Cuento Primero: “La Dama Blanca y el Hombre de la Cicatriz”

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Se dice que en un pequeño pueblo del sureste del país, una mujer de piel color de la magnolia y cabellos largos hasta los tobillos, aparecía sobre el puente de madera entre el bosque de Akashima* y el jardín de la Casa Imperial.

Justo cuando se ponía el sol ella aparecía, bañada por la tenue y rosada luz del crepúsculo, vestida con un kimono del color de la flor del cerezo y siempre descalza. Tanto los aristócratas como los campesinos, fueran hombres o mujeres, niños o ancianas, todos intentaban cada atardecer acercarse a la bellísima dama blanca. Pero en el mismo segundo en el que daban un paso hacía ella, su silueta tintineaba, se encogía levemente y desaparecía caminando con cierta prisa, en las entrañas del bosque de Akashima.

_ ¿Quién será esa dama? – se preguntaba el viejo que vendía dulces de arroz arrugando las cejas en una forma tal, que sus pequeños ojillos quedaban sumergidos entre mil arrugas – Jamás en mi vida vi algo tan hermoso…
_ Nadie lo sabe – apuntó un hombre de mediana edad, sentado sobre el banco de madera, degustando un té mientras observaba el barullo de las calles en pleno mediodía

– Pero se rumorean muchas cosas sobre ella.
_ ¿Como que se trata de un demonio? – murmuró eñ anciano inclinándose hacia su cliente, como si no quisiera que nadie más que aquel, escuchara su atrevida suposición.
_ Entre otras, esa es una posibilidad – sorbió lo poco que quedaba del pequeño chawan*. Tras unos segundos de meditación, el hombre, de cejas espesas y cabello atado a las espalda en una cola de caballo, continuó con sus pesquisas

– Lo cierto es que de todas las cosas que se escuchan sobre ella acá y allá, la que más me inquieta es la siguiente…En ese punto se detuvo: el anciano, absolutamente atento a las palabras de aquel hombre, se dio cuenta que por la vestimenta y la forma de sujetar el pequeño cuenco, podría tratarse de un guerrero sin señor.

_ No soy tal cosa, le dijo como si acabara de leer su pensamiento. El anciano dio un ligero brinco atrás. Sus pequeños ojos se abrieron por primera vez en muchos años.

El hombre le miró a los ojos fijamente: fue entonces cuando el anciano se percató de la cicatriz que cruzaba la cara del hombre, desde la comisura de la boca hasta la oreja derecha.

_ Hay cosas que parecen ser lo que no son, y cosas que son lo que no parecen.

Se lo dijo con su voz fuerte y tenor, pero sin alzarla en ningún momento. Con una media sonrisa que no podía ser descrita como risueña o triste. Tal vez porque era una mezcla de ambas.

_ ¿Quién es usted? – preguntó arisco el anciano, no sin atenuarse su  curiosidad.

El hombre no respondió a la pregunta, pero continuó hablando. Esta vez se tocó la cicatriz de la mejilla derecha con una ternura sin igual…

_ En algún lugar, descansa y espera…A que nos volvamos a encontrar. Justo terminó la frase, vaciando su mirada al infinito de las calles, se levantó, pagó con las monedas de su bolsa al anciano y desapareció, hacia el sur de la ciudad. Al parecer cambió de opinión y no quiso decirle nada más al vendedor de dulces.

El anciano, desde ese día, explicaba a todos sus clientes su encuentro con el misterioso hombre de la cicatriz que leía la mente, junto con el rumor de la dama blanca. Las gentes comenzaron a atar cabos e inventaron nuevos rumores, que corrieron entre callejas, tiendas y pequeños hostales, hasta convertirlo todo en una sola historia:

Un atardecer cualquiera, unos niños se acercaron al anciano de los dulces de arroz, corriendo en tropel, llenos de energía, despeinados y descalzos pero felices:
_ ¡Anciano, cuéntenos la historia de la Dama y el viajero de la cicatriz!
_ ¿Otra vez? ¿No os cansáis nunca de escucharla?

Todos gritaron al unísono un “No” risueño como sus propias caritas.

_ Todos sabéis que al atardecer, una dama de piel blanca como la nieve y hermosos cabellos color azabache, aparece sobre el puente entre Akashima y el jardín de los príncipes.

Los niños asintieron, ocupados en escucharle y en comerse con avidez los dulces de arroz que les había ofrecido el anciano.

“Hace ya algunos años, antes de que vosotros hubiérais nacido siquiera, dos enamorados se instalaron a vivir en un punto alejado del pueblo, justo entre los árboles sagrados del bosque de Akashima, famoso por sus pequeñas y traviesas ardillas rojas.

Él era ardiente como el sol, ella lánguida y callada como la luna. Ambos de lugares muy distintos y de culturas casi opuestas.
Pero se amaban como nadie lo ha hecho o hará jamás…La mujer cayó enferma, y el hombre se desesperó. Buscó a los médicos del pueblo, pagó grandes cantitades por consultas y curas que de nada sirvieron. Incluso fue a ver al Emperador, suplicándole de rodillas, con la frente pegada al suelo, para que le ayudara a salvar a su mujer. El Emperador no le dejó desamparado – sobretodo gracias a las palabras de su consejero mayor, que parecía tener mucho mejor corazón que él – con lo que mandó a su médico, uno de los sabios más conocidos en el país, a curar a la mujer de aquel plebeyo. Pero tampoco sirvió de nada…

_ Comprendó por qué estáis tan desesperado por querer salvarla – le dijo el médico, arrodillado junto a la mujer, que agonizaba entre fiebres bajo el futón.
_ Sí, lo es todo para mí…
_ No me refiero a eso…Es la mujer más bella del mundo, jamás vi a alguien tan hermoso.

El médico estaba realmente conmovido por aquella hermosura incomparable. Incluso marchitándose por causa de la enfermedad estaba bonita como un flor al sol.

Sin embargo, el hombre se enfadó:

_ Usted no conoce a mi mujer, no es sólo lo que se ve lo que yo amo. Ella es todo, mi vida y mi mundo, sin ella, yo no podré seguir viviendo.

Y bajando la cabeza, sin dejar de mirarla, volvió a repetir: “Lo es todo para mí…”

El médico se marchó la tercera tarde en que visitó aquella casita entre los árboles sagrados, habiéndose dado por vencido en la curación de la mujer más bella del mundo. El hombre se quedó arrodillado junto a ella, sin fuerzas, sin ánimos, completamente destrozado. La llamaba pero ella ya no le respondía: se estaba helando poco a poco. Le estaba abandonando para irse a la otra vida. Se arrastró hacia los árboles y se apoyó en uno de los árboles sagrados que guardaban la casa cual lo harían dos esfinges de la Antigüedad.

_ ¿Por qué? Por qué tenía que pasarle a ella…Por qué no me escogistéis a mí…Sollozó con la cara pegada a la corteza del centenario árbol.

Entonces una voz resonó en su cabeza, como si fluyera desde la corteza hasta su piel, metiéndose en sus venas. las palabras latieron con su corazón, al unísono: subitamente comprendió que le estaba hablando una deidad.

“Hombre, ¿qué quieres que haga por ella? Pídelo y te lo concederé” Las ardilla se detuvieron todas entre las ramas y miraron fijamente al que lloraba allí abajo, con la mano izquierda sobre el gran Árbol.

_ Déjala vivir, en mi lugar, haz que ella viva y yo muera. Haz lo que sea pero no dejes que muera…

“No puedes pedirme que quite la vida a alguien; pero hay una forma de no matarte y al mismo tiempo, dejarla vivir”

El hombre no daba crédito a lo que le estaba sucediendo, pero su desesperación era tal, que no vaciló ni temió.

_ Dime qué debo hacer, y haré cuanto me mandes.

” Sólo tienes que darme de ti para que ella no muera. Y sé que la parte de tu cuerpo que más quieres, es la mejilla derecha.”

Ciertamente, pensó el hombre, su mejilla derecha era el lugar en el que ella le daba un beso y tras éste una caricia larga y tierna. Cada día desde que se

conocieron hasta el momento presente: cuando se despedían y cuando se encontraban nuevo al anochecer, tras un largo día de trabajo.

Él, tocándose la mejilla, tomó aire, miró al gran Árbol y asintió.

_ Te la ofrezco.

“Que le de la vida no quiere decir que podáis estar juntos”

A el hombre el corazón se le encerró en un puño de dolor, pero determinadoa hacer lo que fuera por ella, volvió a asentir.

“No os podréis encontrar en esta vida, aunque sí lo haréis en la siguiente. Ella no pasará más allá del puente, y tú no podrás acceder al bosque jamás. Me quedó con la semilla de amor que yace en tu mejilla derecha.”

“Como veo que eres un hombre fiel y honrado, te ofrezco algo que te dará cierto alivio en el paso de tus días. En el atardecer, si cubres tu mejilla izquierda con tu mano o la escondas contra el futón, serás capaz de escucharla y verla, aunque sólo en tu pensamiento. Será real, pero nadie la verá entonces, como la verás tú.”

Como el hombre había aceptado todas las condiciones, la deidad arrancó de su mejilla la parte más querida del amor de ambos.
El hombre sufrió de un dolor mucho más fuerte que el físico.

No supo nunca ni cómo ni en qué momento fue llevado al pueblo, en el que trataron su aparatosa herida. Cuando, convaleciente, un atardecer de primavera, apretó su mejilla derecha sobre la almohada de un viejo futón, se produjo lo que la deidad del Árbol le había prometido.

Se dice que los que ocupaban aquella casa en la que estuvo acogido durante unos meses, lo escucharon llorar y hablar con alguien durante la noche.

Y las noches siguientes fueron igual, hasta que ya curada la herida y sin rastros de fiebre, haciendo una venia de profundo agradecimiento, dejó la casa dispuesto a viajar por muchos  lugares del país, para sanar a su corazón y poder comenzar de cero con su nueva vida.Antes de que desapareciera, con su saca al hombro y su sombrero de paja, en aquel camino de tierra que llevaba al Este, uno de los muchachos, hijo de sus benefactores , se le acercó y respetuosamente, le hizo una pregunta:

_ Señor, ¿con quién habláis por las noches, si no hay nadie en su habitación?

El hombre le miró mostrando tintas de tristeza y resignación en sus ojos:

_ Con quien lo es todo para mí…Aunque no podemos estar juntos, nadie jamás podrá separarnos.

El muchacho aceptó la respuesta, subyugado a aquella voz tenor que no temblaba ni rompía la paz ni de la Tierra ni de los Cielos.

La herida estaba aún un poco enrojecida pero bastante curada. El hombre sonrió, le dio una palmada sobre el hombro y comenzó a caminar. Sus sandalias golpearon el suelo de tierra con cada paso que daba camino al Este. Sobre el puente, la dama blanca, lloraba como las flores del cerezo lloran cada año pétalos rosas sobre la madera del puente entre Akashima y la Casa Imperial.

FIN

Espero que volváis mañana, porque tengo muchos cuentos que contaros…

*Akashima, 赤しま Ardilla roja
*chawan 茶わん tipo de taza japonesa para el té

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