El lugar en el que vivo, está cerca de las montañas.

_¿Por qué las pintas azules? – Me preguntó una vez una niña, un año mayor que yo, sobrina de una tía política.

_Porque son azules – le respondí yo.

_ No lo son. Ese no es su color. Son marrones.

Me lo dijo con cierta altivez y mucha seguridad, lo cual me hizo sentir mal, por las montañas más que por mí. Porque las montañas siempre me han mostrado su bello color azulado, con grises de acantilados y sus ocultos verdes de árboles y arbustos, de zarzas y de musgos. Me mostraba esos azules, como un regalo que mi Alma agradecía.

Si observas estas montañas un día de Sol, sin una sola nube que lo enturbie,  parecen una inmensa estatua de una mujer echada sobre moras, flores y raíces profundas.

El murmullo de las aguas que brotan, brincan y juegan, cual hadas de cristal, se confunde con el silencio que los pájaros hilan de cantos en esta Primavera recién nacida.

Tal vez aquella niña tuviera razón, pero mis manos están por siempre empapadas en Azules. Los Azules del Cielo y los de los Mares, los de la Flor y los del Árbol.

Los azules de las Almas brillantes y bondadosas que sobreviven al Mundo.

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