su voz sonó ronca pero fue volviéndose más amable al carraspear, probablemente llevaba mucho tiempo sin pronunciar palabra. ¿De dónde venía?, ¿Cuántos lugares había visitado?, ¿Por qué viajaba?. Tomoi tenía muchas cosas que preguntar pero no se atrevía.

_ Mi nombre es Hiroaki – se presentó, sentándose sobre sus rodillas y agachando un poco la cabeza. Sus cabellos eran tan lisos que resbalaron por los hombros hasta tocar el futón. Tomoi estaba absorto en la observación de aquel personaje que acababa de aparecer en su anodina vida.

_ Yo me llamo Tomoi…- al hablar, se dio cuenta de lo infantil que era su voz y se sintió algo avergonzado. Bajó un poco la cabeza también, como venia de presentación, para después mirarle a los ojos fijamente. Por fin se atrevió a seguir hablando:
_Mi padre te trajo a casa. Te desmayaste en medio del pueblo hace como tres días. Madre dice que estás agotado por un largo viaje…

El hombre asintió, tras escuchar al chico, suspiró algo aturdido, y dijo:

_ Qué vergüenza…Perder el sentido así…Bueno…- se frotó la nuca con su gran mano tiznada por el sol- Tengo que darle las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por mí.

Tomoi sacudió la cabeza, expresando que no era en absoluto necesario que lo hiciera. Sus padres siempre le habían enseñado que no se podía ignorar al prójimo en su desgracia e infortunio, porque la vida podía ponerte en su piel y, entonces, no encontrar ayuda en ninguna mano amiga.

_ Vaya, ya está despierto señor – la madre de Tomoi entró en el cuarto con sopa caliente para los dos- No es gran cosa, pero calienta el cuerpo y da algo de vigor.
_ Muchas gracias señora, es de agradecer…- tomó el cuenco y la bebió sin pausa, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano izquierda al terminar – Realmente deliciosa…Hacía mucho que no tomaba una sopa tan buena. Gracias.

Tomoi, imitándole, se bebió su sopa deprisa, mientras observaba los gestos y características de Hiroaki.

_ Y dime chico, ¿estás enfermo? Es extraño ver a un muchacho de tu edad en cama…
_ Sí, está enfermo…- afirmó la madre, mostrándose decaída y algo más enjuta al mirar a su hijo – Pero nadie sabe qué le pasa, ni cómo curarle…

Desolada, salió del cuarto con los cuencos vacíos, como el remanso de esperanza de su alma.

_ En realidad no estoy enfermo – Tomoi le miraba a los ojos. Hiroaki le daba confianza. Tenía ganas de hablar con él, a pesar de haber pasado mucho tiempo a solas, era como si le conociera de siempre- Sólo estoy cansado, siempre cansado.

Tomoi arrugó el ceño, enfadado de nuevo consigo mismo. “Probablemente nací sin fuerzas y sólo soy un inútil…” Pensó cerrando los puños sobre sus piernas, cubiertas por una vieja manta zurcida.

Hiroaki se levantó y fue a rebuscar entre sus cosas, en su gran bolsa de viaje. Sacó una pequeña lámpara y la colocó junto a Tomoi.
El chico observaba atento, y no poco sorprendido ante lo que se podía proponer Hiroaki.

_ No tienes la culpa de lo que te pasa – Le dijo encendiendo la lámpara- Al mirarte a los ojos he podido ver que eres un niño con una luz inmensa en tu interior.
Por esa razón una mariposa duende se ha metido en tu pecho, absorviendo todo la fuerza que tienes. Y la mariposa crece y se hace cada vez más hermosa y poderosa…Hasta que te devora, lo cual significa, que mueres.

Se hizo un silencio absoluto. Un par de gorriones volaron parlanchines cerca de la ventana. Dos segundos más y volvió la calma, las montañas y los campos dormitaban en la siesta.

_ ¿Cómo sabe todo eso?
_ Porque he viajado mucho.
_ ¿Por qué?
_ Porque no quería morir joven. Como tú, tenía que huir de mi realidad para buscar otra realidad mejor. Por eso me puse a viajar. Y conocí a muchas personas,
aprendí muchas cosas y también viví muchas tristezas. Pero lo bueno de los viajes, lo compensa todo.

Hiroaki sonrió. Tenía una mirada amable, que decía mucho de su buen corazón. Tomoi se sentía seguro y en paz, no tenía miedo a lo que acababa de contarle sobre la mariposa duende. Simplemente quería saber más y más. Por lo que pasaron mucho tiempo hablando junto a la lámpara que había encendido Hiroaki.
Hablaron sobre pueblos y ciudades muy lejanas, seres ávidos de poder, seres nobles y santos, seres hermosos y seres terribles. La voz de Hiroaki comenzó a hilarse y enredarse con la luz de la lámpara, que a cada segundo tenía un color distinto, como si gemas de colores fueran reemplazadas en su interior.

Tomoi sintió algo cosquilleandole en el esternón. Primero lo confundió con la inquietud y curiosidad que las historias de Hiroaki le contaba. Pero fue creciendo hasta convertirse en algo palpable, que parecía topar con fuerza contra su corazón, contra sus pulmones, contra su espalda…Sintió una angustia que le asustó y con ambas manos se agarró las ropas sobre su pecho.

_ Ya está aquí – dijo Hiroaki sin ningún cambio en el tono de su voz.

Se acercó más a la lámpara y con ambas manos sugirió la forma de un cuenco a pocos centímetros del pecho del chico.
Subió las manos lentamente desde el esternón hasta la traquea, y de la traque a la boca. Tomoi creyó que algo iba a rasgarle la garganta, soltó unas lágrimas, cerró los ojos y esperó lo peor.

La llama de la lámpara bailó bruscamente cuando una enorme mariposa púrpurea, salió de un sólo golpe de la garganta de Tomoi.

El muchacho tosió mucho, hasta vomitar la sopa que había tomado con Hiroaki unas horas antes. Entre lágrimas, pudo ver como la mariposa se posaba en las manos de Hiroaki, que la observó con  detenimiento durante cerca de medio minuto. Era realmente hermosa y muy grande…
Hiroaki le dirigió a Tomoi una sonrisa y acercando las manos a la llama, murmuró algo semejante a una oración.

La mariposa ardió en la llama encendida menos de un segundo, con un chisporroteo fugaz, y desapareció.
Hiroaki apagó la lámpara.

_ Ya está. La llama de mi lámpara la ha seducido y yo he podido cazarla – le acarició la cabeza al soprendido Tomoi- Ya puedes salir afuera y disfrutar de la vida.

Tomoi no estaba del todo seguro de lo que había ocurrido. Se palpó el pecho y la garganta, respirando aún sonoramente pero cada vez con más facilidad.
Se levantó y dio unos pasos. Estaba extraño…No necesitaba dormir más, y el peso enorme que tenía encima había desaparecido. No podía creerlo…Pero era cierto. Salió corriendo de la casa, descalzo, poniendo a prueba su capacidad pulmonar y la fuerza de sus extremidades.

_ ¡Estoy curado, estoy curado! – gritaba correteando alrededor de los surcos en dónde crecían las verduras de la temporada.

Hiroaki, apoyado en el dintel de la puerta, le observaba con una pacífica sonrisa, asintiendo para sí.
Tomoi no podía ser más feliz: en ese momento, la vida había cobrado sentido de nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Era como descubrir felicidad en cualquier cosa y en cualquier situación.

_ ¡¡Hiroaki san, muchas gracias!! – corrió hacia él e hizo una venia.
_ No hay de qué. Debes decirle a tus padres que tienen las mejores verduras que he probado jamás. Esa sopa era especial…
_ Lo sé, mis padres se esfuerzan mucho cada día – asintió Tomoi, tratando de contener a sus inquietos pies.

Hiroaki rió, comprendiendo las ansias del muchacho por usar aquella energía tan natural, que había perdido durante tanto tiempo.

_ Anda, ve a jugar. Eso es lo que debe hacer un niño – le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

Tomoi salió corriendo, primero a darles la noticia a sus padres, que estaban vendiendo en el mercadillo, y después a buscar a sus amigos para jugar tanto como le permitiera lo que quedaba de Sol.

Hiroaki cogió sus cosas, se calzó las sandalias y se colocó su sombrero de peón.
No sin antes observar con calma aquella vieja casa y el plantío de verduras, brillante por el sol de la tarde, comenzó a caminar, sin prisa, calmado, hacia el siguiente pueblo, y así, constantamente, siguiendo la dirección del viento del Sur.

Porque no hay Mundo sin enfermedad ni desgracia, su trabajo no terminaría nunca. Sin embargo era sin duda el mejor trabajo, puesto que le pagaban con mucha vida, con muchas sonrisas como la de Tomoi.
Un paso, otro paso, otro paso más…Las sandalias de Hiroaki se iban llenando de tierra, y su alma de conocimientos y emociones.

El viento del Norte comenzó a soplar, pequeño y tímido, en el pueblo de Tomoi.
Cuando regresaron a casa, Hiroaki no estaba. Le buscaron por todas partes, pero en vano. Tomoi, aquella noche, apenas podía dormir por todo lo acaecido durante el día.
Se dio la vuelta en el futón, cansado de mirar a las estrellas, y allí vio la marca. Un especie de mancha color púrpura en el suelo, en donde la lámpara de Hiroaki se había comido a la mariposa duende.

Sonrió, dio las gracias a Dios por haber traído a Hiroaki a su casa y al poco, se quedó profundamente dormido.

FIN

朋忌 ともい Tomoi

托鉢笠 たくはつがさ Takuhatsugasa tipo de sombrero cónico utilizado mucho en la época Edo.

足袋 たび calcetín japonés para llevar geta o sandalias.

弘安芸 ひろあき Hiroaki

布団 ふとん Futón  (tipo de colchón, cama japonesa que se coloca directamente sobre el suelo)

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Acerca de yreneyuhmi

Escritora, dibujante, lectora, eterna estudiante, aprendiz de la vida. Adoro a los gatos, a los libros, me encantan los refrescos con gas y los dulces. Me gusta mucho Japón...De hecho creo que mi corazón es japonés al 100% ^__-) 小説家、イラストレータ、漫画家、読者、永遠に学生、人生の見習いです!猫、本、ラムネと和菓子、洋菓子も大好きですよ。ニッポン愛していますよ!実は私の心が100%日本人です!^^

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  1. Precioso, como cada cosa que escribes…consigues trasladar al lector al interior de los sentimientos de los personajes, generando muchas sensaciones…me encanta, sigue así…un abrazo muy fuerte, besos!!!

    • Iñaki!! qué feliz me hace leer tu comentario!! tu opinión es muy importante para mi ^///^) mil gracias!! me alegro de que te haya gustado y de verte por aqui también jeje!! 😉 musus!!!

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